jueves, diciembre 17, 2009

Maquinaciones

Serían la una o las dos de la mañana cuando empezó a oír el golpeteo. No supo cuánto tiempo pasó antes de interesarse en él y levantarse para ver de qué se trataba. El sonido venía de la biblioteca. Se acercó con cautela y encendió la luz. Lo que vio no parecía ser más que producto de su imaginación: la máquina de escribir tecleaba sola. Las teclas se hundían una tras otra sin trabarse, incansables. Se hundían y regresaban a su lugar, era lo único que podía asegurarse. Tenía más de diez años con la máquina y jamás había sucedido algo semejante.

Tras permanecer de pie viendo cómo las teclas obedecían a nadie sabía qué impulso, se preguntó qué pasaría si le colocaba papel y no tardó en hacerlo. Esperaba que apareciera algo sin sentido, consonantes o vocales amontonadas, pero se llevó una sorpresa: se trataba de una narración muy bien llevada, interesantísima. Toda la noche se la pasó colocando hojas que la máquina se encargaba de llenar mientras él no se saciaba de leer.

Alrededor de las cuatro de la mañana, la máquina ya no tecleó. Él se acostó y durmió un rato. Despertó a las seis y media de la mañana, y se encaminó a dar clases con el sueño colgándole de los párpados. La mañana se alargó hasta el cansancio, entre formación de alumnos, lista de presentes, control de tarea, explicación de clases, revisión de ejercicios y encargo de nueva tarea, hasta que llegó la hora de regresar a casa y la tortura terminó.

Cuando llegó a la casa, no comió. Prefirió dormir para no despertar hasta las tres. Por fortuna la tarde y la casa fueron suyas, sin ruidos ni trajinar de su esposa ni juegos de los hijos ni llamadas inesperadas. Se bañó para despertar por completo, comió de prisa, se acomodó en la biblioteca y releyó los textos de la madrugada.

Su esposa regresó con los niños después de las seis de la tarde. Se saludaron como si fuera un trámite. Los niños salieron a jugar con los vecinos y ella vio un rato la televisión. Mientras cenaban, conversaron de la nada que había sido aquel día en el trabajo y más tarde, mientras ella lavaba los trastes, soltó el comentario: ¡Vaya, hasta que escribiste algo de verse! Él le iba a explicar todo pero no lo hizo. Más de diez años escribiendo y por fin a ella le gustaba algo que él ni siquiera había escrito: prefirió guardar silencio.

Después de ver televisión se fueron a la cama pero, de nuevo, cuando todos estaban dormidos, el golpeteo de la máquina de escribir lo reclamó. Aunque su participación se reducía a abastecerla de hojas no era un trabajo monótono. Los textos que salían de ella eran un deleite. Y justo a las cuatro de la mañana, como un día antes, la máquina se aquietó. Pero él se encontraba tan despejado que se puso a escribir a mano, como acostumbraba. Así estuvo escribiendo hasta que su malhumorada esposa llegó a avisarle que ya era hora de que se fuera a la escuela.

No supo cómo pudo soportar la mañana haciendo trabajar al grupo y tratando de poner lo menos que podía de parte suya. Cuando volvió a casa, dio una comida fuerte y durmió hasta que lo despertó el barullo de sus hijos y su mujer llegando de la escuela. Entonces se desmodorró y se levantó para cenar. De nueva cuenta, mientras veían televisión, la esposa le comentó: Oye, qué bien te están quedando los cuentos. Aunque no me explico cómo le haces para pulirlos, porque lo que anoche escribiste a mano está como para tirarlo a la basura. Con tal de que lo mejores al pasarlo a máquina...

Inútil discutir. De ahí en adelante pasó por alto los involuntarios sarcasmos de su esposa y siguió dejando trabajar a la máquina, colocando hojas mientras intentaba escribir lo suyo que, invariablemente era inferior a lo que tecleaba la máquina. De igual manera, sin desanimarse, continuó escribiendo porque, inferior o no, era su trabajo. Para organizarlo todo, separó con el nombre de “maquinaciones” lo que tecleaba la máquina y con el de “creaciones” lo que él escribía.

Con el tiempo se fue acomodando a horarios de escuela, escritura, sueño, y a los comentarios humillantes de su esposa. Cuando llegó el momento de publicar, por supuesto, propuso primero sus escritos, que fueron rechazados, y se vio orillado a publicar el trabajo automático que, obviamente, recibió el aplauso de crítica y lectores. Tan bien le fue que dejó el trabajo como profesor.

Cuando, avalado por su prestigio, se atrevió a publicar lo suyo, todos se preguntaron el porqué de lo disparejo de su obra. Ojalá lo hubiera ignorado. En las entrevistas evadió dar respuestas que lo dejaran mal parado como escritor y, a menos de dos meses de la fallida publicación, para acallar a la crítica y a los lectores, publicó un nuevo libro tomado de “maquinaciones”, lo cual dio el resultado que esperaba.

Pero un día despertó con una sorpresa: sobre su mesa de trabajo se encontró con una computadora reluciente, bien equipada, como regalo de cumpleaños. Tuvo que fingir que apreciaba el regalo pero siguió trabajando con la máquina de escribir hasta que una noche se encontró con la noticia de que el camión recolector de la basura se la había llevado. La furia no se dejó esperar pero resultó inútil. Por un lado, porque la furia fue inexplicable para la esposa; por otro, porque no le regresó la máquina de escribir.

No quedó más solución que volver los ojos hacia sus propios textos y trabajarlos hasta no dejar nada por pulir y darles un digno acabado para que crítica y público los aceptara como escritos en su nuevo estilo. Sin embargo, la empresa que lo publicaba los rechazó y, dolido por el rechazo, dejó de escribir.

Siguió publicando “maquinaciones” y hablando de sus libros como si no fuera él quien los hubiera escrito. Todos se asombraban de su objetividad. Él, amargo, sonreía.

miércoles, diciembre 02, 2009

¿Quién es Rolando Hinojosa-Smith?

Un homenaje más que se le brinda a José Emilio Pacheco por sus ochenta años, ahora en la Feria Internacional del Libro de Monterrey (tuve la fortuna de asistir a uno de estos homenajes en julio de 2009 en Oaxaca y con eso fue suficiente). Casi estoy por descartar la información cuando me entero de que en el homenaje de esta mañana de domingo participa Rolando Hinojosa-Smith. Tengo diez minutos para recorrer veinte kilómetros.

Cuando llego a Cintermex me dirijo a la sala en que se realiza el evento. Oigo con alegría la voz de Pacheco pero cuando pretendo ingresar al recinto, una muchachita de menos de veinte años me impide el paso. Tiene instrucciones de no dejar pasar a nadie. Me asomo. Hay poca gente y se lo digo. Ella está programada para evitar que alguien entre, y cumple a medias, porque se le cuela una mujer. ¿Quieres que me pase igual que ella?, le digo. Pero sigue programada: Es que al señor que está hablando no le gusta que lo interrumpan. Sonrío por su ignorancia. Insisto inútilmente hasta que se asoma por ahí su programador, la desprograma y me permite pasar en el instante en que se escucha el aplauso final para Pacheco.

No importa que el evento haya acabado, porque lo que yo quiero es conocer a Hinojosa-Smith. Me le acerco aprovechando que la gente se va a entrevistar al homenajeado, le tiendo la mano y me presento. Le digo que estoy complacido porque acabo de leer su libro “Los amigos de Becky”. ¿En inglés o en español?, dice. En español, contesto, aunque sabemos que no importa mucho, ya que él escribió ambas versiones. Le cuento sobre la dificultad de conseguir sus libros no sólo en México sino en el sur de Estados Unidos. Se sorprende, pero pregunta cómo conseguí entonces el libro que acabo de leer y le hago saber que el único recurso fue adquirirlo por Internet.

Mientras conversamos como si nos conociéramos de siempre, Rolando Hinojosa-Smith se atreve a hacer ante mí lo que no hace mientras escribe, habla muy mal de uno de sus personajes, concretamente de Ira Escobar. Obviamente se refiere al modelo que dio como resultado al personaje. Lo pinta como pretencioso por firmar como Ira a pesar de que su nombre verdadero es Irineo o Ireneo. Habla como si lo conociera de carne y hueso, como si fuera su enemigo, como si con el libro hubiera consumado una venganza contra él.

Rolando parece olvidar que está aquí contribuyendo al homenaje que se le ofrece al autor de “Las batallas en el desierto”. Tienen que llamarlo para que salga en la foto que les tomarán. Por supuesto que va y posa pero permanece muy atrás porque ya los demás se acomodaron, de manera que sólo sale en el fondo, hasta que alguien se percata de que falta en el frente y hay un reacomodo para repetir la toma.

Cuando se desocupa, viene hasta mí y reanuda la conversación sobre su libro “Los Amigos de Becky”. Revela que no quiso echar mano de un solo narrador porque le parecía un recurso muy pobre y por eso puso a narrar a los amigos (algunos no tanto) de Becky, de manera que no tuvo que expresar su propia opinión sino que pidió prestadas otras voces, para no comprometerse.

Esta decisión da como resultado una novela poliedro que consta de 27 caras con su respectivo punto de vista acerca del divorcio de Becky y su subsecuente nuevo matrimonio. Con esta serie de puntos de vista, Hinojosa-Smith logra que sus personajes opinen en lugar de él, escudándose en ellos para decir lo que él mismo quiere decir pero sin comprometerse. Las dos únicas veces que el escritor reconoce “meter su cuchara” son el inicio con su “Dedicación y deuda que se salda en parte” y el epílogo con su “Fin y rendición de cuentas”.

Es una delicia conversar con este autor después de leerle una novela que avasalla desde el principio. Recuerdo que cuando la leí buscaba todo tipo de pretextos para interrumpir la lectura para no terminarla: iba a tomar agua, escribía notas, emprendía la lectura de otros libros, me ponía a acomodar mi biblioteca siempre en caos. Sin embargo llegó el final irremediablemente.

Lo mismo sucede cuando uno conversa con Hinojosa-Smith. Uno quisiera que continuara hablando, que no terminara la conversación sobre su obra, pero es imposible retenerlo más porque debe tomar su vuelo de regreso. De cualquier manera, me ha brindado su atención por casi veinte minutos y eso se agradece.

Pero, ¿quién es Rolando Hinojosa-Smith? En México nadie parece saber que fue el primer escritor estadounidense en lengua española en ser reconocido con el Premio Casa de las Américas por su novela “Klail City y sus alrededores”. Nativo de Mercedes, Texas, es autor de una extensa saga narrativa conocida como Klail City Death Trip que retrata la vida de los chicanos en el condado de Belken, comparado por muchos con el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez, el Comala de Rulfo o el Santa María de Onetti.

Lo que Rolando Hinojosa-Smith escribe, según él mismo lo afirma, es literatura que aprendió de niño, escuchando cuentos, leyendas y mentiras de la gente. Quien lea sus libros descubrirá que no sólo está ante un excelente escritor sino ante un buen escucha del habla chicana, del español antiguo que se practica en el Valle del Río Grande, del inglés influenciado por el español.

Extrañamente, sus libros no se consiguen ni en México ni en el Valle de Río Grande, Texas, donde se ubica el Belken de su obra. Él sabe que sus libros se le lee casi exclusivamente en las universidades de Estados Unidos y tal vez esto se deba a que no hace muchas concesiones con el lenguaje, ya que escribe indistintamente en inglés y en español o en eso que ha dado en nombrarse spanglish.

¿Cómo es posible que, siendo candidato al premio Cervantes, casi nadie se dé por enterado de la existencia de Rolando Hinojosa-Smith?

Ojalá algún día se lo concedan y quienes creen en los premios emprendan la lectura placentera de sus libros.

Por lo pronto, no saben lo que se pierden.

domingo, octubre 18, 2009

No todos podemos ser el Santo

La entrada del programa de radio anunciaba: ¡Interpretando a Kalimán, el propio Kalimán! Y esa sola afirmación era razón suficiente para creer en su existencia. Claro, además era “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”. ¿Cómo no creer en él y cómo no arriesgarse a las burlas de los demás?

Dejé de creer cuando supe que el propio Kalimán era el pesadísimo de Luis Manuel Pelayo. Desde entonces, adiós a las radionovelas y adiós al altero de revistas que coleccionaba desde el primer número. Después de esa desilusión, ya no quedaba más que creer en el Santo. Y les juro que en él no dejé de creer ni cuando fui a verlo luchar en la Arena Coliseo de Monterrey y perdió.

El imán del Santo era la máscara. Quienes lo admirábamos queríamos verlo con ella. Por supuesto que sabíamos que quien se ocultaba tras la máscara era otro, pero jamás nos engañaron con la patraña de que quien interpretaba al Santo fuera el propio Santo. No había engaño, contrario a lo que sucedía con Kalimán, aunque no supiéramos quién se ocultaba tras la máscara.

Quienes lo aborrecían, deseaban que la perdiera, pero al mismo tiempo temían verlo sin ella, porque contaba la leyenda que quien lo viera sin máscara moriría sin remedio. Tal vez por eso todos guardaban su distancia. Y si se trataba de apostar máscara contra máscara, o máscara contra cabellera, preferían perder con tal de no saber si la leyenda era más que una leyenda. ¿Para qué arriesgarse?

Por eso me preocupaba que el Santo se viera a sí mismo desenmascarado y duré mucho tiempo pensando que si de repente se quitaba la máscara y se veía en un espejo, hasta ahí iba a llegar. Por fortuna me tranquilizaba ver que en una película se sacaba la máscara y debajo traía otra idéntica, o pensar que era el único que no podía verse como lo veían los demás, porque verse en el espejo era verse al revés, lo de la izquierda a la derecha y lo de la derecha a la izquierda, y eso lo mantenía a salvo.

De acuerdo a la leyenda, tal vez y sólo tal vez, el Santo murió al descubrirse en televisión, cuando ya no le importaba que se supiera quién era el enmascarado de plata y sólo así pudo verse a sí mismo como lo veían los demás. También tal vez, y sólo tal vez, a esas alturas no le importaba tanto morir.

No creo haber sido el único niño que en alguna época anhelara ser Kalimán. Hasta los adultos se alucinaban con eso. Tal vez algún día hasta el mismísimo Rodolfo Guzmán Huerta quiso ser Kalimán, pero como ya había tenido una mala experiencia cuando intentó convertirse en el Murciélago, no le quedó otra que conformarse con ser el Santo.Pero no todos podemos ser el Santo. Con el paso de los años supe que escribir era la única manera de convertirme en él o en quien yo quisiera. Y aquí estoy.

miércoles, septiembre 23, 2009

Confesiones

—Confieso, padre, que vi desnuda a mi prima Lupe.
—¿Cuándo?
—Ayer, mientras se bañaba.
—¿Y qué más?
—Es que...
—Te tocaste mientras la veías.
—Sí, padre. ¿Es pecado?
—Grande. Sobre todo cuando la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¡Ay, padre!

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—Me acuso, padre, de que me gusta mi primo Juan.
—¿Y él lo sabe?
—No sé.
—¿Se lo has dado a entender?
—No sé, padre.
—¿Por qué no sabes?
—Es que ayer, mientras me bañaba, lo oí llegar y abrí la ventila del baño para que me viera.
—¿Y te vio?
—No sé, padre, cerré los ojos.
—Ah.
—¿Es pecado?
—Sí, hija.
—¿Aunque no me haya visto?
—Depende. Si la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¿Y usted cree que yo?
—No sé. Bonita cara, tienes. Bonito cuerpo...
—¿También?
—No sé. Tendría que verlo.
—¿Usted?
—Para saber si es pecado, nada más.
—¿Es necesario?
—A menos que te quieras condenar.
—¿Qué hago entonces?
—Espera en la sacristía hasta que me desocupe de confesar. Mientras, vas rezando unos padrenuestros y unos avemarías.

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—Quítate la ropa y me dices cuando estés desnuda.
La muchacha obedece con timidez. Se cubre pudibunda.
—Ya, padre.
—Párate bien. No te cubras.
El sacerdote camina a su alrededor.
—Recuéstate.
—¿Para qué?
—Te voy a ungir para que se aparten de ti los malos pensamientos.
La muchacha obedece. El sacerdote se humedece las manos con aceite. Frota la piel y la muchacha se excita. Todo sale a pedir de boca para el hombre que se oculta detrás de la sotana.

lunes, septiembre 07, 2009

Bárbara Cristal

Al principio la mueca del sacerdote parece sonrisa. De qué se ríe en medio de un velorio. Es lo primero que uno se pregunta. Pero nadie se atreve a decirlo, sólo se limita a pensarlo. ¿Cómo preguntarle esas cosas a un sacerdote sin que le suenen a ofensa? La gente abre paso mientras él empuja el carrito con utensilios sagrados, enarbola la sonrisa falsa y mira a los lados, saludando, mostrando sus tres dientes de oro. Esa parece la intención de su sonrisa mueca: mostrar el oro en su dentadura. Por supuesto, el monstruo debe mostrarse.

Llega al frente del féretro y se acomoda dando la espalda a Bárbara Cristal, mejor dicho, al cuerpo donde ella se alojaba. Y empieza a hablar, a preguntar si la muerte fue repentina, si resultó de una enfermedad larga, si se debió a un accidente y, como nadie contesta, voltea hacia el cadáver con curiosidad. Insiste en su indagación pero nadie le da respuestas. Entonces como si ofreciera un menú, pregunta de qué queremos que hable y nos toma por sorpresa: ¿Quién va a saber más, él o nosotros? ¿Es que cree que vino a divertir o a complacer a un público?

Les pregunto, dice, porque la Biblia tiene pasajes especiales para casos como éste. Entonces carraspea, como si se dispusiera a recitar el menú de sermones que maneja. Cita un versículo donde Dios asegura que vendrá por nosotros y no avisará, que llegará sigiloso como un ladrón. Como un ladrón, me quedo pensando, ha dado en la clave. Como un ladrón ha venido Dios y ha hurtado la vida de Bárbara Cristal. Dios disfrazado de muerte. Nada menos que como ladrón, impune, sin remordimientos. Pero, ¿quién puede ampararse contra Dios? ¿Y por qué habría de ser ella la excepción?

La señorita, dice el sacerdote volteando a ver el nombre, Bárbara Cristal tuvo la deferencia de pedir que la llamáramos Bárbara. Muchas otras jóvenes hubieran preferido que las nombraran Cristal. Pero ella eligió, sabiamente, Bárbara. Y después se enreda en la tarea de derivar etimologías de Bárbara, y de extranjera o fuereña, pasa a ser Bar Bar, Hija de Dios. Y abunda acerca de ello, con naturalidad, como si estuviera familiarizado con el tema, como si se tratara de mostrar que no es un sacerdote improvisado.

¿Quiénes son los padres de —voltea y lee el nombre— Bárbara Cristal? Los invita a pasar al frente, pero sólo pasa la madre. Entonces, mientras el sacerdote avanza en su explicación tendiente al consuelo, hurga en su carrito, saca el cáliz, las hostias, el agua bendita, revuelve todo, lo acomoda de nuevo, más preocupado por la búsqueda que por las palabras de consuelo. Habla de la prueba nueve veinticinco de que Dios existe, basada en los evangelios. Y explica y explica, aunque a nadie parece interesarle. Finalmente parece recordar que no es clase de Teología sino velorio y vuelve sobre el ladrón, arrebatador de vidas. Debemos estar preparados, dice buscando aún en el carrito, porque Dios vendrá por nosotros sin previo aviso.

El sacerdote nos mira y pregunta por los hermanos, por los familiares de la señorita... —se asoma a un compartimiento del carrito y, según la entonación, parece a punto de maldecir— de la señorita... —voltea de nuevo a leer el nombre— Bárbara Cristal. Pasan al frente los demás familiares y él los saluda de mano, uno tras otro. En medio de los saludos, de veras contrariado, se asoma de nuevo al carrito. Lo único que parece regresarlo al velatorio es la urgencia de que alguien colecte la limosna. Le vuelve la sonrisa descarada y se le avivan los ojillos. Nunca falta quien se ofrezca a ayudar. Consagración, comunión, ruegos por la señorita —lee por enésima vez el nombre— Bárbara Cristal. Finalmente dice: Podemos ir en paz, la misa ha terminado. El velatorio se despeja de gente y se llena de gemidos.

El sacerdote vuelve a la sala de espera arrastrando su carrito. Me aparto de todos, me siento en un sillón aislado, quiero estar tranquilo. El llanto se multiplica. Tras de mí, el sacerdote lamenta la pérdida de sus llaves. Es lo que le preocupaba. Las busca de nuevo en el carrito. Se hurga en los bolsillos. No termina la búsqueda desquiciada de sus llaves, como si entre ellas estuviese la que pudiera volverle la vida. Sonríe sin mostrar los dientes de oro. El llanto continúa como lamento de fondo. Algunos ríen de ocurrencias que parecen fuera de lugar.

Me siento relegado, estoy aquí de más. ¿Qué tengo que ver con todo esto? ¿Qué me importan las podridas llaves de un sacerdote mercenario por más erudito que sea? ¿Qué me importa el llanto en automático de gente que no conozco? ¿Qué me importan las risas de gente a la cual parece no interesarle que Bárbara Cristal ya no esté aquí? Tratando de que no lo noten, camino hasta la pizarra. Ahí encuentro el nombre completo de Bárbara. Si vine al velorio, fue por ella. Sería lo único que pudiera retenerme, pero ella no está más aquí. ¿Qué me retiene en este lugar? Me encamino a la puerta, abro, salgo y regreso a casa.

Aunque haya elegido Bárbara por nombre, era frágil Cristal que la muerte convirtió en añicos. Quisiera pensar que nada de lo que dicen es cierto. Ni lo de la fiebre por una pulmonía fulminante ni lo de su desmayo repentino ni lo de sus dedos amoratados o sus dolores de cabeza a los que parecía tan apegada ni lo de una estúpida sobredosis ni lo de que nadie supo cómo sucedió ni lo de su abandono de la preparatoria ni lo de su negativa a soportar al padrastro.

No la quiero pensar muerta. Tendría que olvidar la sonrisa mueca del sacerdote, su indiferencia ante la muerte de Bárbara Cristal, el olvido recurrente de su nombre, la búsqueda desquiciada de las llaves, para no pensarla muerta. Pero prefiero imaginar que su edad se ha detenido. Esa es la verdad. Esa es la que cuenta para mí.

martes, agosto 04, 2009

El sueño de Antonia

El dolor cede y Antonia sueña un perro atado a un cabestro. El animal la mira sin creer que quiera dañarlo. Con ojos de lástima, suplica, confiado en conmoverla. Pero no la conmueve, está condenado porque ella ha decidido su muerte. De nada servirá cuanto intente, ni la repentina furia en sus ojos ni la rabia que escurre de su hocico ni los gruñidos amenazadores. El perro está sentenciado y nadie intercederá por él.

Atado al tronco de un árbol, adivina cuanto le espera, por eso la furia repentina. Sabe que va a morir y sabe cómo, con cada detalle. Da dentelladas al cabestro y sólo se lastima el hocico. Ella lo ve desde un lado de la fogata y sonríe con maldad. Vacía sebo de cerdo en una sartén y observa cómo se derrite al fuego. Ase el mango y mueve la sartén para que el derretimiento sea parejo sin llegar a arder.

El perro forcejea, dentellea, gruñe, aúlla, ladra desesperado. Ella tantea el líquido en que se ha transformado el sebo. Agarra con ambas manos el mango de la sartén y se dirige hacia el animal. Le habla con palabras soeces y violentas que nada tienen que ver con la dulce manera en que las pronuncia. En su intento de abalanzarse contra ella, el perro estremece al árbol. Antonia se acerca hasta un punto en que se sabe a salvo. Amaga con arrojarle el líquido y él, en lugar de retroceder, insiste furioso en atacarla. Cuando se cerciora de que no reculará ante el sebo derretido, se lo arroja, bañándole lomo y cabeza.

El animal se destantea. Esperaba algo peor que eso. Intenta sacudirse el líquido pero falla su intento. El sebo se cuaja en el pelaje y el perro, al ver que es inútil su intento, acomete de nuevo contra ella. Cuando ella se aproxima con un tizón en cada mano, él retrocede con los ojos enloquecidos. Ella sonríe, goza acercándose, hasta el punto en que presiente el peligro.

Arroja el tizón izquierdo y enciende al perro. El animal lanza dentelladas a la lumbre y no se entera cuando el segundo tizón termina de incendiarlo. Ladra en llamas y lucha por desatarse, por no morir. Pero el fuego lo consume. El olor a pelo quemado y carne chamuscada llena el sueño de Antonia. Ni cubriéndose nariz y boca podría esconderse de la peste.

Despierta con los pulmones repletos de humo imaginario. Suda como si hubiera estado cerca de la lumbre. Pero la noche la pone a tiritar. No sabe si tiembla más por lo que ha hecho en sueños o por el frío de verdad que la atosiga. De nada le servirá dormir de nuevo. No quiere, además, enfrentar al perro en llamas que la espera en el sueño.

Ahora el remordimiento le provoca insomnio. Ella, que lleva tanto tiempo sin llorar, que no se entristeció hace tres años por la muerte de su madre, llora ahora por el perro que ha incendiado en el sueño. No sabe si los perros sueñan, pero si fuera él quien soñara, tendría una pesadilla. No sólo llora, siente que la culpa va a estallarle en el pecho. Es un nudo de dolor, una pena que crece, que sube a la garganta y le provoca un hipo de llanto incontenible.

Por un momento se le ha ocurrido llamar al sacerdote. Confieso, Padre, que he incendiado a un perro. Imagina los ojos enormes del hombre preguntando cuándo fue eso. Anoche. Hay alarma en la voz grave al preguntar dónde ha cometido ese pecado. En un sueño, Padre. Y en seguida imagina el obligado sermón del sacerdote contra las falsas confesiones, contra la pérdida de tiempo mientras más lo necesitan otros feligreses.

Por supuesto que no lo llamará. El hombre no vendría, además, porque ha vivido alejada de la iglesia y de Dios desde antes de nacer. Primero, porque su familia nunca la acercó a la religión; después, porque la vida la fue convenciendo de que Dios es un invento de las personas decentes, y ella jamás pasó por mujer decente. ¿Cómo llamar al sacerdote ahora, en sus últimos días, si toda la vida no recibió sino desprecios de la Santa Madre Iglesia?

Sabe que es impropio llorar por una muerte imaginaria y más el no haberlo hecho por la muerte de su madre, pero nunca ha sido una mujer muy propia, así que no importa. Madre, padre, esposo y amante dispusieron de su vida, de su cuerpo, de su voluntad sin pedirle parecer. El animal del sueño no era un perro, era su vida convertida en perra. Lo piensa con firmeza, convencida y es así como deja de tener remordimientos y se queda dormida de nuevo.

sábado, junio 20, 2009

Don Rubén

Mientras nos estrechamos la mano, Don Rubén me ve a los ojos como si se asomara adentro de mí. Luego me señala una silla frente a él y comienza a exponer su visión del mundo. Cuando hago alusión a un escrito suyo, que Caro me llevó porque le pareció interesante escucharlo hablar, se suelta diciendo que todo lo que escribe es cierto. Yo me voy a ir, dice convencido, voy a hacer un viaje, y me voy a llevar a mi mujer y cuando regrese con ella, la voy a traer de dieciséis años. Caro me deja platicando con él, mientras va en busca de la esposa. Y aquí me quedo, qué se le va a hacer. Y ya que no hay más remedio, me dispongo a escucharlo.

Sí, me dice, voy a viajar muy lejos, a otra dimensión, y voy a regresar con mi mujer rejuvenecida. Usted a lo mejor no me cree, porque ha de decir: Este hombre cómo va a saber más que yo, si ni siquiera hizo estudios de nada. Pero déjeme decirle que todo está en la Biblia. Lo único que falta es saber interpretar bien lo que dice. Porque no es nomás lo que se lee ahí, sino lo que está detrás.

A ver, dígame usted, ¿por qué cree que la Biblia dice que nos multipliquemos? Le digo que tal vez para conservar la especie. Él dice que no, con una sonrisa satisfecha. Le voy a poner un ejemplo, dice, suponga que tiene un corral con gallinas, que se multiplican y se multiplican hasta que ya no caben ahí. ¿Qué es lo que haría? Le digo que tendría que venderlas o hacer más grande el corral. Estalla en una risa abierta: Claro, le acaba de atinar. Ahora imagínese, sigue diciendo, que la vida aquí ya no cabe, ¿no buscaría irse a otros planetas? Eso que le digo, está en la Biblia.

Lo interrumpo para preguntarle qué lee. Él dice que principalmente la Biblia, pero no se lo cree todo, porque fue escrita por muchos hombres, y los hombres fallan. ¿Y por qué fallan?, porque todos los hombres tenemos la ambición de querer ser más que los otros, y dominarlos y conquistarlos. Habla de que la Conquista la hicieron los españoles para lograr una mezcla de razas y mejorarla. Y se pone a decir que los negros son la base para esa mejoría y enumera una serie de datos que no sé cómo consigue hacer embonar.

Recuerde un día de su infancia, me dice de repente. Lo hago sin decirle qué recuerdo y a él no le importa eso. ¿Cuánto se tardó en viajar hasta su infancia? Ni un segundo. Así es como yo voy a viajar. Así es como viajo. Yo veo a mi papá y a mi mamá que ya están muertos y platico con ellos. Así se viaja a otras dimensiones. Yo no sé mucho, ni estudié, pero sé que es verdad lo que digo. Hay personas que me van a ayudar a hacer mi viaje, desde aquí me van a dar energía para que regrese. Yo platico mucho con esas tres personas: un evangelista y dos señores que curan. Cuando yo me vaya, ellos van a estar al pendiente, por si algo me falla. Y cuando regrese y les diga: Yo soy Rubén Magallanes, y no me crean, porque voy a ser un muchacho y mi mujer va a tener dieciséis años, por las puras huellas de los dedos nos van a reconocer y entonces van a entender que yo decía la verdad.

Nosotros no somos de esta tierra, dice. Vinimos de otra dimensión, y hay gente que lo sabe pero no le conviene que se sepa, porque así saca provecho y hace con los demás lo que quiere. Le pregunto qué más lee y no dice nombres de libros, pero regresa a la Biblia una y otra vez. Habla de adelantos científicos, de la eternidad, de que la gente puede ser eterna y los avances científicos lo muestran. Sostiene que nosotros vinimos de otra dimensión, que el chango siempre ha sido chango y la gente siempre ha sido gente, y que la Biblia tiene la razón para todo. Le digo que eso de la eternidad es muy relativo. Para un perro, añado, seríamos eternos. Claro, dice don Rubén, y para una mosca, peor.

Insiste que se puede viajar a otra dimensión y que rejuvenecerá a su mujer. Le digo que un profesor mío que era físico nuclear decía que en menos de doscientos años se podría viajar de Monterrey a México en un instante, y mostraba una hoja en la que trazaba dos puntos, uno en una esquina y otro en otra, y decía que si ahora se tiene que recorrer todo el espacio entre un punto y otro, llegará el momento en que (y aquí doblaba la hoja y empalmaba los dos puntos) se podría viajar plegando el espacio.

Ándele, dice eufórico, pero yo voy a viajar de otra manera. No vale la pena que le diga cómo porque usted no está preparado para entenderlo. Pero, como le digo, me voy a llevar a mi mujer y regresaré con ella de dieciséis años (no entiendo tanta insistencia hasta que veo llegar a Caro con Lupita, la mujer de don Rubén, con la pierna izquierda plagada de várices tan abultadas que parecen yugulares a punto de reventar), y cuando regresemos, continúa, y se convenzan de que somos nosotros, por las huellas de los dedos, a ver entonces qué dicen los que no creían.

Mientras Caro y la mujer de don Rubén recogen granadas y naranjas, el hombre da vueltas a las mismas ideas. Lo cuestiono con cortesía para no ofenderlo y para todo tiene salida, hace encajar en su esquema, en su visión del mundo, todo lo que ha leído, con una seguridad y una congruencia que pasman. Total, que yo salgo de ahí con un libro regalado y hojas sueltas que contienen apuntes de don Rubén; y Caro con granadas, naranjas y limones, además de dos cotorritos que no quieren cobrarnos, diciendo que cómo van a hacerlo si les llevamos tanta ropa. Agradecemos y nos retiramos.

Don Rubén nos detiene para decir que en la siguiente visita que les hagamos tal vez no los encontremos porque andarán en otra dimensión o, en caso de que los encontremos, serán mucho más jóvenes, ante lo cual su mujer nos sonríe como disculpándolo. Antes de irnos, habla de un sueño en el que viajó a otra dimensión y veía al universo como si fuera una maqueta y había voces que decían que era peligroso, que sería peor que el gran estallido, pero no decían de qué hablaban. Sentía que detrás de él había una presencia pero no alcanzó a voltear porque en el momento en que quiso hacerlo, despertó. Por fin deja de hablar y nos permite retirarnos.

De eso hace casi un año.

No he sabido de él ni de su mujer.