Un día como tantos, llegas a la secundaria y encuentras cerrado el portón. No puedes evitar sentirte molesto. Pasan ya de las siete y el conserje ha olvidado abrir. Tocas el claxon una vez, para no parecer mal educado. Pero nada. Vuelves a tocarlo. Y de nuevo, nada. Cuando la impaciencia casi te rebasa, aparece el conserje. Avanza despacio, de rodillas. ¿Cómo es posible que jamás deje de bromear? Es lento su avance, pero al fin abre y empuja el portón. Estacionas el auto y saludas malhumorado, casi a la fuerza. El conserje contesta de igual manera. No te detienes cuando grita medio en broma y medio molesto: ¡Si quieres puedes llegar a la hora que se te antoje, al cabo ya sabes que lo único que tengo que hacer es esperarte para abrir el portón!
Volteas y lo miras. Continúa de rodillas, encendiendo un cigarro. Entras a la auxiliaría y registras tu asistencia. Has llegado cinco minutos más temprano. Te diriges a la sala de maestros y esperas el arribo de los compañeros. Uno tras otro llegan de rodillas. Sólo se ponen de pie a medias, para sentarse. Esto ya no es broma del conserje. No sabes qué decir. Dudas, porque no quisieras pasar por una vergüenza al no participar en la broma.
Se escucha el timbre de entrada y se inicia la batalla de siempre: supervisar uniforme, corte de pelo, formación. Jamás te acostumbrarás. El auxiliar vigila la sumisión desde el micrófono. Ahora que da la entrada, notas lo grotesco de la marcha de los grupos. Todos los alumnos van arrodillados y el avance resulta penoso. Si algún alumno se pone de pie, su maestro le llama la atención y lo vuelve a poner de rodillas. Uno, dos, uno, dos, deslizar de rodillas, rumor enervante.
¿Desde cuándo andan de rodillas? De repente notas que también lo haces tú. Claro, ¿cómo ser la excepción? ¿Cómo pedirle a tu grupo que camine de rodillas si tú mismo no lo hicieras? ¿Por qué hasta ahora te das cuenta? ¿Qué ley los obliga a ir así? El avance es torpe y silencioso. La situación pesa. Quisieras detenerte, preguntar por qué y desde cuándo van de rodillas, pero sospechas que sería mal visto. No es posible que sólo tú te enteres. Temes quedar en ridículo si preguntas. Temes que no sepan de qué hablas.
Te asomas desde el barandal del tercer piso. Otro de los conserjes, se dirige a la puerta principal. No alcanzas a ver quién va a entrar, pero el conserje va lo más aprisa que le permiten sus rodillas. Se escucha la puerta al abrirse y aparece el director, también de rodillas. La imagen de los grupos avanzando de rodillas y su rumor insisten en la memoria. No cesan de aparecer, lastiman el cerebro, punzan los oídos, hierven en las vísceras. El ruido crece, volteas y descubres a una alumna de pie en el salón.
—¡Eh, profe! ¿Por qué a ella no le dice nada? —demanda un alumno en son de reproche. Le pides a la alumna que vaya a su lugar.
—¿Por qué nomás que vaya a su lugar? —insiste el otro— ¡Dígale que no ande parada!
Le indicas a la alumna que se arrodille aunque no encuentras sentido a lo que pides. Ella hace un mohín y se arrodilla estrepitosamente. Las clases discurren en la mañana lenta. Pides un trabajo de redacción: “¿Por qué debemos andar de rodillas?” Los alumnos se te quedan viendo como si no comprendieran. Tienes qué explicarles y, cuando al fin entienden, emprenden el trabajo. Justo tres minutos antes de terminar la clase con ellos, recoges los escritos y sales.
En la sala de maestros, empiezas a revisarlos. “¿Eso viene en el programa?”, dice una profesora al ver el título del trabajo. Contestas que no y sigues revisando. Es increíble leer cada respuesta. Nadie cuestiona andar de rodillas, como si fuera lo más natural del mundo, como si todos allá afuera, en la calle, anduvieran también de rodillas.
—¡Maestro! —se oye la voz del auxiliar, dirigiéndose a ti desde la puerta— Dice el director que quiere hablar contigo.
Acomodas las hojas en un legajo que guardas en el portafolios. Luego te encaminas a la dirección.
—Siéntate —dice el director.
—Gracias.
—¿Qué pasa contigo? Acaba de decirme una maestra que andas desordenando a los muchachos.
—¿Cómo?
—No te hagas el hipócrita. Me refiero a ese trabajito que les pusiste.
—¿El trabajo de redacción?
—¿A eso le llamas trabajo de redacción?
—No le veo nada de malo.
—¿Te parece poco alborotar así a los muchachos? Nada más falta que de repente te pongas a cuestionar todas las leyes que nos rigen.
—¿Y usted qué opina acerca de que andemos de rodillas?
—Lo que yo opine no está a discusión. Cualquier persona normal sabe lo que nos caracteriza como buenos ciudadanos. ¿Qué sería de nosotros si de repente dejáramos de respetar una regla tan importante como ésa?
—¿Se puede pasar? —dice el auxiliar apenas asomando por la puerta.
—¿No ve que estoy ocupado?
—Es acerca de dos alumnos del profesor. Andaban de pie en el salón.
—Póngales un reporte. Que mañana no entren a clase si no vienen sus papás.
—Está bien.
El auxiliar sale de la dirección. Alcanzas a ver por la ventana, entre las persianas, a tus dos alumnos de rodillas tras él.
—¿Ves lo que provocas, profesor?
—¿No le parece que exageramos?
—No quiero seguir discutiendo contigo. De ahora en adelante, no te quiero ver desordenando a los muchachos. Y te advierto: voy a tenerte vigilado adentro y afuera del salón. No faltarán muchachos responsables que me tengan al tanto de tu comportamiento.
A la hora del descanso, apartado de todos, mientras haces guardia por disposición del director, miras a un montón de muchachos que, a escondidas, se ponen de pie. Desde donde estás, les lanzas una simple seña y, amedrentados, se arrodillan de inmediato. ¿Qué clase de profesor eres, que te has pasado la vida arrodillado y manteniendo arrodillados a tus alumnos? ¿Por qué tuviste que descubrirlo si no puedes hacer nada para evitarlo?
Te pones impulsivamente de pie y echas a caminar mientras los alumnos te rodean asombrados. Es tanta la fuerza de sus miradas que casi te arrodillas de nuevo. Pero no lo haces. Avanzas de pie, mientras cientos de alumnos y alumnas te siguen rodeando y comienzan a ponerse de pie. Cada vez son menos quienes quedan de rodillas. El director grita desaforado por el micrófono pero nadie le hace caso.
Profesores, profesoras y conserjes te imitan. El director continúa de rodillas. La gente afuera de la escuela, también empieza a ponerse de pie. El director se desentiende del micrófono y entra de rodillas a su oficina. Se encierra y toma el teléfono mientras la escuela se pone de pie. Todo, gracias a tu ejemplo.
sábado, febrero 19, 2011
miércoles, julio 14, 2010
Cuento para un perro
Ahí estaba yo, arrinconado por un perro amenazador con los dientes al aire, advirtiéndome de un ataque sin miramientos, sin misericordia. No podía hablar ni gritar, no podía moverme ni mucho menos correr, no podía mostrar una señal de miedo y desbordaba pavor. No quería enfurecerlo más. Si gritaba nadie me escucharía, si me movía o temblaba seguro terminaría atravesado a dentelladas. La dirección que me habían escrito en aquel trozo de papel estaba a dos escasas cuadras pero el animal no me dejaba una rendija siquiera por dónde escapar.
Son de no creerse las cosas que intenté. Primero recé el padrenuestro que se me olvidó a medio camino y el maldito perro se puso a gruñir al notar que no continuaba. Lo hacía con una fiereza que jamás había visto en algún animal. Y como supuse que el rezo lo tranquilizaba y en vista de que estaba en un rincón del olvido, intenté el avemaría que pareció dar resultado, pero tampoco encontré algunas palabras a mitad de rezo y no iba a encajar palabras que no iban, así que mientras buscaba en la memoria la parte que seguía casi se me echa encima.
Quedarme callado era un atentado en contra de mí, por eso pensé que tal vez un silbido podía ayudar, un silbido largo, sostenido, que lo tranquilizara. Sí, eso era, no había más que intentar un silbido que lo volviera a la cordura y terminaría salvada la situación y salvado yo. Pero por más que intenté no salió por mis labios más que un soplo de aire que a nadie, ni siquiera a mí y mucho menos al perro, impresionó. Por el contrario, yo sentía que el miedo se iba avivando en mí y veía que el perro continuaba acechante, amenazador.
Entonces, como último recurso, se me ocurrió contarle una historia. Vayan ustedes a saber que mentiras le habré contado, qué historia le mentí o que cuento le inventé. Pero el caso es que el animal se detuvo. Dejó de gruñir amenazante, desistió de mirarme con furia, renunció a mostrarme sus dientes furiosos. Me miró primero con la cabeza ladeada hacia un lado, luego hacia el otro, y terminó con la mirada en calma y las orejas atentas a mis palabras.
Y como se había tranquilizado, suponiendo que se debía a la historia que le inventaba, continué. Palabra tras palabra, una frase hilada con otra y con otra y con otra más, fui armando un cuento hipnotizador. Y el perro (jamás vi a un animal tan atento, tan interesado), escuchó la historia completa, de principio a fin. Cuando terminé y le dije: Eso fue todo lo que sucedió, el perro me lanzó un rezongo sin enojo, dio media vuelta y echó a andar, alejándose de mí.
Salí del lugar en que me había mantenido y comencé a caminar. Pero a los pocos pasos el animal regresó a mi lado. Yo le dije como a un amigo: ¿Y ahora qué quieres, muchacho?, y seguí caminando. Él ni volteó a verme, me escoltó hasta la dirección que me habían dado. Esperó a que la mujer me abriera la puerta, me despedí de él y por fin se retiró sosegado.
Lo único que lamento ahora es no poder recordar ni una frase de la historia que le conté al maldito perro. Para que me haya perdonado la vida, no dudo que fue muy buena, pero mucho mejor la manera en que se la conté. Me hubiera gustado recordarla para intentar escribirla pero, para mi mala fortuna, el miedo de aquel día me la borró por completo de la memoria.
Son de no creerse las cosas que intenté. Primero recé el padrenuestro que se me olvidó a medio camino y el maldito perro se puso a gruñir al notar que no continuaba. Lo hacía con una fiereza que jamás había visto en algún animal. Y como supuse que el rezo lo tranquilizaba y en vista de que estaba en un rincón del olvido, intenté el avemaría que pareció dar resultado, pero tampoco encontré algunas palabras a mitad de rezo y no iba a encajar palabras que no iban, así que mientras buscaba en la memoria la parte que seguía casi se me echa encima.
Quedarme callado era un atentado en contra de mí, por eso pensé que tal vez un silbido podía ayudar, un silbido largo, sostenido, que lo tranquilizara. Sí, eso era, no había más que intentar un silbido que lo volviera a la cordura y terminaría salvada la situación y salvado yo. Pero por más que intenté no salió por mis labios más que un soplo de aire que a nadie, ni siquiera a mí y mucho menos al perro, impresionó. Por el contrario, yo sentía que el miedo se iba avivando en mí y veía que el perro continuaba acechante, amenazador.
Entonces, como último recurso, se me ocurrió contarle una historia. Vayan ustedes a saber que mentiras le habré contado, qué historia le mentí o que cuento le inventé. Pero el caso es que el animal se detuvo. Dejó de gruñir amenazante, desistió de mirarme con furia, renunció a mostrarme sus dientes furiosos. Me miró primero con la cabeza ladeada hacia un lado, luego hacia el otro, y terminó con la mirada en calma y las orejas atentas a mis palabras.
Y como se había tranquilizado, suponiendo que se debía a la historia que le inventaba, continué. Palabra tras palabra, una frase hilada con otra y con otra y con otra más, fui armando un cuento hipnotizador. Y el perro (jamás vi a un animal tan atento, tan interesado), escuchó la historia completa, de principio a fin. Cuando terminé y le dije: Eso fue todo lo que sucedió, el perro me lanzó un rezongo sin enojo, dio media vuelta y echó a andar, alejándose de mí.
Salí del lugar en que me había mantenido y comencé a caminar. Pero a los pocos pasos el animal regresó a mi lado. Yo le dije como a un amigo: ¿Y ahora qué quieres, muchacho?, y seguí caminando. Él ni volteó a verme, me escoltó hasta la dirección que me habían dado. Esperó a que la mujer me abriera la puerta, me despedí de él y por fin se retiró sosegado.
Lo único que lamento ahora es no poder recordar ni una frase de la historia que le conté al maldito perro. Para que me haya perdonado la vida, no dudo que fue muy buena, pero mucho mejor la manera en que se la conté. Me hubiera gustado recordarla para intentar escribirla pero, para mi mala fortuna, el miedo de aquel día me la borró por completo de la memoria.
martes, febrero 02, 2010
Profundamente de otro
Carta escrita por Rebeca Olmedo en Nochistlán, Zacatecas, el 2 de enero del presente año. Días después, su esposo Rubén Armendáriz la recibió y, tras leerla, la quemó en Cutler, California.
Rubén:
Esta carta no es como ninguna otra que te haya escrito antes. Disculpa que no desee te encuentres bien de salud. No quiero ser como las enfermeras que primero te frotan la piel y luego te encajan la aguja sin misericordia. Aunque no lo creas, es difícil escribir esto, pero de alguna manera he de empezar por decirte que ya no te quiero.
Tu primer error fue no escucharme. No quería que me dejaras sola y ni quién te quitara la idea de irte: Ya verás que consiguiendo trabajo te mando montones de dólares, tantos, que no vas a saber dónde guardarlos. No quisiste escucharme porque ya lo tenías decidido. Favor grande fue avisarme y ahí estaba yo, de tonta, suplicándote. La pared al menos me hubiera devuelto el eco. Así que te fuiste muy a tus anchas. Al cabo aquí estaban tus padres y los míos, por si algo se me ofrecía. ¿Y a mí para qué me servían ellos si tú no ibas a estar? Me ayudarían si me atacaba el hambre o me tumbaba una enfermedad pero, ¿qué iban a hacer cuando en las noches aullara de ganas por ti? ¿Me conseguirían a otro mientras tú regresabas?
A los hombres, tan lejos, ¿quién les quita que se metan con otras mujeres? Hasta se han de juntar en manada tras ellas, como garañones. A ustedes se les permiten esos desahogos. En cambio, a una, acá, tan vigilada, tan cortita que la traen, no puede voltear a ver ni al sacerdote en misa, y tiene que apagar a solas sus fuegos, así ande deseosa de sobarse aunque sea con un trapeador o una escoba.
Como bien me lo dijiste, no batallaste para encontrar trabajo. Claro, trabajo que allá no harían ni los perros, pero que da dinero. Eso sí, contrario a lo que yo pensaba, mandaste tanto dinero que llegó el momento en que no supe dónde ponerlo. Pronto se me ocurrió guardarlo en un banco, no fuera a meterse un ladrón a la casa y adiós. Con tanto sacrificio tuyo allá, con un trabajo tan humillante; y con mi sacrificio aquí, sin ti. Pero pensar que te la pasabas sin mujer, de eso ni ilusiones me hacía. No digo que no me importara, pero con tal de que regresaras pronto, evitaba los malos pensamientos.
Yo no tenía fuerzas para soportar el encierro. Necesitaba aire, algo que me apagara el cuerpo, tal vez ir a un lugar fresco, a una alberca, a un río, cuando menos a una de esas tiendas del centro, con clima todo el día. Así que me arreglé y salí. Antes, claro, debí avisarles a tus padres. Cuando me preguntaron a dónde iba, no tuve valor para contarles lo que sentía. Les dije que iba al banco, a depositar los dólares que habías enviado. Me quisieron endilgar acompañante y me negué. No insistieron, pero la sospecha no se les borró de los ojos.
Después de andar vagando por horas, entré a un restaurante y comí como si llevara varios días sin probar bocado. Al salir me detuvo en un cine la imagen de una mujer desnuda a la que un hombre le acariciaba los pechos. Sin pensarlo, compré boleto y entré. Había hombres solos, pero de mujeres nada más yo iba sola. Uno de ellos vino a sentarse a mi lado. Por un momento pensé cambiar de lugar, salir del cine. Pero no lo hice. Había lugares vacíos más allá de mí, pero él escogió sentarse a mi lado. Sin mediar nada, habló de la película. Él ya la había visto tres veces y no se cansaba de verla. Siguió hablando de cosas por el estilo hasta que apagaron las luces y empezó la función.
No me resistí, ¿para qué lo niego? Empezó por mi mano y acabó abrazándome, besándome, enloqueciéndome, estrujándome los pechos, penetrándome con sus dedos. Tú no conseguiste algo parecido en las pocas veces que lo hicimos. No te lo reprocho, pero si he de ser sincera, te lo debo confesar. Nunca me hiciste sentir así ni te preocupaste por que yo lo sintiera. Se trataba de tu satisfacción, no de la mía, ¿verdad?
De pronto vio su reloj y me propuso salir del cine, ir a un hotel, y a todo dije sí. Aún no eran las cinco de la tarde. Me desconozco aún, como me desconocí entonces. Él chupaba mis pechos, me estrujaba las nalgas, me hacía jadear, y llegó un momento en que, su lengua lamió y relamió arriba y abajo mi sexo, y no sé qué me pasó, porque empecé a moverme para gozar más de su lengua, hasta que lo traje a mi boca y casi lo obligué a que se encajara en mí. Así fue la primera vez pero disfruté más en calma las otras.
Ay, Rubén, si tú supieras. Ese hombre abrió puertas que ni yo estaba enterada de que existieran en mí y, ya que se abrieron, no quisiera que se cerraran jamás. No sé qué haría contigo si regresaras con tu calma, con tu ternura, acariciando mi cuerpo como si fuera sagrado, bendito, temiendo hacerme daño, preguntando si me dolía, si no me lastimabas. Y yo, con todo lo que sé, con todo lo que aprendí de ese hombre, con todo eso hirviéndome por dentro, casi por explotar, como un volcán que se la ha pasado en coma por miles de años y de repente resucita, ¿qué iba a hacer contigo?
Quisiera tener a quién confiarle mi dicha sin que me condenara. Pero es mejor que sea secreto tuyo, de ese hombre, mío, nuestro. Es mi destino. Y como puede acabar hoy o mañana, nadie sabe si termine en treinta años. Si al menos me hubiera dado su teléfono le llamaría para verlo no ya en el cine, sino en el hotel, para no desperdiciar tiempo. Necesito encontrarlo de nuevo para que entre en las puertas que abrió en mí y que se quede adentro. He de rastrearlo sin que se enteren tus padres ni los míos ni tus hermanos ni mis hermanos, ni mis amigas siquiera.
Tu dinero está a salvo, no te preocupes. Te dejo la cuenta, la tarjeta y un número para que puedas usarla. Ya veré yo cómo me las arreglo.
Se despide, profundamente de otro:
Rebeca
El 13 de enero del año que corre, Rebeca Olmedo apareció muerta en un baldío de Nochistlán, Zacatecas. Nadie supo dónde encontrar a su esposo para darle la noticia.
Rubén:
Esta carta no es como ninguna otra que te haya escrito antes. Disculpa que no desee te encuentres bien de salud. No quiero ser como las enfermeras que primero te frotan la piel y luego te encajan la aguja sin misericordia. Aunque no lo creas, es difícil escribir esto, pero de alguna manera he de empezar por decirte que ya no te quiero.
Tu primer error fue no escucharme. No quería que me dejaras sola y ni quién te quitara la idea de irte: Ya verás que consiguiendo trabajo te mando montones de dólares, tantos, que no vas a saber dónde guardarlos. No quisiste escucharme porque ya lo tenías decidido. Favor grande fue avisarme y ahí estaba yo, de tonta, suplicándote. La pared al menos me hubiera devuelto el eco. Así que te fuiste muy a tus anchas. Al cabo aquí estaban tus padres y los míos, por si algo se me ofrecía. ¿Y a mí para qué me servían ellos si tú no ibas a estar? Me ayudarían si me atacaba el hambre o me tumbaba una enfermedad pero, ¿qué iban a hacer cuando en las noches aullara de ganas por ti? ¿Me conseguirían a otro mientras tú regresabas?
A los hombres, tan lejos, ¿quién les quita que se metan con otras mujeres? Hasta se han de juntar en manada tras ellas, como garañones. A ustedes se les permiten esos desahogos. En cambio, a una, acá, tan vigilada, tan cortita que la traen, no puede voltear a ver ni al sacerdote en misa, y tiene que apagar a solas sus fuegos, así ande deseosa de sobarse aunque sea con un trapeador o una escoba.
Como bien me lo dijiste, no batallaste para encontrar trabajo. Claro, trabajo que allá no harían ni los perros, pero que da dinero. Eso sí, contrario a lo que yo pensaba, mandaste tanto dinero que llegó el momento en que no supe dónde ponerlo. Pronto se me ocurrió guardarlo en un banco, no fuera a meterse un ladrón a la casa y adiós. Con tanto sacrificio tuyo allá, con un trabajo tan humillante; y con mi sacrificio aquí, sin ti. Pero pensar que te la pasabas sin mujer, de eso ni ilusiones me hacía. No digo que no me importara, pero con tal de que regresaras pronto, evitaba los malos pensamientos.
Yo no tenía fuerzas para soportar el encierro. Necesitaba aire, algo que me apagara el cuerpo, tal vez ir a un lugar fresco, a una alberca, a un río, cuando menos a una de esas tiendas del centro, con clima todo el día. Así que me arreglé y salí. Antes, claro, debí avisarles a tus padres. Cuando me preguntaron a dónde iba, no tuve valor para contarles lo que sentía. Les dije que iba al banco, a depositar los dólares que habías enviado. Me quisieron endilgar acompañante y me negué. No insistieron, pero la sospecha no se les borró de los ojos.
Después de andar vagando por horas, entré a un restaurante y comí como si llevara varios días sin probar bocado. Al salir me detuvo en un cine la imagen de una mujer desnuda a la que un hombre le acariciaba los pechos. Sin pensarlo, compré boleto y entré. Había hombres solos, pero de mujeres nada más yo iba sola. Uno de ellos vino a sentarse a mi lado. Por un momento pensé cambiar de lugar, salir del cine. Pero no lo hice. Había lugares vacíos más allá de mí, pero él escogió sentarse a mi lado. Sin mediar nada, habló de la película. Él ya la había visto tres veces y no se cansaba de verla. Siguió hablando de cosas por el estilo hasta que apagaron las luces y empezó la función.
No me resistí, ¿para qué lo niego? Empezó por mi mano y acabó abrazándome, besándome, enloqueciéndome, estrujándome los pechos, penetrándome con sus dedos. Tú no conseguiste algo parecido en las pocas veces que lo hicimos. No te lo reprocho, pero si he de ser sincera, te lo debo confesar. Nunca me hiciste sentir así ni te preocupaste por que yo lo sintiera. Se trataba de tu satisfacción, no de la mía, ¿verdad?
De pronto vio su reloj y me propuso salir del cine, ir a un hotel, y a todo dije sí. Aún no eran las cinco de la tarde. Me desconozco aún, como me desconocí entonces. Él chupaba mis pechos, me estrujaba las nalgas, me hacía jadear, y llegó un momento en que, su lengua lamió y relamió arriba y abajo mi sexo, y no sé qué me pasó, porque empecé a moverme para gozar más de su lengua, hasta que lo traje a mi boca y casi lo obligué a que se encajara en mí. Así fue la primera vez pero disfruté más en calma las otras.
Ay, Rubén, si tú supieras. Ese hombre abrió puertas que ni yo estaba enterada de que existieran en mí y, ya que se abrieron, no quisiera que se cerraran jamás. No sé qué haría contigo si regresaras con tu calma, con tu ternura, acariciando mi cuerpo como si fuera sagrado, bendito, temiendo hacerme daño, preguntando si me dolía, si no me lastimabas. Y yo, con todo lo que sé, con todo lo que aprendí de ese hombre, con todo eso hirviéndome por dentro, casi por explotar, como un volcán que se la ha pasado en coma por miles de años y de repente resucita, ¿qué iba a hacer contigo?
Quisiera tener a quién confiarle mi dicha sin que me condenara. Pero es mejor que sea secreto tuyo, de ese hombre, mío, nuestro. Es mi destino. Y como puede acabar hoy o mañana, nadie sabe si termine en treinta años. Si al menos me hubiera dado su teléfono le llamaría para verlo no ya en el cine, sino en el hotel, para no desperdiciar tiempo. Necesito encontrarlo de nuevo para que entre en las puertas que abrió en mí y que se quede adentro. He de rastrearlo sin que se enteren tus padres ni los míos ni tus hermanos ni mis hermanos, ni mis amigas siquiera.
Tu dinero está a salvo, no te preocupes. Te dejo la cuenta, la tarjeta y un número para que puedas usarla. Ya veré yo cómo me las arreglo.
Se despide, profundamente de otro:
Rebeca
jueves, diciembre 17, 2009
Maquinaciones
Serían la una o las dos de la mañana cuando empezó a oír el golpeteo. No supo cuánto tiempo pasó antes de interesarse en él y levantarse para ver de qué se trataba. El sonido venía de la biblioteca. Se acercó con cautela y encendió la luz. Lo que vio no parecía ser más que producto de su imaginación: la máquina de escribir tecleaba sola. Las teclas se hundían una tras otra sin trabarse, incansables. Se hundían y regresaban a su lugar, era lo único que podía asegurarse. Tenía más de diez años con la máquina y jamás había sucedido algo semejante.
Tras permanecer de pie viendo cómo las teclas obedecían a nadie sabía qué impulso, se preguntó qué pasaría si le colocaba papel y no tardó en hacerlo. Esperaba que apareciera algo sin sentido, consonantes o vocales amontonadas, pero se llevó una sorpresa: se trataba de una narración muy bien llevada, interesantísima. Toda la noche se la pasó colocando hojas que la máquina se encargaba de llenar mientras él no se saciaba de leer.
Alrededor de las cuatro de la mañana, la máquina ya no tecleó. Él se acostó y durmió un rato. Despertó a las seis y media de la mañana, y se encaminó a dar clases con el sueño colgándole de los párpados. La mañana se alargó hasta el cansancio, entre formación de alumnos, lista de presentes, control de tarea, explicación de clases, revisión de ejercicios y encargo de nueva tarea, hasta que llegó la hora de regresar a casa y la tortura terminó.
Cuando llegó a la casa, no comió. Prefirió dormir para no despertar hasta las tres. Por fortuna la tarde y la casa fueron suyas, sin ruidos ni trajinar de su esposa ni juegos de los hijos ni llamadas inesperadas. Se bañó para despertar por completo, comió de prisa, se acomodó en la biblioteca y releyó los textos de la madrugada.
Su esposa regresó con los niños después de las seis de la tarde. Se saludaron como si fuera un trámite. Los niños salieron a jugar con los vecinos y ella vio un rato la televisión. Mientras cenaban, conversaron de la nada que había sido aquel día en el trabajo y más tarde, mientras ella lavaba los trastes, soltó el comentario: ¡Vaya, hasta que escribiste algo de verse! Él le iba a explicar todo pero no lo hizo. Más de diez años escribiendo y por fin a ella le gustaba algo que él ni siquiera había escrito: prefirió guardar silencio.
Después de ver televisión se fueron a la cama pero, de nuevo, cuando todos estaban dormidos, el golpeteo de la máquina de escribir lo reclamó. Aunque su participación se reducía a abastecerla de hojas no era un trabajo monótono. Los textos que salían de ella eran un deleite. Y justo a las cuatro de la mañana, como un día antes, la máquina se aquietó. Pero él se encontraba tan despejado que se puso a escribir a mano, como acostumbraba. Así estuvo escribiendo hasta que su malhumorada esposa llegó a avisarle que ya era hora de que se fuera a la escuela.
No supo cómo pudo soportar la mañana haciendo trabajar al grupo y tratando de poner lo menos que podía de parte suya. Cuando volvió a casa, dio una comida fuerte y durmió hasta que lo despertó el barullo de sus hijos y su mujer llegando de la escuela. Entonces se desmodorró y se levantó para cenar. De nueva cuenta, mientras veían televisión, la esposa le comentó: Oye, qué bien te están quedando los cuentos. Aunque no me explico cómo le haces para pulirlos, porque lo que anoche escribiste a mano está como para tirarlo a la basura. Con tal de que lo mejores al pasarlo a máquina...
Inútil discutir. De ahí en adelante pasó por alto los involuntarios sarcasmos de su esposa y siguió dejando trabajar a la máquina, colocando hojas mientras intentaba escribir lo suyo que, invariablemente era inferior a lo que tecleaba la máquina. De igual manera, sin desanimarse, continuó escribiendo porque, inferior o no, era su trabajo. Para organizarlo todo, separó con el nombre de “maquinaciones” lo que tecleaba la máquina y con el de “creaciones” lo que él escribía.
Con el tiempo se fue acomodando a horarios de escuela, escritura, sueño, y a los comentarios humillantes de su esposa. Cuando llegó el momento de publicar, por supuesto, propuso primero sus escritos, que fueron rechazados, y se vio orillado a publicar el trabajo automático que, obviamente, recibió el aplauso de crítica y lectores. Tan bien le fue que dejó el trabajo como profesor.
Cuando, avalado por su prestigio, se atrevió a publicar lo suyo, todos se preguntaron el porqué de lo disparejo de su obra. Ojalá lo hubiera ignorado. En las entrevistas evadió dar respuestas que lo dejaran mal parado como escritor y, a menos de dos meses de la fallida publicación, para acallar a la crítica y a los lectores, publicó un nuevo libro tomado de “maquinaciones”, lo cual dio el resultado que esperaba.
Pero un día despertó con una sorpresa: sobre su mesa de trabajo se encontró con una computadora reluciente, bien equipada, como regalo de cumpleaños. Tuvo que fingir que apreciaba el regalo pero siguió trabajando con la máquina de escribir hasta que una noche se encontró con la noticia de que el camión recolector de la basura se la había llevado. La furia no se dejó esperar pero resultó inútil. Por un lado, porque la furia fue inexplicable para la esposa; por otro, porque no le regresó la máquina de escribir.
No quedó más solución que volver los ojos hacia sus propios textos y trabajarlos hasta no dejar nada por pulir y darles un digno acabado para que crítica y público los aceptara como escritos en su nuevo estilo. Sin embargo, la empresa que lo publicaba los rechazó y, dolido por el rechazo, dejó de escribir.
Siguió publicando “maquinaciones” y hablando de sus libros como si no fuera él quien los hubiera escrito. Todos se asombraban de su objetividad. Él, amargo, sonreía.
Tras permanecer de pie viendo cómo las teclas obedecían a nadie sabía qué impulso, se preguntó qué pasaría si le colocaba papel y no tardó en hacerlo. Esperaba que apareciera algo sin sentido, consonantes o vocales amontonadas, pero se llevó una sorpresa: se trataba de una narración muy bien llevada, interesantísima. Toda la noche se la pasó colocando hojas que la máquina se encargaba de llenar mientras él no se saciaba de leer.
Alrededor de las cuatro de la mañana, la máquina ya no tecleó. Él se acostó y durmió un rato. Despertó a las seis y media de la mañana, y se encaminó a dar clases con el sueño colgándole de los párpados. La mañana se alargó hasta el cansancio, entre formación de alumnos, lista de presentes, control de tarea, explicación de clases, revisión de ejercicios y encargo de nueva tarea, hasta que llegó la hora de regresar a casa y la tortura terminó.
Cuando llegó a la casa, no comió. Prefirió dormir para no despertar hasta las tres. Por fortuna la tarde y la casa fueron suyas, sin ruidos ni trajinar de su esposa ni juegos de los hijos ni llamadas inesperadas. Se bañó para despertar por completo, comió de prisa, se acomodó en la biblioteca y releyó los textos de la madrugada.
Su esposa regresó con los niños después de las seis de la tarde. Se saludaron como si fuera un trámite. Los niños salieron a jugar con los vecinos y ella vio un rato la televisión. Mientras cenaban, conversaron de la nada que había sido aquel día en el trabajo y más tarde, mientras ella lavaba los trastes, soltó el comentario: ¡Vaya, hasta que escribiste algo de verse! Él le iba a explicar todo pero no lo hizo. Más de diez años escribiendo y por fin a ella le gustaba algo que él ni siquiera había escrito: prefirió guardar silencio.
Después de ver televisión se fueron a la cama pero, de nuevo, cuando todos estaban dormidos, el golpeteo de la máquina de escribir lo reclamó. Aunque su participación se reducía a abastecerla de hojas no era un trabajo monótono. Los textos que salían de ella eran un deleite. Y justo a las cuatro de la mañana, como un día antes, la máquina se aquietó. Pero él se encontraba tan despejado que se puso a escribir a mano, como acostumbraba. Así estuvo escribiendo hasta que su malhumorada esposa llegó a avisarle que ya era hora de que se fuera a la escuela.
No supo cómo pudo soportar la mañana haciendo trabajar al grupo y tratando de poner lo menos que podía de parte suya. Cuando volvió a casa, dio una comida fuerte y durmió hasta que lo despertó el barullo de sus hijos y su mujer llegando de la escuela. Entonces se desmodorró y se levantó para cenar. De nueva cuenta, mientras veían televisión, la esposa le comentó: Oye, qué bien te están quedando los cuentos. Aunque no me explico cómo le haces para pulirlos, porque lo que anoche escribiste a mano está como para tirarlo a la basura. Con tal de que lo mejores al pasarlo a máquina...
Inútil discutir. De ahí en adelante pasó por alto los involuntarios sarcasmos de su esposa y siguió dejando trabajar a la máquina, colocando hojas mientras intentaba escribir lo suyo que, invariablemente era inferior a lo que tecleaba la máquina. De igual manera, sin desanimarse, continuó escribiendo porque, inferior o no, era su trabajo. Para organizarlo todo, separó con el nombre de “maquinaciones” lo que tecleaba la máquina y con el de “creaciones” lo que él escribía.
Con el tiempo se fue acomodando a horarios de escuela, escritura, sueño, y a los comentarios humillantes de su esposa. Cuando llegó el momento de publicar, por supuesto, propuso primero sus escritos, que fueron rechazados, y se vio orillado a publicar el trabajo automático que, obviamente, recibió el aplauso de crítica y lectores. Tan bien le fue que dejó el trabajo como profesor.
Cuando, avalado por su prestigio, se atrevió a publicar lo suyo, todos se preguntaron el porqué de lo disparejo de su obra. Ojalá lo hubiera ignorado. En las entrevistas evadió dar respuestas que lo dejaran mal parado como escritor y, a menos de dos meses de la fallida publicación, para acallar a la crítica y a los lectores, publicó un nuevo libro tomado de “maquinaciones”, lo cual dio el resultado que esperaba.
Pero un día despertó con una sorpresa: sobre su mesa de trabajo se encontró con una computadora reluciente, bien equipada, como regalo de cumpleaños. Tuvo que fingir que apreciaba el regalo pero siguió trabajando con la máquina de escribir hasta que una noche se encontró con la noticia de que el camión recolector de la basura se la había llevado. La furia no se dejó esperar pero resultó inútil. Por un lado, porque la furia fue inexplicable para la esposa; por otro, porque no le regresó la máquina de escribir.
No quedó más solución que volver los ojos hacia sus propios textos y trabajarlos hasta no dejar nada por pulir y darles un digno acabado para que crítica y público los aceptara como escritos en su nuevo estilo. Sin embargo, la empresa que lo publicaba los rechazó y, dolido por el rechazo, dejó de escribir.
Siguió publicando “maquinaciones” y hablando de sus libros como si no fuera él quien los hubiera escrito. Todos se asombraban de su objetividad. Él, amargo, sonreía.
miércoles, diciembre 02, 2009
¿Quién es Rolando Hinojosa-Smith?
Un homenaje más que se le brinda a José Emilio Pacheco por sus ochenta años, ahora en la Feria Internacional del Libro de Monterrey (tuve la fortuna de asistir a uno de estos homenajes en julio de 2009 en Oaxaca y con eso fue suficiente). Casi estoy por descartar la información cuando me entero de que en el homenaje de esta mañana de domingo participa Rolando Hinojosa-Smith. Tengo diez minutos para recorrer veinte kilómetros.
Cuando llego a Cintermex me dirijo a la sala en que se realiza el evento. Oigo con alegría la voz de Pacheco pero cuando pretendo ingresar al recinto, una muchachita de menos de veinte años me impide el paso. Tiene instrucciones de no dejar pasar a nadie. Me asomo. Hay poca gente y se lo digo. Ella está programada para evitar que alguien entre, y cumple a medias, porque se le cuela una mujer. ¿Quieres que me pase igual que ella?, le digo. Pero sigue programada: Es que al señor que está hablando no le gusta que lo interrumpan. Sonrío por su ignorancia. Insisto inútilmente hasta que se asoma por ahí su programador, la desprograma y me permite pasar en el instante en que se escucha el aplauso final para Pacheco.
No importa que el evento haya acabado, porque lo que yo quiero es conocer a Hinojosa-Smith. Me le acerco aprovechando que la gente se va a entrevistar al homenajeado, le tiendo la mano y me presento. Le digo que estoy complacido porque acabo de leer su libro “Los amigos de Becky”. ¿En inglés o en español?, dice. En español, contesto, aunque sabemos que no importa mucho, ya que él escribió ambas versiones. Le cuento sobre la dificultad de conseguir sus libros no sólo en México sino en el sur de Estados Unidos. Se sorprende, pero pregunta cómo conseguí entonces el libro que acabo de leer y le hago saber que el único recurso fue adquirirlo por Internet.
Mientras conversamos como si nos conociéramos de siempre, Rolando Hinojosa-Smith se atreve a hacer ante mí lo que no hace mientras escribe, habla muy mal de uno de sus personajes, concretamente de Ira Escobar. Obviamente se refiere al modelo que dio como resultado al personaje. Lo pinta como pretencioso por firmar como Ira a pesar de que su nombre verdadero es Irineo o Ireneo. Habla como si lo conociera de carne y hueso, como si fuera su enemigo, como si con el libro hubiera consumado una venganza contra él.
Rolando parece olvidar que está aquí contribuyendo al homenaje que se le ofrece al autor de “Las batallas en el desierto”. Tienen que llamarlo para que salga en la foto que les tomarán. Por supuesto que va y posa pero permanece muy atrás porque ya los demás se acomodaron, de manera que sólo sale en el fondo, hasta que alguien se percata de que falta en el frente y hay un reacomodo para repetir la toma.
Cuando se desocupa, viene hasta mí y reanuda la conversación sobre su libro “Los Amigos de Becky”. Revela que no quiso echar mano de un solo narrador porque le parecía un recurso muy pobre y por eso puso a narrar a los amigos (algunos no tanto) de Becky, de manera que no tuvo que expresar su propia opinión sino que pidió prestadas otras voces, para no comprometerse.
Esta decisión da como resultado una novela poliedro que consta de 27 caras con su respectivo punto de vista acerca del divorcio de Becky y su subsecuente nuevo matrimonio. Con esta serie de puntos de vista, Hinojosa-Smith logra que sus personajes opinen en lugar de él, escudándose en ellos para decir lo que él mismo quiere decir pero sin comprometerse. Las dos únicas veces que el escritor reconoce “meter su cuchara” son el inicio con su “Dedicación y deuda que se salda en parte” y el epílogo con su “Fin y rendición de cuentas”.
Es una delicia conversar con este autor después de leerle una novela que avasalla desde el principio. Recuerdo que cuando la leí buscaba todo tipo de pretextos para interrumpir la lectura para no terminarla: iba a tomar agua, escribía notas, emprendía la lectura de otros libros, me ponía a acomodar mi biblioteca siempre en caos. Sin embargo llegó el final irremediablemente.
Lo mismo sucede cuando uno conversa con Hinojosa-Smith. Uno quisiera que continuara hablando, que no terminara la conversación sobre su obra, pero es imposible retenerlo más porque debe tomar su vuelo de regreso. De cualquier manera, me ha brindado su atención por casi veinte minutos y eso se agradece.
Pero, ¿quién es Rolando Hinojosa-Smith? En México nadie parece saber que fue el primer escritor estadounidense en lengua española en ser reconocido con el Premio Casa de las Américas por su novela “Klail City y sus alrededores”. Nativo de Mercedes, Texas, es autor de una extensa saga narrativa conocida como Klail City Death Trip que retrata la vida de los chicanos en el condado de Belken, comparado por muchos con el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez, el Comala de Rulfo o el Santa María de Onetti.
Lo que Rolando Hinojosa-Smith escribe, según él mismo lo afirma, es literatura que aprendió de niño, escuchando cuentos, leyendas y mentiras de la gente. Quien lea sus libros descubrirá que no sólo está ante un excelente escritor sino ante un buen escucha del habla chicana, del español antiguo que se practica en el Valle del Río Grande, del inglés influenciado por el español.
Extrañamente, sus libros no se consiguen ni en México ni en el Valle de Río Grande, Texas, donde se ubica el Belken de su obra. Él sabe que sus libros se le lee casi exclusivamente en las universidades de Estados Unidos y tal vez esto se deba a que no hace muchas concesiones con el lenguaje, ya que escribe indistintamente en inglés y en español o en eso que ha dado en nombrarse spanglish.
¿Cómo es posible que, siendo candidato al premio Cervantes, casi nadie se dé por enterado de la existencia de Rolando Hinojosa-Smith?
Ojalá algún día se lo concedan y quienes creen en los premios emprendan la lectura placentera de sus libros.
Por lo pronto, no saben lo que se pierden.
Cuando llego a Cintermex me dirijo a la sala en que se realiza el evento. Oigo con alegría la voz de Pacheco pero cuando pretendo ingresar al recinto, una muchachita de menos de veinte años me impide el paso. Tiene instrucciones de no dejar pasar a nadie. Me asomo. Hay poca gente y se lo digo. Ella está programada para evitar que alguien entre, y cumple a medias, porque se le cuela una mujer. ¿Quieres que me pase igual que ella?, le digo. Pero sigue programada: Es que al señor que está hablando no le gusta que lo interrumpan. Sonrío por su ignorancia. Insisto inútilmente hasta que se asoma por ahí su programador, la desprograma y me permite pasar en el instante en que se escucha el aplauso final para Pacheco.
No importa que el evento haya acabado, porque lo que yo quiero es conocer a Hinojosa-Smith. Me le acerco aprovechando que la gente se va a entrevistar al homenajeado, le tiendo la mano y me presento. Le digo que estoy complacido porque acabo de leer su libro “Los amigos de Becky”. ¿En inglés o en español?, dice. En español, contesto, aunque sabemos que no importa mucho, ya que él escribió ambas versiones. Le cuento sobre la dificultad de conseguir sus libros no sólo en México sino en el sur de Estados Unidos. Se sorprende, pero pregunta cómo conseguí entonces el libro que acabo de leer y le hago saber que el único recurso fue adquirirlo por Internet.
Mientras conversamos como si nos conociéramos de siempre, Rolando Hinojosa-Smith se atreve a hacer ante mí lo que no hace mientras escribe, habla muy mal de uno de sus personajes, concretamente de Ira Escobar. Obviamente se refiere al modelo que dio como resultado al personaje. Lo pinta como pretencioso por firmar como Ira a pesar de que su nombre verdadero es Irineo o Ireneo. Habla como si lo conociera de carne y hueso, como si fuera su enemigo, como si con el libro hubiera consumado una venganza contra él.
Rolando parece olvidar que está aquí contribuyendo al homenaje que se le ofrece al autor de “Las batallas en el desierto”. Tienen que llamarlo para que salga en la foto que les tomarán. Por supuesto que va y posa pero permanece muy atrás porque ya los demás se acomodaron, de manera que sólo sale en el fondo, hasta que alguien se percata de que falta en el frente y hay un reacomodo para repetir la toma.
Cuando se desocupa, viene hasta mí y reanuda la conversación sobre su libro “Los Amigos de Becky”. Revela que no quiso echar mano de un solo narrador porque le parecía un recurso muy pobre y por eso puso a narrar a los amigos (algunos no tanto) de Becky, de manera que no tuvo que expresar su propia opinión sino que pidió prestadas otras voces, para no comprometerse.
Esta decisión da como resultado una novela poliedro que consta de 27 caras con su respectivo punto de vista acerca del divorcio de Becky y su subsecuente nuevo matrimonio. Con esta serie de puntos de vista, Hinojosa-Smith logra que sus personajes opinen en lugar de él, escudándose en ellos para decir lo que él mismo quiere decir pero sin comprometerse. Las dos únicas veces que el escritor reconoce “meter su cuchara” son el inicio con su “Dedicación y deuda que se salda en parte” y el epílogo con su “Fin y rendición de cuentas”.
Es una delicia conversar con este autor después de leerle una novela que avasalla desde el principio. Recuerdo que cuando la leí buscaba todo tipo de pretextos para interrumpir la lectura para no terminarla: iba a tomar agua, escribía notas, emprendía la lectura de otros libros, me ponía a acomodar mi biblioteca siempre en caos. Sin embargo llegó el final irremediablemente.
Lo mismo sucede cuando uno conversa con Hinojosa-Smith. Uno quisiera que continuara hablando, que no terminara la conversación sobre su obra, pero es imposible retenerlo más porque debe tomar su vuelo de regreso. De cualquier manera, me ha brindado su atención por casi veinte minutos y eso se agradece.
Pero, ¿quién es Rolando Hinojosa-Smith? En México nadie parece saber que fue el primer escritor estadounidense en lengua española en ser reconocido con el Premio Casa de las Américas por su novela “Klail City y sus alrededores”. Nativo de Mercedes, Texas, es autor de una extensa saga narrativa conocida como Klail City Death Trip que retrata la vida de los chicanos en el condado de Belken, comparado por muchos con el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez, el Comala de Rulfo o el Santa María de Onetti.
Lo que Rolando Hinojosa-Smith escribe, según él mismo lo afirma, es literatura que aprendió de niño, escuchando cuentos, leyendas y mentiras de la gente. Quien lea sus libros descubrirá que no sólo está ante un excelente escritor sino ante un buen escucha del habla chicana, del español antiguo que se practica en el Valle del Río Grande, del inglés influenciado por el español.
Extrañamente, sus libros no se consiguen ni en México ni en el Valle de Río Grande, Texas, donde se ubica el Belken de su obra. Él sabe que sus libros se le lee casi exclusivamente en las universidades de Estados Unidos y tal vez esto se deba a que no hace muchas concesiones con el lenguaje, ya que escribe indistintamente en inglés y en español o en eso que ha dado en nombrarse spanglish.
¿Cómo es posible que, siendo candidato al premio Cervantes, casi nadie se dé por enterado de la existencia de Rolando Hinojosa-Smith?
Ojalá algún día se lo concedan y quienes creen en los premios emprendan la lectura placentera de sus libros.
Por lo pronto, no saben lo que se pierden.
domingo, octubre 18, 2009
No todos podemos ser el Santo
La entrada del programa de radio anunciaba: ¡Interpretando a Kalimán, el propio Kalimán! Y esa sola afirmación era razón suficiente para creer en su existencia. Claro, además era “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”. ¿Cómo no creer en él y cómo no arriesgarse a las burlas de los demás?
Dejé de creer cuando supe que el propio Kalimán era el pesadísimo de Luis Manuel Pelayo. Desde entonces, adiós a las radionovelas y adiós al altero de revistas que coleccionaba desde el primer número. Después de esa desilusión, ya no quedaba más que creer en el Santo. Y les juro que en él no dejé de creer ni cuando fui a verlo luchar en la Arena Coliseo de Monterrey y perdió.
El imán del Santo era la máscara. Quienes lo admirábamos queríamos verlo con ella. Por supuesto que sabíamos que quien se ocultaba tras la máscara era otro, pero jamás nos engañaron con la patraña de que quien interpretaba al Santo fuera el propio Santo. No había engaño, contrario a lo que sucedía con Kalimán, aunque no supiéramos quién se ocultaba tras la máscara.
Quienes lo aborrecían, deseaban que la perdiera, pero al mismo tiempo temían verlo sin ella, porque contaba la leyenda que quien lo viera sin máscara moriría sin remedio. Tal vez por eso todos guardaban su distancia. Y si se trataba de apostar máscara contra máscara, o máscara contra cabellera, preferían perder con tal de no saber si la leyenda era más que una leyenda. ¿Para qué arriesgarse?
Por eso me preocupaba que el Santo se viera a sí mismo desenmascarado y duré mucho tiempo pensando que si de repente se quitaba la máscara y se veía en un espejo, hasta ahí iba a llegar. Por fortuna me tranquilizaba ver que en una película se sacaba la máscara y debajo traía otra idéntica, o pensar que era el único que no podía verse como lo veían los demás, porque verse en el espejo era verse al revés, lo de la izquierda a la derecha y lo de la derecha a la izquierda, y eso lo mantenía a salvo.
De acuerdo a la leyenda, tal vez y sólo tal vez, el Santo murió al descubrirse en televisión, cuando ya no le importaba que se supiera quién era el enmascarado de plata y sólo así pudo verse a sí mismo como lo veían los demás. También tal vez, y sólo tal vez, a esas alturas no le importaba tanto morir.
No creo haber sido el único niño que en alguna época anhelara ser Kalimán. Hasta los adultos se alucinaban con eso. Tal vez algún día hasta el mismísimo Rodolfo Guzmán Huerta quiso ser Kalimán, pero como ya había tenido una mala experiencia cuando intentó convertirse en el Murciélago, no le quedó otra que conformarse con ser el Santo.Pero no todos podemos ser el Santo. Con el paso de los años supe que escribir era la única manera de convertirme en él o en quien yo quisiera. Y aquí estoy.
Dejé de creer cuando supe que el propio Kalimán era el pesadísimo de Luis Manuel Pelayo. Desde entonces, adiós a las radionovelas y adiós al altero de revistas que coleccionaba desde el primer número. Después de esa desilusión, ya no quedaba más que creer en el Santo. Y les juro que en él no dejé de creer ni cuando fui a verlo luchar en la Arena Coliseo de Monterrey y perdió.
El imán del Santo era la máscara. Quienes lo admirábamos queríamos verlo con ella. Por supuesto que sabíamos que quien se ocultaba tras la máscara era otro, pero jamás nos engañaron con la patraña de que quien interpretaba al Santo fuera el propio Santo. No había engaño, contrario a lo que sucedía con Kalimán, aunque no supiéramos quién se ocultaba tras la máscara.
Quienes lo aborrecían, deseaban que la perdiera, pero al mismo tiempo temían verlo sin ella, porque contaba la leyenda que quien lo viera sin máscara moriría sin remedio. Tal vez por eso todos guardaban su distancia. Y si se trataba de apostar máscara contra máscara, o máscara contra cabellera, preferían perder con tal de no saber si la leyenda era más que una leyenda. ¿Para qué arriesgarse?
Por eso me preocupaba que el Santo se viera a sí mismo desenmascarado y duré mucho tiempo pensando que si de repente se quitaba la máscara y se veía en un espejo, hasta ahí iba a llegar. Por fortuna me tranquilizaba ver que en una película se sacaba la máscara y debajo traía otra idéntica, o pensar que era el único que no podía verse como lo veían los demás, porque verse en el espejo era verse al revés, lo de la izquierda a la derecha y lo de la derecha a la izquierda, y eso lo mantenía a salvo.
De acuerdo a la leyenda, tal vez y sólo tal vez, el Santo murió al descubrirse en televisión, cuando ya no le importaba que se supiera quién era el enmascarado de plata y sólo así pudo verse a sí mismo como lo veían los demás. También tal vez, y sólo tal vez, a esas alturas no le importaba tanto morir.
No creo haber sido el único niño que en alguna época anhelara ser Kalimán. Hasta los adultos se alucinaban con eso. Tal vez algún día hasta el mismísimo Rodolfo Guzmán Huerta quiso ser Kalimán, pero como ya había tenido una mala experiencia cuando intentó convertirse en el Murciélago, no le quedó otra que conformarse con ser el Santo.Pero no todos podemos ser el Santo. Con el paso de los años supe que escribir era la única manera de convertirme en él o en quien yo quisiera. Y aquí estoy.
miércoles, septiembre 23, 2009
Confesiones
—Confieso, padre, que vi desnuda a mi prima Lupe.
—¿Cuándo?
—Ayer, mientras se bañaba.
—¿Y qué más?
—Es que...
—Te tocaste mientras la veías.
—Sí, padre. ¿Es pecado?
—Grande. Sobre todo cuando la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¡Ay, padre!
----------
—Me acuso, padre, de que me gusta mi primo Juan.
—¿Y él lo sabe?
—No sé.
—¿Se lo has dado a entender?
—No sé, padre.
—¿Por qué no sabes?
—Es que ayer, mientras me bañaba, lo oí llegar y abrí la ventila del baño para que me viera.
—¿Y te vio?
—No sé, padre, cerré los ojos.
—Ah.
—¿Es pecado?
—Sí, hija.
—¿Aunque no me haya visto?
—Depende. Si la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¿Y usted cree que yo?
—No sé. Bonita cara, tienes. Bonito cuerpo...
—¿También?
—No sé. Tendría que verlo.
—¿Usted?
—Para saber si es pecado, nada más.
—¿Es necesario?
—A menos que te quieras condenar.
—¿Qué hago entonces?
—Espera en la sacristía hasta que me desocupe de confesar. Mientras, vas rezando unos padrenuestros y unos avemarías.
----------
—Quítate la ropa y me dices cuando estés desnuda.
La muchacha obedece con timidez. Se cubre pudibunda.
—Ya, padre.
—Párate bien. No te cubras.
El sacerdote camina a su alrededor.
—Recuéstate.
—¿Para qué?
—Te voy a ungir para que se aparten de ti los malos pensamientos.
La muchacha obedece. El sacerdote se humedece las manos con aceite. Frota la piel y la muchacha se excita. Todo sale a pedir de boca para el hombre que se oculta detrás de la sotana.
—¿Cuándo?
—Ayer, mientras se bañaba.
—¿Y qué más?
—Es que...
—Te tocaste mientras la veías.
—Sí, padre. ¿Es pecado?
—Grande. Sobre todo cuando la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¡Ay, padre!
----------
—Me acuso, padre, de que me gusta mi primo Juan.
—¿Y él lo sabe?
—No sé.
—¿Se lo has dado a entender?
—No sé, padre.
—¿Por qué no sabes?
—Es que ayer, mientras me bañaba, lo oí llegar y abrí la ventila del baño para que me viera.
—¿Y te vio?
—No sé, padre, cerré los ojos.
—Ah.
—¿Es pecado?
—Sí, hija.
—¿Aunque no me haya visto?
—Depende. Si la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¿Y usted cree que yo?
—No sé. Bonita cara, tienes. Bonito cuerpo...
—¿También?
—No sé. Tendría que verlo.
—¿Usted?
—Para saber si es pecado, nada más.
—¿Es necesario?
—A menos que te quieras condenar.
—¿Qué hago entonces?
—Espera en la sacristía hasta que me desocupe de confesar. Mientras, vas rezando unos padrenuestros y unos avemarías.
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—Quítate la ropa y me dices cuando estés desnuda.
La muchacha obedece con timidez. Se cubre pudibunda.
—Ya, padre.
—Párate bien. No te cubras.
El sacerdote camina a su alrededor.
—Recuéstate.
—¿Para qué?
—Te voy a ungir para que se aparten de ti los malos pensamientos.
La muchacha obedece. El sacerdote se humedece las manos con aceite. Frota la piel y la muchacha se excita. Todo sale a pedir de boca para el hombre que se oculta detrás de la sotana.
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