sábado, junio 20, 2009
Don Rubén
Sí, me dice, voy a viajar muy lejos, a otra dimensión, y voy a regresar con mi mujer rejuvenecida. Usted a lo mejor no me cree, porque ha de decir: Este hombre cómo va a saber más que yo, si ni siquiera hizo estudios de nada. Pero déjeme decirle que todo está en la Biblia. Lo único que falta es saber interpretar bien lo que dice. Porque no es nomás lo que se lee ahí, sino lo que está detrás.
A ver, dígame usted, ¿por qué cree que la Biblia dice que nos multipliquemos? Le digo que tal vez para conservar la especie. Él dice que no, con una sonrisa satisfecha. Le voy a poner un ejemplo, dice, suponga que tiene un corral con gallinas, que se multiplican y se multiplican hasta que ya no caben ahí. ¿Qué es lo que haría? Le digo que tendría que venderlas o hacer más grande el corral. Estalla en una risa abierta: Claro, le acaba de atinar. Ahora imagínese, sigue diciendo, que la vida aquí ya no cabe, ¿no buscaría irse a otros planetas? Eso que le digo, está en la Biblia.
Lo interrumpo para preguntarle qué lee. Él dice que principalmente la Biblia, pero no se lo cree todo, porque fue escrita por muchos hombres, y los hombres fallan. ¿Y por qué fallan?, porque todos los hombres tenemos la ambición de querer ser más que los otros, y dominarlos y conquistarlos. Habla de que la Conquista la hicieron los españoles para lograr una mezcla de razas y mejorarla. Y se pone a decir que los negros son la base para esa mejoría y enumera una serie de datos que no sé cómo consigue hacer embonar.
Recuerde un día de su infancia, me dice de repente. Lo hago sin decirle qué recuerdo y a él no le importa eso. ¿Cuánto se tardó en viajar hasta su infancia? Ni un segundo. Así es como yo voy a viajar. Así es como viajo. Yo veo a mi papá y a mi mamá que ya están muertos y platico con ellos. Así se viaja a otras dimensiones. Yo no sé mucho, ni estudié, pero sé que es verdad lo que digo. Hay personas que me van a ayudar a hacer mi viaje, desde aquí me van a dar energía para que regrese. Yo platico mucho con esas tres personas: un evangelista y dos señores que curan. Cuando yo me vaya, ellos van a estar al pendiente, por si algo me falla. Y cuando regrese y les diga: Yo soy Rubén Magallanes, y no me crean, porque voy a ser un muchacho y mi mujer va a tener dieciséis años, por las puras huellas de los dedos nos van a reconocer y entonces van a entender que yo decía la verdad.
Nosotros no somos de esta tierra, dice. Vinimos de otra dimensión, y hay gente que lo sabe pero no le conviene que se sepa, porque así saca provecho y hace con los demás lo que quiere. Le pregunto qué más lee y no dice nombres de libros, pero regresa a la Biblia una y otra vez. Habla de adelantos científicos, de la eternidad, de que la gente puede ser eterna y los avances científicos lo muestran. Sostiene que nosotros vinimos de otra dimensión, que el chango siempre ha sido chango y la gente siempre ha sido gente, y que la Biblia tiene la razón para todo. Le digo que eso de la eternidad es muy relativo. Para un perro, añado, seríamos eternos. Claro, dice don Rubén, y para una mosca, peor.
Insiste que se puede viajar a otra dimensión y que rejuvenecerá a su mujer. Le digo que un profesor mío que era físico nuclear decía que en menos de doscientos años se podría viajar de Monterrey a México en un instante, y mostraba una hoja en la que trazaba dos puntos, uno en una esquina y otro en otra, y decía que si ahora se tiene que recorrer todo el espacio entre un punto y otro, llegará el momento en que (y aquí doblaba la hoja y empalmaba los dos puntos) se podría viajar plegando el espacio.
Ándele, dice eufórico, pero yo voy a viajar de otra manera. No vale la pena que le diga cómo porque usted no está preparado para entenderlo. Pero, como le digo, me voy a llevar a mi mujer y regresaré con ella de dieciséis años (no entiendo tanta insistencia hasta que veo llegar a Caro con Lupita, la mujer de don Rubén, con la pierna izquierda plagada de várices tan abultadas que parecen yugulares a punto de reventar), y cuando regresemos, continúa, y se convenzan de que somos nosotros, por las huellas de los dedos, a ver entonces qué dicen los que no creían.
Mientras Caro y la mujer de don Rubén recogen granadas y naranjas, el hombre da vueltas a las mismas ideas. Lo cuestiono con cortesía para no ofenderlo y para todo tiene salida, hace encajar en su esquema, en su visión del mundo, todo lo que ha leído, con una seguridad y una congruencia que pasman. Total, que yo salgo de ahí con un libro regalado y hojas sueltas que contienen apuntes de don Rubén; y Caro con granadas, naranjas y limones, además de dos cotorritos que no quieren cobrarnos, diciendo que cómo van a hacerlo si les llevamos tanta ropa. Agradecemos y nos retiramos.
Don Rubén nos detiene para decir que en la siguiente visita que les hagamos tal vez no los encontremos porque andarán en otra dimensión o, en caso de que los encontremos, serán mucho más jóvenes, ante lo cual su mujer nos sonríe como disculpándolo. Antes de irnos, habla de un sueño en el que viajó a otra dimensión y veía al universo como si fuera una maqueta y había voces que decían que era peligroso, que sería peor que el gran estallido, pero no decían de qué hablaban. Sentía que detrás de él había una presencia pero no alcanzó a voltear porque en el momento en que quiso hacerlo, despertó. Por fin deja de hablar y nos permite retirarnos.
De eso hace casi un año.
No he sabido de él ni de su mujer.
domingo, mayo 10, 2009
Celos
A mis sesenta años, siempre me pregunté eso. Cómo no buscó un muchacho de su camada, o alguien de verse, alguien a quien pudiera presumir ante las demás mujeres. Me miro en el espejo con tan poco pelo, casi desdentado, repleto de arrugas, con esta barriga tan estorbosa para ella y para mí, y no acabo de entenderlo. Llegué a pensar que me jugaba una broma. Y todavía ahora que está muerta lo sigo pensando.
La veía pasar con su ropa entallada, con su pantaloncito muy por arriba de las rodillas y me alegraba ver cómo no les hacía jalón a los muchachos de su edad. Nomás les daba a oler y a ver su cuerpo y se los meneaba como diciendo: De esta agua no han de probar. Y luego, a mí, por dondequiera que me encontraba, dándome entrada, dándome facilidades. Y yo, ¿a quién le dan pan que llore?, me dejaba querer. Con aires de inocente, me restregaba en el cuerpo sus tetas recién salidas del horno.
Y como uno es hombre hasta que se muere, sin pensarlo mucho, porque la vida es corta, me la llevé un día para la casa. Y andavete, para saber quién le habría enseñado tanta maña a la niña. Las vírgenes duelen, pero ella fue un alivio para mí. Quién te viera, le dije sonriendo porque al principio me cayó en gracia, refiriéndome a lo que ya sabía hacer con su cuerpo. Y entonces me platicó de sus primos, de su hermano, y comparaba sus caricias con las mías y yo me quedaba callado, como si no me importara un comino.
Tan chulo cuerpo se me hizo mucha pieza para mí. Eso al principio, porque después me creí que de veras me lo merecía, y dejé de mirarme en el espejo y me fui tras ella con las cuatro patas. No me conformé con tenerla nada más a ratos sino que le pedí a lo pelón que se casara conmigo. Ella se me quedó viendo con una risita de burla y me dijo que así estábamos bien, que para qué íbamos a hacer enojar a sus papás. Yo le insistía y le insistía pero ella nada más se me quedaba viendo con una risita de burla y con cara de que yo estaba medio zafado.
Cuando malicié que el asunto se me podía cebar, no me quedó otro remedio que amenazarla: Si no aceptas casarte conmigo, cuento lo de tus primos, lo de tu hermano y lo de nosotros. Así le dije muy serio y ella lloró mucho pero no me ablandé. Venir a mí con lagrimitas, a mi edad, no, señor. La amenacé mucho para meterle miedo. De esa y muchas otras marrullerías y patrañas eché mano durante varios días, hasta que se convenció de que no tenía para dónde hacerse.
Al menos eso fue lo que yo me creí. Después vine a sospechar que me equivocaba, que a fin de cuentas le iba a servir nada más de pantalla para seguir chacoteando con los primos y hasta con el hermano. Pero el caso fue que se casó conmigo. Nunca entendieron cómo un viejo sesentón como yo se quedaba con la muchacha más chula del rumbo. Pero como ella aceptó, sus papás no pusieron reparos. Al menos no frente a mí. Así que la boda se realizó sin demora, como si urgiera. No fuera a morirme yo o a arrepentírseme ella.
En cuanto entramos a la casa, recién llegados de todos aquellos estorbos de la iglesia y el baile y la boda, se la sentencié: Ahora ya no te mandas sola; de aquí para delante, olvídate de la ropa entalladita y rabona; y no me vuelvas a hablar de lo que hiciste con tus primos y con tu hermano porque hasta ahí llegamos. ¿Estamos claros? Ella dijo que sí con la cabeza baja y creí que quedaba muy claro lo que yo le mandaba y, lo peor de todo, que lo respetaría.
Pero no fue así. Más bien parece que no interpretó bien lo que le dije. O lo interpretó a sus conveniencias. Como que al oír aquello vio una rendija por dónde escaparse y la quiso aprovechar. Porque rabona, entalladita y más coqueta que nunca, me la encontré ayer sentada en la plaza, platicando con los primos y con el hermano. Le hablé desde lejos y se rio de mí. Ellos se le unieron en la burla y me encorajiné. Así que me acerqué, la agarré de un brazo y me la llevé de ahí. Los muchachos ni pío dijeron. Me daban ganas de matarla ahí mismo, pero me contuve.
En el camino, viéndola caminar enfrente de mí, contoneando su cuerpo delicioso, se me volvieron humo las ganas de desquitarme. El coraje se me convirtió muy pronto en deseo. Así que ya dentro de la casa, me le acerqué y comencé a acariciarla. Y sería por contentarme o por ganas de hombre, me buscó una y otra vez, como si no llenara, y me encontró siempre ganoso. Una y otra vez. Una y no supe cuántas veces vino a mí y me encontró dispuesto.
Era la más feliz de las agonías y me abandoné a ella hasta quedar consumido. Pero poco duró la tregua, porque desperté al sentir que ella besaba mi cuerpo de pies a cabeza. Abrir los ojos y verla hecha una loba despertó mi deseo de nuevo. Me creía agotado y ella se encargó de quitarme la razón. Parecía que ya no me quedaban fuerzas y ella lo intentaba de nuevo y de nuevo lo conseguía. Yo no sé de dónde le nacía tanta urgencia. Me dolía el cuerpo, me pesaba. Me sentía entre el cielo y el infierno.
Llegó un momento en que me negué porque mi cuerpo ya no respondía. Estaba de veras seco por dentro. Ella se detuvo mirándome con ánimos de reclamo. Pero no me importó. Dijera lo que dijera, de cualquier forma yo ya no podía más. Quiso intentar reanimarme pero la aparté con firmeza y le dije: Ya no. Me miró con frialdad y no hizo ni dijo nada más. Me dejó dormir y yo me olvidé de ella. Me hundí en el sueño, como si fuera el último de mi vida y tuviera que aprovecharlo antes de morir.
Desperté a media noche y no la encontré en la cama ni en la casa. Entonces oí voces y risas afuera. Agarré mi pistola y salí sin hacer ruido. No sé cómo me aguanté el coraje para no matarlos ahí mismo. Eran tres muchachos. Dos de pie, esperando turno; el otro, el hermano, encaramado en ella, y no de mala manera, sino con su consentimiento. Me quedé parado viendo a la loba y a su domador y oyendo los jadeos cada vez más arrebatados.
Cuando los otros me sintieron, voltearon a verme y de inmediato se echaron a correr despavoridos, con los pantalones en las manos. El hermano reaccionó también y se fue tras los otros. Ella, muy digna, tomó su ropa y entró desnuda a la casa, como si nada hubiera sucedido. Ya dentro se metió a bañar como para quitarse una culpa que estaba lejos de sentir, mientras yo hervía de coraje pero callaba.
Hasta que la puta maldita comenzó a cantar muy oronda y ya no me aguanté. Le grité las peores razones que se me ocurrieron en toda mi vida y ella siguió cantando. Le reclamé su manera de proceder con sus primos y con su hermano y entonces me miró y se sonrió: Tengo que buscar afuera lo que tú no puedes darme. Mejor me hubiera hundido un cuchillo y lo hubiera remolineado en la herida. Le pegué mucho, ciego por el coraje y los celos, y me vine a arrepentir cuando no vi que se quejara.
Le pedí perdón y, al verme humillado, de rodillas ante ella, se creció; se medio vistió de prisa, abrió la puerta y salió de la casa. La perseguí pistola en mano. Le pregunté a dónde iba pero no me contestó. Siguió caminando. Empezó a vociferar contra mi poca hombría, contra mi vejez ridícula. Gritaba que cómo iba yo a merecerla, que si nunca me había visto en un espejo, que tenía que ser muy tonto para no darme cuenta de que era un inútil viejo rabo verde, qué cómo me figuraba que ella pudiera quererme.
Todavía oyéndola así, le rogué que volviera a la casa. La detuve de un brazo, pero se me zafó con violencia. Llegamos a la plaza y no dejaba de ofenderme una y otra vez. La gente despertaba a nuestro paso y se asomaba a las ventanas. Y ya no toleré más. Me detuve y le dije: Si no te callas, te mato. Pero ella siguió burlándose de mí, ofendiendo mi hombría. Entonces le dejé ir los dos balazos.
La gente nos rodea. Me miran a mí y la miran a ella, sin creerlo, tirada ahí, como un desperdicio. Como la basura que era y ya no queda más que desechar. No me arrepiento de nada. Dios mismo, en mi lugar, la hubiera matado y tampoco se arrepentiría. Pero aún muerta, me duele el recuerdo de su cuerpo desnudo abandonado a otros brazos y no sé cómo quitarlo de mi memoria.
Por eso ahora camino con la pistola en la mano, en busca de esos tres.
Y los he de encontrar.
lunes, febrero 23, 2009
Deseo
Si pudiera volverme invisible no me sucederían estas cosas, pensó Emilio cuando, acompañado por la amante, se encontró con la esposa. Recordó los cuentos de tres deseos cumplidos y se dijo que se conformaría con uno. Pero ni vivía en un cuento ni existían los genios ni había manera de que la esposa no los viera, de manera que le informó a la acompañante que le había mentido, que no se llamaba Enrique sino Emilio, que era casado y no soltero como le había jurado para llevarla a la cama, y que la mujer que se les acercaba era su esposa.
La amante no lo soltó de la mano, siguió caminando a su lado como si no hubiera escuchado la confesión. Se va a dar cuenta, dijo él casi con violencia. ¿De quién hablas?, dijo ella. ¡De mi esposa!, contestó entre dientes, apuntando con la mirada a la mujer que estaba casi a tres metros de ellos. ¿Te estás volviendo loco?, dijo la amante. Yo no veo a nadie, tú no tienes esposa y sólo tienes una novia que soy yo. En tanto, la esposa se acercaba hecha una energúmena y le soltó una frase terminante: Tenemos que hablar.
Emilio estaba acorralado. Era obvio que la esposa deseaba hablar de la situación sin escándalo. Quiso hacer presentaciones pero le pareció ridículo y decidió no hacerlo. ¿Cómo iba a decirle a la esposa: Ella es Liz, mi amante? ¿Cómo iba a decirle a la amante: Mira, ella es Dalia, mi esposa? ¿Cómo reconocer que a ambas las engañaba? No, eso era punto más que imposible.
Me acaban de decir por teléfono: Parece que tu esposo te engaña. ¿Es cierto eso? Eso dijo la esposa. Él se quedó callado. Lo más cómodo sería decirle que no era cierto. Sin embargo no lo hizo porque a su lado se encontraba Liz. ¿Cómo iba a negarla, cómo iba a decir a la esposa que a la gente no se le debía dar tanta importancia, que hablaba por hablar? La esposa le dijo: ¿Es cierto? Necesitaba un sí o un no. La amante no daba crédito, parecía que su novio hablaba con el viento. Le dijo: ¿Estás bien? Él contestó: Sí. Y entonces la esposa puso el grito en el cielo. ¿Y me lo dices así, tan campante, como si fuera una gracia que me engañes?
Él dijo: Perdón, perdón, perdón. La amante lo sacudió de los hombros: El exclamó con vehemencia: ¡Déjame, no quiero volver a verte!, y se liberó de un tirón. La esposa dijo: ¿Y para qué quieres que te deje, para irte con otra? No se te va a hacer, ¡primero muerta! ¡Y nunca, óyelo bien, nunca más te atrevas a tocarme! La amante dijo: Es lo último que te aguanto. Después dio media vuelta y se alejó. Él volteó a ver a la esposa, ella le plantó la mano abierta en la mejilla izquierda y se marchó también.
Avergonzado, quiso saber si la gente había visto la escena. Nadie reparaba en él. Vio sombras de otros pasando a su lado, pero no la suya. Una mujer volteó al escucharlo decir: ¡Malditos deseos cumplidos!, y al no verlo siguió su camino.
domingo, enero 25, 2009
Insomnio y Semáforo
Es difícil despertar sin ella cada madrugada. Nada hay que hacer a estas horas. No se me antoja ver programas de televisión que sólo tratan de venderte cosas que no sirven o que no puedes comprar. Si al menos ofrecieran algo que la regresara a casa, no dudaría en comprarlo, pero soy iluso, como siempre. Ella no vuelve nunca más.
El semáforo repite sus colores para nadie. Es un estorbo porque parece urdir el rojo sólo para cuando se acerca un conductor trasnochado. Muestra el verde para que transite la noche o el viento y parece solazarse en detener a los pocos autos que se acercan a él. Cuando la calle está más sola que yo, abandona el rojo y enciende el verde por mucho rato y, hasta que se aproxima un vehículo, parpadea el ámbar y muestra el rojo.
Sí, la calle está más sola que yo en este momento. A mí por lo menos me acompañan las fotos, la ropa, los aromas gastados de mi mujer. Cómo me gustaría no haber dejado pasar ninguna oportunidad para decirle otras palabras, buenas palabras, que no la hirieran. Pero qué se le va a hacer, ya no está ella. Es como lamentarme de no haberme bañado en un río, ahora que ya está seco.
Una camioneta llega al semáforo justo cuando ha advertido varias veces con el ámbar. Simplemente se detiene antes de que cambie a rojo. Es mucha camioneta para alguien que trabaje honradamente. No sabría decir cuál es su color. La luz no es tan fuerte como para distinguirlo. Viajan dos personas en ella. Eso sí lo puedo asegurar por sus siluetas. No han pasado diez segundos cuando se detiene un auto tras la camioneta. Se ve diminuto ante el armatoste detenido entre el semáforo y él. Es un auto amarillo y el modelo debe ser muy reciente y extranjero porque no lo reconozco. Va sólo una persona en él.
¿Cómo no hubo en mi interior un semáforo que indicara en rojo cada vez que me llenaba de enfado contra ella? Sé que es tonto, pero no puedo dejar de pensarlo. Será que así somos los viejos, lamentando más lo que dejamos de hacer que lo que hicimos. Si al menos estuviera aquí conmigo, acompañando mi insomnio, viendo ese semáforo que ahora se ha mudado inútilmente al verde porque el conductor de la camioneta no hace por avanzar y el del auto espera paciente, como si no le importara o estuviera dormido.
¿Qué esperan? Ni el de adelante arranca ni el de atrás reclama. Qué paciencia. Yo nunca la tuve. Ni cuando manejaba mi auto ni cuando discutíamos ella y yo ni cuando los hijos se acercaban a mí. No supe ser de otra manera. A estas alturas dudo que llegue a tener la paciencia que ella tenía para conmigo. Ni siquiera la paciencia de este conductor del auto amarillo que espera durante todo el verde, que ve sin inmutarse el parpadeo del ámbar y soporta el regreso del rojo. Eso sí que es ser paciente. Yo ya no quiero paciencia. Ya no la necesito. La hubiera querido para ella. Ahora para qué.
El conductor de la camioneta baja y camina lento hacia el auto. Se detiene frente al conductor y le arroja algo de papel, tal vez un volante, tal vez un billete, algo que no puedo distinguir con estos ojos. Si ella me acompañara ahora, sabría decirlo con certeza. Sus ojos vieron siempre mejor que los míos, y eran más bonitos además. El hombre afuera del auto explica al de adentro no sé que tantas cosas y señala a su acompañante. Habla más con las manos que con la voz, pero ni así entiendo. Después camina hacia la camioneta, sube y arranca en rojo.
El del auto se queda detenido. Voltea a ver lo que el otro le ha arrojado. Mira la ruta que siguió la camioneta. El semáforo ha vuelto al verde y el conductor se le queda viendo como si no entendiera. Sólo cuando nota que tiene el pase del semáforo se preocupa por avanzar. Es evidente que cambia de ruta. Aunque llevaba la misma que la camioneta, da vuelta a la derecha, y avanza con cautela.
Me quedo aquí sin entender lo sucedido. No es la vejez la que me impide entenderlo. Me queda claro que el conductor de la camioneta no habló con el del auto en buenos términos. Eso es todo. Y por el desvío, parece que lo hubiera amenazado con algo o por algo. No importa qué haya sido. Pero no quisiera estar en su lugar. Prefiero el insomnio. Lo que no soporto es la ausencia de mi mujer, eterna.
domingo, abril 06, 2008
Para que el reino nunca deje de brillar
Hace años, en la Feria del Libro de Monterrey, me abordó una mujer de poco más de treinta años. Después de saludarme amistosamente me dijo: Usted fue mi profesor de quinto año. La verdad es que me sentí confundido y apenado ante el hecho de que ella supiera quién era yo, y yo no pudiera recordarla. No era cosa de otro mundo que no la recordara después de haber sido profesor de casi tres mil estudiantes desde primaria hasta maestría, pero me apenaba de verdad.
Ella, en cambio, parecía divertida y contenta por encontrarme. Y de pronto, para mi mayor sorpresa, terminó diciendo: Me acuerdo que usted todos los viernes nos contaba cuentos. Debo haber puesto cara de víctima de Alzheimer porque sonrió abierta y divertida al agregar: Siempre me acuerdo que nos contó la historia de Ulises y el Cíclope. Y al oír esto, entonces sí la ubiqué, recordé la escuela, el grupo y el año en que sucedió (año que no mencionaré, más por respeto a mí que a ella).
No recordé entonces su nombre, como tampoco ahora lo recuerdo. Lo importante es que aquella exalumna vino a recuperar una parte de mi vida como profesor y como escritor incipiente que no aparecía registrada en mi memoria. Debo confesar que nunca agradeceré lo suficiente este tipo de encuentros. Por fortuna, en ninguno de ellos he recibido reclamaciones. Y espero seguir así.
Oscar Wilde dijo una vez que sólo hay dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo. Aunque sé que Wilde debe haber dicho esto con su peculiar ironía, hubo un tiempo en que creí a ciegas en ambas reglas. Sin embargo, con el pasar de los textos leídos y escritos me di cuenta, al menos de manera intuitiva, de que no bastaba con tener algo que contar y contarlo sino que, además, había que saber cómo contarlo.
No me queda duda de que, ya en aquellos viernes, al contar historias a mis estudiantes, ponía atención en el modo de hacerlo. De no haber sido así, les aseguro que la exalumna de la cual hablo no habría recordado el relato de Ulises y el Cíclope. Aún más, ni siquiera se acordaría de mí. Y aunque no lo mencionó, quisiera suponer que, a raíz de aquellas sesiones, terminó leyendo La Odisea por su cuenta.
Por lo antes expuesto, puedo decir que cuando vi y escuché leer la primera vez a Marinés Medero, me sentí acompañado. No sólo porque ella tenía algo que contar, sino por su manera de contarlo. Se trataba de Olaff oye tocar a Rachmaninoff, de Cary Kerner, un cuento que había permanecido como uno de mis amores ocultos, conocido por mí desde la época en que leía la revista El Cuento, y cuyo gusto nunca antes pude compartir con nadie. Pero no sólo se trataba de la historia sino de la manera de contarla, porque Marinés desprendía las palabras desde el papel mediante gestos, ademanes, guiños de complicidad, modulación de la voz. Todo un alarde acerca de cómo se puede contar una historia.
Supe entonces que ver y escuchar la lectura de Marinés, es presenciar desplegada la magia de la palabra, ver de bulto la lectura, sentir el contagio de esa enfermedad sin sanación que representa el amor por los libros. Porque cuando ella lee, hay una especie de encantamiento, reescribe sus propios textos o ayuda a que quien los escribió termine de escribirlos, en complicidad; pero no contenta con leerlos, los vive y nos invita a vivirlos y, además, lo consigue.
Siempre he compartido la opinión de que leer y escribir para niños y niñas no es leer y escribir para tontos y tontas. Se tiene que escribir y leer de manera inteligente para personas inteligentes, sin importar la edad. Bien dijo una vez Máximo Gorki que para los niños se escribe igual que para los adultos, pero mejor. Y eso es lo que Marinés Medero ha hecho a lo largo de su vida como promotora de la lectura: leer y escribir libros para niños y niñas como si fueran para adultos, pero mejor.
Para ilustrar lo anterior, enumeraré algunas estrategias que la autora propone en su antología De Maravillas y Encantamientos con el fin de estimular la comprensión de la lectura en voz alta:
— La lectura del cuento debe ser pausada y clara ya que el objetivo no es terminar rápido sino entender perfectamente aquello que el autor escribió.
— En caso de que el niño lea en voz alta deben corregirse con suavidad los errores en su lectura. Hay que recordar que ningún niño desea leer mal.
— Si después de la lectura al niño no le gustó el texto, hay que respetar su opinión y procurar escuchar con atención sus argumentos.
— No todas las personas tienen la misma facilidad para leer. Cada quien tiene su propia velocidad y ritmo.
— La literatura no tiene por qué ser seria y aburrida si intentamos que se convierta en un placer.
— Cualquier manifestación emocional que resulte de la lectura debe ser comprendida y respetada.
Para hablar de las cosas que ha escrito y emprendido, tendría que mencionar su labor periodística en las revistas Casa de las Américas y Unión; y en los suplementos El Gallo Ilustrado y Aquí Vamos. No podría dejar de mencionar sus libros Cuentos y Anti-cuentos de Juan Dolcines (inédito), Al otro lado de la puerta, Sol del Siglo XXII, Volvamos a la palabra, De maravillas y encantamientos. Me vería obligado a hablar de las revistas El caballo de papel y La llave de oro de las cuales fue directora. Además, no me perdonaría dejar de lado su trabajo como guionista para la Unidad de Televisión Cultural de la SEP, para la serie radiofónica El taller de las sorpresas, de Radio Educación, y para Cantos, brincos y sueños y El llavero, del Canal 28 de Nuevo León. Pero sería cansado enumerar todo eso, así que ni siquiera lo mencionaré.
Finalmente, quisiera decir que Marinés Medero vive su vida de la misma manera en que lee textos ante un grupo de espectadores, con una intensidad que en pocas persones he visto. Y eso, debo señalarlo, también se contagia y no puede uno dejar de agradecerlo. Lo haré parafraseando a la misma autora: Había una vez un país que brillaba cada vez que Marinés contaba las historias que había aprendido cuando era niña. Éste era y es, un hermoso lugar, pero cuando Marinés deja de leer se vuelve el país más gris y triste del mundo.
Espero seguir escuchando por muchos años más las historias de Marinés Medero, para que el reino nunca deje de brillar.
viernes, diciembre 07, 2007
Un cuarto para leer
Al abuelo le disgustaba la oscuridad y se vivía quejando de ella. Sobre todo porque para leer debía salir al patio; de modo que, al terminar, regresaba encandilado a la casa.
—¿Qué hiciste ahora de comer? —le decía a la abuela.
—Pos de veras que te estás quedando ciego, Miguel —se disgustaba la abuela, acostumbrada a estar metida en la oscuridad de la casa.
—Es esta maldita casa —justificaba el abuelo—. Ojalá pudiéramos cambiarnos a otra con más luz.
—¿Con más luz? ¿Y dónde vas a encontrar otra con más luz, por el mismo precio?
El abuelo se resignaba a medias y comía a ciegas, hasta que su paladar le descifraba los sabores y se enteraba de lo que estaba comiendo.
—No soy tan ambicioso. Me conformaría con un cuarto, aunque fuera uno solo, con luz suficiente para leer a mis anchas.
La abuela movía la cabeza negando, desaprobando los sueños del abuelo, pero sin dejar de sonreír comprensiva. Y se quedaba a lavar los trastes, mientras el abuelo se iba a atender el estanquillo en el crucero.
Una mañana, la abuela, asombrada, despertó al abuelo.
—¡Miguel! —lo sacudió. El abuelo andaba en lo más profundo de los sueños—¡Despierta, Miguel!
—Déjame otro ratito.
—¡Nada de otro ratito! ¡Ven, quiero enseñarte una cosa!
El abuelo se desperezó y siguió tambaleante a la abuela. Ella se detuvo en el tercer cuarto, contando desde la avenida.
—Mira.
—Qué.
—Esa puerta.
El abuelo se restregó los ojos para apreciarla mejor. Era una puerta, sí, pero o nunca la habían notado o jamás había estado ahí. Una rendija de luz se colaba por debajo de ella. El abuelo terminó por despertar y no esperó más: la abrió. Encontró un cuarto iluminado y repleto de libros. Paseó la mirada feliz sobre los lomos mientras la abuela, cautelosa, permanecía afuera.
—Sal de ahí, Miguel, no vaya a venir el dueño.
—¿El dueño? ¿Cuál dueño?
—El de los libros.
El abuelo, fuera del mundo, hojeaba uno de los libros, olvidado de la abuela, deslumbrado ante el hallazgo.
—Se te va a hacer tarde.
—¿Qué?
—¿No piensas abrir ahora el estanquillo?
—Abre tú si quieres.
La abuela se vistió y salió molesta a atender el estanquillo. El abuelo no se apareció en todo el día. Cansada, de mal humor y mal comida, cerró temprano. Y en lugar de regresar a la casa, entró a la de la vecina del lado sur. Cuando salió de ahí, en el rostro se le dibujaba un miedo que no podía esconder. Entró a la casa tren y encontró al abuelo embebido en la lectura.
—¡Miguel!
—Qué —dijo el abuelo sin dejar de leer.
—¡Sal de ahí, por lo que más quieras!
Él levantó la vista, señaló la página que leía, cerró el libro, lo acomodó entre los otros y salió.
—Ese cuarto es obra del demonio —sentenció la abuela.
—Pos será, pero nunca había leído tan a gusto.
—¡Ese cuarto no existe, Miguel!
—¿No? —sonrió el abuelo y volteó sobre su hombro hacia el cuarto— ¿Qué no lo estas viendo?
—Quiero decir que no es de este mundo. Fui con la vecina, busqué señales del cuarto y no hay nada: La casa de los vecinos está igualita que ésta, larga, larga, sin cuartos para este lado. Ni rastro de este cuarto.
—¿Y eso qué importa si el cuarto está aquí? —contestó el abuelo disponiéndose a salir de la casa— Ya me voy, porque se me va a hacer tarde.
—¿Adónde vas?
—Al estanquillo.
—¿Sabes qué horas son? —lo miró la abuela ya de plano enojada.
—Van a ser las seis.
—¡Sí, pero de la tarde!
El abuelo se asomó a la avenida y lo comprobó. Se rascó la cabeza y sonrió.
—¡Cómo se va el tiempo! —dijo y, como no queriendo, se metió de nuevo al cuarto iluminado, ante la mirada impotente de la abuela, que no tuvo más remedio que irse a preparar la cena.
—¿No piensas cenar? —dijo al poco rato.
—No tengo hambre.
El reflejo del cuarto era molesto para ella. Se removía de un lado a otro, intentando dormir.
—¡Ya apaga esa luz! —gritó en un momento, desesperada. El abuelo se concretó a cerrar la puerta.
Fue lo último que se supo del abuelo. A la mañana siguiente, no había ni rastros de aquella puerta. La abuela todavía se acuerda y llora. Pero yo no me entristezco, porque sé que, donde quiera que esté, el abuelo es feliz, haciendo lo que más le gusta. Y quizá para él aún sean las seis de la mañana de aquel día.
viernes, noviembre 23, 2007
Buscando a mamá
Papá, con la baba caída, como si su nueva mujer le hubiera dado a tomar una hierba azonzadora, no reparaba en mí ni en mis hermanos. Mucho menos iba a acordarse de mamá. Por eso, cuando ella preguntaba por él, mejor le hablaba del buen tiempo que hacía, de la salud de mis hermanos, de cómo crecían y progresaban en los estudios.
Como si lo viera ahorita, recuerdo el domingo aquel en que sin esperar su orden, me bañé y me cambié‚ para acompañarlo. En vano todo, porque me dijo: ya me voy, cuida mucho a tus hermanos. Pregunté‚ por qué no lo acompañábamos al panteón como los otros domingos. Contestó que tenía un asunto pendiente y salió. Sentí algo como tristeza que también podía ser coraje o sentimiento. Pero no lloré. No tenía aún diez años, pero en ausencia de papá era yo el que quedaba al mando y tomé muy a pecho mi papel.
El panteón estaba a tres cuadras de la casa y pensé que si papá tenía otras ocupaciones, bien podía llevar yo a mis hermanos a la tumba de mamá. Y no esperé su permiso. Los arreglé lo mejor que pude y salimos. Ni más ni menos igual que los otros domingos. Una rezada y un rato de silencio hasta que mis hermanos se pusieron a jugar y terminaron peleándose por unas flores que encontraron en otra tumba. Los convencí de adornar con ellas la de mamá y el pleito terminó.
Así he conocido gentes que roban las flores de otras tumbas. Dizque se las encuentran. No sé a quién engañan. Con la mayor desfachatez vienen y les interrumpen a los muertos su descanso eterno. Se emborrachan y hacen días de campo, se burlan de la muerte. No se enteran que detrás de cada flor que crece en el panteón, los muertos escuchan y ven. Pero esas gentes no lo entienden. A los que mueren les urge un nuevo cuerpo, un cuerpo sin achaques. Y lo encuentran renaciendo en flores silvestres, flores de muerto, para que otros, en un rato de zoncera, vengan y las destrocen, para dejar morir a sus muertos por segunda vez.
Total, que aquel domingo volvimos antes de que el sol bajara, pero papá no regresó sino por la noche. Esto se repitió varios domingos hasta que llegó la nueva mujer. Y a partir de entonces, todos los demás días llegando de la escuela, comía y me escapaba al panteón a platicar largo y tendido con mamá. Hablábamos de tantas cosas que no podría enumerarlas una por una. Me preguntaba por papá y yo la distraía con el olor de las flores, con lo sucio que se ponían las tumbas vecinas, con cuentos que le inventaba. Nunca me atreví a contarle una mentira. Nunca le dije de la mujer que papá había llevado a la casa en su lugar. Le hablaba de otras cosas: que ya pavimentaban la colonia, que ya había terminado de estudiar mi primaria, que ya teníamos televisión. No venía al caso mortificarla más de lo que ya estaba en su tumba.
Le preguntaba si no se cansaba de vivir siempre acostada, si no sentía mucho frío allá abajo, si no le faltaba el aire. Preguntas tontas, pues bien sabía que a ella nada le faltaba ya. Era por sacarle plática. Pero nunca quise preguntarle cómo era allá donde ella estaba. Tal vez me prevenía contra un miedo que podía convertir mis sueños en pesadillas.
Nunca pensé en que ella no vivía ya, en que se le pudrían los sesos, si es que no se los habían comido los gusanos. Y que no había modo de remendar lo carcomido. Los agujeros negros en su cerebro. Su materia gris convertida en túneles huecos y oscuros. Nunca pensé en su cerebro antes lúcido y entonces ya acabado. Pero cuando me descuidaba y empezaba a pensar en todo eso, prefería abandonar su tumba, irme lejos, hasta que volvía a escucharla llamándome. Y me hablaba de vecinos acabados de enterrar, de las molestias que le causaban con sus gemidos, no acostumbrados a la muerte. Y me olvidaba de sequedades y pudriciones, o fingía tan bien que yo mismo me convencía de que ella aún estaba viva.
Vivía más tiempo en el panteón en que mamá pasaba su muerte que en mi casa. Ahí me acostumbré a oír a los muertos. Gente de otro mundo, buena gente. Era una maraña de voces cada que la visitaba, cuando llegaba a dormirme sobre su tumba. Eso si hacía buen tiempo, porque luego se dejaba caer un frío que hasta a los muertos les calaba en los huesos allá adentro. Y cómo no iba a calarles, tan descarnados como estaban, sin el abrigo de sus antiguas carnes, sólo cubiertos por una caja y una lápida, tan frías que daban ganas de encender fuego sobre ellas, si no fuera por el temor de que cargaran conmigo no nada más la policía sino hasta los loqueros. Los vivos, con el abrigo de la carne, la ropa y las cobijas, sentíamos frío. ¿Qué no sentirían los muertos allá abajo, tan oscuro, tan frío, tan lleno de muerte?
De todos modos, ningún lugar mejor para descansar que un panteón. Será que crecí entre tumbas, y los panteones han sido como mi casa. La diferencia entre un panteón y una casa la hacen los muertos. Ellos ya no necesitan nada. En cambio, entre los vivos no faltan envidias ni ambiciones. Y como yo nada envidio y nada ambiciono, encuentro agradable la compañía de los muertos. Uno quisiera tener por siempre vivos a sus muertos. Como yo, hay miles de fieles a sus difuntos, hasta que la muerte los reúne y sólo Dios sabe qué encontrarán allá. Nunca entendí aquella fórmula del matrimonio: hasta que la muerte los separe. Por un lado, los sacerdotes se la pasan predicando la vida eterna y por otro limitan el matrimonio hasta la muerte. Nunca lo entenderé.
En mis años de secundaria me empezaron a tildar de Profanador, de Muertero, de Loco, de Panteonero. Todos aquellos apodos me calaban pero me aguanté. Mis compañeros se cansaron, vieron que no me molestaba y dejaron de burlarse. Aunque los apodos se me quedaron al grado de que todavía atiendo cuando me llaman por alguno de ellos.
Por aquella época empezaron los rumores de que cambiarían de lugar el panteón donde estaba mamá. Decían que cargarían con muertos y tumbas y se los llevarían para otros panteones. Si querías que a tus difuntos los enterraran en buen lugar, tenías que pagar. Si no, como quiera se los llevarían, pero los meterían a una fosa común. Luego supe que eso era un pozo muy grande en el que echarían revueltos los huesos de los muertos por quienes nadie pagara.
Asustado por la idea de perder para siempre a mamá, o lo que de ella quedaba, le supliqué a papá que pagara. Su rostro se puso serio y dijo que no tenía con qué. Así que traté de reunir la cantidad que pedían. Por las tardes de entre semana y los sábados y los domingos enteros, trabajé duro. Pero de nada sirvió. Todavía no completaba la mitad del dinero cuando desapareció el panteón y empezaron a construir una escuela. Y ya no pude averiguar el paradero de mamá.
Desde entonces me la paso de panteón en panteón. Hay tantos en la ciudad que no he alcanzado a recorrerlos todos. Tengo que irme con calma, despacio. No quiero que, por un descuido mío, mamá se pierda para siempre. No me atrevo a pensar en lo que sucedería si por las prisas me pasara de largo sin reconocer su tumba. No sé cuánto tiempo tendría que transcurrir para que yo regresara a ese panteón.
Por eso me detengo, me demoro leyendo los nombres de las lápidas, escuchando con paciencia las voces de los muertos en sus tumbas, acordándose aún de cuando habitaban los vientres de sus madres. Así se sienten, como fetos sin vida. Muertos que jamás serán dados a luz, que permanecen en una preñez eterna de la tierra. Se sienten en la tranquilidad del vientre materno, sin preocupaciones, sin pendientes. Sólo penan quienes todavía no se acostumbran a la muerte.
Los interrogo. Les pregunto por mamá. Algunos se niegan a hablar. Que los deje descansar, dicen. No todos son así. Otros darían la vida, si la tuvieran, por que alguien los escuchara. Y ahí es donde entro yo. Dejando que hablen de ellos. Sobre todo de lo que dejaron de hacer en vida. Se quejan de eso. Me apena interrumpirlos. Los dejo hablar hasta que se hartan y entonces les pregunto por mamá y nadie sabe. Lo más que han llegado a decirme es que no todos los muertos salieron de aquel panteón. Dicen que encima de ellos construyeron la escuela. Eso no es nuevo para mí. Mucha gente habla de niños a los que se les aparecen almas en pena a todas horas. Nadie les cree. Yo no sé si creer.
Me canso cada vez más. A mis setenta años se me ocurre pensar que no vale la pena buscar más. Pronto me reuniré con ella. Lo que me preocupa es que no me reconozca. Los muertos no envejecen. Y ella murió en sus cuarenta años. De modo que cuando muera yo, voy a parecer su papá más que su hijo. No le temo a la muerte. He vivido siempre a su lado. Lo que temo es no poder descansar en paz, tener qué seguir buscando a mamá aún después de muerto, como alma en pena.
