domingo, octubre 18, 2009

No todos podemos ser el Santo

La entrada del programa de radio anunciaba: ¡Interpretando a Kalimán, el propio Kalimán! Y esa sola afirmación era razón suficiente para creer en su existencia. Claro, además era “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”. ¿Cómo no creer en él y cómo no arriesgarse a las burlas de los demás?

Dejé de creer cuando supe que el propio Kalimán era el pesadísimo de Luis Manuel Pelayo. Desde entonces, adiós a las radionovelas y adiós al altero de revistas que coleccionaba desde el primer número. Después de esa desilusión, ya no quedaba más que creer en el Santo. Y les juro que en él no dejé de creer ni cuando fui a verlo luchar en la Arena Coliseo de Monterrey y perdió.

El imán del Santo era la máscara. Quienes lo admirábamos queríamos verlo con ella. Por supuesto que sabíamos que quien se ocultaba tras la máscara era otro, pero jamás nos engañaron con la patraña de que quien interpretaba al Santo fuera el propio Santo. No había engaño, contrario a lo que sucedía con Kalimán, aunque no supiéramos quién se ocultaba tras la máscara.

Quienes lo aborrecían, deseaban que la perdiera, pero al mismo tiempo temían verlo sin ella, porque contaba la leyenda que quien lo viera sin máscara moriría sin remedio. Tal vez por eso todos guardaban su distancia. Y si se trataba de apostar máscara contra máscara, o máscara contra cabellera, preferían perder con tal de no saber si la leyenda era más que una leyenda. ¿Para qué arriesgarse?

Por eso me preocupaba que el Santo se viera a sí mismo desenmascarado y duré mucho tiempo pensando que si de repente se quitaba la máscara y se veía en un espejo, hasta ahí iba a llegar. Por fortuna me tranquilizaba ver que en una película se sacaba la máscara y debajo traía otra idéntica, o pensar que era el único que no podía verse como lo veían los demás, porque verse en el espejo era verse al revés, lo de la izquierda a la derecha y lo de la derecha a la izquierda, y eso lo mantenía a salvo.

De acuerdo a la leyenda, tal vez y sólo tal vez, el Santo murió al descubrirse en televisión, cuando ya no le importaba que se supiera quién era el enmascarado de plata y sólo así pudo verse a sí mismo como lo veían los demás. También tal vez, y sólo tal vez, a esas alturas no le importaba tanto morir.

No creo haber sido el único niño que en alguna época anhelara ser Kalimán. Hasta los adultos se alucinaban con eso. Tal vez algún día hasta el mismísimo Rodolfo Guzmán Huerta quiso ser Kalimán, pero como ya había tenido una mala experiencia cuando intentó convertirse en el Murciélago, no le quedó otra que conformarse con ser el Santo.Pero no todos podemos ser el Santo. Con el paso de los años supe que escribir era la única manera de convertirme en él o en quien yo quisiera. Y aquí estoy.

miércoles, septiembre 23, 2009

Confesiones

—Confieso, padre, que vi desnuda a mi prima Lupe.
—¿Cuándo?
—Ayer, mientras se bañaba.
—¿Y qué más?
—Es que...
—Te tocaste mientras la veías.
—Sí, padre. ¿Es pecado?
—Grande. Sobre todo cuando la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¡Ay, padre!

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—Me acuso, padre, de que me gusta mi primo Juan.
—¿Y él lo sabe?
—No sé.
—¿Se lo has dado a entender?
—No sé, padre.
—¿Por qué no sabes?
—Es que ayer, mientras me bañaba, lo oí llegar y abrí la ventila del baño para que me viera.
—¿Y te vio?
—No sé, padre, cerré los ojos.
—Ah.
—¿Es pecado?
—Sí, hija.
—¿Aunque no me haya visto?
—Depende. Si la mujer es bonita de cara y de cuerpo.
—¿Y usted cree que yo?
—No sé. Bonita cara, tienes. Bonito cuerpo...
—¿También?
—No sé. Tendría que verlo.
—¿Usted?
—Para saber si es pecado, nada más.
—¿Es necesario?
—A menos que te quieras condenar.
—¿Qué hago entonces?
—Espera en la sacristía hasta que me desocupe de confesar. Mientras, vas rezando unos padrenuestros y unos avemarías.

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—Quítate la ropa y me dices cuando estés desnuda.
La muchacha obedece con timidez. Se cubre pudibunda.
—Ya, padre.
—Párate bien. No te cubras.
El sacerdote camina a su alrededor.
—Recuéstate.
—¿Para qué?
—Te voy a ungir para que se aparten de ti los malos pensamientos.
La muchacha obedece. El sacerdote se humedece las manos con aceite. Frota la piel y la muchacha se excita. Todo sale a pedir de boca para el hombre que se oculta detrás de la sotana.

lunes, septiembre 07, 2009

Bárbara Cristal

Al principio la mueca del sacerdote parece sonrisa. De qué se ríe en medio de un velorio. Es lo primero que uno se pregunta. Pero nadie se atreve a decirlo, sólo se limita a pensarlo. ¿Cómo preguntarle esas cosas a un sacerdote sin que le suenen a ofensa? La gente abre paso mientras él empuja el carrito con utensilios sagrados, enarbola la sonrisa falsa y mira a los lados, saludando, mostrando sus tres dientes de oro. Esa parece la intención de su sonrisa mueca: mostrar el oro en su dentadura. Por supuesto, el monstruo debe mostrarse.

Llega al frente del féretro y se acomoda dando la espalda a Bárbara Cristal, mejor dicho, al cuerpo donde ella se alojaba. Y empieza a hablar, a preguntar si la muerte fue repentina, si resultó de una enfermedad larga, si se debió a un accidente y, como nadie contesta, voltea hacia el cadáver con curiosidad. Insiste en su indagación pero nadie le da respuestas. Entonces como si ofreciera un menú, pregunta de qué queremos que hable y nos toma por sorpresa: ¿Quién va a saber más, él o nosotros? ¿Es que cree que vino a divertir o a complacer a un público?

Les pregunto, dice, porque la Biblia tiene pasajes especiales para casos como éste. Entonces carraspea, como si se dispusiera a recitar el menú de sermones que maneja. Cita un versículo donde Dios asegura que vendrá por nosotros y no avisará, que llegará sigiloso como un ladrón. Como un ladrón, me quedo pensando, ha dado en la clave. Como un ladrón ha venido Dios y ha hurtado la vida de Bárbara Cristal. Dios disfrazado de muerte. Nada menos que como ladrón, impune, sin remordimientos. Pero, ¿quién puede ampararse contra Dios? ¿Y por qué habría de ser ella la excepción?

La señorita, dice el sacerdote volteando a ver el nombre, Bárbara Cristal tuvo la deferencia de pedir que la llamáramos Bárbara. Muchas otras jóvenes hubieran preferido que las nombraran Cristal. Pero ella eligió, sabiamente, Bárbara. Y después se enreda en la tarea de derivar etimologías de Bárbara, y de extranjera o fuereña, pasa a ser Bar Bar, Hija de Dios. Y abunda acerca de ello, con naturalidad, como si estuviera familiarizado con el tema, como si se tratara de mostrar que no es un sacerdote improvisado.

¿Quiénes son los padres de —voltea y lee el nombre— Bárbara Cristal? Los invita a pasar al frente, pero sólo pasa la madre. Entonces, mientras el sacerdote avanza en su explicación tendiente al consuelo, hurga en su carrito, saca el cáliz, las hostias, el agua bendita, revuelve todo, lo acomoda de nuevo, más preocupado por la búsqueda que por las palabras de consuelo. Habla de la prueba nueve veinticinco de que Dios existe, basada en los evangelios. Y explica y explica, aunque a nadie parece interesarle. Finalmente parece recordar que no es clase de Teología sino velorio y vuelve sobre el ladrón, arrebatador de vidas. Debemos estar preparados, dice buscando aún en el carrito, porque Dios vendrá por nosotros sin previo aviso.

El sacerdote nos mira y pregunta por los hermanos, por los familiares de la señorita... —se asoma a un compartimiento del carrito y, según la entonación, parece a punto de maldecir— de la señorita... —voltea de nuevo a leer el nombre— Bárbara Cristal. Pasan al frente los demás familiares y él los saluda de mano, uno tras otro. En medio de los saludos, de veras contrariado, se asoma de nuevo al carrito. Lo único que parece regresarlo al velatorio es la urgencia de que alguien colecte la limosna. Le vuelve la sonrisa descarada y se le avivan los ojillos. Nunca falta quien se ofrezca a ayudar. Consagración, comunión, ruegos por la señorita —lee por enésima vez el nombre— Bárbara Cristal. Finalmente dice: Podemos ir en paz, la misa ha terminado. El velatorio se despeja de gente y se llena de gemidos.

El sacerdote vuelve a la sala de espera arrastrando su carrito. Me aparto de todos, me siento en un sillón aislado, quiero estar tranquilo. El llanto se multiplica. Tras de mí, el sacerdote lamenta la pérdida de sus llaves. Es lo que le preocupaba. Las busca de nuevo en el carrito. Se hurga en los bolsillos. No termina la búsqueda desquiciada de sus llaves, como si entre ellas estuviese la que pudiera volverle la vida. Sonríe sin mostrar los dientes de oro. El llanto continúa como lamento de fondo. Algunos ríen de ocurrencias que parecen fuera de lugar.

Me siento relegado, estoy aquí de más. ¿Qué tengo que ver con todo esto? ¿Qué me importan las podridas llaves de un sacerdote mercenario por más erudito que sea? ¿Qué me importa el llanto en automático de gente que no conozco? ¿Qué me importan las risas de gente a la cual parece no interesarle que Bárbara Cristal ya no esté aquí? Tratando de que no lo noten, camino hasta la pizarra. Ahí encuentro el nombre completo de Bárbara. Si vine al velorio, fue por ella. Sería lo único que pudiera retenerme, pero ella no está más aquí. ¿Qué me retiene en este lugar? Me encamino a la puerta, abro, salgo y regreso a casa.

Aunque haya elegido Bárbara por nombre, era frágil Cristal que la muerte convirtió en añicos. Quisiera pensar que nada de lo que dicen es cierto. Ni lo de la fiebre por una pulmonía fulminante ni lo de su desmayo repentino ni lo de sus dedos amoratados o sus dolores de cabeza a los que parecía tan apegada ni lo de una estúpida sobredosis ni lo de que nadie supo cómo sucedió ni lo de su abandono de la preparatoria ni lo de su negativa a soportar al padrastro.

No la quiero pensar muerta. Tendría que olvidar la sonrisa mueca del sacerdote, su indiferencia ante la muerte de Bárbara Cristal, el olvido recurrente de su nombre, la búsqueda desquiciada de las llaves, para no pensarla muerta. Pero prefiero imaginar que su edad se ha detenido. Esa es la verdad. Esa es la que cuenta para mí.

martes, agosto 04, 2009

El sueño de Antonia

El dolor cede y Antonia sueña un perro atado a un cabestro. El animal la mira sin creer que quiera dañarlo. Con ojos de lástima, suplica, confiado en conmoverla. Pero no la conmueve, está condenado porque ella ha decidido su muerte. De nada servirá cuanto intente, ni la repentina furia en sus ojos ni la rabia que escurre de su hocico ni los gruñidos amenazadores. El perro está sentenciado y nadie intercederá por él.

Atado al tronco de un árbol, adivina cuanto le espera, por eso la furia repentina. Sabe que va a morir y sabe cómo, con cada detalle. Da dentelladas al cabestro y sólo se lastima el hocico. Ella lo ve desde un lado de la fogata y sonríe con maldad. Vacía sebo de cerdo en una sartén y observa cómo se derrite al fuego. Ase el mango y mueve la sartén para que el derretimiento sea parejo sin llegar a arder.

El perro forcejea, dentellea, gruñe, aúlla, ladra desesperado. Ella tantea el líquido en que se ha transformado el sebo. Agarra con ambas manos el mango de la sartén y se dirige hacia el animal. Le habla con palabras soeces y violentas que nada tienen que ver con la dulce manera en que las pronuncia. En su intento de abalanzarse contra ella, el perro estremece al árbol. Antonia se acerca hasta un punto en que se sabe a salvo. Amaga con arrojarle el líquido y él, en lugar de retroceder, insiste furioso en atacarla. Cuando se cerciora de que no reculará ante el sebo derretido, se lo arroja, bañándole lomo y cabeza.

El animal se destantea. Esperaba algo peor que eso. Intenta sacudirse el líquido pero falla su intento. El sebo se cuaja en el pelaje y el perro, al ver que es inútil su intento, acomete de nuevo contra ella. Cuando ella se aproxima con un tizón en cada mano, él retrocede con los ojos enloquecidos. Ella sonríe, goza acercándose, hasta el punto en que presiente el peligro.

Arroja el tizón izquierdo y enciende al perro. El animal lanza dentelladas a la lumbre y no se entera cuando el segundo tizón termina de incendiarlo. Ladra en llamas y lucha por desatarse, por no morir. Pero el fuego lo consume. El olor a pelo quemado y carne chamuscada llena el sueño de Antonia. Ni cubriéndose nariz y boca podría esconderse de la peste.

Despierta con los pulmones repletos de humo imaginario. Suda como si hubiera estado cerca de la lumbre. Pero la noche la pone a tiritar. No sabe si tiembla más por lo que ha hecho en sueños o por el frío de verdad que la atosiga. De nada le servirá dormir de nuevo. No quiere, además, enfrentar al perro en llamas que la espera en el sueño.

Ahora el remordimiento le provoca insomnio. Ella, que lleva tanto tiempo sin llorar, que no se entristeció hace tres años por la muerte de su madre, llora ahora por el perro que ha incendiado en el sueño. No sabe si los perros sueñan, pero si fuera él quien soñara, tendría una pesadilla. No sólo llora, siente que la culpa va a estallarle en el pecho. Es un nudo de dolor, una pena que crece, que sube a la garganta y le provoca un hipo de llanto incontenible.

Por un momento se le ha ocurrido llamar al sacerdote. Confieso, Padre, que he incendiado a un perro. Imagina los ojos enormes del hombre preguntando cuándo fue eso. Anoche. Hay alarma en la voz grave al preguntar dónde ha cometido ese pecado. En un sueño, Padre. Y en seguida imagina el obligado sermón del sacerdote contra las falsas confesiones, contra la pérdida de tiempo mientras más lo necesitan otros feligreses.

Por supuesto que no lo llamará. El hombre no vendría, además, porque ha vivido alejada de la iglesia y de Dios desde antes de nacer. Primero, porque su familia nunca la acercó a la religión; después, porque la vida la fue convenciendo de que Dios es un invento de las personas decentes, y ella jamás pasó por mujer decente. ¿Cómo llamar al sacerdote ahora, en sus últimos días, si toda la vida no recibió sino desprecios de la Santa Madre Iglesia?

Sabe que es impropio llorar por una muerte imaginaria y más el no haberlo hecho por la muerte de su madre, pero nunca ha sido una mujer muy propia, así que no importa. Madre, padre, esposo y amante dispusieron de su vida, de su cuerpo, de su voluntad sin pedirle parecer. El animal del sueño no era un perro, era su vida convertida en perra. Lo piensa con firmeza, convencida y es así como deja de tener remordimientos y se queda dormida de nuevo.

sábado, junio 20, 2009

Don Rubén

Mientras nos estrechamos la mano, Don Rubén me ve a los ojos como si se asomara adentro de mí. Luego me señala una silla frente a él y comienza a exponer su visión del mundo. Cuando hago alusión a un escrito suyo, que Caro me llevó porque le pareció interesante escucharlo hablar, se suelta diciendo que todo lo que escribe es cierto. Yo me voy a ir, dice convencido, voy a hacer un viaje, y me voy a llevar a mi mujer y cuando regrese con ella, la voy a traer de dieciséis años. Caro me deja platicando con él, mientras va en busca de la esposa. Y aquí me quedo, qué se le va a hacer. Y ya que no hay más remedio, me dispongo a escucharlo.

Sí, me dice, voy a viajar muy lejos, a otra dimensión, y voy a regresar con mi mujer rejuvenecida. Usted a lo mejor no me cree, porque ha de decir: Este hombre cómo va a saber más que yo, si ni siquiera hizo estudios de nada. Pero déjeme decirle que todo está en la Biblia. Lo único que falta es saber interpretar bien lo que dice. Porque no es nomás lo que se lee ahí, sino lo que está detrás.

A ver, dígame usted, ¿por qué cree que la Biblia dice que nos multipliquemos? Le digo que tal vez para conservar la especie. Él dice que no, con una sonrisa satisfecha. Le voy a poner un ejemplo, dice, suponga que tiene un corral con gallinas, que se multiplican y se multiplican hasta que ya no caben ahí. ¿Qué es lo que haría? Le digo que tendría que venderlas o hacer más grande el corral. Estalla en una risa abierta: Claro, le acaba de atinar. Ahora imagínese, sigue diciendo, que la vida aquí ya no cabe, ¿no buscaría irse a otros planetas? Eso que le digo, está en la Biblia.

Lo interrumpo para preguntarle qué lee. Él dice que principalmente la Biblia, pero no se lo cree todo, porque fue escrita por muchos hombres, y los hombres fallan. ¿Y por qué fallan?, porque todos los hombres tenemos la ambición de querer ser más que los otros, y dominarlos y conquistarlos. Habla de que la Conquista la hicieron los españoles para lograr una mezcla de razas y mejorarla. Y se pone a decir que los negros son la base para esa mejoría y enumera una serie de datos que no sé cómo consigue hacer embonar.

Recuerde un día de su infancia, me dice de repente. Lo hago sin decirle qué recuerdo y a él no le importa eso. ¿Cuánto se tardó en viajar hasta su infancia? Ni un segundo. Así es como yo voy a viajar. Así es como viajo. Yo veo a mi papá y a mi mamá que ya están muertos y platico con ellos. Así se viaja a otras dimensiones. Yo no sé mucho, ni estudié, pero sé que es verdad lo que digo. Hay personas que me van a ayudar a hacer mi viaje, desde aquí me van a dar energía para que regrese. Yo platico mucho con esas tres personas: un evangelista y dos señores que curan. Cuando yo me vaya, ellos van a estar al pendiente, por si algo me falla. Y cuando regrese y les diga: Yo soy Rubén Magallanes, y no me crean, porque voy a ser un muchacho y mi mujer va a tener dieciséis años, por las puras huellas de los dedos nos van a reconocer y entonces van a entender que yo decía la verdad.

Nosotros no somos de esta tierra, dice. Vinimos de otra dimensión, y hay gente que lo sabe pero no le conviene que se sepa, porque así saca provecho y hace con los demás lo que quiere. Le pregunto qué más lee y no dice nombres de libros, pero regresa a la Biblia una y otra vez. Habla de adelantos científicos, de la eternidad, de que la gente puede ser eterna y los avances científicos lo muestran. Sostiene que nosotros vinimos de otra dimensión, que el chango siempre ha sido chango y la gente siempre ha sido gente, y que la Biblia tiene la razón para todo. Le digo que eso de la eternidad es muy relativo. Para un perro, añado, seríamos eternos. Claro, dice don Rubén, y para una mosca, peor.

Insiste que se puede viajar a otra dimensión y que rejuvenecerá a su mujer. Le digo que un profesor mío que era físico nuclear decía que en menos de doscientos años se podría viajar de Monterrey a México en un instante, y mostraba una hoja en la que trazaba dos puntos, uno en una esquina y otro en otra, y decía que si ahora se tiene que recorrer todo el espacio entre un punto y otro, llegará el momento en que (y aquí doblaba la hoja y empalmaba los dos puntos) se podría viajar plegando el espacio.

Ándele, dice eufórico, pero yo voy a viajar de otra manera. No vale la pena que le diga cómo porque usted no está preparado para entenderlo. Pero, como le digo, me voy a llevar a mi mujer y regresaré con ella de dieciséis años (no entiendo tanta insistencia hasta que veo llegar a Caro con Lupita, la mujer de don Rubén, con la pierna izquierda plagada de várices tan abultadas que parecen yugulares a punto de reventar), y cuando regresemos, continúa, y se convenzan de que somos nosotros, por las huellas de los dedos, a ver entonces qué dicen los que no creían.

Mientras Caro y la mujer de don Rubén recogen granadas y naranjas, el hombre da vueltas a las mismas ideas. Lo cuestiono con cortesía para no ofenderlo y para todo tiene salida, hace encajar en su esquema, en su visión del mundo, todo lo que ha leído, con una seguridad y una congruencia que pasman. Total, que yo salgo de ahí con un libro regalado y hojas sueltas que contienen apuntes de don Rubén; y Caro con granadas, naranjas y limones, además de dos cotorritos que no quieren cobrarnos, diciendo que cómo van a hacerlo si les llevamos tanta ropa. Agradecemos y nos retiramos.

Don Rubén nos detiene para decir que en la siguiente visita que les hagamos tal vez no los encontremos porque andarán en otra dimensión o, en caso de que los encontremos, serán mucho más jóvenes, ante lo cual su mujer nos sonríe como disculpándolo. Antes de irnos, habla de un sueño en el que viajó a otra dimensión y veía al universo como si fuera una maqueta y había voces que decían que era peligroso, que sería peor que el gran estallido, pero no decían de qué hablaban. Sentía que detrás de él había una presencia pero no alcanzó a voltear porque en el momento en que quiso hacerlo, despertó. Por fin deja de hablar y nos permite retirarnos.

De eso hace casi un año.

No he sabido de él ni de su mujer.

domingo, mayo 10, 2009

Celos

Un balazo le atravesó la espalda. El otro se le metió entre el cabello y ya no le salió. Y aquí me quedé, con la pistola en la mano, sintiendo el alivio de la afrenta que me había hecho. La gente se arremolina alrededor de nosotros. La miran a ella y me miran a mí, como no creyendo lo que ven. Parecen tontos, sin una migaja de pensamiento. Ella está bien muerta, casi desnuda; y yo, por fin libre de su mala entraña. Nunca conocí a una mujer tan linda por fuera y tan puta por donde se le quisiera ver. Se lucía como pavorreala al pasar frente a los hombres. Tan chula y tan hembra que nunca pude entender cómo vino a fijarse en mí, a meterse conmigo, teniendo tantos de dónde escoger.
A mis sesenta años, siempre me pregunté eso. Cómo no buscó un muchacho de su camada, o alguien de verse, alguien a quien pudiera presumir ante las demás mujeres. Me miro en el espejo con tan poco pelo, casi desdentado, repleto de arrugas, con esta barriga tan estorbosa para ella y para mí, y no acabo de entenderlo. Llegué a pensar que me jugaba una broma. Y todavía ahora que está muerta lo sigo pensando.
La veía pasar con su ropa entallada, con su pantaloncito muy por arriba de las rodillas y me alegraba ver cómo no les hacía jalón a los muchachos de su edad. Nomás les daba a oler y a ver su cuerpo y se los meneaba como diciendo: De esta agua no han de probar. Y luego, a mí, por dondequiera que me encontraba, dándome entrada, dándome facilidades. Y yo, ¿a quién le dan pan que llore?, me dejaba querer. Con aires de inocente, me restregaba en el cuerpo sus tetas recién salidas del horno.
Y como uno es hombre hasta que se muere, sin pensarlo mucho, porque la vida es corta, me la llevé un día para la casa. Y andavete, para saber quién le habría enseñado tanta maña a la niña. Las vírgenes duelen, pero ella fue un alivio para mí. Quién te viera, le dije sonriendo porque al principio me cayó en gracia, refiriéndome a lo que ya sabía hacer con su cuerpo. Y entonces me platicó de sus primos, de su hermano, y comparaba sus caricias con las mías y yo me quedaba callado, como si no me importara un comino.
Tan chulo cuerpo se me hizo mucha pieza para mí. Eso al principio, porque después me creí que de veras me lo merecía, y dejé de mirarme en el espejo y me fui tras ella con las cuatro patas. No me conformé con tenerla nada más a ratos sino que le pedí a lo pelón que se casara conmigo. Ella se me quedó viendo con una risita de burla y me dijo que así estábamos bien, que para qué íbamos a hacer enojar a sus papás. Yo le insistía y le insistía pero ella nada más se me quedaba viendo con una risita de burla y con cara de que yo estaba medio zafado.
Cuando malicié que el asunto se me podía cebar, no me quedó otro remedio que amenazarla: Si no aceptas casarte conmigo, cuento lo de tus primos, lo de tu hermano y lo de nosotros. Así le dije muy serio y ella lloró mucho pero no me ablandé. Venir a mí con lagrimitas, a mi edad, no, señor. La amenacé mucho para meterle miedo. De esa y muchas otras marrullerías y patrañas eché mano durante varios días, hasta que se convenció de que no tenía para dónde hacerse.
Al menos eso fue lo que yo me creí. Después vine a sospechar que me equivocaba, que a fin de cuentas le iba a servir nada más de pantalla para seguir chacoteando con los primos y hasta con el hermano. Pero el caso fue que se casó conmigo. Nunca entendieron cómo un viejo sesentón como yo se quedaba con la muchacha más chula del rumbo. Pero como ella aceptó, sus papás no pusieron reparos. Al menos no frente a mí. Así que la boda se realizó sin demora, como si urgiera. No fuera a morirme yo o a arrepentírseme ella.
En cuanto entramos a la casa, recién llegados de todos aquellos estorbos de la iglesia y el baile y la boda, se la sentencié: Ahora ya no te mandas sola; de aquí para delante, olvídate de la ropa entalladita y rabona; y no me vuelvas a hablar de lo que hiciste con tus primos y con tu hermano porque hasta ahí llegamos. ¿Estamos claros? Ella dijo que sí con la cabeza baja y creí que quedaba muy claro lo que yo le mandaba y, lo peor de todo, que lo respetaría.
Pero no fue así. Más bien parece que no interpretó bien lo que le dije. O lo interpretó a sus conveniencias. Como que al oír aquello vio una rendija por dónde escaparse y la quiso aprovechar. Porque rabona, entalladita y más coqueta que nunca, me la encontré ayer sentada en la plaza, platicando con los primos y con el hermano. Le hablé desde lejos y se rio de mí. Ellos se le unieron en la burla y me encorajiné. Así que me acerqué, la agarré de un brazo y me la llevé de ahí. Los muchachos ni pío dijeron. Me daban ganas de matarla ahí mismo, pero me contuve.
En el camino, viéndola caminar enfrente de mí, contoneando su cuerpo delicioso, se me volvieron humo las ganas de desquitarme. El coraje se me convirtió muy pronto en deseo. Así que ya dentro de la casa, me le acerqué y comencé a acariciarla. Y sería por contentarme o por ganas de hombre, me buscó una y otra vez, como si no llenara, y me encontró siempre ganoso. Una y otra vez. Una y no supe cuántas veces vino a mí y me encontró dispuesto.
Era la más feliz de las agonías y me abandoné a ella hasta quedar consumido. Pero poco duró la tregua, porque desperté al sentir que ella besaba mi cuerpo de pies a cabeza. Abrir los ojos y verla hecha una loba despertó mi deseo de nuevo. Me creía agotado y ella se encargó de quitarme la razón. Parecía que ya no me quedaban fuerzas y ella lo intentaba de nuevo y de nuevo lo conseguía. Yo no sé de dónde le nacía tanta urgencia. Me dolía el cuerpo, me pesaba. Me sentía entre el cielo y el infierno.
Llegó un momento en que me negué porque mi cuerpo ya no respondía. Estaba de veras seco por dentro. Ella se detuvo mirándome con ánimos de reclamo. Pero no me importó. Dijera lo que dijera, de cualquier forma yo ya no podía más. Quiso intentar reanimarme pero la aparté con firmeza y le dije: Ya no. Me miró con frialdad y no hizo ni dijo nada más. Me dejó dormir y yo me olvidé de ella. Me hundí en el sueño, como si fuera el último de mi vida y tuviera que aprovecharlo antes de morir.
Desperté a media noche y no la encontré en la cama ni en la casa. Entonces oí voces y risas afuera. Agarré mi pistola y salí sin hacer ruido. No sé cómo me aguanté el coraje para no matarlos ahí mismo. Eran tres muchachos. Dos de pie, esperando turno; el otro, el hermano, encaramado en ella, y no de mala manera, sino con su consentimiento. Me quedé parado viendo a la loba y a su domador y oyendo los jadeos cada vez más arrebatados.
Cuando los otros me sintieron, voltearon a verme y de inmediato se echaron a correr despavoridos, con los pantalones en las manos. El hermano reaccionó también y se fue tras los otros. Ella, muy digna, tomó su ropa y entró desnuda a la casa, como si nada hubiera sucedido. Ya dentro se metió a bañar como para quitarse una culpa que estaba lejos de sentir, mientras yo hervía de coraje pero callaba.
Hasta que la puta maldita comenzó a cantar muy oronda y ya no me aguanté. Le grité las peores razones que se me ocurrieron en toda mi vida y ella siguió cantando. Le reclamé su manera de proceder con sus primos y con su hermano y entonces me miró y se sonrió: Tengo que buscar afuera lo que tú no puedes darme. Mejor me hubiera hundido un cuchillo y lo hubiera remolineado en la herida. Le pegué mucho, ciego por el coraje y los celos, y me vine a arrepentir cuando no vi que se quejara.
Le pedí perdón y, al verme humillado, de rodillas ante ella, se creció; se medio vistió de prisa, abrió la puerta y salió de la casa. La perseguí pistola en mano. Le pregunté a dónde iba pero no me contestó. Siguió caminando. Empezó a vociferar contra mi poca hombría, contra mi vejez ridícula. Gritaba que cómo iba yo a merecerla, que si nunca me había visto en un espejo, que tenía que ser muy tonto para no darme cuenta de que era un inútil viejo rabo verde, qué cómo me figuraba que ella pudiera quererme.
Todavía oyéndola así, le rogué que volviera a la casa. La detuve de un brazo, pero se me zafó con violencia. Llegamos a la plaza y no dejaba de ofenderme una y otra vez. La gente despertaba a nuestro paso y se asomaba a las ventanas. Y ya no toleré más. Me detuve y le dije: Si no te callas, te mato. Pero ella siguió burlándose de mí, ofendiendo mi hombría. Entonces le dejé ir los dos balazos.
La gente nos rodea. Me miran a mí y la miran a ella, sin creerlo, tirada ahí, como un desperdicio. Como la basura que era y ya no queda más que desechar. No me arrepiento de nada. Dios mismo, en mi lugar, la hubiera matado y tampoco se arrepentiría. Pero aún muerta, me duele el recuerdo de su cuerpo desnudo abandonado a otros brazos y no sé cómo quitarlo de mi memoria.
Por eso ahora camino con la pistola en la mano, en busca de esos tres.
Y los he de encontrar.

lunes, febrero 23, 2009

Deseo


Si pudiera volverme invisible no me sucederían estas cosas, pensó Emilio cuando, acompañado por la amante, se encontró con la esposa. Recordó los cuentos de tres deseos cumplidos y se dijo que se conformaría con uno. Pero ni vivía en un cuento ni existían los genios ni había manera de que la esposa no los viera, de manera que le informó a la acompañante que le había mentido, que no se llamaba Enrique sino Emilio, que era casado y no soltero como le había jurado para llevarla a la cama, y que la mujer que se les acercaba era su esposa.
La amante no lo soltó de la mano, siguió caminando a su lado como si no hubiera escuchado la confesión. Se va a dar cuenta, dijo él casi con violencia. ¿De quién hablas?, dijo ella. ¡De mi esposa!, contestó entre dientes, apuntando con la mirada a la mujer que estaba casi a tres metros de ellos. ¿Te estás volviendo loco?, dijo la amante. Yo no veo a nadie, tú no tienes esposa y sólo tienes una novia que soy yo. En tanto, la esposa se acercaba hecha una energúmena y le soltó una frase terminante: Tenemos que hablar.
Emilio estaba acorralado. Era obvio que la esposa deseaba hablar de la situación sin escándalo. Quiso hacer presentaciones pero le pareció ridículo y decidió no hacerlo. ¿Cómo iba a decirle a la esposa: Ella es Liz, mi amante? ¿Cómo iba a decirle a la amante: Mira, ella es Dalia, mi esposa? ¿Cómo reconocer que a ambas las engañaba? No, eso era punto más que imposible.
Me acaban de decir por teléfono: Parece que tu esposo te engaña. ¿Es cierto eso? Eso dijo la esposa. Él se quedó callado. Lo más cómodo sería decirle que no era cierto. Sin embargo no lo hizo porque a su lado se encontraba Liz. ¿Cómo iba a negarla, cómo iba a decir a la esposa que a la gente no se le debía dar tanta importancia, que hablaba por hablar? La esposa le dijo: ¿Es cierto? Necesitaba un sí o un no. La amante no daba crédito, parecía que su novio hablaba con el viento. Le dijo: ¿Estás bien? Él contestó: Sí. Y entonces la esposa puso el grito en el cielo. ¿Y me lo dices así, tan campante, como si fuera una gracia que me engañes?
Él dijo: Perdón, perdón, perdón. La amante lo sacudió de los hombros: El exclamó con vehemencia: ¡Déjame, no quiero volver a verte!, y se liberó de un tirón. La esposa dijo: ¿Y para qué quieres que te deje, para irte con otra? No se te va a hacer, ¡primero muerta! ¡Y nunca, óyelo bien, nunca más te atrevas a tocarme! La amante dijo: Es lo último que te aguanto. Después dio media vuelta y se alejó. Él volteó a ver a la esposa, ella le plantó la mano abierta en la mejilla izquierda y se marchó también.
Avergonzado, quiso saber si la gente había visto la escena. Nadie reparaba en él. Vio sombras de otros pasando a su lado, pero no la suya. Una mujer volteó al escucharlo decir: ¡Malditos deseos cumplidos!, y al no verlo siguió su camino.