<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792</id><updated>2012-02-16T06:57:30.985-06:00</updated><title type='text'>Narregio</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>26</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-26426507921850365</id><published>2011-02-19T16:37:00.002-06:00</published><updated>2011-02-19T16:43:31.326-06:00</updated><title type='text'>Arrodillados</title><content type='html'>Un día como tantos, llegas a la secundaria y encuentras cerrado el portón. No puedes evitar sentirte molesto. Pasan ya de las siete y el conserje ha olvidado abrir. Tocas el claxon una vez, para no parecer mal educado. Pero nada. Vuelves a tocarlo. Y de nuevo, nada. Cuando la impaciencia casi te rebasa, aparece el conserje. Avanza despacio, de rodillas. ¿Cómo es posible que jamás deje de bromear? Es lento su avance, pero al fin abre y empuja el portón. Estacionas el auto y saludas malhumorado, casi a la fuerza. El conserje contesta de igual manera. No te detienes cuando grita medio en  broma y medio molesto: ¡Si quieres puedes llegar a la hora que se te antoje, al cabo ya sabes que lo único que tengo que hacer es esperarte para abrir el portón!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volteas y lo miras. Continúa de rodillas, encendiendo un cigarro. Entras a la auxiliaría y registras tu asistencia. Has llegado cinco minutos más temprano. Te diriges a la sala de maestros y esperas el arribo de los compañeros. Uno tras otro llegan de rodillas. Sólo se ponen de pie a medias, para sentarse. Esto ya no es broma del conserje. No sabes qué decir. Dudas, porque no quisieras pasar por una vergüenza al no participar en la broma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se escucha el timbre de entrada y se inicia la batalla de siempre: supervisar uniforme, corte de pelo, formación. Jamás te acostumbrarás. El auxiliar vigila la sumisión desde el micrófono. Ahora que da la entrada, notas lo grotesco de la marcha de los grupos. Todos los alumnos van arrodillados y el avance resulta penoso. Si algún alumno se pone de pie, su maestro le llama la atención y lo vuelve a poner de rodillas. Uno, dos, uno, dos, deslizar de rodillas, rumor enervante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Desde cuándo andan de rodillas? De repente notas que también lo haces tú. Claro, ¿cómo ser la excepción? ¿Cómo pedirle a tu grupo que camine de rodillas si tú mismo no lo hicieras? ¿Por qué hasta ahora te das cuenta? ¿Qué ley los obliga a ir así? El avance es torpe y silencioso. La situación pesa. Quisieras detenerte, preguntar por qué y desde cuándo van de rodillas, pero sospechas que sería mal visto. No es posible que sólo tú te enteres. Temes quedar en ridículo si preguntas. Temes que no sepan de qué hablas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te asomas desde el barandal del tercer piso. Otro de los conserjes, se dirige a la puerta principal. No alcanzas a ver quién va a entrar, pero el conserje va lo más aprisa que le permiten sus rodillas. Se escucha la puerta al abrirse y aparece el director, también de rodillas. La imagen de los grupos avanzando de rodillas y su rumor insisten en la memoria. No cesan de aparecer, lastiman el cerebro, punzan los oídos, hierven en las vísceras. El ruido crece, volteas y descubres a una alumna de pie en el salón.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¡Eh, profe! ¿Por qué a ella no le dice nada? —demanda un alumno en son de reproche. Le pides a la alumna que vaya a su lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué nomás que vaya a su lugar? —insiste el otro— ¡Dígale que no ande parada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le indicas a la alumna que se arrodille aunque no encuentras sentido a lo que pides. Ella hace un mohín y se arrodilla estrepitosamente. Las clases discurren en la mañana lenta. Pides un trabajo de redacción: “¿Por qué debemos andar de rodillas?” Los alumnos se te quedan viendo como si no comprendieran. Tienes qué explicarles y, cuando al fin entienden, emprenden el trabajo. Justo tres minutos antes de terminar la clase con ellos, recoges los escritos y sales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la sala de maestros, empiezas a revisarlos. “¿Eso viene en el programa?”, dice una profesora al ver el título del trabajo. Contestas que no y sigues revisando. Es increíble leer cada respuesta. Nadie cuestiona andar de rodillas, como si fuera lo más natural del mundo, como si todos allá afuera, en la calle, anduvieran también de rodillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Maestro! —se oye la voz del auxiliar, dirigiéndose a ti desde la puerta— Dice el director que quiere hablar contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acomodas las hojas en un legajo que guardas en el portafolios. Luego te encaminas a la dirección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Siéntate —dice el director.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué pasa contigo? Acaba de decirme una maestra que andas desordenando a los muchachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te hagas el hipócrita. Me refiero a ese trabajito que les pusiste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El trabajo de redacción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A eso le llamas trabajo de redacción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le veo nada de malo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te parece poco alborotar así a los muchachos? Nada más falta que de repente te pongas a cuestionar todas las leyes que nos rigen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y usted qué opina acerca de que andemos de rodillas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo que yo opine no está a discusión. Cualquier persona normal sabe lo que nos caracteriza como buenos ciudadanos. ¿Qué sería de nosotros si de repente dejáramos de respetar una regla tan importante como ésa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Se puede pasar? —dice el auxiliar apenas asomando por la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No ve que estoy ocupado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es acerca de dos alumnos del profesor. Andaban de pie en el salón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Póngales un reporte. Que mañana no entren a clase si no vienen sus papás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El auxiliar sale de la dirección. Alcanzas a ver por la ventana, entre las persianas, a tus dos alumnos de rodillas tras él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ves lo que provocas, profesor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No le parece que exageramos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No quiero seguir discutiendo contigo. De ahora en adelante, no te quiero ver desordenando a los muchachos. Y te advierto: voy a tenerte vigilado adentro y afuera del salón. No faltarán muchachos responsables que me tengan al tanto de tu comportamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la hora del descanso, apartado de todos, mientras haces guardia por disposición del director, miras a un montón de muchachos que, a escondidas, se ponen de pie. Desde donde estás, les lanzas una simple seña y, amedrentados, se arrodillan de inmediato. ¿Qué clase de profesor eres, que te has pasado la vida arrodillado y manteniendo arrodillados a tus alumnos? ¿Por qué tuviste que descubrirlo si no puedes hacer nada para evitarlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te pones impulsivamente de pie y echas a caminar mientras los alumnos te rodean asombrados. Es tanta la fuerza de sus miradas que casi te arrodillas de nuevo. Pero no lo haces. Avanzas de pie, mientras cientos de alumnos y alumnas te siguen rodeando y comienzan a ponerse de pie. Cada vez son menos quienes quedan de rodillas. El director grita desaforado por el micrófono pero nadie le hace caso. &lt;br /&gt;Profesores, profesoras y conserjes te imitan. El director continúa de rodillas. La gente afuera de la escuela, también empieza a ponerse de pie. El director se desentiende del micrófono y entra de rodillas a su oficina. Se encierra y toma el teléfono mientras la escuela se pone de pie. Todo, gracias a tu ejemplo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-26426507921850365?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/26426507921850365/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=26426507921850365' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/26426507921850365'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/26426507921850365'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2011/02/arrodillados.html' title='Arrodillados'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-5718949390917995475</id><published>2010-07-14T20:11:00.001-05:00</published><updated>2010-07-14T20:13:00.993-05:00</updated><title type='text'>Cuento para un perro</title><content type='html'>Ahí estaba yo, arrinconado por un perro amenazador con los dientes al aire, advirtiéndome de un ataque sin miramientos, sin misericordia. No podía hablar ni gritar, no podía moverme ni mucho menos correr, no podía mostrar una señal de miedo y desbordaba pavor. No quería enfurecerlo más. Si gritaba nadie me escucharía, si me movía o temblaba seguro terminaría atravesado a dentelladas. La dirección que me habían escrito en aquel trozo de papel estaba a dos escasas cuadras pero el animal no me dejaba una rendija siquiera por dónde escapar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son de no creerse las cosas que intenté. Primero recé el padrenuestro que se me olvidó a medio camino y el maldito perro se puso a gruñir al notar que no continuaba. Lo hacía con una fiereza que jamás había visto en algún animal. Y como supuse que el rezo lo tranquilizaba y en vista de que estaba en un rincón del olvido, intenté el avemaría que pareció dar resultado, pero tampoco encontré algunas palabras a mitad de rezo y no iba a encajar palabras que no iban, así que mientras buscaba en la memoria la parte que seguía casi se me echa encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedarme callado era un atentado en contra de mí, por eso pensé que tal vez un silbido podía ayudar, un silbido largo, sostenido, que lo tranquilizara. Sí, eso era, no había más que intentar un silbido que lo volviera a la cordura y terminaría salvada la situación y salvado yo. Pero por más que intenté no salió por mis labios más que un soplo de aire que a nadie, ni siquiera a mí y mucho menos al perro, impresionó. Por el contrario, yo sentía que el miedo se iba avivando en mí y veía que el perro continuaba acechante, amenazador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, como último recurso, se me ocurrió contarle una historia. Vayan ustedes a saber que mentiras le habré contado, qué historia le mentí o que cuento le inventé. Pero el caso es que el animal se detuvo. Dejó de gruñir amenazante, desistió de mirarme con furia, renunció a mostrarme sus dientes furiosos. Me miró primero con la cabeza ladeada hacia un lado, luego hacia el otro, y terminó con la mirada en calma y las orejas atentas a mis palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y como se había tranquilizado, suponiendo que se debía a la historia que le inventaba, continué. Palabra tras palabra, una frase hilada con otra y con otra y con otra más, fui armando un cuento hipnotizador. Y el perro (jamás vi a un animal tan atento, tan interesado), escuchó la historia completa, de principio a fin. Cuando terminé y le dije: Eso fue todo lo que sucedió, el perro me lanzó un rezongo sin enojo, dio media vuelta y echó a andar, alejándose de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí del lugar en que me había mantenido y comencé a caminar. Pero a los pocos pasos el animal regresó a mi lado. Yo le dije como a un amigo: ¿Y ahora qué quieres, muchacho?, y seguí caminando. Él ni volteó a verme, me escoltó hasta la dirección que me habían dado. Esperó a que la mujer me abriera la puerta, me despedí de él y por fin se retiró sosegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo único que lamento ahora es no poder recordar ni una frase de la historia que le conté al maldito perro. Para que me haya perdonado la vida, no dudo que fue muy buena, pero mucho mejor la manera en que se la conté. Me hubiera gustado recordarla para intentar escribirla pero, para mi mala fortuna, el miedo de aquel día me la borró por completo de la memoria.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-5718949390917995475?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/5718949390917995475/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=5718949390917995475' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5718949390917995475'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5718949390917995475'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2010/07/cuento-para-un-perro.html' title='Cuento para un perro'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-2670673337995156878</id><published>2010-02-02T23:25:00.003-06:00</published><updated>2010-02-10T22:24:48.815-06:00</updated><title type='text'>Profundamente de otro</title><content type='html'>&lt;em&gt;Carta escrita por Rebeca Olmedo en Nochistlán, Zacatecas, el 2 de enero del presente año. Días después, su esposo Rubén Armendáriz la recibió y, tras leerla, la quemó en Cutler, California.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rubén:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta carta no es como ninguna otra que te haya escrito antes. Disculpa que no desee te encuentres bien de salud. No quiero ser como las enfermeras que primero te frotan la piel y luego te encajan la aguja sin misericordia. Aunque no lo creas, es difícil escribir esto, pero de alguna manera he de empezar por decirte que ya no te quiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tu primer error fue no escucharme. No quería que me dejaras sola y ni quién te quitara la idea de irte: Ya verás que consiguiendo trabajo te mando montones de dólares, tantos, que no vas a saber dónde guardarlos. No quisiste escucharme porque ya lo tenías decidido. Favor grande fue avisarme y ahí estaba yo, de tonta, suplicándote. La pared al menos me hubiera devuelto el eco. Así que te fuiste muy a tus anchas. Al cabo aquí estaban tus padres y los míos, por si algo se me ofrecía. ¿Y a mí para qué me servían ellos si tú no ibas a estar? Me ayudarían si me atacaba el hambre o me tumbaba una enfermedad pero, ¿qué iban a hacer cuando en las noches aullara de ganas por ti? ¿Me conseguirían a otro mientras tú regresabas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los hombres, tan lejos, ¿quién les quita que se metan con otras mujeres? Hasta se han de juntar en manada tras ellas, como garañones. A ustedes se les permiten esos desahogos. En cambio, a una, acá, tan vigilada, tan cortita que la traen, no puede voltear a ver ni al sacerdote en misa, y tiene que apagar a solas sus fuegos, así ande deseosa de sobarse aunque sea con un trapeador o una escoba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como bien me lo dijiste, no batallaste para encontrar trabajo. Claro, trabajo que allá no harían ni los perros, pero que da dinero. Eso sí, contrario a lo que yo pensaba, mandaste tanto dinero que llegó el momento en que no supe dónde ponerlo. Pronto se me ocurrió guardarlo en un banco, no fuera a meterse un ladrón a la casa y adiós. Con tanto sacrificio tuyo allá, con un trabajo tan humillante; y con mi sacrificio aquí, sin ti. Pero pensar que te la pasabas sin mujer, de eso ni ilusiones me hacía. No digo que no me importara, pero con tal de que regresaras pronto, evitaba los malos pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no tenía fuerzas para soportar el encierro. Necesitaba aire, algo que me apagara el cuerpo, tal vez ir a un lugar fresco, a una alberca, a un río, cuando menos a una de esas tiendas del centro, con clima todo el día. Así que me arreglé y salí. Antes, claro, debí avisarles a tus padres. Cuando me preguntaron a dónde iba, no tuve valor para contarles lo que sentía. Les dije que iba al banco, a depositar los dólares que habías enviado. Me quisieron endilgar acompañante y me negué. No insistieron, pero la sospecha no se les borró de los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de andar vagando por horas, entré a un restaurante y comí como si llevara varios días sin probar bocado. Al salir me detuvo en un cine la imagen de una mujer desnuda a la que un hombre le acariciaba los pechos. Sin pensarlo, compré boleto y entré. Había hombres solos, pero de mujeres nada más yo iba sola. Uno de ellos vino a sentarse a mi lado. Por un momento pensé cambiar de lugar, salir del cine. Pero no lo hice. Había lugares vacíos más allá de mí, pero él escogió sentarse a mi lado. Sin mediar nada, habló de la película. Él ya la había visto tres veces y no se cansaba de verla. Siguió hablando de cosas por el estilo hasta que apagaron las luces y empezó la función.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me resistí, ¿para qué lo niego? Empezó por mi mano y acabó abrazándome, besándome, enloqueciéndome, estrujándome los pechos, penetrándome con sus dedos. Tú no conseguiste algo parecido en las pocas veces que lo hicimos. No te lo reprocho, pero si he de ser sincera, te lo debo confesar. Nunca me hiciste sentir así ni te preocupaste por que yo lo sintiera. Se trataba de tu satisfacción, no de la mía, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto vio su reloj y me propuso salir del cine, ir a un hotel, y a todo dije sí. Aún no eran las cinco de la tarde. Me desconozco aún, como me desconocí entonces. Él chupaba mis pechos, me estrujaba las nalgas, me hacía jadear, y llegó un momento en que, su lengua lamió y relamió arriba y abajo mi sexo, y no sé qué me pasó, porque empecé a moverme para gozar más de su lengua, hasta que lo traje a mi boca y casi lo obligué a que se encajara en mí. Así fue la primera vez pero disfruté más en calma las otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ay, Rubén, si tú supieras. Ese hombre abrió puertas que ni yo estaba enterada de que existieran en mí y, ya que se abrieron, no quisiera que se cerraran jamás. No sé qué haría contigo si regresaras con tu calma, con tu ternura, acariciando mi cuerpo como si fuera sagrado, bendito, temiendo hacerme daño, preguntando si me dolía, si no me lastimabas. Y yo, con todo lo que sé, con todo lo que aprendí de ese hombre, con todo eso hirviéndome por dentro, casi por explotar, como un volcán que se la ha pasado en coma por miles de años y de repente resucita, ¿qué iba a hacer contigo?&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;Quisiera tener a quién confiarle mi dicha sin que me condenara. Pero es mejor que sea secreto tuyo, de ese hombre, mío, nuestro. Es mi destino. Y como puede acabar hoy o mañana, nadie sabe si termine en treinta años. Si al menos me hubiera dado su teléfono le llamaría para verlo no ya en el cine, sino en el hotel, para no desperdiciar tiempo. Necesito encontrarlo de nuevo para que entre en las puertas que abrió en mí y que se quede adentro. He de rastrearlo sin que se enteren tus padres ni los míos ni tus hermanos ni mis hermanos, ni mis amigas siquiera.&lt;br /&gt;Tu dinero está a salvo, no te preocupes. Te dejo la cuenta, la tarjeta y un número para que puedas usarla. Ya veré yo cómo me las arreglo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se despide, profundamente de otro:&lt;br /&gt;Rebeca&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;El 13 de enero del año que corre, Rebeca Olmedo apareció muerta en un baldío de Nochistlán, Zacatecas. Nadie supo dónde encontrar a su esposo para darle la noticia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-2670673337995156878?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/2670673337995156878/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=2670673337995156878' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/2670673337995156878'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/2670673337995156878'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2010/02/profundamente-de-otro.html' title='Profundamente de otro'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-3218569278897577690</id><published>2009-12-17T18:20:00.002-06:00</published><updated>2009-12-17T18:23:57.184-06:00</updated><title type='text'>Maquinaciones</title><content type='html'>Serían la una o las dos de la mañana cuando empezó a oír el golpeteo. No supo cuánto tiempo pasó antes de interesarse en él y levantarse para ver de qué se trataba. El sonido venía de la biblioteca. Se acercó con cautela y encendió la luz. Lo que vio no parecía ser más que producto de su imaginación: la máquina de escribir tecleaba sola. Las teclas se hundían una tras otra sin trabarse, incansables. Se hundían y regresaban a su lugar, era lo único que podía asegurarse. Tenía más de diez años con la máquina y jamás había sucedido algo semejante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras permanecer de pie viendo cómo las teclas obedecían a nadie sabía qué impulso, se preguntó qué pasaría si le colocaba papel y no tardó en hacerlo. Esperaba que apareciera algo sin sentido, consonantes o vocales amontonadas, pero se llevó una sorpresa: se trataba de una narración muy bien llevada, interesantísima. Toda la noche se la pasó colocando hojas que la máquina se encargaba de llenar mientras él no se saciaba de leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor de las cuatro de la mañana, la máquina ya no tecleó. Él se acostó y durmió un rato. Despertó a las seis y media de la mañana, y se encaminó a dar clases con el sueño colgándole de los párpados. La mañana se alargó hasta el cansancio, entre formación de alumnos, lista de presentes, control de tarea, explicación de clases, revisión de ejercicios y encargo de nueva tarea, hasta que llegó la hora de regresar a casa y la tortura terminó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a la casa, no comió. Prefirió dormir para no despertar hasta las tres. Por fortuna la tarde y la casa fueron suyas, sin ruidos ni trajinar de su esposa ni juegos de los hijos ni llamadas inesperadas. Se bañó para despertar por completo, comió de prisa, se acomodó en la biblioteca y releyó los textos de la madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su esposa regresó con los niños después de las seis de la tarde. Se saludaron como si fuera un trámite. Los niños salieron a jugar con los vecinos y ella vio un rato la televisión. Mientras cenaban, conversaron de la nada que había sido aquel día en el trabajo y más tarde, mientras ella lavaba los trastes, soltó el comentario: ¡Vaya, hasta que escribiste algo de verse! Él le iba a explicar todo pero no lo hizo. Más de diez años escribiendo y por fin a ella le gustaba algo que él ni siquiera había escrito: prefirió guardar silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de ver televisión se fueron a la cama pero, de nuevo, cuando todos estaban dormidos, el golpeteo de la máquina de escribir lo reclamó. Aunque su participación se reducía a abastecerla de hojas no era un trabajo monótono. Los textos que salían de ella eran un deleite. Y justo a las cuatro de la mañana, como un día antes, la máquina se aquietó. Pero él se encontraba tan despejado que se puso a escribir a mano, como acostumbraba. Así estuvo escribiendo hasta que su malhumorada esposa llegó a avisarle que ya era hora de que se fuera a la escuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No supo cómo pudo soportar la mañana haciendo trabajar al grupo y tratando de poner lo menos que podía de parte suya. Cuando volvió a casa, dio una comida fuerte y durmió hasta que lo despertó el barullo de sus hijos y su mujer llegando de la escuela. Entonces se desmodorró y se levantó para cenar. De nueva cuenta, mientras veían televisión, la esposa le comentó: Oye, qué bien te están quedando los cuentos. Aunque no me explico cómo le haces para pulirlos, porque lo que anoche escribiste a mano está como para tirarlo a la basura. Con tal de que lo mejores al pasarlo a máquina...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inútil discutir. De ahí en adelante pasó por alto los involuntarios sarcasmos de su esposa y siguió dejando trabajar a la máquina, colocando hojas mientras intentaba escribir lo suyo que, invariablemente era inferior a lo que tecleaba la máquina. De igual manera, sin desanimarse, continuó escribiendo porque, inferior o no, era su trabajo. Para organizarlo todo, separó con el nombre de “maquinaciones” lo que tecleaba la máquina y con el de “creaciones” lo que él escribía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el tiempo se fue acomodando a horarios de escuela, escritura, sueño, y a los comentarios humillantes de su esposa. Cuando llegó el momento de publicar, por supuesto, propuso primero sus escritos, que fueron rechazados, y se vio orillado a publicar el trabajo automático que, obviamente, recibió el aplauso de crítica y lectores. Tan bien le fue que dejó el trabajo como profesor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando, avalado por su prestigio, se atrevió a publicar lo suyo, todos se preguntaron el porqué de lo disparejo de su obra. Ojalá lo hubiera ignorado. En las entrevistas evadió dar respuestas que lo dejaran mal parado como escritor y, a menos de dos meses de la fallida publicación, para acallar a la crítica y a los lectores, publicó un nuevo libro tomado de “maquinaciones”, lo cual dio el resultado que esperaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un día despertó con una sorpresa: sobre su mesa de trabajo se encontró con una computadora reluciente, bien equipada, como regalo de cumpleaños. Tuvo que fingir que apreciaba el regalo pero siguió trabajando con la máquina de escribir hasta que una noche se encontró con la noticia de que el camión recolector de la basura se la había llevado. La furia no se dejó esperar pero resultó inútil. Por un lado, porque la furia fue inexplicable para la esposa; por otro, porque no le regresó la máquina de escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quedó más solución que volver los ojos hacia sus propios textos y trabajarlos hasta no dejar nada por pulir y darles un digno acabado para que crítica y público los aceptara como escritos en su nuevo estilo. Sin embargo, la empresa que lo publicaba los rechazó y, dolido por el rechazo, dejó de escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguió publicando “maquinaciones” y hablando de sus libros como si no fuera él quien los hubiera escrito. Todos se asombraban de su objetividad. Él, amargo, sonreía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-3218569278897577690?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/3218569278897577690/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=3218569278897577690' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/3218569278897577690'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/3218569278897577690'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/12/maquinaciones.html' title='Maquinaciones'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-6490806687404608499</id><published>2009-12-02T01:23:00.002-06:00</published><updated>2009-12-02T01:27:18.359-06:00</updated><title type='text'>¿Quién es Rolando Hinojosa-Smith?</title><content type='html'>Un homenaje más que se le brinda a José Emilio Pacheco por sus ochenta años, ahora en la Feria Internacional del Libro de Monterrey (tuve la fortuna de asistir a uno de estos homenajes en julio de 2009 en Oaxaca y con eso fue suficiente). Casi estoy por descartar la información cuando me entero de que en el homenaje de esta mañana de domingo participa Rolando Hinojosa-Smith. Tengo diez minutos para recorrer veinte kilómetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llego a Cintermex me dirijo a la sala en que se realiza el evento. Oigo con alegría la voz de Pacheco pero cuando pretendo ingresar al recinto, una muchachita de menos de veinte años me impide el paso. Tiene instrucciones de no dejar pasar a nadie. Me asomo. Hay poca gente y se lo digo. Ella está programada para evitar que alguien entre, y cumple a medias, porque se le cuela una mujer. ¿Quieres que me pase igual que ella?, le digo. Pero sigue programada: Es que al señor que está hablando no le gusta que lo interrumpan. Sonrío por su ignorancia. Insisto inútilmente hasta que se asoma por ahí su programador, la desprograma y me permite pasar en el instante en que se escucha el aplauso final para Pacheco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No importa que el evento haya acabado, porque lo que yo quiero es conocer a Hinojosa-Smith. Me le acerco aprovechando que la gente se va a entrevistar al homenajeado, le tiendo la mano y me presento. Le digo que estoy complacido porque acabo de leer su libro “Los amigos de Becky”. ¿En inglés o en español?, dice. En español, contesto, aunque sabemos que no importa mucho, ya que él escribió ambas versiones. Le cuento sobre la dificultad de conseguir sus libros no sólo en México sino en el sur de Estados Unidos. Se sorprende, pero pregunta cómo conseguí entonces el libro que acabo de leer y le hago saber que el único recurso fue adquirirlo por Internet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras conversamos como si nos conociéramos de siempre, Rolando Hinojosa-Smith se atreve a hacer ante mí lo que no hace mientras escribe, habla muy mal de uno de sus personajes, concretamente de Ira Escobar. Obviamente se refiere al modelo que dio como resultado al personaje. Lo pinta como pretencioso por firmar como Ira a pesar de que su nombre verdadero es Irineo o Ireneo. Habla como si lo conociera de carne y hueso, como si fuera su enemigo, como si con el libro hubiera consumado una venganza contra él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rolando parece olvidar que está aquí contribuyendo al homenaje que se le ofrece al autor de “Las batallas en el desierto”. Tienen que llamarlo para que salga en la foto que les tomarán. Por supuesto que va y posa pero permanece muy atrás porque ya los demás se acomodaron, de manera que sólo sale en el fondo, hasta que alguien se percata de que falta en el frente y hay un reacomodo para repetir la toma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se desocupa, viene hasta mí y reanuda la conversación sobre su libro “Los Amigos de Becky”. Revela que no quiso echar mano de un solo narrador porque le parecía un recurso muy pobre y por eso puso a narrar a los amigos (algunos no tanto) de Becky, de manera que no tuvo que expresar su propia opinión sino que pidió prestadas otras voces, para no comprometerse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta decisión da como resultado una novela poliedro que consta de 27 caras con su respectivo punto de vista acerca del divorcio de Becky y su subsecuente nuevo matrimonio. Con esta serie de puntos de vista, Hinojosa-Smith logra que sus personajes opinen en lugar de él, escudándose en ellos para decir lo que él mismo quiere decir pero sin comprometerse. Las dos únicas veces que el escritor reconoce “meter su cuchara” son el inicio con su “Dedicación y deuda que se salda en parte” y el epílogo con su “Fin y rendición de cuentas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es una delicia conversar con este autor después de leerle una novela que avasalla desde el principio. Recuerdo que cuando la leí buscaba todo tipo de pretextos para interrumpir la lectura para no terminarla: iba a tomar agua, escribía notas, emprendía la lectura de otros libros, me ponía a acomodar mi biblioteca siempre en caos. Sin embargo llegó el final irremediablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo mismo sucede cuando uno conversa con Hinojosa-Smith. Uno quisiera que continuara hablando, que no terminara la conversación sobre su obra, pero es imposible retenerlo más porque debe tomar su vuelo de regreso. De cualquier manera, me ha brindado su atención por casi veinte minutos y eso se agradece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, ¿quién es Rolando Hinojosa-Smith? En México nadie parece saber que fue el primer escritor estadounidense en lengua española en ser reconocido con el Premio Casa de las Américas por su novela “Klail City y sus alrededores”. Nativo de Mercedes, Texas, es autor de una extensa saga narrativa conocida como Klail City Death Trip  que retrata la vida de los chicanos en el condado de Belken, comparado por muchos con el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de García Márquez, el Comala de Rulfo o el Santa María de Onetti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que Rolando Hinojosa-Smith escribe, según él mismo lo afirma, es literatura que aprendió de niño, escuchando cuentos, leyendas y mentiras de la gente. Quien lea sus libros descubrirá que no sólo está ante un excelente escritor sino ante un buen escucha del habla chicana, del español antiguo que se practica en el Valle del Río Grande, del inglés influenciado por el español.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Extrañamente, sus libros no se consiguen ni en México ni en el Valle de Río Grande, Texas, donde se ubica el Belken de su obra. Él sabe que sus libros se le lee casi exclusivamente en las universidades de Estados Unidos y tal vez esto se deba a que no hace muchas concesiones con el lenguaje, ya que escribe indistintamente en inglés y en español o en eso que ha dado en nombrarse spanglish.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo es posible que, siendo candidato al premio Cervantes, casi nadie se dé por enterado de la existencia de Rolando Hinojosa-Smith?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ojalá algún día se lo concedan y quienes creen en los premios emprendan la lectura placentera de sus libros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo pronto, no saben lo que se pierden.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-6490806687404608499?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/6490806687404608499/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=6490806687404608499' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6490806687404608499'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6490806687404608499'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/12/quien-es-rolando-hinojosa-smith.html' title='¿Quién es Rolando Hinojosa-Smith?'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-8884888403660374309</id><published>2009-10-18T00:38:00.002-05:00</published><updated>2009-10-18T00:42:14.992-05:00</updated><title type='text'>No todos podemos ser el Santo</title><content type='html'>La entrada del programa de radio anunciaba: ¡Interpretando a Kalimán, el propio Kalimán! Y esa sola afirmación era razón suficiente para creer en su existencia. Claro, además era “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”. ¿Cómo no creer en él y cómo no arriesgarse a las burlas de los demás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé de creer cuando supe que el propio Kalimán era el pesadísimo de Luis Manuel Pelayo. Desde entonces, adiós a las radionovelas y adiós al altero de revistas que coleccionaba desde el primer número. Después de esa desilusión, ya no quedaba más que creer en el Santo. Y les juro que en él no dejé de creer ni cuando fui a verlo luchar en la Arena Coliseo de Monterrey y perdió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El imán del Santo era la máscara. Quienes lo admirábamos queríamos verlo con ella. Por supuesto que sabíamos que quien se ocultaba tras la máscara era otro, pero jamás nos engañaron con la patraña de que quien interpretaba al Santo fuera el propio Santo. No había engaño, contrario a lo que sucedía con Kalimán, aunque no supiéramos quién se ocultaba tras la máscara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quienes lo aborrecían, deseaban que la perdiera, pero al mismo tiempo temían verlo sin ella, porque contaba la leyenda que quien lo viera sin máscara moriría sin remedio.  Tal vez por eso todos guardaban su distancia. Y si se trataba de apostar máscara contra máscara, o máscara contra cabellera, preferían perder con tal de no saber si la leyenda era más que una leyenda. ¿Para qué arriesgarse?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso me preocupaba que el Santo se viera a sí mismo desenmascarado y duré mucho tiempo pensando que si de repente se quitaba la máscara y se veía en un espejo, hasta ahí iba a llegar. Por fortuna me tranquilizaba ver que en una película se sacaba la máscara y debajo traía otra idéntica, o pensar que era el único que no podía verse como lo veían los demás, porque verse en el espejo era verse al revés, lo de la izquierda a la derecha y lo de la derecha a la izquierda, y eso lo mantenía a salvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De acuerdo a la leyenda, tal vez y sólo tal vez, el Santo murió al descubrirse en televisión, cuando ya no le importaba que se supiera quién era el enmascarado de plata y sólo así pudo verse a sí mismo como lo veían los demás. También tal vez, y sólo tal vez, a esas alturas no le importaba tanto morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo haber sido el único niño que en alguna época anhelara ser Kalimán. Hasta los adultos se alucinaban con eso. Tal vez algún día hasta el mismísimo Rodolfo Guzmán Huerta quiso ser Kalimán, pero como ya había tenido una mala experiencia cuando intentó convertirse en el Murciélago, no le quedó otra que conformarse con ser el Santo.Pero no todos podemos ser el Santo. Con el paso de los años supe que escribir era la única manera de convertirme en él o en quien yo quisiera. Y aquí estoy.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-8884888403660374309?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/8884888403660374309/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=8884888403660374309' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/8884888403660374309'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/8884888403660374309'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/10/no-todos-podemos-ser-el-santo.html' title='No todos podemos ser el Santo'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-6822107053479751535</id><published>2009-09-23T00:22:00.001-05:00</published><updated>2009-09-23T00:23:32.221-05:00</updated><title type='text'>Confesiones</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;—Confieso, padre, que vi desnuda a mi prima Lupe.&lt;br /&gt;—¿Cuándo?&lt;br /&gt;—Ayer, mientras se bañaba.&lt;br /&gt;—¿Y qué más?&lt;br /&gt;—Es que...&lt;br /&gt;—Te tocaste mientras la veías.&lt;br /&gt;—Sí, padre. ¿Es pecado?&lt;br /&gt;—Grande. Sobre todo cuando la mujer es bonita de cara y de cuerpo.&lt;br /&gt;—¡Ay, padre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;----------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me acuso, padre, de que me gusta mi primo Juan.&lt;br /&gt;—¿Y él lo sabe?&lt;br /&gt;—No sé.&lt;br /&gt;—¿Se lo has dado a entender?&lt;br /&gt;—No sé, padre.&lt;br /&gt;—¿Por qué no sabes?&lt;br /&gt;—Es que ayer, mientras me bañaba, lo oí llegar y abrí la ventila del baño para que me viera.&lt;br /&gt;—¿Y te vio?&lt;br /&gt;—No sé, padre, cerré los ojos.&lt;br /&gt;—Ah.&lt;br /&gt;—¿Es pecado?&lt;br /&gt;—Sí, hija.&lt;br /&gt;—¿Aunque no me haya visto?&lt;br /&gt;—Depende. Si la mujer es bonita de cara y de cuerpo.&lt;br /&gt;—¿Y usted cree que yo?&lt;br /&gt;—No sé. Bonita cara, tienes. Bonito cuerpo...&lt;br /&gt;—¿También?&lt;br /&gt;—No sé. Tendría que verlo.&lt;br /&gt;—¿Usted?&lt;br /&gt;—Para saber si es pecado, nada más.&lt;br /&gt;—¿Es necesario?&lt;br /&gt;—A menos que te quieras condenar.&lt;br /&gt;—¿Qué hago entonces?&lt;br /&gt;—Espera en la sacristía hasta que me desocupe de confesar. Mientras, vas rezando unos padrenuestros y unos avemarías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;----------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quítate la ropa y me dices cuando estés desnuda.&lt;br /&gt;La muchacha obedece con timidez. Se cubre pudibunda.&lt;br /&gt;—Ya, padre.&lt;br /&gt;—Párate bien. No te cubras.&lt;br /&gt;El sacerdote camina a su alrededor.&lt;br /&gt;—Recuéstate.&lt;br /&gt;—¿Para qué?&lt;br /&gt;—Te voy a ungir para que se aparten de ti los malos pensamientos.&lt;br /&gt;La muchacha obedece. El sacerdote se humedece las manos con aceite. Frota la piel y la muchacha se excita. Todo sale a pedir de boca para el hombre que se oculta detrás de la sotana.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-6822107053479751535?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/6822107053479751535/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=6822107053479751535' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6822107053479751535'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6822107053479751535'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/09/confesiones.html' title='Confesiones'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-1217903683548925040</id><published>2009-09-07T15:52:00.001-05:00</published><updated>2009-09-07T15:53:35.079-05:00</updated><title type='text'>Bárbara Cristal</title><content type='html'>Al principio la mueca del sacerdote parece sonrisa. De qué se ríe en medio de un velorio. Es lo primero que uno se pregunta. Pero nadie se atreve a decirlo, sólo se limita a pensarlo. ¿Cómo preguntarle esas cosas a un sacerdote sin que le suenen a ofensa? La gente abre paso mientras él empuja el carrito con utensilios sagrados, enarbola la sonrisa falsa y mira a los lados, saludando, mostrando sus tres dientes de oro. Esa parece la intención de su sonrisa mueca: mostrar el oro en su dentadura. Por supuesto, el monstruo debe mostrarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llega al frente del féretro y se acomoda dando la espalda a Bárbara Cristal, mejor dicho, al cuerpo donde ella se alojaba. Y empieza a hablar, a preguntar si la muerte fue repentina, si resultó de una enfermedad larga, si se debió a un accidente y, como nadie contesta, voltea hacia el cadáver con curiosidad. Insiste en su indagación pero nadie le da respuestas. Entonces como si ofreciera un menú, pregunta de qué queremos que hable y nos toma por sorpresa: ¿Quién va a saber más, él o nosotros? ¿Es que cree que vino a divertir o a complacer a un público?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les pregunto, dice, porque la Biblia tiene pasajes especiales para casos como éste. Entonces carraspea, como si se dispusiera a recitar el menú de sermones que maneja. Cita  un versículo donde Dios asegura que vendrá por nosotros y no avisará, que llegará sigiloso como un ladrón. Como un ladrón, me quedo pensando, ha dado en la clave. Como un ladrón ha venido Dios y ha hurtado la vida de Bárbara Cristal. Dios disfrazado de muerte. Nada menos que como ladrón, impune, sin remordimientos. Pero, ¿quién puede ampararse contra Dios? ¿Y por qué habría de ser ella la excepción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorita, dice el sacerdote volteando a ver el nombre, Bárbara Cristal tuvo la deferencia de pedir que la llamáramos Bárbara. Muchas otras jóvenes hubieran preferido que las nombraran Cristal. Pero ella eligió, sabiamente, Bárbara. Y después se enreda en la tarea de derivar etimologías de Bárbara, y de extranjera o fuereña, pasa a ser Bar Bar, Hija de Dios. Y abunda acerca de ello, con naturalidad, como si estuviera familiarizado con el tema, como si se tratara de mostrar que no es un sacerdote improvisado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiénes son los padres de —voltea y lee el nombre— Bárbara Cristal? Los invita a pasar al frente, pero sólo pasa la madre. Entonces, mientras el sacerdote avanza en su explicación tendiente al consuelo, hurga en su carrito, saca el cáliz, las hostias, el agua bendita, revuelve todo, lo acomoda de nuevo, más preocupado por la búsqueda que por las palabras de consuelo. Habla de la prueba nueve veinticinco de que Dios existe, basada en los evangelios. Y explica y explica, aunque a nadie parece interesarle. Finalmente parece recordar que no es clase de Teología sino velorio y vuelve sobre el ladrón, arrebatador de vidas. Debemos estar preparados, dice buscando aún en el carrito, porque Dios vendrá por nosotros sin previo aviso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sacerdote nos mira y pregunta por los hermanos, por los familiares de la señorita... —se asoma a un compartimiento del carrito y, según la entonación, parece a punto de maldecir— de la señorita... —voltea de nuevo a leer el nombre— Bárbara Cristal. Pasan al frente los demás familiares y él los saluda de mano, uno tras otro. En medio de los saludos, de veras contrariado, se asoma de nuevo al carrito. Lo único que parece regresarlo al velatorio es la urgencia de que alguien colecte la limosna. Le vuelve la sonrisa descarada y se le avivan los ojillos. Nunca falta quien se ofrezca a ayudar. Consagración, comunión, ruegos por la señorita —lee por enésima vez el nombre— Bárbara Cristal. Finalmente dice: Podemos ir en paz, la misa ha terminado. El velatorio se despeja de gente y se llena de gemidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sacerdote vuelve a la sala de espera arrastrando su carrito. Me aparto de todos, me siento en un sillón aislado, quiero estar tranquilo. El llanto se multiplica. Tras de mí, el sacerdote lamenta la pérdida de sus llaves. Es lo que le preocupaba. Las busca de nuevo en el carrito. Se hurga en los bolsillos. No termina la búsqueda desquiciada de sus llaves, como si entre ellas estuviese la que pudiera volverle la vida. Sonríe sin mostrar los dientes de oro. El llanto continúa como lamento de fondo. Algunos ríen de ocurrencias que parecen fuera de lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me siento relegado, estoy aquí de más. ¿Qué tengo que ver con todo esto? ¿Qué me importan las podridas llaves de un sacerdote mercenario por más erudito que sea? ¿Qué me importa el llanto en automático de gente que no conozco? ¿Qué me importan las risas de gente a la cual parece no interesarle que Bárbara Cristal ya no esté aquí? Tratando de que no lo noten, camino hasta la pizarra. Ahí encuentro el nombre completo de Bárbara. Si vine al velorio, fue por ella. Sería lo único que pudiera retenerme, pero ella no está más aquí. ¿Qué me retiene en este lugar? Me encamino a  la puerta, abro, salgo y regreso a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque haya elegido Bárbara por nombre, era frágil Cristal que la muerte convirtió en añicos. Quisiera pensar que nada de lo que dicen es cierto. Ni lo de la fiebre por una pulmonía fulminante ni lo de su desmayo repentino ni lo de sus dedos amoratados o sus dolores de cabeza a los que parecía tan apegada ni lo de una estúpida sobredosis ni lo de que nadie supo cómo sucedió ni lo de su abandono de la preparatoria ni lo de su negativa a soportar al padrastro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No la quiero pensar muerta. Tendría que olvidar la sonrisa mueca del sacerdote, su indiferencia ante la muerte de Bárbara Cristal, el olvido recurrente de su nombre, la búsqueda desquiciada de las llaves, para no pensarla muerta. Pero prefiero imaginar que su edad se ha detenido. Esa es la verdad. Esa es la que cuenta para mí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-1217903683548925040?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/1217903683548925040/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=1217903683548925040' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1217903683548925040'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1217903683548925040'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/09/barbara-cristal.html' title='Bárbara Cristal'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-229400374231610039</id><published>2009-08-04T18:11:00.001-05:00</published><updated>2009-08-04T18:15:00.332-05:00</updated><title type='text'>El sueño de Antonia</title><content type='html'>El dolor cede y Antonia sueña un perro atado a un cabestro. El animal la mira sin creer que quiera dañarlo. Con ojos de lástima, suplica, confiado en conmoverla. Pero no la conmueve, está condenado porque ella ha decidido su muerte. De nada servirá cuanto intente, ni la repentina furia en sus ojos ni la rabia que escurre de su hocico ni los gruñidos amenazadores. El perro está sentenciado y nadie intercederá por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atado al tronco de un árbol, adivina cuanto le espera, por eso la furia repentina. Sabe que va a morir y sabe cómo, con cada detalle. Da dentelladas al cabestro y sólo se lastima el hocico. Ella lo ve desde un lado de la fogata y sonríe con maldad. Vacía sebo de cerdo en una sartén y observa cómo se derrite al fuego. Ase el mango y mueve la sartén para que el derretimiento sea parejo sin llegar a arder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El perro forcejea, dentellea, gruñe, aúlla, ladra desesperado. Ella tantea el líquido en que se ha transformado el sebo. Agarra con ambas manos el mango de la sartén y se dirige hacia el animal. Le habla con palabras soeces y violentas que nada tienen que ver con la dulce manera en que las pronuncia. En su intento de abalanzarse contra ella, el perro estremece al árbol. Antonia se acerca hasta un punto en que se sabe a salvo. Amaga con arrojarle el líquido y él, en lugar de retroceder, insiste furioso en atacarla. Cuando se cerciora de que no reculará ante el sebo derretido, se lo arroja, bañándole lomo y cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El animal se destantea. Esperaba algo peor que eso. Intenta sacudirse el líquido pero falla su intento. El sebo se cuaja en el pelaje y el perro, al ver que es inútil su intento, acomete de nuevo contra ella. Cuando ella se aproxima con un tizón en cada mano, él retrocede con los ojos enloquecidos. Ella sonríe, goza acercándose, hasta el punto en que presiente el peligro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arroja el tizón izquierdo y enciende al perro. El animal lanza dentelladas a la lumbre y no se entera cuando el segundo tizón termina de incendiarlo. Ladra en llamas y lucha por desatarse, por no morir. Pero el fuego lo consume. El olor a pelo quemado y carne chamuscada llena el sueño de Antonia. Ni cubriéndose nariz y boca podría esconderse de la peste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despierta con los pulmones repletos de humo imaginario. Suda como si hubiera estado cerca de la lumbre. Pero la noche la pone a tiritar. No sabe si tiembla más por lo que ha hecho en sueños o por el frío de verdad que la atosiga. De nada le servirá dormir de nuevo. No quiere, además, enfrentar al perro en llamas que la espera en el sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora el remordimiento le provoca insomnio. Ella, que lleva tanto tiempo sin llorar, que no se entristeció hace tres años por la muerte de su madre, llora ahora por el perro que ha incendiado en el sueño. No sabe si los perros sueñan, pero si fuera él quien soñara, tendría una pesadilla. No sólo llora, siente que la culpa va a estallarle en el pecho. Es un nudo de dolor, una pena que crece, que sube a la garganta y le provoca un hipo de llanto incontenible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento se le ha ocurrido llamar al sacerdote. Confieso, Padre, que he incendiado a un perro. Imagina los ojos enormes del hombre preguntando cuándo fue eso. Anoche. Hay alarma en la voz grave al preguntar dónde ha cometido ese pecado. En un sueño, Padre. Y en seguida imagina el obligado sermón del sacerdote contra las falsas confesiones, contra la pérdida de tiempo mientras más lo necesitan otros feligreses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto que no lo llamará. El hombre no vendría, además, porque ha vivido alejada de la iglesia y de Dios desde antes de nacer. Primero, porque su familia nunca la acercó a la religión; después, porque la vida la fue convenciendo de que Dios es un invento de las personas decentes, y ella jamás pasó por mujer decente. ¿Cómo llamar al sacerdote ahora, en sus últimos días, si toda la vida no recibió sino desprecios de la Santa Madre Iglesia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabe que es impropio llorar por una muerte imaginaria y más el no haberlo hecho por la muerte de su madre, pero nunca ha sido una mujer muy propia, así que no importa. Madre, padre, esposo y amante dispusieron de su vida, de su cuerpo, de su voluntad sin pedirle parecer. El animal del sueño no era un perro, era su vida convertida en perra. Lo piensa con firmeza, convencida y es así como deja de tener remordimientos y se queda dormida de nuevo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-229400374231610039?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/229400374231610039/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=229400374231610039' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/229400374231610039'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/229400374231610039'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/08/el-sueno-de-antonia.html' title='El sueño de Antonia'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-6560067697700466750</id><published>2009-06-20T20:48:00.000-05:00</published><updated>2009-06-20T20:54:10.771-05:00</updated><title type='text'>Don Rubén</title><content type='html'>Mientras nos estrechamos la mano, Don Rubén me ve a los ojos como si se asomara adentro de mí. Luego me señala una silla frente a él y comienza a exponer su visión del mundo. Cuando hago alusión a un escrito suyo, que Caro me llevó porque le pareció interesante escucharlo hablar, se suelta diciendo que todo lo que escribe es cierto. Yo me voy a ir, dice convencido, voy a hacer un viaje, y me voy a llevar a mi mujer y cuando regrese con ella, la voy a traer de dieciséis años. Caro me deja platicando con él, mientras va en busca de la esposa. Y aquí me quedo, qué se le va a hacer. Y ya que no hay más remedio, me dispongo a escucharlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, me dice, voy a viajar muy lejos, a otra dimensión, y voy a regresar con mi mujer rejuvenecida. Usted a lo mejor no me cree, porque ha de decir: Este hombre cómo va a saber más que yo, si ni siquiera hizo estudios de nada. Pero déjeme decirle que todo está en la Biblia. Lo único que falta es saber interpretar bien lo que dice. Porque no es nomás lo que se lee ahí, sino lo que está detrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ver, dígame usted, ¿por qué cree que la Biblia dice que nos multipliquemos? Le digo que tal vez para conservar la especie. Él dice que no, con una sonrisa satisfecha. Le voy a poner un ejemplo, dice, suponga que tiene un corral con gallinas, que se multiplican y se multiplican hasta que ya no caben ahí. ¿Qué es lo que haría? Le digo que tendría que venderlas o hacer más grande el corral. Estalla en una risa abierta: Claro, le acaba de atinar. Ahora imagínese, sigue diciendo, que la vida aquí ya no cabe, ¿no buscaría irse a otros planetas? Eso que le digo, está en la Biblia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo interrumpo para preguntarle qué lee. Él dice que principalmente la Biblia, pero no se lo cree todo, porque fue escrita por muchos hombres, y los hombres fallan. ¿Y por qué fallan?, porque todos los hombres tenemos la ambición de querer ser más que los otros, y dominarlos y conquistarlos. Habla de que la Conquista la hicieron los españoles para lograr una mezcla de razas y mejorarla. Y se pone a decir que los negros son la base para esa mejoría y enumera una serie de datos que no sé cómo consigue hacer embonar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerde un día de su infancia, me dice de repente. Lo hago sin decirle qué recuerdo y a él no le importa eso. ¿Cuánto se tardó en viajar hasta su infancia? Ni un segundo. Así es como yo voy a viajar. Así es como viajo. Yo veo a mi papá y a mi mamá que ya están muertos y platico con ellos. Así se viaja a otras dimensiones. Yo no sé mucho, ni estudié, pero sé que es verdad lo que digo. Hay personas que me van a ayudar a hacer mi viaje, desde aquí me van a dar energía para que regrese. Yo platico mucho con esas tres personas: un evangelista y dos señores que curan. Cuando yo me vaya, ellos van a estar al pendiente, por si algo me falla. Y cuando regrese y les diga: Yo soy Rubén Magallanes, y no me crean, porque voy a ser un muchacho y mi mujer va a tener dieciséis años, por las puras huellas de los dedos nos van a reconocer y entonces van a entender que yo decía la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nosotros no somos de esta tierra, dice. Vinimos de otra dimensión, y hay gente que lo sabe pero no le conviene que se sepa, porque así saca provecho y hace con los demás lo que quiere. Le pregunto qué más lee y no dice nombres de libros, pero regresa a la Biblia una y otra vez. Habla de adelantos científicos, de la eternidad, de que la gente puede ser eterna y los avances científicos lo muestran. Sostiene que nosotros vinimos de otra dimensión, que el chango siempre ha sido chango y la gente siempre ha sido gente, y que la Biblia tiene la razón para todo. Le digo que eso de la eternidad es muy relativo. Para un perro, añado, seríamos eternos. Claro, dice don Rubén, y para una mosca, peor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Insiste que se puede viajar a otra dimensión y que rejuvenecerá a su mujer. Le digo que un profesor mío que era físico nuclear decía que en menos de doscientos años se podría viajar de Monterrey a México en un instante, y mostraba una hoja en la que trazaba dos puntos, uno en una esquina y otro en otra, y decía que si ahora se tiene que recorrer todo el espacio entre un punto y otro, llegará el momento en que (y aquí doblaba la hoja y empalmaba los dos puntos) se podría viajar plegando el espacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ándele, dice eufórico, pero yo voy a viajar de otra manera. No vale la pena que le diga cómo porque usted no está preparado para entenderlo. Pero, como le digo, me voy a llevar a mi mujer y regresaré con ella de dieciséis años (no entiendo tanta insistencia hasta que veo llegar a Caro con Lupita, la mujer de don Rubén, con la pierna izquierda plagada de várices tan abultadas que parecen yugulares a punto de reventar), y cuando regresemos, continúa, y se convenzan de que somos nosotros, por las huellas de los dedos, a ver entonces qué dicen los que no creían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Caro y la mujer de don Rubén recogen granadas y naranjas, el hombre da vueltas a las mismas ideas. Lo cuestiono con cortesía para no ofenderlo y para todo tiene salida, hace encajar en su esquema, en su visión del mundo, todo lo que ha leído, con una seguridad y una congruencia que pasman. Total, que yo salgo de ahí con un libro regalado y hojas sueltas que contienen apuntes de don Rubén; y Caro con granadas, naranjas y limones, además de dos cotorritos que no quieren cobrarnos, diciendo que cómo van a hacerlo si les llevamos tanta ropa. Agradecemos y nos retiramos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Rubén nos detiene para decir que en la siguiente visita que les hagamos tal vez no los encontremos porque andarán en otra dimensión o, en caso de que los encontremos, serán mucho más jóvenes, ante lo cual su mujer nos sonríe como disculpándolo. Antes de irnos, habla de un sueño en el que viajó a otra dimensión y veía al universo como si fuera una maqueta y había voces que decían que era peligroso, que sería peor que el gran estallido, pero no decían de qué hablaban. Sentía que detrás de él había una presencia pero no alcanzó a voltear porque en el momento en que quiso hacerlo, despertó. Por fin deja de hablar y nos permite retirarnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De eso hace casi un año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No he sabido de él ni de su mujer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-6560067697700466750?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/6560067697700466750/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=6560067697700466750' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6560067697700466750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6560067697700466750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/06/don-ruben.html' title='Don Rubén'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-4073264324584343905</id><published>2009-05-10T22:33:00.001-05:00</published><updated>2009-05-10T22:36:52.985-05:00</updated><title type='text'>Celos</title><content type='html'>Un balazo le atravesó la espalda. El otro se le metió entre el cabello y ya no le salió. Y aquí me quedé, con la pistola en la mano, sintiendo el alivio de la afrenta que me había hecho. La gente se arremolina alrededor de nosotros. La miran a ella y me miran a mí, como no creyendo lo que ven. Parecen tontos, sin una migaja de pensamiento. Ella está bien muerta, casi desnuda; y yo, por fin libre de su mala entraña. Nunca conocí a una mujer tan linda por fuera y tan puta por donde se le quisiera ver. Se lucía como pavorreala al pasar frente a los hombres. Tan chula y tan hembra que nunca pude entender cómo vino a fijarse en mí, a meterse conmigo, teniendo tantos de dónde escoger.&lt;br /&gt;A mis sesenta años, siempre me pregunté eso. Cómo no buscó un muchacho de su camada, o alguien de verse, alguien a quien pudiera presumir ante las demás mujeres. Me  miro en el espejo con tan poco pelo, casi desdentado, repleto de arrugas, con esta barriga tan estorbosa para ella y para mí, y no acabo de entenderlo. Llegué a pensar que me jugaba una broma. Y todavía ahora que está muerta lo sigo pensando.&lt;br /&gt;La veía pasar con su ropa entallada, con su pantaloncito muy por arriba de las rodillas y me alegraba ver cómo no les hacía jalón a los muchachos de su edad. Nomás les daba a oler y a ver su cuerpo y se los meneaba como diciendo: De esta agua no han de probar. Y luego, a mí, por dondequiera que me encontraba, dándome entrada, dándome facilidades. Y yo, ¿a quién le dan pan que llore?, me dejaba querer. Con aires de inocente, me restregaba en el cuerpo sus tetas recién salidas del horno.&lt;br /&gt;Y como uno es hombre hasta que se muere, sin pensarlo mucho, porque la vida es corta, me la llevé un día para la casa. Y andavete, para saber quién le habría enseñado tanta maña a la niña. Las vírgenes duelen, pero ella fue un alivio para mí. Quién te viera, le dije sonriendo porque al principio me cayó en gracia, refiriéndome a lo que ya sabía hacer con su cuerpo. Y entonces me platicó de sus primos, de su hermano, y comparaba sus caricias con las mías y yo me quedaba callado, como si no me importara un comino.&lt;br /&gt;Tan chulo cuerpo se me hizo mucha pieza para mí. Eso al principio, porque después me creí que de veras me lo merecía, y dejé de mirarme en el espejo y me fui tras ella con las cuatro patas. No me conformé con tenerla nada más a ratos sino que le pedí a lo pelón que se casara conmigo. Ella se me quedó viendo con una risita de burla y me dijo que así estábamos bien, que para qué íbamos a hacer enojar a sus papás. Yo le insistía y le insistía pero ella nada más se me quedaba viendo con una risita de burla y con cara de que yo estaba medio zafado.&lt;br /&gt;Cuando malicié que el asunto se me podía cebar, no me quedó otro remedio que amenazarla: Si no aceptas casarte conmigo, cuento lo de tus primos, lo de tu hermano y lo de nosotros. Así le dije muy serio y ella lloró mucho pero no me ablandé. Venir a mí con lagrimitas, a mi edad, no, señor. La amenacé mucho para meterle miedo. De esa y muchas otras marrullerías y patrañas eché mano durante varios días, hasta que se convenció de que no tenía para dónde hacerse.&lt;br /&gt;Al menos eso fue lo que yo me creí. Después vine a sospechar que me equivocaba, que a fin de cuentas le iba a servir nada más de pantalla para seguir chacoteando con los primos y hasta con el hermano. Pero el caso fue que se casó conmigo. Nunca entendieron cómo un viejo sesentón como yo se quedaba con la muchacha más chula del rumbo. Pero como ella aceptó, sus papás no pusieron reparos. Al menos no frente a mí. Así que la boda se realizó sin demora, como si urgiera. No fuera a morirme yo o a arrepentírseme  ella.&lt;br /&gt;En cuanto entramos a la casa, recién llegados de todos aquellos estorbos de la iglesia y el baile y la boda, se la sentencié: Ahora ya no te mandas sola; de aquí para delante, olvídate de la ropa entalladita y rabona; y no me vuelvas a hablar de lo que hiciste con tus primos y con tu hermano porque hasta ahí llegamos. ¿Estamos claros? Ella dijo que sí con la cabeza baja y creí que quedaba muy claro lo que yo le mandaba y, lo peor de todo, que lo respetaría.&lt;br /&gt;Pero no fue así. Más bien parece que no interpretó bien lo que le dije. O lo interpretó a sus conveniencias. Como que al oír aquello vio una rendija por dónde escaparse y la quiso aprovechar. Porque rabona, entalladita y más coqueta que nunca, me la encontré ayer sentada en la plaza, platicando con los primos y con el hermano. Le hablé desde lejos y se rio de mí. Ellos se le unieron en la burla y me encorajiné. Así que me acerqué, la agarré de un brazo y me la llevé de ahí. Los muchachos ni pío dijeron. Me daban ganas de matarla ahí mismo, pero me contuve.&lt;br /&gt;En el camino, viéndola caminar enfrente de mí, contoneando su cuerpo delicioso, se me volvieron humo las ganas de desquitarme. El coraje se me convirtió muy pronto en deseo. Así que ya dentro de la casa, me le acerqué y comencé a acariciarla. Y sería por contentarme o por ganas de hombre, me buscó una y otra vez, como si no llenara, y me encontró siempre ganoso. Una y otra vez. Una y no supe cuántas veces vino a mí y me encontró dispuesto.&lt;br /&gt;Era la más feliz de las agonías y me abandoné a ella hasta quedar consumido. Pero poco duró la tregua, porque desperté al sentir que ella besaba mi cuerpo de pies a cabeza. Abrir los ojos y verla hecha una loba despertó mi deseo de nuevo. Me creía agotado y ella se encargó de quitarme la razón. Parecía que ya no me quedaban fuerzas y ella lo intentaba de nuevo y de nuevo lo conseguía. Yo no sé de dónde le nacía tanta urgencia. Me dolía el cuerpo, me pesaba. Me sentía entre el cielo y el infierno.&lt;br /&gt;Llegó un momento en que me negué porque mi cuerpo ya no respondía. Estaba de veras seco por dentro. Ella se detuvo mirándome con ánimos de reclamo. Pero no me importó. Dijera lo que dijera, de cualquier forma yo ya no podía más. Quiso intentar reanimarme pero la aparté con firmeza y le dije: Ya no. Me miró con frialdad y no hizo ni dijo nada más. Me dejó dormir y yo me olvidé de ella. Me hundí en el sueño, como si fuera el último de mi vida y tuviera que aprovecharlo antes de morir.&lt;br /&gt;Desperté a media noche y no la encontré en la cama ni en la casa. Entonces oí voces y risas afuera. Agarré mi pistola y salí sin hacer ruido. No sé cómo me aguanté el coraje para no matarlos ahí mismo. Eran tres muchachos. Dos de pie, esperando turno; el otro, el hermano, encaramado en ella, y no de mala manera, sino con su consentimiento. Me quedé parado viendo a la loba y a su domador y oyendo los jadeos cada vez más arrebatados.&lt;br /&gt;Cuando los otros me sintieron, voltearon a verme y de inmediato se echaron a correr despavoridos, con los pantalones en las manos. El hermano reaccionó también y se fue tras los otros. Ella, muy digna, tomó su ropa y entró desnuda a la casa, como si nada hubiera sucedido. Ya dentro se metió a bañar como para quitarse una culpa que estaba lejos de sentir, mientras yo hervía de coraje pero callaba.&lt;br /&gt;Hasta que la puta maldita comenzó a cantar muy oronda y ya no me aguanté. Le grité las peores razones que se me ocurrieron en toda mi vida y ella siguió cantando. Le reclamé su manera de proceder con sus primos y con su hermano y entonces me miró y se sonrió: Tengo que buscar afuera lo que tú no puedes darme. Mejor me hubiera hundido un cuchillo y lo hubiera remolineado en la herida. Le pegué mucho, ciego por el coraje y los celos, y me vine a arrepentir cuando no vi que se quejara.&lt;br /&gt;Le pedí perdón y, al verme humillado, de rodillas ante ella, se creció; se medio vistió de prisa, abrió la puerta y salió de la casa. La perseguí pistola en mano. Le pregunté a dónde iba pero no me contestó. Siguió caminando. Empezó a vociferar contra mi poca hombría, contra mi vejez ridícula. Gritaba que cómo iba yo a merecerla, que si nunca me había visto en un espejo, que tenía que ser muy tonto para no darme cuenta de que era un inútil viejo rabo verde, qué cómo me figuraba que ella pudiera quererme.&lt;br /&gt;Todavía oyéndola así, le rogué que volviera a la casa. La detuve de un brazo, pero se me zafó con violencia. Llegamos a la plaza y no dejaba de ofenderme una y otra vez. La gente despertaba a nuestro paso y se asomaba a las ventanas. Y ya no toleré más. Me detuve y le dije: Si no te callas, te mato. Pero ella siguió burlándose de mí, ofendiendo mi hombría. Entonces le dejé ir los dos balazos.&lt;br /&gt;La gente nos rodea. Me miran a mí y la miran a ella, sin creerlo, tirada ahí, como un desperdicio. Como la basura que era y ya no queda más que desechar. No me arrepiento de nada. Dios mismo, en mi lugar, la hubiera matado y tampoco se arrepentiría. Pero aún muerta, me duele el recuerdo de su cuerpo desnudo abandonado a otros brazos y no sé cómo quitarlo de mi memoria.&lt;br /&gt;Por eso ahora camino con la pistola en la mano, en busca de esos tres.&lt;br /&gt;Y los he de encontrar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-4073264324584343905?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/4073264324584343905/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=4073264324584343905' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/4073264324584343905'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/4073264324584343905'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/05/celos.html' title='Celos'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-6031423813704026629</id><published>2009-02-23T23:05:00.000-06:00</published><updated>2009-02-23T23:07:55.673-06:00</updated><title type='text'>Deseo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Si pudiera volverme invisible no me sucederían estas cosas, pensó Emilio cuando, acompañado por la amante, se encontró con la esposa. Recordó los cuentos de tres deseos cumplidos y se dijo que se conformaría con uno. Pero ni vivía en un cuento ni existían los genios ni había manera de que la esposa no los viera, de manera que le informó a la acompañante que le había mentido, que no se llamaba Enrique sino Emilio, que era casado y no soltero como le había jurado para llevarla a la cama, y que la mujer que se les acercaba era su esposa.&lt;br /&gt;La amante no lo soltó de la mano, siguió caminando a su lado como si no hubiera escuchado la confesión. Se va a dar cuenta, dijo él casi con violencia. ¿De quién hablas?, dijo ella. ¡De mi esposa!, contestó entre dientes, apuntando con la mirada a la mujer que estaba casi a tres metros de ellos. ¿Te estás volviendo loco?, dijo la amante. Yo no veo a nadie, tú no tienes esposa y sólo tienes una novia que soy yo. En tanto, la esposa se acercaba hecha una energúmena y le soltó una frase terminante: Tenemos que hablar.&lt;br /&gt;Emilio estaba acorralado. Era obvio que la esposa deseaba hablar de la situación sin escándalo. Quiso hacer presentaciones pero le pareció ridículo y decidió no hacerlo. ¿Cómo iba a decirle a la esposa: Ella es Liz, mi amante? ¿Cómo iba a decirle a la amante: Mira, ella es Dalia, mi esposa? ¿Cómo reconocer que a ambas las engañaba? No, eso era punto más que imposible.&lt;br /&gt;Me acaban de decir por teléfono: Parece que tu esposo te engaña. ¿Es cierto eso? Eso dijo la esposa. Él se quedó callado. Lo más cómodo sería decirle que no era cierto. Sin embargo no lo hizo porque a su lado se encontraba Liz. ¿Cómo iba a negarla, cómo iba a decir a la esposa que a la gente no se le debía dar tanta importancia, que hablaba por hablar? La esposa le dijo: ¿Es cierto? Necesitaba un sí o un no. La amante no daba crédito, parecía que su novio hablaba con el viento. Le dijo: ¿Estás bien? Él contestó: Sí. Y entonces la esposa puso el grito en el cielo. ¿Y me lo dices así, tan campante, como si fuera una gracia que me engañes?&lt;br /&gt;Él dijo: Perdón, perdón, perdón. La amante lo sacudió de los hombros: El exclamó con vehemencia: ¡Déjame, no quiero volver a verte!, y se liberó de un tirón. La esposa dijo: ¿Y para qué quieres que te deje, para irte con otra? No se te va a hacer, ¡primero muerta! ¡Y nunca, óyelo bien, nunca más te atrevas a tocarme! La amante dijo: Es lo último que te aguanto. Después dio media vuelta y se alejó. Él volteó a ver a la esposa, ella le plantó la mano abierta en la mejilla izquierda y se marchó también.&lt;br /&gt;Avergonzado, quiso saber si la gente había visto la escena. Nadie reparaba en él. Vio sombras de otros pasando a su lado, pero no la suya. Una mujer volteó al escucharlo decir: ¡Malditos deseos cumplidos!, y al no verlo siguió su camino. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-6031423813704026629?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/6031423813704026629/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=6031423813704026629' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6031423813704026629'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6031423813704026629'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/02/deseo.html' title='Deseo'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-5531788913083406296</id><published>2009-01-25T20:53:00.002-06:00</published><updated>2009-01-25T21:26:09.439-06:00</updated><title type='text'>Insomnio y Semáforo</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;Es difícil despertar sin ella cada madrugada. Nada hay que hacer a estas horas. No se me antoja ver programas de televisión que sólo tratan de venderte cosas que no sirven o que no puedes comprar. Si al menos ofrecieran algo que la regresara a casa, no dudaría en comprarlo, pero soy iluso, como siempre. Ella no vuelve nunca más.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;El semáforo repite sus colores para nadie. Es un estorbo porque parece urdir el rojo sólo para cuando se acerca un conductor trasnochado. Muestra el verde para que transite la noche o el viento y parece solazarse en detener a los pocos autos que se acercan a él. Cuando la calle está más sola que yo, abandona el rojo y enciende el verde por mucho rato y, hasta que se aproxima un vehículo, parpadea el ámbar y muestra el rojo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;Sí, la calle está más sola que yo en este momento. A mí por lo menos me acompañan las fotos, la ropa, los aromas gastados de mi mujer. Cómo me gustaría no haber dejado pasar ninguna oportunidad para decirle otras palabras, buenas palabras, que no la hirieran. Pero qué se le va a hacer, ya no está ella. Es como lamentarme de no haberme bañado en un río, ahora que ya está seco.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;Una camioneta llega al semáforo justo cuando ha advertido varias veces con el ámbar. Simplemente se detiene antes de que cambie a rojo. Es mucha camioneta para alguien que trabaje honradamente. No sabría decir cuál es su color. La luz no es tan fuerte como para distinguirlo. Viajan dos personas en ella. Eso sí lo puedo asegurar por sus siluetas. No han pasado diez segundos cuando se detiene un auto tras la camioneta. Se ve diminuto ante el armatoste detenido entre el semáforo y él. Es un auto amarillo y el modelo debe ser muy reciente y extranjero porque no lo reconozco. Va sólo una persona en él.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;¿Cómo no hubo en mi interior un semáforo que indicara en rojo cada vez que me llenaba de enfado contra ella? Sé que es tonto, pero no puedo dejar de pensarlo. Será que así somos los viejos, lamentando más lo que dejamos de hacer que lo que hicimos. Si al menos estuviera aquí conmigo, acompañando mi insomnio, viendo ese semáforo que ahora se ha mudado inútilmente al verde porque el conductor de la camioneta no hace por avanzar y el del auto espera paciente, como si no le importara o estuviera dormido.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;¿Qué esperan? Ni el de adelante arranca ni el de atrás reclama. Qué paciencia. Yo nunca la tuve. Ni cuando manejaba mi auto ni cuando discutíamos ella y yo ni cuando los hijos se acercaban a mí. No supe ser de otra manera. A estas alturas dudo que llegue a tener la paciencia que ella tenía para conmigo. Ni siquiera la paciencia de este conductor del auto amarillo que espera durante todo el verde, que ve sin inmutarse el parpadeo del ámbar y soporta el regreso del rojo. Eso sí que es ser paciente. Yo ya no quiero paciencia. Ya no la necesito. La hubiera querido para ella. Ahora para qué.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;El conductor de la camioneta baja y camina lento hacia el auto. Se detiene frente al conductor y le arroja algo de papel, tal vez un volante, tal vez un billete, algo que no puedo distinguir con estos ojos. Si ella me acompañara ahora, sabría decirlo con certeza. Sus ojos vieron siempre mejor que los míos, y eran más bonitos además. El hombre afuera del auto explica al de adentro no sé que tantas cosas y señala a su acompañante. Habla más con las manos que con la voz, pero ni así entiendo. Después camina hacia la camioneta, sube y arranca en rojo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;El del auto se queda detenido. Voltea a ver lo que el otro le ha arrojado. Mira la ruta que siguió la camioneta. El semáforo ha vuelto al verde y el conductor se le queda viendo como si no entendiera. Sólo cuando nota que tiene el pase del semáforo se preocupa por avanzar. Es evidente que cambia de ruta. Aunque llevaba la misma que la camioneta, da vuelta a la derecha, y avanza con cautela.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-INDENT: 35.45pt; LINE-HEIGHT: 200%; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="FONT-FAMILY: 'Times New Roman'; mso-fareast-language: EN-US; mso-bidi-language: AR-SA; mso-fareast-: ES-MXfont-family:'Times New Roman';font-size:12;"  &gt;Me quedo aquí sin entender lo  sucedido. No es la vejez la que me impide entenderlo. Me queda claro que el conductor de la camioneta no habló con el del auto en buenos términos. Eso es todo. Y por el desvío, parece que lo hubiera amenazado con algo o por algo. No importa qué haya sido. Pero no quisiera estar en su lugar. Prefiero el insomnio. Lo que no soporto es la ausencia de mi mujer, eterna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-5531788913083406296?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/5531788913083406296/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=5531788913083406296' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5531788913083406296'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5531788913083406296'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2009/01/insomnio-y-semforo.html' title='Insomnio y Semáforo'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-1437270943523899745</id><published>2008-04-06T03:32:00.001-05:00</published><updated>2008-04-06T03:36:30.231-05:00</updated><title type='text'>Para que el reino nunca deje de brillar</title><content type='html'>&lt;span class="Apple-style-span" style="color: rgb(51, 51, 51); font-family: 'Trebuchet MS'; font-size: 13px; "&gt;&lt;p class="MsoNormal" align="center" style="text-align: center; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%; color: rgb(51, 51, 51); "&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: rgb(0, 0, 0); font-family: Arial; font-weight: bold;"&gt; &lt;!--StartFragment--&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" align="center" style="text-align:center;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt; &lt;br /&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;Hace años, en la Feria del Libro de Monterrey, me abordó una mujer de poco más de treinta años. Después de saludarme amistosamente me dijo: Usted fue mi profesor de quinto año. La verdad es que me sentí confundido y apenado ante el hecho de que ella supiera quién era yo, y yo no pudiera recordarla. No era cosa de otro mundo que no la recordara después de haber sido profesor de casi tres mil estudiantes desde primaria hasta maestría, pero me apenaba de verdad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;Ella, en cambio, parecía divertida y contenta por encontrarme. Y de pronto, para mi mayor sorpresa, terminó diciendo: Me acuerdo que usted todos los viernes nos contaba cuentos. Debo haber puesto cara de víctima de Alzheimer porque sonrió abierta y divertida al agregar: Siempre me acuerdo que nos contó la historia de Ulises y el Cíclope. Y al oír esto, entonces sí la ubiqué, recordé la escuela, el grupo y el año en que sucedió (año que no mencionaré, más por respeto a mí que a ella).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;No recordé entonces su nombre, como tampoco ahora lo recuerdo. Lo importante es que aquella exalumna vino a recuperar una parte de mi vida como profesor y como escritor incipiente que no aparecía registrada en mi memoria. Debo confesar que nunca agradeceré lo suficiente este tipo de encuentros. Por fortuna, en ninguno de ellos he recibido reclamaciones. Y espero seguir así. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;Oscar Wilde dijo una vez que sólo hay dos reglas para escribir: tener algo que contar y contarlo. Aunque sé que&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;  &lt;/span&gt;Wilde debe haber dicho esto con su peculiar ironía, hubo un tiempo en que creí a ciegas en ambas reglas. Sin embargo, con el pasar de los textos leídos y escritos me di cuenta, al menos de manera intuitiva, de que no bastaba con tener algo que contar y contarlo sino que, además, había que saber cómo contarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%;tab-stops:0in;mso-layout-grid-align:none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;No me queda duda de que, ya en aquellos viernes, al contar historias a mis estudiantes, ponía atención en el modo de hacerlo. De no haber sido así, les aseguro que la exalumna de la cual hablo no habría recordado el relato de Ulises y el Cíclope. Aún más, ni siquiera se acordaría de mí. Y aunque no lo mencionó, quisiera suponer que, a raíz de aquellas sesiones, terminó leyendo La Odisea por su cuenta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Por lo antes expuesto, puedo decir que cuando vi y escuché leer la primera vez a Marinés Medero, me sentí acompañado. No sólo porque ella tenía algo que contar, sino por su manera de contarlo. Se trataba de &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt;&lt;i&gt;Olaff oye tocar a Rachmaninoff&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt;,&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;de Cary Kerner, un cuento que había permanecido como uno de mis amores ocultos, conocido por mí desde la época en que leía la revista &lt;i&gt;El Cuento&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, y cuyo gusto nunca antes pude compartir con nadie. Pero no sólo se trataba de la historia sino de la manera de contarla, porque Marinés desprendía las palabras desde el papel mediante gestos, ademanes, guiños de complicidad, modulación de la voz. Todo un alarde acerca de cómo se puede contar una historia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Supe entonces que ver y escuchar la lectura de Marinés, es presenciar desplegada la magia de la palabra, ver de bulto la lectura, sentir el contagio de esa enfermedad sin sanación que representa el amor por los libros. Porque cuando ella lee, hay una especie de encantamiento, reescribe sus propios textos o ayuda a que quien los escribió termine de escribirlos, en complicidad; pero no contenta con leerlos, los vive y nos invita a vivirlos y, además, lo consigue.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Siempre he compartido la opinión de que leer y escribir para niños y niñas no es leer y escribir para tontos y tontas. Se tiene que escribir y leer de manera inteligente para personas inteligentes, sin importar la edad. Bien dijo una vez Máximo Gorki que &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;para los niños se escribe igual que para los adultos, pero mejor. Y eso es lo que Marinés Medero ha hecho a lo largo de su vida como promotora de la lectura: leer y escribir libros para niños y niñas como si fueran para adultos, pero mejor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;Para ilustrar lo anterior, enumeraré&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt; algunas estrategias que la autora propone en su antología &lt;i&gt;De Maravillas y Encantamientos&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt; con el fin de estimular la comprensión de la lectura en voz alta&lt;span style="color:black"&gt;:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;La lectura del cuento debe ser pausada y clara ya que el objetivo no es terminar rápido sino entender perfectamente aquello que el autor escribió.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;En caso de que el niño lea en voz alta deben corregirse con suavidad los errores en su lectura. Hay que recordar que ningún niño desea leer mal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;Si después de la lectura al niño no le gustó el texto, hay que respetar su opinión y procurar escuchar con atención sus argumentos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;No todas las personas tienen la misma facilidad para leer. Cada quien tiene su propia velocidad y ritmo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt;La literatura no tiene por qué ser seria y aburrida si intentamos que se convierta en un placer.&lt;span style="color:black"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left:71.45pt;text-align:justify;text-indent:-.25in;line-height:200%;mso-list:l1 level1 lfo2;tab-stops:list 71.45pt"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial;color:black"&gt;—&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt;Cualquier manifestación emocional que resulte de la lectura debe ser comprendida y respetada.&lt;span style="color:black"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Para hablar de las cosas que ha escrito y emprendido, tendría que mencionar su labor periodística en las revistas &lt;i&gt;Casa de las Américas&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; y &lt;i&gt;Unión&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;; y en los suplementos &lt;i&gt;El Gallo Ilustrado&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; y &lt;i&gt;Aquí Vamos&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;. No podría dejar de mencionar sus libros &lt;i&gt;Cuentos y Anti-cuentos de Juan Dolcines&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; (inédito), &lt;i&gt;Al otro lado de la puerta&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, &lt;i&gt;Sol del Siglo XXII&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, &lt;i&gt;Volvamos a la palabra&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, &lt;i&gt;De maravillas y encantamientos&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;. Me vería obligado a hablar de las revistas &lt;i&gt;El caballo de papel&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; y &lt;i&gt;La llave de oro&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; de las cuales fue directora. Además, no me perdonaría dejar de lado su trabajo como guionista para la Unidad de Televisión Cultural de la SEP, para la serie radiofónica &lt;i&gt;El taller de las sorpresas&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, de Radio Educación, y para &lt;i&gt;Cantos, brincos y sueños&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt; y &lt;i&gt;El llavero&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;, del Canal 28 de Nuevo León. Pero sería cansado enumerar todo eso, así que ni siquiera lo mencionaré.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Finalmente, quisiera decir que Marinés Medero vive su vida de la misma manera en que lee textos ante un grupo de espectadores, con una intensidad que en pocas persones he visto. Y eso, debo señalarlo, también se contagia y no puede uno dejar de agradecerlo. Lo haré parafraseando a la misma autora: &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family:Arial"&gt;&lt;i&gt;Había una vez un país que brillaba cada vez que Marinés contaba las historias que había aprendido cuando era niña. Éste era y es, un hermoso lugar, pero cuando Marinés deja de leer se vuelve el país más gris y triste del mundo.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;&lt;i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.45pt;line-height:200%"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="font-family:Arial;mso-ansi-language:ES-MX"&gt;Espero seguir escuchando por muchos años más las historias de Marinés Medero, para que el reino nunca deje de brillar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;!--EndFragment--&gt;   &lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-1437270943523899745?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/1437270943523899745/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=1437270943523899745' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1437270943523899745'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1437270943523899745'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2008/04/para-que-el-reino-nunca-deje-de-brillar.html' title='Para que el reino nunca deje de brillar'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-1829522859111484187</id><published>2007-12-07T13:27:00.000-06:00</published><updated>2007-12-07T13:29:07.888-06:00</updated><title type='text'>Un cuarto para leer</title><content type='html'>Los abuelos vivían en una casa que parecía tren. Los cuartos alineados desde la entrada hasta el patio, uno detrás de otro, como vagones de tren, siempre me dieron esa sensación. Pero lo más impresionante era su profunda oscuridad. No importaba si se instalaban focos del más alto voltaje, la oscuridad era tan densa que no me explicaba cómo no salía uno de aquella casa manchado de sombras.&lt;br /&gt;Al abuelo le disgustaba la oscuridad y se vivía quejando de ella. Sobre todo porque para leer debía salir al patio; de modo que, al terminar, regresaba encandilado a la casa.&lt;br /&gt;—¿Qué hiciste ahora de comer? —le decía a la abuela.&lt;br /&gt;—Pos de veras que te estás quedando ciego, Miguel —se disgustaba la abuela, acostumbrada a estar metida en la oscuridad de la casa.&lt;br /&gt;—Es esta maldita casa —justificaba el abuelo—. Ojalá pudiéramos cambiarnos a otra con más luz.&lt;br /&gt;—¿Con más luz? ¿Y dónde vas a encontrar otra con más luz, por el mismo precio?&lt;br /&gt;El abuelo se resignaba a medias y comía a ciegas, hasta que su paladar le descifraba los sabores y se enteraba de lo que estaba comiendo.&lt;br /&gt;—No soy tan ambicioso. Me conformaría con un cuarto, aunque fuera uno solo, con luz suficiente para leer a mis anchas.&lt;br /&gt;La abuela movía la cabeza negando, desaprobando los sueños del abuelo, pero sin dejar de sonreír comprensiva. Y se quedaba a lavar los trastes, mientras el abuelo se iba a atender el estanquillo en el crucero.&lt;br /&gt;Una mañana, la abuela, asombrada, despertó al abuelo.&lt;br /&gt;—¡Miguel! —lo sacudió. El abuelo andaba en lo más profundo de los sueños—¡Despierta, Miguel!&lt;br /&gt;—Déjame otro ratito.&lt;br /&gt;—¡Nada de otro ratito! ¡Ven, quiero enseñarte una cosa!&lt;br /&gt;El abuelo se desperezó y siguió tambaleante a la abuela. Ella se detuvo en el tercer cuarto, contando desde la avenida.&lt;br /&gt;—Mira.&lt;br /&gt;—Qué.&lt;br /&gt;—Esa puerta.&lt;br /&gt;El abuelo se restregó los ojos para apreciarla mejor. Era una puerta, sí, pero o nunca la habían notado o jamás había estado ahí. Una rendija de luz se colaba por debajo de ella. El abuelo terminó por despertar y no esperó más:  la abrió. Encontró un cuarto iluminado y repleto de libros. Paseó la mirada feliz sobre los lomos mientras la abuela, cautelosa, permanecía afuera.&lt;br /&gt;—Sal de ahí, Miguel, no vaya a venir el dueño.&lt;br /&gt;—¿El dueño? ¿Cuál dueño?&lt;br /&gt;—El de los libros.&lt;br /&gt;El abuelo, fuera del mundo, hojeaba uno de los libros, olvidado de la abuela, deslumbrado ante el hallazgo.&lt;br /&gt;—Se te va a hacer tarde.&lt;br /&gt;—¿Qué?&lt;br /&gt;—¿No piensas abrir ahora el estanquillo?&lt;br /&gt;—Abre tú si quieres.&lt;br /&gt;La abuela se vistió y salió molesta a atender el estanquillo. El abuelo no se apareció en todo el día. Cansada, de mal humor y mal comida, cerró temprano. Y en lugar de regresar a la casa, entró a la de la vecina del lado sur. Cuando salió de ahí, en el rostro se le dibujaba un miedo que no podía esconder. Entró a la casa tren y encontró al abuelo embebido en la lectura.&lt;br /&gt;—¡Miguel!&lt;br /&gt;—Qué —dijo el abuelo sin dejar de leer.&lt;br /&gt;—¡Sal de ahí, por lo que más quieras!&lt;br /&gt;Él levantó la vista, señaló la página que leía, cerró el libro, lo acomodó entre los otros y salió.&lt;br /&gt;—Ese cuarto es obra del demonio —sentenció la abuela.&lt;br /&gt;—Pos será, pero nunca había leído tan a gusto.&lt;br /&gt;—¡Ese cuarto no existe, Miguel!&lt;br /&gt;—¿No? —sonrió el abuelo y volteó sobre su hombro hacia el cuarto— ¿Qué no lo estas viendo?&lt;br /&gt;—Quiero decir que no es de este mundo. Fui con la vecina, busqué señales del cuarto y no hay nada: La casa de los vecinos está igualita que ésta, larga, larga, sin cuartos para este lado. Ni rastro de este cuarto.&lt;br /&gt;—¿Y eso qué importa si el cuarto está aquí? —contestó el abuelo disponiéndose a salir de la casa— Ya me voy, porque se me va a hacer tarde.&lt;br /&gt;—¿Adónde vas?&lt;br /&gt;—Al estanquillo.&lt;br /&gt;—¿Sabes qué horas son? —lo miró la abuela ya de plano enojada.&lt;br /&gt;—Van a ser las seis.&lt;br /&gt;—¡Sí, pero de la tarde!&lt;br /&gt;El abuelo se asomó a la avenida y lo comprobó. Se rascó la cabeza y sonrió.&lt;br /&gt;—¡Cómo se va el tiempo! —dijo y, como no queriendo, se metió de nuevo al cuarto iluminado, ante la mirada impotente de la abuela, que no tuvo más remedio que irse a preparar la cena.&lt;br /&gt;—¿No piensas cenar? —dijo al poco rato.&lt;br /&gt;—No tengo hambre.&lt;br /&gt;El reflejo del cuarto era molesto para ella. Se removía de un lado a otro, intentando dormir.&lt;br /&gt;—¡Ya apaga esa luz! —gritó en un momento, desesperada. El abuelo se concretó a cerrar la puerta.&lt;br /&gt;Fue lo último que se supo del abuelo. A la mañana siguiente, no había ni rastros de aquella puerta. La abuela todavía se acuerda y llora. Pero yo no me entristezco, porque sé que, donde quiera que esté, el abuelo es feliz, haciendo lo que más le gusta. Y quizá para él aún sean las seis de la mañana de aquel día.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-1829522859111484187?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/1829522859111484187/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=1829522859111484187' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1829522859111484187'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1829522859111484187'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/12/un-cuarto-para-leer.html' title='Un cuarto para leer'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-5588130106913819822</id><published>2007-11-23T11:53:00.000-06:00</published><updated>2007-11-23T12:18:24.625-06:00</updated><title type='text'>Buscando a mamá</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Papá nos llevó a visitarla durante casi dos meses, domingo tras domingo. Pero luego pasó lo que tenía que pasar: conoció a otra mujer. A veces pienso que ya la tenía preparada, como previendo la muerte de mamá. Ella nunca lo supo. No tuve el valor de llegar a su tumba y contárselo. Sería por sus consejos: debes ser bueno, ayúdale a tu papá con tus hermanos, porque solo no va a poder. Y a mí me entraba el coraje pensando en lo solo que se la pasaba con la otra mujer, tan descarada que no se detenía delante de nosotros para sobarle sus cosas a papá. Ante eso, me daba vergüenza y me salía antes de que me echaran fuera, como hacían con mis hermanos. Y ahí nos estábamos toda la tarde, hasta que se hartaban de estar juntos y abrían la puerta muy orondos, como si nada.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Papá, con la baba caída, como si su nueva mujer le hubiera dado a tomar una hierba azonzadora, no reparaba en mí ni en mis hermanos. Mucho menos iba a acordarse de mamá. Por eso, cuando ella preguntaba por él, mejor le hablaba del buen tiempo que hacía, de la salud de mis hermanos, de cómo crecían y progresaban en los estudios.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Como si lo viera ahorita, recuerdo el domingo aquel en que sin esperar su orden, me bañé y me cambié‚ para acompañarlo. En vano todo, porque me dijo: ya me voy, cuida mucho a tus hermanos. Pregunté‚ por qué no lo acompañábamos al panteón como los otros domingos. Contestó que tenía un asunto pendiente y salió. Sentí algo como tristeza que también podía ser  coraje o sentimiento. Pero no lloré. No tenía aún diez años, pero en ausencia de papá era yo el que quedaba al mando y tomé muy a pecho mi papel.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El panteón estaba a tres cuadras de la casa y pensé que si papá tenía otras ocupaciones, bien podía llevar yo a mis hermanos a la tumba de mamá. Y no esperé su permiso. Los arreglé lo mejor que pude y salimos. Ni más ni menos igual que los otros domingos. Una rezada y un rato de silencio hasta que mis hermanos se pusieron a jugar y terminaron peleándose por unas flores que encontraron en otra tumba. Los convencí de adornar con ellas la de mamá y el pleito terminó.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Así he conocido gentes que roban las flores de otras tumbas. Dizque se las encuentran. No sé a quién engañan. Con la mayor desfachatez vienen  y les interrumpen a los muertos su descanso eterno. Se emborrachan y hacen días de campo, se burlan de la muerte. No se enteran que detrás de cada flor que crece en el panteón, los muertos escuchan y ven. Pero esas gentes no lo entienden. A los que mueren les urge un nuevo cuerpo, un cuerpo sin achaques. Y lo encuentran renaciendo en flores silvestres, flores de muerto, para que otros, en un rato de zoncera, vengan y las destrocen, para dejar morir a sus muertos por segunda vez.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Total, que aquel domingo volvimos antes de que el sol bajara, pero papá no regresó sino por la noche. Esto se repitió varios domingos hasta que llegó la nueva mujer. Y a partir de entonces, todos los demás días llegando de la escuela, comía y me escapaba al panteón a platicar largo y tendido con mamá. Hablábamos de tantas cosas que no podría enumerarlas una por una. Me preguntaba por papá y yo la distraía con el  olor de las flores, con lo sucio que se ponían las tumbas vecinas, con cuentos que le inventaba. Nunca me atreví a contarle una mentira. Nunca le dije de la mujer que papá había llevado a la casa en su lugar. Le hablaba de otras cosas: que ya pavimentaban la colonia, que ya había terminado de estudiar mi primaria, que ya teníamos televisión. No venía al caso mortificarla más de lo que ya estaba en su tumba.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Le preguntaba si no se cansaba de vivir siempre acostada, si no sentía mucho frío allá abajo, si no le faltaba el aire. Preguntas tontas, pues bien sabía que a ella nada le faltaba ya. Era por sacarle plática. Pero nunca quise preguntarle cómo era allá  donde ella estaba. Tal vez me prevenía contra un miedo que podía convertir mis sueños en pesadillas.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Nunca pensé en que ella no vivía ya, en que se le pudrían los sesos, si es que no se los habían comido los gusanos. Y que no había modo de remendar lo carcomido. Los agujeros negros en su cerebro. Su materia gris convertida en túneles huecos y oscuros. Nunca pensé en su cerebro antes lúcido y entonces ya acabado. Pero cuando me descuidaba y empezaba a pensar en todo eso, prefería abandonar su tumba, irme lejos, hasta que volvía a escucharla llamándome. Y me hablaba de vecinos acabados de enterrar, de las molestias que le causaban con sus gemidos, no acostumbrados a la muerte. Y me olvidaba de sequedades y pudriciones, o fingía tan bien que yo mismo me convencía de que ella aún estaba viva.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Vivía más tiempo en el panteón en que mamá pasaba su muerte que en mi casa. Ahí me acostumbré  a oír a los muertos. Gente de otro mundo, buena gente. Era una maraña de voces cada que la visitaba, cuando llegaba a dormirme sobre su tumba. Eso si hacía buen tiempo, porque luego se dejaba caer un frío que hasta a los muertos les calaba en los huesos allá adentro. Y cómo no iba a calarles, tan descarnados como estaban, sin el abrigo de sus antiguas carnes, sólo cubiertos por una caja y una lápida, tan frías que daban ganas de encender fuego sobre ellas, si no fuera por el temor de que cargaran conmigo no nada más la policía sino hasta los loqueros. Los vivos, con el abrigo de la carne, la ropa y las cobijas, sentíamos frío. ¿Qué no sentirían los muertos allá abajo, tan oscuro, tan frío, tan lleno de muerte?&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;De todos modos, ningún lugar mejor para descansar que un panteón. Será  que crecí entre tumbas, y los panteones han sido como mi casa. La diferencia entre un panteón y una casa la hacen los muertos. Ellos ya no necesitan nada. En cambio, entre los vivos no faltan envidias ni ambiciones. Y como yo nada envidio y nada ambiciono, encuentro agradable la compañía de los muertos. Uno quisiera tener por siempre vivos a sus muertos. Como yo, hay miles de fieles a sus difuntos, hasta que la muerte los reúne y sólo Dios sabe qué encontrarán allá. Nunca entendí aquella fórmula del matrimonio: hasta que la muerte los separe. Por un lado, los sacerdotes se la pasan predicando la vida eterna y por otro limitan el matrimonio hasta la muerte. Nunca lo entenderé.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;En mis años de secundaria me empezaron a tildar de Profanador, de Muertero, de Loco, de Panteonero. Todos aquellos apodos me calaban pero me aguanté. Mis compañeros se cansaron, vieron que no me molestaba y dejaron de burlarse. Aunque los apodos se me quedaron al grado de que todavía atiendo cuando me llaman por alguno de ellos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Por aquella época empezaron los rumores de que cambiarían de lugar el panteón donde estaba mamá. Decían que cargarían con muertos y tumbas y se los llevarían para otros panteones. Si querías que a tus difuntos los enterraran en buen lugar, tenías que pagar. Si no, como quiera se los llevarían, pero los meterían a una fosa común. Luego supe que eso era un pozo muy grande  en el que echarían revueltos los huesos de los muertos por quienes nadie pagara.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Asustado por la idea de perder para siempre a mamá, o lo que de ella quedaba, le supliqué a papá que pagara. Su rostro se puso serio y dijo que no tenía con qué. Así que traté de reunir la cantidad que pedían. Por las tardes de entre semana y los sábados y los domingos enteros, trabajé duro. Pero de nada sirvió. Todavía no completaba la mitad del dinero cuando desapareció el panteón y empezaron a construir una escuela. Y ya no pude averiguar el paradero de mamá.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces me la paso de panteón en panteón. Hay tantos en la ciudad que no he alcanzado a recorrerlos todos. Tengo que irme con calma, despacio. No quiero que, por un descuido mío, mamá se pierda para siempre. No me atrevo a pensar en lo que sucedería si por las prisas me pasara de largo sin reconocer su tumba. No sé cuánto tiempo tendría que transcurrir para que yo regresara a ese panteón.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Por eso me detengo, me demoro leyendo los nombres de las lápidas, escuchando con paciencia las voces de los muertos en sus tumbas, acordándose aún de cuando habitaban los vientres de sus madres. Así se sienten, como fetos sin vida. Muertos que jamás serán dados a luz, que permanecen en una preñez eterna de la tierra. Se sienten en la tranquilidad del vientre materno, sin preocupaciones, sin pendientes. Sólo penan quienes todavía no se acostumbran a la muerte.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Los interrogo. Les pregunto por mamá. Algunos se niegan a hablar. Que los deje descansar, dicen. No todos son así. Otros darían la vida, si la tuvieran, por que alguien los escuchara. Y ahí es donde entro yo. Dejando que hablen de ellos. Sobre todo de lo que dejaron de hacer en vida. Se quejan de eso. Me apena interrumpirlos. Los dejo hablar hasta que se hartan y entonces les pregunto por mamá y nadie sabe. Lo más que han llegado  a decirme es que no todos los muertos salieron de aquel panteón. Dicen que encima de ellos construyeron la escuela. Eso no es nuevo para mí. Mucha gente habla de niños a los que se les aparecen almas en pena a todas horas. Nadie les cree. Yo no sé si creer.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Me canso cada vez más. A mis setenta años se me ocurre pensar  que no vale la pena buscar más. Pronto me reuniré con ella. Lo que me preocupa  es que no me reconozca. Los muertos no envejecen. Y ella murió en sus cuarenta años. De modo que cuando muera yo, voy a parecer su papá más que su hijo. No le temo a la muerte. He vivido siempre a su lado. Lo que temo es no poder descansar en  paz, tener qué seguir buscando a mamá aún después de muerto, como alma en pena.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es fecha de que mamá debe haberse enterado de la otra mujer de papá. No quisiera oír sus recriminaciones. Ojalá pudiera encontrarla antes de mi muerte y explicarle todo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-5588130106913819822?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/5588130106913819822/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=5588130106913819822' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5588130106913819822'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5588130106913819822'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/11/buscando-mam.html' title='Buscando a mamá'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-6293776788849505051</id><published>2007-10-25T09:04:00.000-05:00</published><updated>2007-10-25T09:13:27.947-05:00</updated><title type='text'>Rosalío</title><content type='html'>Una mañana nos encontramos en la pila el cadáver de nuestro gato. Acostumbrados a echar a navegar barquitos de papel, nos sorprendió verlo flotando a la deriva. Lo primero que a mamá se le ocurrió fue decir algo acerca del fin del mundo. Nos miramos temerosos, pendientes de sus palabras, esperando que rectificara. Fue un silencio pesado que vino a interrumpirse por el silbato del tren, a una distancia que parecía corta por la contundencia del silbido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Las ocho! —dijo mamá y se alejó encarrerada a preparar el almuerzo: papá no tardaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude comprender por qué, si según mamá el mundo estaba por acabarse, se preocupaba tanto por prepararle el almuerzo a papá. ¿De qué serviría que almorzara si se acababa el mundo de repente? Casi la seguimos, pero el gato ahogado nos retuvo a la orilla de la pila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién lo ahogaría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quién sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A lo mejor se cayó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No: no se cayó. Los gatos ni se acercan al agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Entonces, ¿quién pudo ser?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo —dijo una voz mayor que la nuestra. Era Rosalío. En cuanto lo vimos retrocedimos y nos encaminamos a la casa—. ¿No que no? Ahí está su mugre gato: antier no era su día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué lo ahogaste? —me atreví a preguntar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quién le mandó echárseme encima. Me tenía que defender. No iba a dejar que me arañara —y mostró sus brazos surcados de heridas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Le voy a decir a mamá —dijo mi hermano menor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dile. No le tengo miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Mamá! —gritó mi hermano. Mamá no salió y tuvo que gritarle de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te va a creer —dijo Rosalío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué pasó? —dijo mamá desde adentro de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Dice Rosalío que él...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que si tiro el gato en la carretilla —dijo Rosalío acercándose a mamá, mientras el coraje nos enmudecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está bien —dijo mamá y se retiró de la puerta para regresar con dinero para pagar el favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rosalío acercó la carretilla que había dejado a unos pasos del camino y la puso junto a la pila. Después, con una rama, empujó el cadáver hacia la orilla y sentimos que el olor se nos metía en la nariz. Retrocedimos para que no nos alcanzara. Qué asco daba ver a Rosalío tomar el cadáver hinchado y hacerlo subir al borde de la pila. De ahí, como si se tratara de un bulto, lo arrojó a la carretilla y algo se reventó en el animal, porque la peste se volvió insoportable. Nos alejamos, pero ni así nos deshicimos de aquella pudrición. Nos escondimos detrás de la casa y hasta ahí nos siguió. Nos metimos en el corral y ni el olor a estiércol pudo vencer al olor podrido del gato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asqueados todavía, oímos la rueda de la carretilla dando tumbos por el camino y nos fuimos tras ella. Yo veía a Rosalío avanzando muy campante, oliendo a todo pulmón, como si anduviera en medio de un jardín. Respiraba como si no tuviera olfato. En cambio, a nosotros la peste nos mantenía a raya. Nos deteníamos cuando el viento nos traía oleadas de pudrición. Nos cubríamos la nariz hasta que la ola podrida pasaba. Luego continuábamos tras la carretilla.&lt;br /&gt;De repente, se apartó del camino, se metió en el monte y tomó una vereda. Continuamos tercos, tratando de que no se diera cuenta. No hablábamos, no arrastrábamos los pies, evitábamos cualquier roce con la maleza. La carretilla se detuvo y nosotros también. Nos asomamos desde unos granjenos y vimos cómo Rosalío vaciaba la carretilla en la tierra. Se escuchó el cadáver cayendo como costal y Rosalío se le quedó mirando como esperando algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Son hormigas —dijo Pepe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así era. El cadáver yacía sobre un hormiguero y Rosalío lo miraba como si se acabara de abrir para él el cielo. Su boca estaba abierta y su quijada casi desencajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No les hará mal a las hormigas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De sólo pensar que las hormigas devoraran aquella carne podrida, se me revolvía el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y si después de comerse al gato le pican a alguien?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dice papá que a los animales envenenados no los toca ningún otro animal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero éste no murió envenenado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tú cómo sabes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué ven —dijo Rosalío y se encaminó hacia nosotros, amenazante. No supimos sino retroceder, lejos de su alcance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dios te va a castigar —le dijo mi hermano menor con voz temblorosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dios y quién más —dijo Rosalío deteniéndose retador, como si fuera a enfrentar a medio mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahogaste a nuestro gato: eso es pecado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién dice eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé, pero es pecado. Y Dios te va a castigar. Vas a verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí lo espero —dijo arrogante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—También eso es pecado —dijo Pepe señalando hacia el hormiguero, donde el gato estaba abandonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Díganselo a las hormigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ellas no tienen la culpa. Tú lo pusiste ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y qué querían, que lo sepultara como a un hombre? ¡Si era un mugroso gato y me la debía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te había hecho nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Se me echó encima, me quiso atacar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No es cierto. Se te echó encima porque tú lo provocaste. Yo te vi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y si así fue, qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dios te va a castigar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No se saben otra canción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No estamos cantando —dijo mi hermano menor. Y Rosalío soltó una risotada que vino a colmarnos la paciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡No te rías! —le dije. Él siguió burlándose como si gozara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Que no te rías! —dijo Pepe agarrando dos piedras del suelo. Nosotros lo imitamos. La risa no cesaba y no esperamos más para arrojárselas. Pero no conseguimos golpearlo. Esquivaba cada golpe con rapidez y reía y reía y nos enfurecía más y más. Pero su suerte no duró tanto. Todo fue que lo alcanzara una piedra y otras más lo hicieran retroceder, acercarse al hormiguero. De pronto una piedra lo golpeó en la cabeza y lo hizo caer a un lado del cadáver del gato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rosalío reaccionó tarde, aturdido por la pedrada. Las hormigas no le dieron tiempo de levantarse y sacudírselas. Para cuando lo intentó, tenía el cuerpo cubierto de hormigas que no cesaban de picarle por todas partes. No sabíamos qué hacer. Si nos acercábamos, tal vez también resultaríamos atacados. Y en caso de ayudarle a él, ¿quién nos garantizaba que no fuera a agredirnos por haberlo golpeado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Vamos por alguien que lo ayude! —dijo Pepe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no estaba muy convencido de que lo hiciéramos. De todas maneras, corrimos detrás de Pepe. Íbamos jadeantes, en silencio, con los pensamientos puestos en Rosalío. De repente nos detuvimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Espérense: ¿Qué vamos a decir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos quedamos callados. Ni modo de confesar que lo habíamos apedreado y al golpearlo se había caído en el hormiguero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Decimos que se cayó solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Decimos que se mareó por la peste del gato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, y que tuvimos miedo y mejor vinimos por ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvimos de acuerdo. Pero cuando íbamos a reanudar el camino, escuchamos la carretilla dando tumbos. Aún no salía del monte, pero lo haría muy pronto. Nos paralizamos. ¿Qué hacer? ¿Esperar? ¿Fingir que no teníamos miedo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vamos a escondernos —dijo mi hermano y, apenas lo hicimos, apareció. Lo vimos ocultos tras unos matorrales que bordeaban el camino. Llevaba el rostro hinchado y rojo. Los pómulos casi reventaban, los ojos no se le distinguían. Parecía boxeador golpeado hasta el hartazgo. Caminaba torpemente, se quejaba a cada pisada. No llevaba los zapatos puestos. Fue lento su paso ante nosotros. El miedo crecía. Pero no sabíamos si temerle más a su venganza o al fin del mundo anunciado por mamá.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-6293776788849505051?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/6293776788849505051/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=6293776788849505051' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6293776788849505051'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/6293776788849505051'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/10/rosalo.html' title='Rosalío'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-5548390415610251485</id><published>2007-10-12T12:18:00.000-05:00</published><updated>2007-10-12T12:22:15.804-05:00</updated><title type='text'>Cadena</title><content type='html'>Leche. Leche de mujer. El viento me trae el olor y me lo encaja en la nariz. Me tienta y no me resisto. Es inútil. Sigo su huella cada vez más fuerte. Ya no soy dueño de mí. Crujen a mi paso las hojas secas. Los pájaros me presienten y se desprenden asustados de las ramas o los nidos. Por un momento olvidan a sus crías y vuelan lejos de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me detengo. El llamado es urgente. Me apresuro. Sé que puedo llegar tarde y los pechos de la mujer para entonces estarán vacíos, sin una gota para mí. No importa si me descubren. Nada hay más apremiante en este momento que dos pezones turgentes, abultados, rebosantes. Nada más a mi alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya veo la casa. El olor casi me arrastra, pero aquí despierto a la realidad. Tal vez la mujer y su hijo no estén solos. Debo cerciorarme. Rondo y no encuentro manera de entrar. Me asomo a la puerta con sigilo. Quizás una hendidura me permita colarme al interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El olor se condensa en mi nariz. Me nubla la visión. Casi me ciega. Si sus efectos duran un poco más perderé el sentido. Desespero. Estoy a punto de lanzarme contra la puerta cuando el viento la entreabre. El viento otra vez de mi parte. Primero me llevó el inquietante olor y ahora, cómplice ideal, me allana el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie me ve. Nadie se percata de mi entrada. Me deslizo bajo la puerta y encuentro una oscuridad desconocida, más tenue que la noche. Me mantengo inmóvil hasta parecer piedra. La claridad llega y el aroma impregna la casa. No sé por dónde empezar la búsqueda. Pronto conseguiré mi propósito. Mientras tanto, me sofoca la desesperación. Quisiera destrozarlo todo, olvidar la prudencia y atacar sin miramientos a la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi paso veo un recipiente casi vacío. Dudo por un momento. Observo el líquido blanquecino y me digo que no pude equivocarme tan redondamente. Venir desde tan adentro del monte sólo a darme cuenta que el llamando no era para mí, o de que envejezco al grado de confundir la leche de mujer con la de vaca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Advierto una presencia hostil. Me repliego temblando hacia un rincón. Es un gato en actitud de ataque. Corta mi respiración con su mirada de filos negros. Bufa amenazador y me quedo quieto. No sé cuánto tiempo transcurre hasta que se desentiende de mí. Luego, se bebe la leche y sale de la casa. Me mantengo aún en mi refugio, me sacudo el miedo mientras paso junto al recipiente. Pfuá. Me retiro asqueado. Esa leche no se hizo para mí. El asco me empuja a salir de la casa. Pero cuando  casi cruzo el umbral, el olor se reaviva en mi nariz. Ah, dos pechos de mujer. Aún no los veo, pero estoy por llegar a ellos. Leche de vaca, volteo y veo el recipiente, qué asco. Y pensar que pudo despistarme su nauseabundo hedor. Avanzo sigiloso. Ellos no son como yo. Poseen la extraña cualidad de descubrirme aunque no me vean ni me huelan. Por eso debo ser cauteloso. Por eso procuro no deslizarme en falso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me equivocaba. Tendidos sobre la cama, están el niño y la mujer. Pero por encima de todo, los pechos rebosantes que suben y bajan al ritmo de la respiración, me atan, me clavan al suelo. Permanezco así hasta que me alerta un movimiento del niño. Pronto despertará y ella le ofrecerá su leche. Debo actuar con rapidez y precisión para que todo salga bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me deslizo sobre la cama. El niño me presiente y se estremece. Si no me apresuro despertará. Primero me hago cargo de él. Luego me acerco a un pezón. Quisiera abarcar los dos a un mismo tiempo, pero es imposible. En este instante quisiera tener dos cabezas, dos hocicos para succionar ambos pechos a la vez. Pero me conformo con gozar uno y desorbitar mis ojos en la contemplación del otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer se remueve, se desabotona la blusa para que su bebé, que ahora soy yo, se alimente a sus anchas. En este instante sólo existen sus pechos. Si quisieran deshacerse de mí, bastaría con que envenenaran su leche. No me importaría. La mujer y el pequeño permanecen tranquilos. Y en medio de ellos, yo. Una cadena perfecta. Tal vez en el fondo lo que busco no es la leche, sino la suave sensación de los pezones en mi hocico. Pero eso poco importa. No me detengo a pensarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin darme cuenta, agoto un pecho y cambio goloso al otro. He saciado mi necesidad de leche pero pudiera pasar una eternidad prendido a los pezones. La luz aminora. Pronto la casa se poblará de nuevo. Desciendo de la cama y me detengo. El niño despierta y la mujer se lo acomoda al pecho vacío. Ambos, madre e hijo, me sustituyen. Me deslizo aún en éxtasis por la casa y salgo. Tal vez regrese mañana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-5548390415610251485?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/5548390415610251485/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=5548390415610251485' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5548390415610251485'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/5548390415610251485'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/10/cadena.html' title='Cadena'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-1181087167355120592</id><published>2007-09-28T13:29:00.000-05:00</published><updated>2007-09-28T13:47:22.578-05:00</updated><title type='text'>La noche de los alacranes</title><content type='html'>No me gusta despertarlos a estas horas de la noche. En cuanto sienten la luz de la linterna, preparan los aguijones como si quisieran encajárselos. Recorro las jaulas con la mirada. Donde la luz va cayendo, los animales despejan un camino. Luego vuelven a ocupar sus lugares sin olvidarse de amagar llenos de cólera. En este instante no perdonarían a sus propias madres. Sin vacilaciones las atravesarían con su veneno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No los atosigo más. No hay novedad. Todo está en su lugar y puedo irme tranquilo. El recuerdo de los pechos de mi mujer me apremia a abandonar el criadero. La noche es tan cerrada que si no conociera el camino tendría que encorvarme para ver dónde piso. Oigo mis pasos como si no me pertenecieran, como si se tratara de algo ajeno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me detengo y un silencio sospechoso se apodera de la noche. De repente un ruido se desliza entre las hojas caídas; se aleja y me quedo escuchando cómo la noche se mueve apenas con un leve rumor. Avanzo de nuevo y las hojas crujen bajo mis zapatos. Me estremezco imaginando que piso diminutos esqueletos.&lt;br /&gt;Sé bien que ella no me espera. Estará dormida, soñando sueños que jamás recuerda. Es extraño que yo no recuerde mi sueño de anoche. Sólo imágenes confusas. Rostros de niños angustiados. El miedo se me agolpa en los pies. Ya no es como si pisara esqueletos diminutos, sino aguijones venenosos, y no encuentro el motivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acerco al tejabán. Su forma se ve más oscura que la misma noche. No quiero despertar a mi mujer. Hace mucho que no regreso antes de lo calculado. Me gusta encontrarla dormida: para cuando despierta ya no tiene remedio. Se me entrega sin pretextos de cansancio, sin trabas. La desconozco. Parece otra mujer la que me comparte su cuerpo. Por eso me gusta llegar así, sin ser sentido, de sorpresa, como ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me detengo antes de entrar. Oigo jadeos de hombre, gemidos de mujer que no son de dolor sino de gozo. Las ventanas y las puertas, cerradas; la luz, sin encender. No hay modo de ver lo que adentro sucede, pero lo adivino. Es ella. Ella con otro. Ellos contra mí. No importa quién es ese hombre. Es mi enemigo, sin importar quién sea, y nadie podrá convencerme de lo contrario. Sería fácil entrar y sorprenderlos, acabar con ellos sin conmiseración. No la merecen ni uno ni otra. Aunque bien pensado tal vez él sea el menos culpable. Es ella la que se le abre de piernas; ella la que ha jurado serme fiel hasta la muerte. No se queja: goza entregando a otro lo que me pertenece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parecen tirarse dentelladas y acertar, según gimen. Cualquiera que la haya escuchado hablar conmigo, pensará que me equivoco. Como cuando hablamos de los alacranes en el criadero. Primero les tuvo miedo y luego le dio por apreciarlos. Hasta bien empezó a hablar de ellos, como de los hijos que no hemos tenido. Bien que lo dice cada que se les acerca y les hace arrumacos. Como para que yo oiga, echándome en cara los hijos que no le pude hacer. Es su venganza por los hijos de los que la he privado. Aunque siempre ha dicho que no importaba, que sus hijos eran los alacranes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí nunca me gustó la idea de ser su padre. Ni a ellos les habría simpatizado. Los trato con respeto porque les temo. Nunca he podido sacudirme el miedo a que un día, el menos pensado, de repente alguno me clave su aguijón. No es miedo a morir. Es algo diferente y no sé cómo definirlo. Temor a sentir su contacto, como si en lugar de envenenarme me fueran a contagiar un mal incurable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí sigue mi mujer, gimiendo, disfrutando el lancetazo que me asesta, entregada a otro. Fornicaba con una alacrana, por eso nunca pude preñarla. Intentaba una cruza imposible, contra natura. Su caricia era una trampa: pinzas que me inmovilizaban para mantenerme a su merced.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los jadeos se agotan. Las voces dejan de enlazarse, de entregarse, de asediarse. El silencio del tejabán apenas se rompe con dos respiraciones agitadas. Luego un ajetreo inesperado. El roce de ropas que alguien se viste. Quizá sea ella quien lo viste amorosa. Y él, confiado, se deja atenazar, como yo, por la alacrana. No sabe que de repente como a mí, a él también le envenenará la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos pasos se dirigen a la puerta. Dos voces satisfechas, sin remordimientos, temblando todavía por lo que acaban de gozar. Y aquí vienen ya. Entreabren apenas para que no se escape ruido alguno. Tal vez se asoman para asegurarse de que nadie los vea salir. Es una precaución que dura poco. Desde la oscuridad, agazapado, miro cómo se abrazan sus siluetas, dos sombras confundidas con la de la noche. Y así se quedan, como si les doliera separarse, hasta que él se aparta, se despide y se aleja destrozando las hojas secas a su paso. Nos quedamos mi mujer y yo. Ella, creyéndose sola, respira satisfecha, entra al tejabán y cierra. Yo me quedo aquí, con el corazón a punto de dolor, pero no me venzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez debiera rodear el tejabán con fuego y hacerla reventar, como cuando me preguntaron si los alacranes se suicidaban al ser rodeados por el fuego y no lo supe. Pero no me quedé con la duda. Formé un cerco de ramas secas, muy cerrado, y encendí fuego. Y justo en medio solté un alacrán. El pobre quiso escapar pero lo detuvo el fuego. No tuvo escapatoria. Esperaba que de pronto, acorralado, se encajara el aguijón, pero no. Prefirió morir reventado antes que suicidarse. No es que lo haya elegido sino que no tuvo opción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abro la puerta y mi mujer se finge dormida, profundamente dormida. Qué linda se ve así, tranquila, como quien no mata una mosca. Viéndola dormir, olvido su traición. Parece invitarme: acércate, soy tuya, de nadie más. Y me hundo en el abismo de sus piernas. Olvido que las huellas del otro están aún vivas en su piel. Me aproximo y la acaricio; y ella, como entre sueños, me dice que no puede, que anda en sus días de luna. Y pienso en el otro y maldigo en silencio. Ella se voltea hacia su lado en la cama, dándome la espalda, y es todo lo que alcanzo a soportar. Con el odio envenenándome las venas, salgo dando un portazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espero todavía que una palabra suya me detenga, pero la espero en vano. Siempre he esperado demasiado de ella y sólo se entrega a cuentagotas. Aunque me duela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino sin saber a dónde ir. El sueño de anoche era de alacranes. De niños y alacranes. Muchos, miles de alacranes avanzando, amenazando de muerte a los niños. Sí, eso fue. No apresuro a mi memoria. No es necesario. Todo a su tiempo. El sueño vendrá poco a poco. Cuestión de esperar. Me detengo dudando, sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abro el criadero y un rumor acechante se esparce en el ambiente. Me estremezco. No enciendo la linterna. No quiero ser una molestia para los alacranes. Tal vez ahora mismo se aparean. Quizás hayan tenido esta noche mejor suerte que yo. Con una jaula pequeña es suficiente. La tomo y la sopeso. Bien cargada de veneno vivo, hirviendo en el cuerpo de los animales. Salgo y cierro con mucho tiento. Podría llegar al tejabán con los ojos vendados. Pero no quiero hacerlo a ciegas. No quisiera perderme ningún detalle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Procuro no agitar tanto la jaula. Se podrían enfurecer como aquellos de mi sueño. Eran tres niños paralizados de miedo. Retrocedían paso a paso, hasta que, sin esperarlo, a sus espaldas encontraban una pared que les impedía ir más allá. Apenas lo recuerdo. Yo también era un niño en el sueño, pero lo veía todo desde el filo de una pared, a salvo. Era un jacal de adobe, con las paredes ruinosas, a punto de derrumbarse, y sin una paja de techo encima. Debo haber soñado que era de día, porque no recuerdo ni una sombra siquiera que atajara la ruta de los alacranes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si me doliera el recuerdo, algo se me anuda en la garganta, igual que cuando quiero llorar y no puedo. Miro cada vez más cerca el tejabán. El rumor crece en la jaula. Son tal vez los alacranes enarbolando al unísono su declaración de guerra. Están más que furiosos porque les interrumpo el sueño, y es lo peor que a alguien le puede suceder. Un sueño roto es peor que una cópula malograda. Por eso se revuelven en la jaula, amagando con atacar cuanto se interponga en su camino. Nada tan acorde a mi propósito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un búho se lamenta temeroso. Parece presentir lo que mi mente apenas redondea. Quizás atisba lo que va a ocurrir. Estoy enfrente del tejabán y hasta ahora recapacito: ya no me cuido del crujir de hojas secas bajo mis zapatos. Mi mujer estará durmiendo tranquila, sin remordimientos, como si hubiera realizado su obra buena de la noche. Mejor así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me decido al fin y abro la puerta, ahora sí sin ruido, pues no quiero despertarla. No sabría explicar esta jaula entre mis manos. Dejo abierto para que la noche entre. Si fuera gato no tendría que esperar pacientemente a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, pero no importa. De sobra conozco el camino. La respiración pausada de mi mujer me sirve de guía. Casi juraría que aquí adentro la noche es más apretada y a duras penas me permite avanzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi oído se acostumbra a las sombras antes que mis ojos. Siento a los alacranes vibrantes de ira tras la tela de la jaula. Los oigo o quizá lo estoy imaginando. Sus aguijones enhiestos se preparan para el ataque. Finalmente me detengo frente a la cama. El olor del otro aún se regodea en mi lecho. Hay hormigas caminando adentro de mis venas. Es la furia madurando en mi sangre y nublándome la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siento un vértigo concentrándose en mis manos y que no puedo controlar. Mis manos ya no me pertenecen ni me obedecen. Les abren la jaula a los alacranes que se dispersan. La cama es toda suya. Sin pensarlo, sacudo la jaula hasta vaciarla. Luego la cierro, enciendo la linterna y me cercioro de que no ha quedado adentro un solo alacrán. Es todo. Apago y camino hacia la puerta pero me detengo. La tentación de alumbrar el cuerpo de mi mujer está a punto de vencerme. Casi caigo en la tentación, pero resisto. Mi mujer se remueve en la cama y me conformo con imaginar. Los alacranes no esperaban verse libres. Se quedarán quietos, sin saber qué rumbo tomar. No importa: ya decidirán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierro la puerta al salir, sin dejar de pensar en el cuerpo de mi mujer invadido de animales a punto de atacar, acechando algún movimiento brusco. Me alejo sintiendo que la furia no era mía sino de los alacranes y que se ha quedado con ellos, adentro del tejabán, amenazando a mi mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es ahora, cuando habré caminado unos treinta pasos, que escucho el primer grito, más bien un alarido, como si le arrancaran la piel viva, sin misericordia. Me detengo, levanto la mirada y contemplo una nube de estrellas. Estrellas hasta el cansancio. Parecen fulgurar para mí y para nadie más. Casi diría que son de una belleza insoportable. Nadie podría abarcarla: dos ojos son poca cosa para verla. Y aún en el caso de que toda la gente que vive en el lado de la noche la viera ahora, ni aún así, con millones de ojos se podría abarcar tanta belleza. No creo que esas estrellas se hayan agrupado por casualidad o a su antojo en el firmamento. Detrás de ellas debe haber algo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy parado aquí, deslumbrado y sin habla, casi ciego con tanta belleza. Y así, de repente, reanudo el camino hacia el criadero. Un nuevo alarido de mi mujer me ayuda a recordar el sueño de anoche. Es asombroso cómo en medio de la noche, de una noche tan oscura, puedo recordar un sueño tan luminoso. Estaba sentado al filo de una pared, con el sol cayendo a plomo y, emocionado, disfrutaba el placer de provocar la muerte ajena. Los tres niños ya no tenían hacia dónde retroceder. Me miraban suplicantes, en silencio. Ni ellos ni yo sabíamos de qué me vengaba. El suelo polviento de la casa derruida se tapizaba de alacranes que avanzaban implacables, amenazantes. Los niños me tendían las manos para que me apiadara y los rescatara. Y yo no tuve el menor asomo de misericordia. Era mi sueño y eran mis cautivos. Yo ponía las reglas y estaba en mi derecho de ser cruel. Que cada cual gobierne en sus propios sueños. En ese momento yo no era yo. Como tampoco soy yo mismo ahora que acomodo impasible la jaula vacía en su sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los alaridos de mi mujer no me alteran, como tampoco los gritos de súplica de los tres niños me ablandaron. Los alacranes, fuera de sí, hervían de furia, a punto de asestar el primer aguijonazo. Entonces fue cuando sentí el cosquilleo caminándome por las piernas. Asustado por el recuerdo, enciendo la linterna y no encuentro un solo alacrán en mi ropa. Eso sucedió sólo en mi sueño en el que los alacranes se desentendieron de los tres niños y enfilaron hacia mí. La alfombre de veneno me rodeaba poco a poco. Desesperaba por despertar pero me era imposible. Cierro los ojos y aún así sigo recordando. Estoy condenado a hacerlo aunque no quiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un alacrán caminaba por mi pantalón y otro y otro más, cientos, miles. Yo miraba con atención, paralizado, y descubría que no eran alacranes sino alacranas. Sobre sus lomos llevaban a sus hijuelas, que cargaban a su vez, sobre sus propios lomos, a sus crías, hembras también, que soportaban a sus propias hijuelas, y así hasta que no se distinguían más, por su pequeñez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El terror ya sólo me permitía ver alacranas subiendo por mi ropa, enredándose unas con otras, tropezando en su afán de deshacerse del veneno que se les desbordaba y entorpecía sus movimientos. Un alacranero hirviente de odio. Mis ojos eran inútiles, como con las estrellas, para abarcar tanta amenaza. Algunas hembras se encajaban entre sí los aguijones, intercambiando veneno, estorbando con sus cadáveres el paso de las demás. Ninguna inmune a su propio veneno, que ardía en deseos de ser liberado. Alacranas de todos tamaños, algunas tan pequeñas como granos de polvo, que a su vez llevaban sobre el lomo crías hembra, repitiendo la amenaza hasta el infinito, avanzando hacia mí, lenta, muy lentamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo despavorido del criadero. Sudo frío. Me encuentro exhausto. El corazón me late como si hubiera corrido horas y horas a campo traviesa. Fue un sueño. Fue una pesadilla. Me lo repito una y otra vez. Ya pasó. Intento convencerme, mientras me sacudo desesperado la ropa, como queriendo deshacerme de las alacranas de la pesadilla. Inútilmente me sacudo. Igual que si quisiera sacudirme el último alarido de mi mujer, que se acaba de hundir para siempre en la noche.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-1181087167355120592?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/1181087167355120592/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=1181087167355120592' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1181087167355120592'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1181087167355120592'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/09/la-noche-de-los-alacranes.html' title='La noche de los alacranes'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-3120779764135039395</id><published>2007-09-12T10:52:00.000-05:00</published><updated>2007-09-12T10:53:21.254-05:00</updated><title type='text'>Despojos</title><content type='html'>Cómo cala pisar sobre huesos. Así lo haga con tiento, le lastiman las plantas de los pies, desnudas igual que el resto del cuerpo. No ha sido la excepción. Así subieron los otros. Ahora yacen sin piel, descarnados hasta la médula. Huesos ancestrales que parecen gozar hiriendo. Cae pero no le importa, se frota las heridas sin consideración a sí mismo y se incorpora para seguir avanzando. Cuando llegue a la cima, ¿quién recordará lastimaduras tan leves como la vida en este osario?&lt;br /&gt;Ni atajos ni veredas. El escalador improvisa su camino. La montaña se despliega por doquier. Encaja su cima de esqueletos en las nubes. Tal vez presenciarlo sea ya una victoria. Desde pequeño supo que estaba destinado a conquistarla. Cada vez que alguien se empeñaba en escalarla, venía a verlo con el morbo de ver frustrado el intento. Estaba convencido de que nadie lo conseguiría antes que él. Esa convicción jamás lo abandonó. No descarta, al ascender él mismo ahora, que entre la multitud se encuentre otro niño anhelando a también su fracaso. Se detiene y escudriña los rostros allá abajo. Demasiado lejos para ver sus expresiones. Sonríe al escuchar el clamor. No lo vitorean. Suponen que el ascenso llega a su fin. Se limita a dirigirles una señal obscena y prosigue.&lt;br /&gt;Los esqueletos se resquebrajan bajo su peso. La maraña de huesos demora el avance. Tantea al pisar cada peldaño óseo. El ascenso es cada vez más difícil. Los crujidos secos le improvisan miedos ignorados hasta hoy. Teme por momentos que, de pronto, una voz le reclame por interrumpir su paz. Pero no se detiene hasta el final, cuando llega a la cima.&lt;br /&gt;En el lecho del cráter encuentra, desnudos, petrificados, cientos de restos de seres humanos en infinitos procesos de movimiento detenido, como si un encantamiento les hubiera suspendido la vida, aplazándoselas para tiempos más propicios. Quien escala esta montaña, le han dicho desde siempre, tiene asegurada la vida eterna, pero corre el riesgo de quedarse en el camino, como se han quedado los miles de esqueletos que yacen en las laderas. Todos los que han quedado en el camino deben haber pensado igual que él: Vale la pena. Tal vez tenían los días contados y su plazo estaba por agotarse. Sin embargo no llevaron las fuerzas suficientes para la conquista.&lt;br /&gt;Pero él, con el mal atravesándole el cuerpo, no se deja vencer. El agua que brota del volcán lo protegerá de la muerte. Es su esperanza final y debe jugársela. El ascenso ha sido agotador mas no importa. Está aquí, por fin, al borde de una vida nueva. Bastará dirigirse al manantial y beber. Pero hay algo que no acaba de gustarle. Algo raro sucede con esta gente al parecer petrificada. Se trasluce aún en su aparente inmovilidad. Parece deambular sobre el lecho del volcán. No se aleja de ahí, sólo deambula. Cualquiera diría que avanza en círculos encima de la lava muerta. Pero aunque a simple vista no se nota, su movimiento retardado es un hecho.&lt;br /&gt;Mira con atención. Son ancianos principalmente, aunque no escasean jóvenes y niños. Las expresiones de sus rostros son de abandono. ¿Qué extraño escultor se ha entretenido moldeándolos de tal manera que contagien su abandono? La ilusión que lo ha traído hasta aquí casi se derrumba. Descubre a una bella joven cerca de él y no puede resistirse. Con la palma de la mano izquierda acaricia su mejilla, su frente, sus labios, sus formas desnudas. No es de piedra, sino de tersa piel. Una sensación de bienestar lo invade. No cabe duda: La joven está paralizada pero sigue viva. La toca en la yugular para ver si aún circula sangre en ella. No encuentra pulsaciones. Sin embargo, ¿quién negará que vive todavía? Su rostro es hermoso, sus ojos tienen una actitud de súplica. Como si deseara prevenirlo de algún peligro. Quizá lo imagina, pero la cabeza de la joven inicia un movimiento de negativa. Sus labios carnosos están a punto de abrirse. ¿Querrá decir algo? ¿Por qué hay aquí tanta gente paralizada? ¿Acaso es culpa del manantial?&lt;br /&gt;Una mariposa se detiene en su hombro derecho. La mira de reojo y se alegra con su compañía. Se acerca al manantial sin que huya el animal. Al llegar a donde brota el agua, se vuelve a ver a la joven y se estremece al notar que empieza a tender sus brazos lentamente. Sin pensarlo, atrapa la mariposa y la sumerge en el manantial. Apenas nota que ya no lucha, la saca del agua y la coloca en el suelo para ver qué sucede.&lt;br /&gt;Aunque lo esperaba, no se explica la petrificación de la mariposa, cuyas alas parecen volverse de ceniza, perder el movimiento. Supone que si la toca se deshará en polvo. No se atreve a hacerlo. Prefiere observarla, ver suspendido su movimiento. Casi no puede percibirlo al principio, pero después es notorio aunque lento. Cualquiera lo hubiera adivinado al ver así a la gente, piensa. Y se vuelve hacia la joven que ha avanzado un paso hacia él. Mira la expresión de su rostro y cree descubrir en ella un mensaje cifrado. Parece decirle: ¿Ves lo que puede sucederte?&lt;br /&gt;Por supuesto que lo ve. Pero no entiende por qué el interés de la joven. Se acerca a ella, mira su cuerpo, sus pies, su desnudez deslumbrante. Si no fuera por la piel color ceniza, hubiera jurado que estaba viva. Pero no. Algo le dice que ella no pertenece ya a este mundo. Sin embargo, un impulso ciego lo lleva a besarle los labios. Una boca fría recibe su beso y lo hace retroceder como si acabara de cometer un sacrilegio. Mira los ojos de la joven. Ningún reproche. ¿Lo percibirá también o acaso es para ella una especie de fantasma o personaje subliminal? Mientras más la mira más deslumbradora le parece. Largo mirar el suyo, como de siglos. No podría decir cuánto tiempo ha contemplado su desnudez cabal. Cuando regresa a su rostro, una sonrisa le descubre en la boca de la joven un colmillo dorado.&lt;br /&gt;Cree escuchar un leve aleteo y voltea pero no encuentra lo que esperaba. La mariposa ya no está sobre la milenaria lava. Flota inmóvil casi a un palmo del lugar en que la ha dejado. La mariposa se integra a un mundo de leyes diferentes, en un tiempo congelado, con vida latiendo apenas bajo la ceniza esparcida sobre su cuerpo frágil.&lt;br /&gt;¿Qué umbral ha estado a punto de trasponer? ¿Qué infierno ha corrido el peligro de habitar eternamente? ¿De qué horror pareció advertirle la joven que se encuentra a sus espaldas? Todavía sin asimilarlo, se vuelve de frente a ella y no sabe qué preguntar. ¿Qué podría contestarle desde su mundo mudo? ¿Era esa la eternidad que le esperaba? El dolor se encarniza con su cuerpo, mas no lo atiende. Comprende que esta gente se encuentra condenada a una agonía perpetua. Se trasluce en sus rostros, en su deambular de espaldas encorvadas bajo el dolor implacable. Mejor la muerte.&lt;br /&gt;Con toda la prisa que el dolor permite, se desentiende de la joven y se dispone a huir del cráter. Sube de regreso al borde y se detiene al contemplar la pendiente erizada de osamentas. Sabe que no llegará al pie de la montaña, pero no le importa. Empieza a descender sin detenerse ante los crujidos bajo sus pies.&lt;br /&gt;El descenso se dificulta. A cada paso tropieza con esqueletos. El cansancio y el dolor le entorpecen el camino. Hay un momento en que debe descender a gatas, aunque tocar los restos óseos le infunda un profundo temor. Preferible bajar de esa manera que caer de bruces. Es lento el descenso y más ahora que la noche se acentúa. El dolor lo traspasa de lado a lado y se detiene. La impotencia crece ante el dolor cuando intenta ponerse de pie.&lt;br /&gt;No avanza tres pasos cuando la visión se le borra, se le cierran los párpados y empieza a desplomarse. Pierde el sentido mucho antes de que su rostro dé de lleno en un cráneo. Lleva siete noches sin dormir, así que el sueño le anula la realidad, la noche, el descenso, el dolor. Apenas se duerme, ve la misma montaña infestada de osamentas humanas, entreveradas, desarticuladas entre sí, amontonadas unas encima de otras, desde el pie hasta la cima que se hunde en las nubes. Ningún ruido se filtra hacia el sueño. Pasa mucho tiempo para que aparezca un personaje oculto bajo una túnica blanca. Desciende de la cumbre con lentitud añadiendo un toque de tensión y de angustia al sueño. Casi duele cada paso que el personaje asesta sobre los esqueletos inermes. Cuando llega frente a él, se detiene y lo señala como acusándolo de algo. Le habla de la joven que conociera en la cima: Si encuentras sus restos antes del anochecer, te pertenecerá; si no... Pero no alcanza a entender lo que sigue.&lt;br /&gt;El simple hecho de imaginarse escalando de nuevo le enerva, sin embargo, ante las ansias de volver a ver a la joven lo hace olvidarse de todo. El sentido común le dicta que no habrá mañana. Lo importante es lograrlo antes del plazo señalado. Por fortuna la puesta de sol está aún lejos. Más de diez horas para encontrar los restos y ensamblarlos. Su esqueleto tal vez estaría desperdigado. Armar un rompecabezas sería menos difícil y peligroso.&lt;br /&gt;Pisa cuidándose de no lastimar los huesos que utiliza como escalones. Se estremece cuando, a su paso, crujen a punto de romperse. El personaje de túnica blanca no le ha advertido nada en caso de destrozos. Pero es eso lo que lo detiene y lo vuelve cauto, sino el temor de que la osamenta que oye crujir bajo su pisada pertenezca precisamente a la joven. ¿Cómo adivinarlo si sólo la ha visto desnuda hasta la piel? ¿Cómo saber el color, el tamaño, la textura de sus huesos? Quizás ayudara la estatura o el recuerdo de sus pies menudos. Sí, tal vez por ahí debiera comenzar. Por sus pies más semejantes a los de una niña que a los de una mujer.&lt;br /&gt;Y a partir de aquí, pisa sin misericordia, hasta la fractura, los restos de pies enormes. Se detiene ante los pequeños. Los desecha al notar los huesos cortos, de niño o de niña, y sigue subiendo, hurgando en la maraña. Hasta que llega el momento en que su sombra empequeñece, se detiene, mira a lo alto y encuentra al sol en pleno mediodía. Queda menos tiempo del previsto.&lt;br /&gt;La desesperación lo impulsa a subir con menos tiento. Huesos rotos, destrozados para siempre. Mira a los pies y se alegra al encontrarlos enormes. En la cumbre debe estar ella. Algo se lo dice, como una corazonada. Recuerda el colmillo de oro, el destello en la sonrisa. Puede ser la clave entre rescatarla con vida o regresar con las manos vacías. Pies pequeños, colmillo dorado. Redobla esfuerzos, se apresura, casi desfallece a medida que el sol le alarga la sombra y la sed.&lt;br /&gt;Pero no se doblega, asciende hasta que, en la cima, bajo el sol que sesga ya sus rayos, empieza a sentirse derrotado. Como si estuviera obligado a armar un rompecabezas buscando sus piezas diseminadas entre las de otros rompecabezas. Si al menos existiera algún indicio, alguna señal que lo condujera a los restos precisos. Es cuanto necesita.&lt;br /&gt;Un destello. No. Algo moviéndose en los cuencos de una calavera, llama su atención sobre un esqueleto a tres pasos de él. Se acerca y descubre dos telarañas cancelando la mirada. Pero tras las telarañas algo palpita, agazapado, acechante. Decidido, toma un hueso delgado y lo enfila hacia lo que se oculta tras las telarañas. Sin pensarlo mucho, empuja y encaja el hueso en algo blando. No hay manera de saber si algún peligro está latente. Siente una ligera resistencia en el extremo del hueso y lo remueve sin compasión hasta dejar de percibir el más leve movimiento.&lt;br /&gt;Retira el hueso encajado en una araña que apenas puede salir por una de las cuencas. La arroja lejos, asqueado. Entonces, en medio del asco, se percata de los pies menudos y revira de inmediato hacia la dentadura del esqueleto. Encuentra un hueco en el lugar preciso en que debía estar el colmillo de oro si se trataran de los restos de la joven. ¿Cómo saber, cómo estar seguro de que se trata de sus restos?&lt;br /&gt;Al acariciarlos, lo invade una sensación de bienestar. No hay duda, debe ser ella. Con cuidado, pone de pie al esqueleto y compara su estatura. Es ella. No puede haber error. Casi no hay luz ni tiempo más que para cargar con ella y descender. La ovilla en sus brazos y echa a correr cuesta abajo a trompicones. No importan los crujidos, ni siquiera los gemidos que cree escuchar a su paso. Es mejor pensar que se confunde, que todo es producto de su excitación.&lt;br /&gt;Pero de repente su carrera es interrumpida. Algo atenaza sus tobillos. Dos manos de esqueleto se aferran a él y le impiden avanzar. Pensamientos confusos, incompletos, atraviesan su cerebro. Voltea aterrado y descubre el colmillo de oro y los pies menudos. ¿Se habrá equivocado? Debe decidirse. O los restos que lleva o los que le impiden continuar. ¿No se tratará de un truco de la montaña para frustrar su intento? ¿Qué hacer para no equivocarse?&lt;br /&gt;El sol cae en el horizonte. Tiende al primer esqueleto junto al recién descubierto. Son idénticos. Los acaricia. El que lo atenazaba se retuerce de placer. El otro permanece impasible, pero la sensación de bienestar se repite al acariciarlo. Lo levanta sin dar tiempo a que el que lo detuvo reaccione y huye. Un instante antes de que el sol se oculte, evade la montaña, está a salvo, sólo resta esperar que el trato se cumpla, constatar que no se ha equivocado.&lt;br /&gt;En sus brazos, el esqueleto recobra peso. Cada vez es menos esqueleto, hasta hundirse en la carne naciente, en el cuerpo reencarnado de la joven. Está casi intacta. Sólo el colmillo falta en ella. Es lo de menos. Algo que podrá recuperarse. La mira, la acaricia y encuentra que no se ha equivocado. La montaña se sumerge en la noche. La joven se pone de pie y lo besa largamente. El recuerdo de los esqueletos, de la araña agazapada tras lo que ahora son los ojos de la joven, de las manos del otro esqueleto que pudo haberlo engañado, lo estremece. Tiembla al pensar que pudo elegir a una muerta que no le pertenecía. Se detiene presintiendo una amenaza a sus espaldas. Voltea hacia el pie de la montaña y encuentra al personaje vestido de blanco que levanta la mano derecha para despedirse.&lt;br /&gt;En ese instante lo despierta el dolor. Se siente despojado, vacío. Con paso vacilante reanuda la marcha. No le importan crujidos ni astilladuras encajándose en sus pies desnudos. Cae varias veces y se levanta una y otra vez. Sangra de pies y manos, del cuerpo entero. Muertos ancestrales lo acorralan, sus cuencas lo miran torvas, sin destellos. Quizá le advierten de peligros que ellos mismos no alcanzaron a sortear.Se detiene sediento. Amanece. Mira los esqueletos esparcidos por doquier. Sus muertes le fueron ajenas y lo siguen siendo. Sangrante, se reincorpora y avanza sin atender chasquidos ni pinchazos. Tropieza, cae, se levanta, no se detiene. Llega al final de sus fuerzas sin reconocerlo. Entonces levanta los brazos en señal de victoria, con soberbia. Su grito no alcanza a llegar al pie de la montaña. Se desploma y su cuerpo queda enmarañado entre huesos y dolor. Cientos de sombras volando en círculos ennegrecen el cielo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-3120779764135039395?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/3120779764135039395/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=3120779764135039395' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/3120779764135039395'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/3120779764135039395'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/09/despojos.html' title='Despojos'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-1864015873799286869</id><published>2007-08-30T11:00:00.000-05:00</published><updated>2007-08-30T11:35:50.946-05:00</updated><title type='text'>Camaleón</title><content type='html'>El camaleón jamás ha cruzado calle alguna. Olisquea el pavimento y retrocede herido por el olor a chapopote. Se encuentra el reto de imitar una materia desconocida para continuar su ruta. Emprende la tarea y fracasa con el color. Lo intenta de nuevo y lo vence la textura. En el tercer intento, el trabajo es casi perfecto. Un poco más y se encuentra listo para cruzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanza tanteando el terreno. Nadie podría decir a dónde ha ido en este instante. Se aproxima el ruido de un auto. Cualquiera creería que una llanta pasó por encima de una piedrecilla. El camaleón, en disfraz de pavimento, recupera su apariencia real. Permanece hocico arriba, con un leve golpe en la cabeza, creyéndose invisible todavía. Escucha ruidos extraños y no le queda otro remedio que fingirse muerto. Deja de respirar, acosado por las voces que lo rodean y que no entiende.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué es? ¿Un sapo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Es un camaleón. Mírale los cuernos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño retrocede unos pasos y se mantiene asustado a distancia prudente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y cuerna?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé, pero cuando yo era chiquillo decían que lanzaba veneno con los cuernos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pasos del niño retroceden de nuevo. El camaleón percibe el miedo y se deja trasladar sin mover un párpado, esperando un descuido para escapar del peligro. Las manos del hombre, protegidas por papel plástico, lo toman de la cola. El camaleón no acierta a descifrar la composición del material que lo aprisiona. Debe resistirse a la tentación de imitarlo. Se deja llevar en vilo, respirando apenas, para no ser descubierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando menos lo esperaba, se siente arrojado en un lugar cerrado, oscuro, y ahí queda preso, sin saber qué hacer. Escucha voces que lo aturden. Jamás vivió una noche tan cerrada, tan estrecha. Se siente confundido. Extraña la luz a la que está habituado. El aire se enrarece. Se hace difícil respirar. Si esto sigue así, no será necesario simularse muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La caja se abre y entran los milagros del aire y la luz. Pero también entran voces indescifrables para el camaleón. Voces chillonas, alteradas por el miedo y el asco. La caja se cierra. Las voces que se asomaban a ella han quedado fuera. Se forja una nueva oscuridad adentro. Los ruidos se atenúan a medida que la prematura noche se prolonga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto el camaleón se siente liberado y una luz desconocida lo deslumbra. Acostumbrado al sol, enceguece ante la luz de los hombres, que se desliza por su espinazo, de pico en pico, de cuerno en cuerno. Es una luz que traspasa los párpados. El animal se siente transportado a otro claustro, a otro silencio más hermético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Juan —dice el hombre—. Ve a la tienda y tráeme una botellita de alcohol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Para qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Para guardar en él al camaleón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye, papá, ¿es cierto que lanzan veneno por los cuernos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso es lo que decían cuando yo era niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero será cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé. También decían que se alimentaban de aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De aire?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, pero apúrale, porque si no, van a cerrar la tienda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño mira asombrado al animal y luego, incrédulo, a su padre. Después sale rumbo a la tienda. El hombre se queda observando. Desvía la mirada hacia uno de los libros y lo toma del anaquel. En su lomo se alcanza a distinguir el título: Zoología. Lo hojea, se detiene ante un grabado que representa a su camaleón y lee: “Phrynosoma, que en México es llamado camaleón, pero cuyo nombre autóctono es tapayatzin y suele decírsele llorasangre, por la peculiaridad que presenta de emitir gotas de sangre por el ángulo interno de los ojos. A veces la hemorragia es lanzada a distancia considerable”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí está —dice el niño tendiéndole la botella de alcohol—. Oye, papá, ¿de veras comerán aire?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No creo: mira, aquí dice que lo que arrojan no es veneno, sino sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y no será venenosa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quién sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye, papá, ¿no te vas a dormir todavía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No tengo sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hace mucho calor. ¿Me puedo acostar en la sala?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dile a tu mamá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño sale de la biblioteca y se dirige a la cocina. Su voz se escucha clara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Me puedo acostar en la sala?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero me cuidas? Es que le tengo miedo al camaleón de papá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre sonríe mientras vierte alcohol en el frasco donde guarda al camaleón. El animal resiste la náusea desbordante. Finge una muerte perfecta, prescinde del aire, detiene el corazón en tanto que la tapa se enrosca hermética. No se mueve, intenta escuchar en vano. En este momento el frasco atrapa el silencio y lo mantiene preso al lado del camaleón. El animal entreabre un ojo y descubre la luz penetrando su encierro. No está solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre garabatea dibujos, observándolo, intentando aprisionar su imagen. No lo consigue, se conforma con verlo, deslumbrado ante miedos que casi tenía olvidados. El camaleón, temeroso de la mirada inquisitiva, cierra el ojo con que atisbaba. No ha sabido descifrar cuanto observó tras el vidrio. Imágenes desconocidas, distorsionadas, inútil intentar imitarlas. Quizá no sea conveniente en la situación en que está. Sabe que el hombre lo mira. Ahora menos que nunca aventuraría un movimiento que lo comprometiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre decide escribir. Puebla con palabras la página, describiendo al animal sin detenerse a analizar cuanto se le va ocurriendo. Parece poseído por el miedo. Como si ese miedo lo obligara a garabatear sus impresiones. Un dibujo escrito, más que del camaleón, de sus propias impresiones. &lt;em&gt;El camaleón carga sobre su lomo rumor de miedos ancestrales. Basta mirarlo y descubrir huellas de disfraces que perduran en su apariencia. Ahí las crestas de las montañas, los cuernos envenenados, las sedientas arenas milenarias. Si se echa a caminar, el aire se agita herido por su espinazo erizado de puntas temibles. Devorador de aire, la fama que tiene. Así engaña a sus víctimas que pasan descuidadas, confiadas, frente a él, para latiguearlas con su lengua y engullirlas. ¿Qué culpa tiene de su aspecto? ¿Acaso él lo eligió? Reptil diablo, semillero de miedos. Acorazado de espinas. Rosal de fauna. Usurpador de apariencias. Esfinge animal. ¿Le instalaron las espinas y los cuernos desde adentro de su cuerpo?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Escritura confusa e interminable. La noche avanza las manecillas del reloj pero el hombre no se percata. Al camaleón no le resta sino soportar el suplicio. El hombre se pone de pie y desentume sus músculos. Mira las cuatro de la mañana en el reloj. El cansancio parecía esperar ese simple acto para empantanarle el cuerpo de sueño. Acomoda el frasco en un estante del librero. Apaga la luz y sale.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El animal no corre riesgos. Abre un ojo, luego el otro. Se incorpora y chapotea torpemente en el alcohol. Avanza, pero el vidrio le impide el paso. Hasta ahora siente el golpe en la cabeza. El alcohol se lo agudiza, pero aún es soportable. Araña la pared de vidrio con sus finas uñas. El ruido rebota en las paredes del frasco. El aire se agota y sólo hay una escapatoria: trasmutarse en alcohol o en vidrio. Es un enorme reto pero decide aceptarlo. Los ojos se acostumbran a la oscuridad. Los intentos se multiplican y terminan en fracasos. El camaleón se transparenta pero no consigue falsificarse en vidrio. No desiste. Lo intenta una y otra vez hasta que lo consigue. Amanece y el bullicio leve del domingo lo sorprende fuera del frasco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta se abre. El hombre de nuevo. Un minuto más y el camaleón no lo cuenta. En el frasco sólo permanece el alcohol. Resucitan en el hombre terrores viejos, recuerda las advertencias de los mayores. &lt;em&gt;No molesten a los camaleones porque escupen veneno por los cuernos. No se les acerquen: sus cuernos matan. Si se les acercan, cuidado, porque se comen el aire y pueden quitar el resuello.&lt;/em&gt; De pronto, en un arrebato, se cerciora de que la tapa esté enroscada, hermética. ¿Cómo pudo escapar? Aquí, sobre el escritorio, están los apuntes. Sólo eso resta del animal. Los pasos del niño sacan al hombre del miedo en que está sumergido. El frasco casi resbala de sus manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y el camaleón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Se escapó? —el niño retrocede mientras el miedo le recorre los pies descalzos. Casi siente clavados en ellos los cuernos del animal. El hombre permanece callado. El niño insiste— ¿Se escapó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡No sé! ¡Déjame pensar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño se retira y el hombre no sabe qué hacer con el frasco en sus manos. Escruta entre los libros, mira bajo los libreros, atisba hacia el techo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es ridículo —dice en voz alta—. ¿Cómo pudo escapar si estaba muerto? ¡Ni vivo hubiera podido hacerlo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dirige al cuarto de sus hijos y despierta al mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Abriste el frasco en que tenía el camaleón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue él. Va a su recámara y despierta a su mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tú abriste el frasco donde tenía al camaleón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, ¿por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya no está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora no es una simple contrariedad, sino algo más profundo. Vuelve a mirar el frasco cerrado que aún conserva el alcohol hasta cubrir el espacio del cadáver desaparecido. Pero no hay evidencias de que la tapa haya sido forzada. Sería ridículo pensar que el animal hubiera resucitado y abierto desde adentro. A menos que no haya desaparecido, que se haya ocultado fingiéndose alcohol. Tal vez aún muerto conserve el poder y se haya transparentado, simulándose alcohol. Ahora no está a la vista. Más de treinta años de no encontrarse con su empolvado cuerpo de cuernos y ahora desaparece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre sale al patio con el frasco en las manos. Observa detenidamente su interior. Tal vez el camaleón esté ahí todavía. Temeroso, desenrosca la tapa y vierte el alcohol en la tierra reseca. Espera ver algo más que humedad impregnando la tierra. Es en vano. Lleno de ira, arroja el frasco en el baldío. Nada queda por hacer ahí afuera.Entra en la casa para reencontrarse con el miedo. Revisa libro tras libro. Será una ardua tarea. Se aviva el temor de palpar en el lomo de un libro el espinazo del animal, de recibir en los ojos un repentino chorro de sangre desde un título. ¿Por qué temer a un cadáver desaparecido? Mira los anaqueles con detenimiento. Casi juraría que acaba de notarlo en el lomo de un libro. Se cerciora pasando una mano sobre las letras que creyó ver moviéndose. Y nada. Todo liso, tan liso como suelen ser los lomos de los libros. Imposible encontrar ahí al camaleón. Supone que podría imitar nombres de libros y autores, colores, pero jamás las texturas. Al palparlos, seguro encontraría el espinoso cuerpo del animal, hiriéndole las manos, envenenando su espacio con el miedo de niño, nebuloso y olvidado. Miedo que habitará en delante la casa entera, sin remedio. Nadie sabe de dónde vendrá la primera embestida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-1864015873799286869?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/1864015873799286869/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=1864015873799286869' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1864015873799286869'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/1864015873799286869'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/08/camalen.html' title='Camaleón'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-2882213486030267774</id><published>2007-08-16T09:00:00.000-05:00</published><updated>2007-08-16T09:26:31.815-05:00</updated><title type='text'>Donde la letra acecha</title><content type='html'>Aunque yo no lo había leído todo, Alberto jamás pudo derrotarme. Por más que me retara valiéndose de libros de cuentos olvidados, nunca consiguió anotarse un triunfo. Era natural: le aventajaba en quince años de lecturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elvia intervenía cuando nos notaba acalorados. No vale la pena discutir por tonterías, mediaba. Pero al final siempre le concedía la razón a él aunque la tuviera yo. Alberto se disculpaba y se iba,  sólo para regresar al día siguiente con nuevos retos. Por lo general la ironía y la burla plagaban mis victorias. Nunca noté que me excedía, que lastimaba hondamente a mi amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día de tantos me desafió: No podrás descubrir al autor de este cuento. Sonreí burlón. Leyó una cuartilla y me miró de reojo. Dejé de sonreír. Media cuartilla más allá me volvió a mirar con una sonrisa de triunfo que ya no se le borró. Antes de que terminara, lo detuve, era suficiente. Los ojos le brillaban satisfechos. Por fin me ganaría una partida. Mi mujer, radiante, se sumó a su euforia. Entonces asesté el golpe: el autor de este cuento tan malo no puede ser nadie más que tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ira transfiguró su rostro pero se contuvo ante la presencia de Elvia. Se despidió intempestivamente y se retiró. Pensé que lo había perdido como amigo, pero regresó tres días después.  Me trajo una noticia insólita. Acababa de descubrir la existencia de un cuento cuya cualidad principal era que quien lo leyera quedaría muerto al finalizar su lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé que se trataba de una broma pero me mostró, en un libro antiguo, el ensayo que aludía al cuento. No se mencionaba nada de su tema ni de su trama. Se ignoraba quién lo había escrito. No se sabía si el efecto  de la lectura había sido buscado o casual. Lo único que se daba por sentado era que el cuento existía y originalmente estaba escrito en español. Guardé silencio. Podía ser una patraña, pero si no lo era yo debía conocer el texto a toda costa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento se despidió Elvia. Alberto me dejó pronto solo, con la inquietante noticia del cuento. Me parecía grandioso que alguien pudiera escribir con tal maestría. Porque si escribir un buen cuento era ya una proeza, lograr que tuviera un efecto letal en el lector era algo excelso. El peligro que implicaba leerlo pasaba a segundo plano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin saber cómo, mientras pensaba en todo esto, me encontré leyendo un libro al azar. Llevaba leída media página cuando me di cuenta. Como mis pensamientos oscurecían la lectura, regresé al inicio y traté de concentrarme, pero fue inútil. ¿Y si ése era el cuento que mencionaba el libro de Alberto? Cerré el libro y lo dejé a un lado. Tomé otro y lo mismo, inicié la lectura sin llegar a concentrarme. Maldito Alberto, sólo a eso había venido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de aquel día ya no pude leer. Los insomnios me orillaban a permanecer en la biblioteca hasta que iba a la cama cayéndome de sueño. Tan apremiantes eran mis ansias de lectura que apenas cruzaba palabra con mi mujer. Por otra parte, Alberto se empezó a retirar. Me encontraba tan abstraído, tan ausente, que prefería conversar con Elvia o marcharse, hasta que dejó de visitarme. No me importó. Mi única preocupación era aquel cuento imposible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces empezó la pesadilla. Un largo pasadizo, oscuridad total. Una luz tenue hacia la cual avanzaba. Me enervaba escuchar mis propios pasos. Aún así continuaba. Al final del pasadizo, una luz, la más intensa de cuantas conocía. Poco a poco, mis ojos aturdidos y doloridos se acostumbraban a la embestida de la luz. Un espacio enorme con las paredes infestadas de libros cubiertos de polvo. Tomaba un libro, como si mis manos supieran que era el que buscaba. Un olor a encierro antiguo se desprendía de él. Me atrapaba desde la primera línea. Yo respiraba con dificultad pues el aire se poblaba de polvo. Pero no dejaba de leer. Extasiado ante las palabras, no podía detenerme. De repente me asaltaba la eterna duda: ¿Era acaso el texto buscado? Un escalofrío me advertía del peligro, sin embargo mis ojos parecían condenados, sin escapatoria. El temor no me permitía atender al contenido del cuento, que no me daba al menos una pequeña tregua. Leía sin remedio. El final se vislumbraba. Siete líneas más. Cinco. Tres. Dos. La sensación de caer a un precipicio me despertaba con la boca seca, como si hubieran echado arena en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las primeras veces buscaba a tientas a mi mujer. Olvidaba que ella dormía en otra habitación. Ajena a mi temor de la muerte al final de algún cuento. Empezar a leer y abandonar la lectura, esa era mi rutina. Como un coito interrumpido con la muerte. A tanto llegó mi ansiedad que me vi orillado a contratar un lector. No niego que tuve mis escrúpulos. Si mi lector moría al encontrar el cuento, ¿no sería yo culpable de asesinato? Pero luego me tranquilizaba: Nadie podría acusarme, excepto Alberto, y eso en el remoto caso de que llegara a relacionar el cuento con la muerte de mi lector.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, pretextando que me cansaba la lectura, contraté a mi lector. Tuve la suerte de encontrarlo excepcional. Un muchacho de menos de veinte años, estudiante de letras, que se embelesaba leyendo. La mayor parte de las sesiones se quedaba tiempo extra sin reclamar más pago que el acordado. Conforme terminaba de leer un cuento, iniciaba otro, sin darse ni darme tregua, hasta que no podía seguir escuchándolo. Se obstinaba en continuar pero lo disuadía poniendo como pretexto mi fatiga, sus estudios, sus ojos enrojecidos. Entonces, a regañadientes, tomaba sus libros y se marchaba. No era raro verlo sentado en el cercano parque, continuando la sesión por su cuenta, prescindiendo de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ese tiempo descubrí un nuevo entretenimiento: hurgar en las librerías de usado. Para mi satisfacción, había más libros de cuentos que los que me imaginaba. De autores olvidados, publicados en ediciones ínfimas. No me cansaba de comprarlos ni mi lector de devorarlos. Yo escuchaba atento a los finales y a la reacción del muchacho. En vano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un día, mi lector me abandonó porque había terminado sus estudios y debía proseguirlos en otro lugar. De tal manera que cayó por aquí un escritorcillo que aún no publicaba y hablaba de sus escritos como del ombligo de la literatura. Poco a poco le fui cobrando rencor. Me resultaba insoportable tanta fatuidad. Nunca supe cómo era posible que alguien se la pasara hablando de sus cosas sin fatigarse y sin notar que fatigaba a los demás. Lo que más me fastidiaba era el aire de profesor que tomaba cuando terminaba de leer un cuento, intentando explicarme detalles que me parecían infantiles. Sin sospechar siquiera que el mejor comentario que de él esperaba era su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tanto, mis pesadillas no me abandonaban. Mi sueño no se restablecía. Elvia continuaba ausente de nuestro dormitorio. Yo estaba satisfecho con la búsqueda y no extrañaba su compañía. Así que, durmiera donde durmiera, no me interesaba. Mi anhelo principal era el encuentro con aquella narración que no daba señales de existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces ocurrió. Una mañana, terminando de leer  un cuento, mi lector se desplomó sin vida. Murió cumpliendo su cometido, lo cual por supuesto nunca supo. Me encargué de los funerales. Sus familiares me lo agradecieron. Sé que no me lo merecía, pero insistieron. Allá ellos.  Los acompañé‚ hasta que el escritorcillo estuvo debidamente sepultado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por extraño que parezca, mi urgencia de mujer renació aquella noche. Busqué a Elvia en uno de los dormitorios de la planta alta. Pero escuché voces y me detuve. Cuando las reconocí, me acerqué sigiloso. Oculto en mi silencio, escuché y escuché y no supe cómo me contuve. Permanecí así hasta que lo vi salir. No sentí nada. Era como si la traición se la hubieran hecho a otro y no me tocara en lo más mínimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé pasar dos días y entonces le pedí a mi mujer que me transcribiera un cuento. Lo necesito para poner a prueba a Alberto, le dije, y ella se pulió. Fue un trabajo excelente, salvo por las dos letras que empalmó al golpear el teclado con el rostro. La acomodé bien sentada frente a la máquina, borré las letras empalmadas, y corregí. Saqué de la máquina la última cuartilla‚ la engrapé con las otras y me fui a la casa de Alberto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es el primer cuento que escribo, le dije, y quiero tu opinión. Leyó interesado de verdad, volteando a verme como diciendo: No pudiste escribirlo tú. Por supuesto, no pudo darme su opinión. Recogí el texto y lo rompí. Luego abandoné la casa sin dueño ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo muchas sospechas sobre mí, pero nadie probó nada. Conservo el cuento en el libro. Espero no necesitarlo nunca más.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-2882213486030267774?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/2882213486030267774/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=2882213486030267774' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/2882213486030267774'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/2882213486030267774'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2007/08/donde-la-letra-acecha.html' title='Donde la letra acecha'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-116621013406749537</id><published>2006-12-15T13:15:00.000-06:00</published><updated>2006-12-15T13:15:34.070-06:00</updated><title type='text'>Polvo de Luna Llena</title><content type='html'>&lt;a name="_Toc117195840"&gt;&lt;/a&gt;Ha notado el escalofrío que se adueña de mi cuerpo. Pone su chamarra sobre mis hombros. La cierra con dedos torpes. No es suficiente. El frío se ensaña conmigo como aquella noche. Las hojas caían y volaban lejos. Tan lejos que bajo los árboles no quedaba rastro de ellas. Una hoja vino flotando despacio, meciéndose en el aire y bastó que elevara una mano para atraparla. Seca, muerta, quedó entre mis manos. Al sentir que crujía al tacto y al saberla muerta, el miedo sacudió mi espalda. Luego, como si en la sacudida me deshiciera de él, el miedo desapareció.&lt;br /&gt;—Sácame de aquí —le pido. Es como si en mis venas corriera hielo apenas derretido. El calor de sus manos se siente remoto, como en otro lugar, como en otro tiempo. Apenas tengo fuerzas para no caer. Me toma del brazo y me conduce a la salida. La música retumba en las paredes, en las ventanas, con violencia. Las parejas nos miran molestas cuando se sienten empujadas a nuestro paso.&lt;br /&gt;Salimos de ahí. Parece que hubiera explotado pólvora en mis oídos. Aunque mi acompañante está junto a mí, escucho su voz como si se hubiera quedado adentro del salón de baile. Abre la puerta del auto y me acomoda en el asiento. Me hundo. No experimentaba esto desde la primera vez que me embriagué. Todo iba bien hasta que salí al fresco de aquella noche y el alcohol me aletargó. ¿Cómo pude perderme lo que siguió? Creo que nunca dejaré de lamentarlo.&lt;br /&gt;—¿Es jazmín a lo que hueles?&lt;br /&gt;—Sí —le digo y aspiro extasiada este aroma al que nunca supe resistirme. Entrecierro los ojos y presiento la mirada codiciando mi cuerpo. Son la luna y su luz, el jazmín y su aroma. Bastarían tres palabras o tal vez el silencio para que mi compañero quedara atrapado.&lt;br /&gt;—Va contigo —me dice, y de momento no sé a qué se refiere. Lo miro intrigada y aclara-: El jazmín, va contigo. Así como huele, así te ves.&lt;br /&gt;Nunca me lo han dicho o le he olvidado. No importa. Conduce suavemente. Acaricia mi rostro. Sus manos tendrían qué llegar a mis huesos para liberarme del frío.&lt;br /&gt;—¿Adónde te llevo? —un brillo me regresa a la realidad. La luna me advierte del peligro. Ya no soy la de entonces.&lt;br /&gt;—¿Quieres que te lleve a tu casa? —la luna es un leve resplandor sobre mis párpados. Murmuro algo y el auto cambia de rumbo.&lt;br /&gt;—Espera —apenas reconozco mi voz—. ¿Adónde me llevas?&lt;br /&gt;Menciona una calle y un número. No comprendo. Mi cerebro no funciona como antes, es tan lento. Debe sopesar datos, algunos de ellos agónicos. No sé cómo sobreviven aún&lt;br /&gt;—Sí. Esa es la dirección —me pongo en guardia para no hablar de más. Quizás mi familia viva ahí todavía, no lo sé.&lt;br /&gt;—¿Qué hora es? —mira su reloj y me la dice. La luna ya no brilla igual en las alturas. En poco tiempo no se verá más.&lt;br /&gt;—Más rápido —la súplica sale apenas de mis labios. En otras condiciones llegaría sin ayuda. Por fortuna la casa de mis padres está cerca de ahí. Será fácil llegar.&lt;br /&gt;Escucho una sirena que se aproxima. El miedo se desliza por mi espalda. Se hace tarde y el auto aminora la velocidad. Las luces roja y azul se detienen delante de nosotros.&lt;br /&gt;—No te detengas —le digo, pero es inútil. El oficial lo llama a la patrulla y él baja. Discuten, no importa qué. Esta demora me llena de tierra las entrañas y la boca. Siento una sed profunda, desesperada. Enciendo las luces del auto y ellos se deslumbran. Así debí verme aquella noche, aunque el auto aquél no estaba quieto como éste. Apago las luces. Mi acompañante abre la puerta y entra.&lt;br /&gt;—Listo —dice mientras pone en marcha el motor. El auto avanza dócil, casi llegamos. La luna cae con la madrugada. Aquella también era noche de luna llena.&lt;br /&gt;Por fin. Estamos frente a la casa de mis padres.&lt;br /&gt;—No bajes —le digo mientras intento sacarme la chamarra.&lt;br /&gt;—Déjatela, mañana vengo por ella.&lt;br /&gt;Mañana. No sabe de qué habla. Pronto amanecerá. Abro la reja con cuidado y digo adiós. Espero a que el ruido del motor desaparezca en la oscuridad y vuelvo a la calle. La casa está en silencio, como si todos estuvieran dormidos o ya nadie viviera en ella. De cualquier manera, yo ya no pertenezco a este lugar.&lt;br /&gt;Me alejo aprisa, arropándome inútilmente en la chamarra. Sólo consigo aislarme en este frío encarnizado. Parece que anduviera vestida de hielo. Para librarme de él, tendría qué encender brasas adentro de mis huesos. Más allá del frío, es el miedo a sentirme desarmada. Como si todo aquello que me ha sido prestado estuviera por esfumarse y dejarme desnuda hasta los huesos, descubierta para siempre, y sin esperanzas. Por eso es este temblor sin control.Llego a la barda. Miro la luna agonizante elevándome lenta hasta librar el obstáculo. Me posa en el suelo del panteón y me desampara. Una breve brisa esparce polvo en mis ojos. Casi llego. Escucho las quejas de los otros. Egoístas. Siempre enconchados en su propia paz. Me recuesto y me hundo. Ahora estoy a salvo. El frío está perdido. Siento polvo en los ojos, en la boca, corriendo por las venas. Descanso amparada en las tinieblas. Mas no estoy sola. Me acompaña este aroma irresistible de jazmines. La inútil chamarra ha quedado abandonada encima de mi lápida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-116621013406749537?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/116621013406749537/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=116621013406749537' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/116621013406749537'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/116621013406749537'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2006/12/polvo-de-luna-llena.html' title='Polvo de Luna Llena'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-116620951381688429</id><published>2006-12-15T13:03:00.000-06:00</published><updated>2006-12-15T13:05:13.833-06:00</updated><title type='text'>De mala sombra</title><content type='html'>Mamá nos dijo siempre: No se metan a su sombra, porque es mala. Y la verdad no entendí cómo no lo cortaban. Lo contemplaba con miedo, con mucho miedo, desde la ventana. Como si de repente fuera a desenraizarse y a caminar hasta donde yo estaba. Nunca me acostumbré a él y no me acercaba ni por error. Así jugáramos por el patio trasero, la ruta se alejaba siempre de su sombra.&lt;br /&gt;Sabía que los gatos y los perros se ponían furiosos cuando alguien los molestaba, pero el árbol se miraba inerme. Alguna vez, para probarme a mí misma que era inofensivo, le arrojé piedras y nada sucedió. Mentiras, pensé, y dejé de molestarlo. Nada más a los grandes se les podían ocurrir esos cuentos.&lt;br /&gt;Mamá insistía en que un rato bajo su sombra bastaba para que doliera la cabeza. Y si una se pasaba más rato ahí, se enfermaba y podía llegar a morir. No le creí, pero por nada del mundo hubiera entrado en aquella sombra. Lástima. Tan fresca como se veía y no aprovecharla. Ni los animales se atrevían. La evitaban como si presintieran su mala entraña. Eso al menos decía mamá. Y remataba: Las niñas bonitas deben obedecer. Yo corría a mirarme en el espejo y me quedaba ahí, intentando afear mi cara, haciendo guiños y gestos; pero después de muchos intentos, seguía creyéndome bonita y, claro, obligada a obedecer.&lt;br /&gt;Debo haber estado en sexto grado cuando descubrí que la sombra del árbol no siempre era tan negra. Miré hacia su copa y encontré menos hojas: ¿Se estaría quedando calvo? Bien podía ser, pero no me lo explicaba. Supe por papá que el otoño marchitaba las hojas de los árboles y, ya muertas, las hacía caer al suelo. Pasé días observando cómo sucedía. Desde la ventana escuchaba el crujido y seguía con la mirada el vuelo obligado de la hoja hasta que caía al pie del árbol, y a veces lejos de él, dependiendo del viento en ese instante. Debe haber sido por ese tiempo cuando descubrí también que el otoño partía los labios y debían untarse con crema o con algún tipo de cebo.&lt;br /&gt;De repente se me ocurrió, mientras seguía la caída de una de las hojas, que no sólo el árbol tenía sombra. Lo comprobé en la siguiente hoja que se le desprendió. Cayó y cayó para posarse finalmente sobre la sombra que le marcaba el lugar en que debía hacerlo. Sí: las hojas también tenían sombra. Aquello fue como una anunciación. Y supuse además que su sombra poseía el mismo don que mamá tanto pregonaba del árbol.&lt;br /&gt;Sólo un momento me quedé pensándolo. Corrí hacia el árbol y me detuve al borde de su sombra. Esperé hasta escuchar el crujido de una hoja al desprenderse. No tardó mucho: cayó muerta casi frente a mí. Me incliné para recogerla con un temblor, con una emoción incontenible. La retuve entre el índice y el pulgar de mi mano derecha, lejos de mí. No quería enfermarme con su sombra. Mientras más lejos de mí, mejor.&lt;br /&gt;Sentí mis labios resecos y pasé mi lengua por ellos. El sol y el viento me los resecaron de nuevo, pero ya no volví a acordarme de humedecerlos. Porque entonces descubrí, dos pasos más allá, algo moviéndose a ras del suelo. Una hormiga que tan pronto avanzaba como se detenía. Como si anduviera perdida. Y entonces me acerqué a ella, levanté la hoja y le tapé el sol. No pareció advertirlo, siguió caminando, buscando, avanzando, hasta que se detuvo. Las patas se le doblaron y se acostó despacio, como si tuviera sueño. Pero el sol se ocultó encima de mí y el miedo me hizo huir. Arrojé la hoja y me refugié en la casa. Me oculté asomándome hacia arriba, temiendo descubrir un gigante tapándome el sol con una enorme hoja. Y nada. Sólo algunas nubes en el cielo. Al poco tiempo, el viento las arrastró y el sol alumbró de nuevo.&lt;br /&gt;Volví a salir con las manos vacías. Esperé el crujido y la caída de otra hoja y, con su sombra en la mano de la mía, busqué a la hormiga. Caminé y busqué hasta que me dolió la espalda de tanto andar inclinada. Me di por vencida y me enderecé en el momento en que una racha de viento me levantó el vestido. De nada sirvió que lo sujetara con las manos: mis piernas quedaron al descubierto por más tiempo del que yo hubiera deseado. Varias voces me dejaron saber que no sólo yo me había dado cuenta de lo sucedido. Eran tres muchachos. Gritaban, reían, se burlaban.&lt;br /&gt;Los miré con coraje, con ganas de ser más fuerte y grande que ellos, con ganas de ser hombre para darles un escarmiento. Maldije al viento en lugar de maldecirlos a ellos. No supe cómo, pero los enfrenté con tal decisión que huyeron sin dejar de burlarse. Quedé con los dientes y los puños apretados de rabia. Y cuando me di cuenta de que la hoja estaba deshecha en mi mano, un cosquilleo recorrió todos los rincones del cuerpo en los que se siente miedo cuando una es niña. Los restos de la hoja en el suelo lo acentuaban.&lt;br /&gt;El recuerdo de la hoja permanecía en la palma de mi mano. Me dolía de tanto frotarla. Y el miedo no desaparecía. A lo lejos vi la pila donde las vacas calmaban su sed. Corrí hasta ella y hundí mis manos en su agua revuelta. Poco a poco la molestia desapareció. Las saqué y dejé que el viento  se encargara de secarlas. No quería que quedaran restos, huellas de la hoja sobre mi vestido.&lt;br /&gt;Recordaba aún los gritos burlones a cada paso que daba. El coraje se me confundía con la vergüenza. Me hubiera gustado sacarles los ojos para que nadie les creyera. Eran muchachos que venían de lejos a matar liebres, con huleras siempre listas, con piedras a punto de dispararse. Aunque no los conocía, no se me quitaba la vergüenza de que me hubieran visto casi desnuda. Ya no se veían. Irían lejos, entre el monte. Ojalá no encontraran ni una liebre, que se les espantaran todas.&lt;br /&gt;El crujido de otra hoja me hizo levantar la mirada. Voló directa a mi mano. Era más grande que las otras. Olvidé las burlas y el miedo y, armada con ella, me fui en busca de una hormiga. No encontré ninguna. Entonces recordé que mamá quería acabar con un hormiguero. Había señalado el lugar en que estaba, por el rumbo de los sembradíos. Y hacia allá me dirigí.&lt;br /&gt;Busqué con cautela. No quería encontrarme con animales ponzoñosos. Sólo hormigas. Y si era el hormiguero, mejor. Así no tendría que buscar más. Pero me detuve. Una hoja no era arma suficiente. Regresé y esperé nuevas caídas de hojas. No me conformé hasta que tuve siete en mis manos. Las llevé con mucho cuidado, para que sus sombras no tocaran a la mía.&lt;br /&gt;No fue difícil dar con el hormiguero. Descubrí una vereda de hormigas y le corté el paso con la sombra de una hoja. Las hormigas pasaban rápido y nada les sucedía. Sacudí la hoja. Tal vez se había agotado su poder. Pero ya no obstruí el paso por la vereda. Hice lo mismo que con la primera hormiga. Escogí una y le tapé el sol con la hoja. Poco a poco la hormiga se debilitó, se adormeció, se acomodó como para morir. Y al pensarlo, asustada, retiré la sombra y esperé.&lt;br /&gt;El sol le dio de lleno y la hormiga recuperó fuerzas, aunque no parecía estar bien. Caminaba sin rumbo, parecía tropezar, trastabillaba. Así anduvo por un rato, hasta que al final regresó al hormiguero. Repetí el juego con otra y con muchas más. El mismo efecto en todas. Una de ellas ya no despertó. Quedó derrumbada, sin moverse, muerta. No dejaba de mirarla.&lt;br /&gt;Algo dijo una voz a mis espaldas. Me volví y descubrí a uno de los tres. Sonreía descaradamente y tenía una manera de mirar muy rara. Nunca antes me habían mirado así. Sin decir nada, desabrochó su bragueta y sacó su miembro. Se veía duro, enorme, recto, apuntaba hacia mí. Dijo más cosas. No las recuerdo. Yo temblaba, quería huir, pero algo más fuerte que mi voluntad me detuvo. No podía apartar la mirada.&lt;br /&gt;Se me acercó y no pude moverme. Se arrodilló y metió las manos bajo mi vestido. Me acarició las manos y las piernas. Me hizo sentir un cosquilleo que yo no conocía. Bajó mis calzones y me recostó poco a poco. Nunca supe por qué no me resistí. Dolía, pero era más grande el placer que el dolor. Entraba en mí, desgarraba, se hundía en mí una y otra vez, más rápido. De repente algo pareció desgarrársele también a él y derramó algo caliente adentro de mí. Después se me quitó de encima y quedó exhausto. Me toqué el sexo y mis manos regresaron ensangrentadas.&lt;br /&gt;Cuando ya se iba, le pedí que esperara. Se detuvo, lo incité a recostarse en la tierra y le dije que cerrara los ojos. En aquel instante sentí madurar de niña a mujer. No supe cómo. Lo veía sonreír, burlarse y casi le ordené que no abriera los ojos. Y así, una tras otra, coloqué tres hojas sobre cada párpado. La séptima en la frente. La sonrisa se le borró despacio. Respiraba lento. Parecía estar durmiéndose. No sé cuánto duro aquello. Casi no respiraba cuando retiré las hojas.Le dije que ya podía abrir los ojos. Lo hizo lentamente. Me miró con la mirada perdida, como si yo no estuviera ahí, mientras las hojas enrojecían en mis manos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-116620951381688429?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/116620951381688429/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=116620951381688429' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/116620951381688429'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/116620951381688429'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2006/12/de-mala-sombra.html' title='De mala sombra'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-115764009292725561</id><published>2006-09-07T09:41:00.000-05:00</published><updated>2006-09-07T09:41:32.953-05:00</updated><title type='text'>Un oscuro silencio</title><content type='html'>La mano se aproxima, encaja la aguja en los párpados del animal y se aleja. Cose sin titubeos, sin miramientos, implacable. Afianza las costuras tensando el hilo hasta donde su límite lo permite. Va y viene. Encaja, estira y afianza. Una, tres, siete, más veces, la aguja perfora, abre camino para el hilo quemante al roce. Las manos terminan su labor. Anudan y dan por clausurado un ojo.&lt;br /&gt;Al sapo apenas le quedan fuerzas para abrir el otro ojo. En vano intenta enfocar. A estas alturas es plano cuanto ve. La tercera dimensión se le ha diluido tras la costura. Tiembla piel adentro, desbordando miedo.&lt;br /&gt;La mujer prosigue su trabajo. Toma impune los párpados del ojo hasta ahora abierto y los empalma para facilitar la labor. Esta vez el trabajo resulta más eficiente y rápido. Es casi automático el ir y venir, el encajar y afianzar. Pudiera instalar un taller con su anuncio: Se cosen párpados de sapo. Trabajo garantizado. Sonríe mientras lo piensa, con una sonrisa que acentúa su fealdad.&lt;br /&gt;El sapo mueve sus enclaustrados ojos. No se explica el dolor que le encaja la aguja. No entiende la oscuridad que el hilo le edifica. Sólo siente una mano aprisionándolo y algo deslizándose quemante entre sus párpados. Si pudiera, vería con asombro el cambio en el rostro de la mujer. Semeja al de alguien que acaba de asegurar las hechuras de su destino. No es el mismo rostro asquiento con que se enfrentó cuando fue atrapado.&lt;br /&gt;Pero el animal ya no ve. La luz se ha quedado fuera de él. Croa lastimero. La mujer se conduele y le limpia los párpados con un trapo sucio. Los ojos encerrados desesperan por atisbar hacia el exterior. En vano. Si en este momento se acusara de fealdad a la mujer, el sapo ya no sería testigo de cargo. Su testimonio quedaría invalidado por ceguera.&lt;br /&gt;La mujer se descuida. El sapo da un salto verde sucio, escapa de las manos para estrellarse pesadamente en el piso. Consigue evadirse y moverse libre por un instante. Una pared le cierra el paso. Terco, repite el intento de escapar y la terca pared insiste en oponérsele. La mujer se acerca sigilosa. El sapo no se inmuta. Sigue arrinconado, impasible, encerrado en su mundo de sombra interior. Parece sumido en preocupaciones más graves que una simple mujer acercándose para tomarlo.&lt;br /&gt;Las manos vuelven a apoderarse del animal y reviven la sensación de asco profundo, de gelatina palpitante bajo la verrugosa piel. La mujer se estremece como cuando lo atrapó cerca del estanque. De nuevo ese relámpago de asco la recorre desde las palmas de las manos hasta su parte más recóndita. Pero retoma el control de la situación. El sapo ya se ha dado por vencido y se deja conducir.&lt;br /&gt;Las manos lo llevan hasta el interior de la olla, negra por completo. No le asoma siquiera un poro de barro. Está repleta de oscuridad. Hundido en esa oscuridad y la que ya lleva por dentro, el animal se queda quieto. La mujer coloca junto a él un retrato y termina la obra embrocando una tapa igual de negra sobre la olla.&lt;br /&gt;Después, silencio. Un oscuro silencio. Un silencio denso que se mete en los oídos y parece taponarlos. Un silencio ensordecedor. O tal vez no sólo sea silencio sino esta sombra la que aprisiona, la que asfixia todo sonido dentro de la olla y amortigua los ruidos que llegan del mundo ajeno a ella. Recipientes de sombra, la olla y el sapo. Mudos y sordos. Silenciosos y oscuros. Tiempo interior estacionado. Tiempo que parece transcurrir sólo para el exterior, no para el mundo de tinieblas del sapo y el retrato.&lt;br /&gt;Poco a poco la casa se va poblando de voces que llegan lejanas hasta la oscuridad aprisionada. Una voz de mujer, dominante; una de hombre, sumisa. Una advertencia de la mujer acerca de la olla negra. Un silencio de hombre sometido. El sapo croa pero su croar se atora en los límites de su encierro, para quedar como impronunciado. Hasta que el animal se conforma con la intención de croar que se queda enterrada en su cerebro, en su garganta, en la negritud de la olla y la ceguera.&lt;br /&gt;El sapo duerme. Sueña con la vida cerca del estanque, donde el verde se extiende, donde el hombre no se conoce, donde puede brincar a placer o quedarse quieto probando cuánto tiempo soporta, donde se escuchan historias de sapos que al morir se les ha descubierto una piedra maravillosa en el cerebro. O quizá no sueña. Quizá sólo duerme, en medio de su noche interminable.&lt;br /&gt;El hombre se ha quedado solo. La mujer ha tenido que ausentarse. Su madre enferma la ha alejado. Como de costumbre, la advertencia acerca de la olla flota en la mente del hombre. Varios días con la curiosidad punzándole a toda hora. ¿Qué puede contener aquel recipiente negro que su mujer pretende mantener cerrado siempre? El hombre aún no reúne los arrestos necesarios para indagar. A su mujer no le gusta que hurgue en sus pertenencias, y disgustarla sería lo último a lo que se atrevería.&lt;br /&gt;Se acerca y se retira una y otra vez. Está a punto de tomar la tapa cuando el repentino maullido de un gato, unido a su ansiedad, lo hace derribar la olla que termina desgajándose en pedazos y develando su contenido. Todo queda inmóvil: el hombre, los fragmentos de barro, el sapo, el retrato. Después de mucho tiempo, se inclina, toma el retrato y escudriña en él. No comprende. Ningún pensamiento se le ocurre. La humedad lo ha deteriorado, pero sigue siendo su retrato. No cabe duda.&lt;br /&gt;Descubre al sapo. Le parece extraordinaria la artesanía con que se ha confeccionado al animal. Parece de verdad. Intenta aprisionarlo entre las manos. El sapo salta y el hombre queda atónito, como si de pronto una figurilla de barro hubiera cobrado vida. El corazón del hombre tarda en recuperar su ritmo. El sapo se ha vuelto a quedar inmóvil. El hombre observa minucioso. Se convence de que es un verdadero sapo. Su atención se detiene en un detalle que hace diferente a este sapo de cuantos conoce. Son sus párpados cosidos, sus ojos cegados a punta de aguja.&lt;br /&gt;Nebulosa en su cabeza, aparece la imagen. Aún no distingue bien lo que su intuición parece indicarle. Se dirige al neceser y se apodera de las tijeras. Regresa al lugar donde el sapo parece aguardarlo. Lo aprisiona con una mano, domina el asco y se pone a la tarea de liberar los párpados de sus costuras. Al terminar, le limpia los ojos con un pañuelo. El sapo parece deslumbrado, cegado ahora por la luz.&lt;br /&gt;El hombre se queda tenso, sintiéndose uno con el animal. Poco a poco el asco se le interna por las manos, le recorre el cuerpo y la vida completa. Tocan a la puerta en el momento en que despierta del hechizo. Sabe que ha llegado su mujer, pero no abre. Espera a que ella utilice su llave. El asco se le concentra en las manos. Un asco insoportable. La llave gira la cerradura y la puerta se abre. El asco crece en las manos. El hombre libera al animal.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-115764009292725561?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/115764009292725561/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=115764009292725561' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/115764009292725561'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/115764009292725561'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2006/09/un-oscuro-silencio.html' title='Un oscuro silencio'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23294792.post-115073852583832257</id><published>2006-06-19T12:32:00.000-05:00</published><updated>2006-06-19T12:35:25.853-05:00</updated><title type='text'>Al cruzar las vías</title><content type='html'>Una vez, padrino, una noche, cuando yo estaba más chiquito, veníamos de una fiesta en la camioneta morada que teníamos, y mi papá manejaba y nosotros ya estábamos muy cansados, y él también, y hasta nos salimos tantito de la carretera, porque mi papá casi se queda dormido manejando, porque se había echado unas cervezas y había trabajado en la noche y en el día, y nomás llegando a la casa comió y dijo vámonos a la fiesta. Y nos pusimos contentos de ida, pero de venida, nos daba miedo que se durmiera de a de veras.¿Usted conoció la Perrona?&lt;br /&gt;—Claro, era la camioneta morada que tenían ustedes.&lt;br /&gt;Bueno, pues veníamos en esa camioneta, y luego, cuando se iba a salir de la carretera, mi mamá le dijo a mi papá: Si no puedes manejar, mejor oríllate y descansa tantito. Y lo peor de todo es que mi mamá todavía no se enseñaba a manejar y no podía ayudarle. Pero mi papá le dijo que no, que estaba bien, que ya andaba despierto. Y sí, porque después de eso ya no se volvió a quedar dormido manejando. Y cuando dimos vuelta por la carretera que pasa enfrente de Aceros,  hasta sentimos que nos habíamos salvado, porque ya era muy poquito lo que faltaba para llegar a la casa. Nomás pasar los rieles y dar vuelta por la calle Aceros y pasar por la casa de mis abuelitos, en la Cantú, y llegar al Nuevo y listo.&lt;br /&gt;Cuando llegamos a los rieles, papá hizo alto y vio para un lado y vio para el otro, y como no venía el tren, le dio a la Perrona. Pero cuando las llantas de adelante apenas habían pasado por los rieles, que se apaga y queda atravesada en medio y no se mueve ni para atrás ni para adelante. Y mi papá, que le da vuelta a la llave y trata de prenderla, y la Perrona hace nomás como si fuera a arrancar pero nada que arranca. Y le daba y le daba y nada que prendía. Así estuvo dándole a la llave muchas veces y la camioneta como si nada. Nunca prendió.&lt;br /&gt;Y de repente, que se oye el tren allá lejos y se ve muy apenitas la luz de su foco. Y mi mamá, bien asustada, le dijo a mi papá que dejara de bromear. Pero él le dijo que no estaba bromeando, que de veras la camioneta no quería prender. Y se veía que no echaba mentiras, porque la voz no se le oía tan calmada cuando se lo dijo. Y ella dijo: Vamos a bajarnos. Y él dijo: No, espérate, deja hacer otro intento para ver si prende. Y le volvió a dar muy desesperado, pero la Perrona se quedó igual. Y mi mamá dijo: ¿Le echaste gasolina? Y el tren se oía cerquita, más cerquita. Y la luz se hacía más grandota y el pitido se metía bien feo en las orejas. Y mi papá contestó que sí, que ayer le había echado gasolina. Y el tren como de aquí a aquellos mezquites, bien cerquitita.&lt;br /&gt;Y mi mamá dijo: Mejor vamos a bajarnos. Y nos agarró a Luis y a mí para que bajáramos rápido. Y el tren ya venía como de aquí a aquella anacua que se ve allá. Y mi papá dándole a la llave para atrás y para adelante. Y mi mamá que no podía abrirle a la puerta porque el botón del seguro se había atorado. Y el tren que ya venía como de aquí a la puerta del corral. Y todos estábamos bien asustados. Y mi mamá le gritó a mi papá que abriera la otra puerta para bajarnos y él como que no oía, nomás sude y sude porque no podía prender la camioneta. Y el tren que estaba como de aquí al carro de usted, casi llevándonos de encuentro y la lucezota doliéndonos en los ojos y el pitido dejándonos sordos.&lt;br /&gt;Y de repente, que la Perrona se empieza a mover y las ruedas de atrás brincan las vías. Y nosotros bien asustados, porque pensábamos que ya nos había llevado el tren y que empezaba a arrastrarnos. Y nomás salimos de las vías y pasó el foco y se fue el pitido, sentimos mucho frío en la espalda y el susto no se nos quitaba. Hasta que mi papá volteó a ver a mi mamá y se quedaron sin decir nada. Y es que ni ellos sabían lo que había pasado. Entonces nos bajamos de la Perrona para ver quién la había empujado y no encontramos a nadie, porque la noche estaba bien negra.&lt;br /&gt;Y mi papá alumbró con una linterna que siempre trae, y ni en la carretera ni en los rieles ni en los lados de la carretera y los rieles encontramos gente. Y yo me acuerdo que, antes que pasara el tren, alcancé a ver a un montón de niños que empujaron a la Perrona, y luego han de haber corrido porque ya era noche y no querían que los fueran a regañar su papá o su mamá o sus abuelitos por salirse a esas horas de sus casas.&lt;br /&gt;—No seas mentiroso, Omar.&lt;br /&gt;No soy mentiroso, yo vi para atrás antes de que pasara el tren y eran muchos niños y estaban bien chiquillos. Y luego mi papá alumbró la tapa de la caja de la Perrona con la linterna y ahí encontró las huellas enterregadas de un montón de manitas de los niños que nos habían empujado. Y no queríamos creerlo. Pero mi papá dijo que era cierto, porque ahí, una vez el tren se llevó de encuentro a un camión que iba lleno con niños de una escuela y que muchos se murieron con el choque. Y esos que se murieron, cada que una camioneta o un carro o un camión o lo que sea llevan niños y se quedan parados en medio de las vías y ven que viene el tren, se asustan porque se acuerdan de lo que les pasó a ellos y reviven y se aparecen y empujan la camioneta, el carro, el camión o lo que sea que se haya quedado parado en las vías para que no se los lleve de encuentro el tren. Por eso yo vi a los niños cuando empujaron a la Perrona.&lt;br /&gt;—Eso no es cierto, Omar.&lt;br /&gt;¡A que sí es cierto! Pregúntale a mi papá para que veas que es cierto. Y dijo que cuando terminan de empujar se desaparecen y vuelven a morirse porque ya están tranquilos porque salvaron a los niños que iban ahí. Yo los vi y no soy mentiroso. Yo nunca digo mentiras, Luis. Si yo digo que los vi es porque los vi, ¿verdad, padrino?&lt;br /&gt;—No sé, Omar. Luis también estuvo ahí y no sé por qué dice que no es cierto.&lt;br /&gt;—No es cierto. Y les voy a decir por qué. Porque cuando tú naciste, Omar, mi papá ya había vendido a la Perrona. Además, ¿cómo puedes haber visto a los niños que la empujaron si todavía no habías nacido? ¿Ya ves que son mentiras tuyas?&lt;br /&gt;Bueno, es que yo no había nacido, pero, pero, pero estaba en la panza de mi mamá y por eso pude ver que los fantasmitas empujaban a la Perrona. ¿Ya ves que yo no echo mentiras?&lt;br /&gt;—Pero, ¿cómo pudiste verlos si estabas en la panza de mi mamá? ¡No eres nomás mentiroso: estás bien loco, Omar!&lt;br /&gt;No soy mentiroso ni estoy loco. Si estuviera loco se me saliera la baba y no sabía ni hablar, ¿verdad, padrino? Te apuesto a que sí los vi. Y aunque estaba en la panza de mi mamá, desde ahí me asomé y los vi.&lt;br /&gt;—¡Qué mentiroso! ¿Cómo te ibas a asomar si estabas en la panza de mi mamá? ¡N’hombre, Omar, tú sí que eres el niño más mentiroso del mundo! ¿Verdad, padrino?&lt;br /&gt;No es cierto, yo no soy mentiroso. Sí los vi, porque mi mamá volteó a ver por qué se movía la Perrona sin que mi papá la prendiera y donde vio pasar al tren, alcanzó a ver a los niños y se asustó mucho y abrió la boca bien grandota, y ahí me asomé yo y los vi. ¡Ándale! ¿Ya ves que no echo mentiras?&lt;br /&gt;—¡Híjole, Omar, te la bañaste! ¿Sabes por qué no es cierto? Porque te estás riendo.&lt;br /&gt;¿Y qué tiene que ver que me ría si estoy diciendo la verdad? ¿A poco usted no se ríe cuando cuenta cosas, padrino? La otra vez que les estaba contando un chiste a mi papá y a mi abuelito hasta se pandeaba de risa, ¿verdad?&lt;br /&gt;—Sí, Omar, pero mi padrino estaba contando un chiste y lo que tú nos contaste era una historia de miedo y nunca te reíste hasta que empezaste a inventar cómo viste a los fantasmitas.&lt;br /&gt;¿Entonces mi historia no sirvió? Bueno, a ver, si eres tan bueno para contar historias, cuéntanos una mejor. Pero nomás no eches mentiras, Luis, porque ya sabes que a mí no me gustan las mentiras, ¿verdad, padrino?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23294792-115073852583832257?l=narregio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://narregio.blogspot.com/feeds/115073852583832257/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23294792&amp;postID=115073852583832257' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/115073852583832257'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23294792/posts/default/115073852583832257'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://narregio.blogspot.com/2006/06/al-cruzar-las-vas.html' title='Al cruzar las vías'/><author><name>Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12230936877098995732</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp3.blogger.com/_juIQtIOmHlI/R_iO3JXdkXI/AAAAAAAAAAM/zMPBm5yoHAk/S220/JuanRicardo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
