Un balazo le atravesó la espalda. El otro se le metió entre el cabello y ya no le salió. Y aquí me quedé, con la pistola en la mano, sintiendo el alivio de la afrenta que me había hecho. La gente se arremolina alrededor de nosotros. La miran a ella y me miran a mí, como no creyendo lo que ven. Parecen tontos, sin una migaja de pensamiento. Ella está bien muerta, casi desnuda; y yo, por fin libre de su mala entraña. Nunca conocí a una mujer tan linda por fuera y tan puta por donde se le quisiera ver. Se lucía como pavorreala al pasar frente a los hombres. Tan chula y tan hembra que nunca pude entender cómo vino a fijarse en mí, a meterse conmigo, teniendo tantos de dónde escoger.
A mis sesenta años, siempre me pregunté eso. Cómo no buscó un muchacho de su camada, o alguien de verse, alguien a quien pudiera presumir ante las demás mujeres. Me miro en el espejo con tan poco pelo, casi desdentado, repleto de arrugas, con esta barriga tan estorbosa para ella y para mí, y no acabo de entenderlo. Llegué a pensar que me jugaba una broma. Y todavía ahora que está muerta lo sigo pensando.
La veía pasar con su ropa entallada, con su pantaloncito muy por arriba de las rodillas y me alegraba ver cómo no les hacía jalón a los muchachos de su edad. Nomás les daba a oler y a ver su cuerpo y se los meneaba como diciendo: De esta agua no han de probar. Y luego, a mí, por dondequiera que me encontraba, dándome entrada, dándome facilidades. Y yo, ¿a quién le dan pan que llore?, me dejaba querer. Con aires de inocente, me restregaba en el cuerpo sus tetas recién salidas del horno.
Y como uno es hombre hasta que se muere, sin pensarlo mucho, porque la vida es corta, me la llevé un día para la casa. Y andavete, para saber quién le habría enseñado tanta maña a la niña. Las vírgenes duelen, pero ella fue un alivio para mí. Quién te viera, le dije sonriendo porque al principio me cayó en gracia, refiriéndome a lo que ya sabía hacer con su cuerpo. Y entonces me platicó de sus primos, de su hermano, y comparaba sus caricias con las mías y yo me quedaba callado, como si no me importara un comino.
Tan chulo cuerpo se me hizo mucha pieza para mí. Eso al principio, porque después me creí que de veras me lo merecía, y dejé de mirarme en el espejo y me fui tras ella con las cuatro patas. No me conformé con tenerla nada más a ratos sino que le pedí a lo pelón que se casara conmigo. Ella se me quedó viendo con una risita de burla y me dijo que así estábamos bien, que para qué íbamos a hacer enojar a sus papás. Yo le insistía y le insistía pero ella nada más se me quedaba viendo con una risita de burla y con cara de que yo estaba medio zafado.
Cuando malicié que el asunto se me podía cebar, no me quedó otro remedio que amenazarla: Si no aceptas casarte conmigo, cuento lo de tus primos, lo de tu hermano y lo de nosotros. Así le dije muy serio y ella lloró mucho pero no me ablandé. Venir a mí con lagrimitas, a mi edad, no, señor. La amenacé mucho para meterle miedo. De esa y muchas otras marrullerías y patrañas eché mano durante varios días, hasta que se convenció de que no tenía para dónde hacerse.
Al menos eso fue lo que yo me creí. Después vine a sospechar que me equivocaba, que a fin de cuentas le iba a servir nada más de pantalla para seguir chacoteando con los primos y hasta con el hermano. Pero el caso fue que se casó conmigo. Nunca entendieron cómo un viejo sesentón como yo se quedaba con la muchacha más chula del rumbo. Pero como ella aceptó, sus papás no pusieron reparos. Al menos no frente a mí. Así que la boda se realizó sin demora, como si urgiera. No fuera a morirme yo o a arrepentírseme ella.
En cuanto entramos a la casa, recién llegados de todos aquellos estorbos de la iglesia y el baile y la boda, se la sentencié: Ahora ya no te mandas sola; de aquí para delante, olvídate de la ropa entalladita y rabona; y no me vuelvas a hablar de lo que hiciste con tus primos y con tu hermano porque hasta ahí llegamos. ¿Estamos claros? Ella dijo que sí con la cabeza baja y creí que quedaba muy claro lo que yo le mandaba y, lo peor de todo, que lo respetaría.
Pero no fue así. Más bien parece que no interpretó bien lo que le dije. O lo interpretó a sus conveniencias. Como que al oír aquello vio una rendija por dónde escaparse y la quiso aprovechar. Porque rabona, entalladita y más coqueta que nunca, me la encontré ayer sentada en la plaza, platicando con los primos y con el hermano. Le hablé desde lejos y se rio de mí. Ellos se le unieron en la burla y me encorajiné. Así que me acerqué, la agarré de un brazo y me la llevé de ahí. Los muchachos ni pío dijeron. Me daban ganas de matarla ahí mismo, pero me contuve.
En el camino, viéndola caminar enfrente de mí, contoneando su cuerpo delicioso, se me volvieron humo las ganas de desquitarme. El coraje se me convirtió muy pronto en deseo. Así que ya dentro de la casa, me le acerqué y comencé a acariciarla. Y sería por contentarme o por ganas de hombre, me buscó una y otra vez, como si no llenara, y me encontró siempre ganoso. Una y otra vez. Una y no supe cuántas veces vino a mí y me encontró dispuesto.
Era la más feliz de las agonías y me abandoné a ella hasta quedar consumido. Pero poco duró la tregua, porque desperté al sentir que ella besaba mi cuerpo de pies a cabeza. Abrir los ojos y verla hecha una loba despertó mi deseo de nuevo. Me creía agotado y ella se encargó de quitarme la razón. Parecía que ya no me quedaban fuerzas y ella lo intentaba de nuevo y de nuevo lo conseguía. Yo no sé de dónde le nacía tanta urgencia. Me dolía el cuerpo, me pesaba. Me sentía entre el cielo y el infierno.
Llegó un momento en que me negué porque mi cuerpo ya no respondía. Estaba de veras seco por dentro. Ella se detuvo mirándome con ánimos de reclamo. Pero no me importó. Dijera lo que dijera, de cualquier forma yo ya no podía más. Quiso intentar reanimarme pero la aparté con firmeza y le dije: Ya no. Me miró con frialdad y no hizo ni dijo nada más. Me dejó dormir y yo me olvidé de ella. Me hundí en el sueño, como si fuera el último de mi vida y tuviera que aprovecharlo antes de morir.
Desperté a media noche y no la encontré en la cama ni en la casa. Entonces oí voces y risas afuera. Agarré mi pistola y salí sin hacer ruido. No sé cómo me aguanté el coraje para no matarlos ahí mismo. Eran tres muchachos. Dos de pie, esperando turno; el otro, el hermano, encaramado en ella, y no de mala manera, sino con su consentimiento. Me quedé parado viendo a la loba y a su domador y oyendo los jadeos cada vez más arrebatados.
Cuando los otros me sintieron, voltearon a verme y de inmediato se echaron a correr despavoridos, con los pantalones en las manos. El hermano reaccionó también y se fue tras los otros. Ella, muy digna, tomó su ropa y entró desnuda a la casa, como si nada hubiera sucedido. Ya dentro se metió a bañar como para quitarse una culpa que estaba lejos de sentir, mientras yo hervía de coraje pero callaba.
Hasta que la puta maldita comenzó a cantar muy oronda y ya no me aguanté. Le grité las peores razones que se me ocurrieron en toda mi vida y ella siguió cantando. Le reclamé su manera de proceder con sus primos y con su hermano y entonces me miró y se sonrió: Tengo que buscar afuera lo que tú no puedes darme. Mejor me hubiera hundido un cuchillo y lo hubiera remolineado en la herida. Le pegué mucho, ciego por el coraje y los celos, y me vine a arrepentir cuando no vi que se quejara.
Le pedí perdón y, al verme humillado, de rodillas ante ella, se creció; se medio vistió de prisa, abrió la puerta y salió de la casa. La perseguí pistola en mano. Le pregunté a dónde iba pero no me contestó. Siguió caminando. Empezó a vociferar contra mi poca hombría, contra mi vejez ridícula. Gritaba que cómo iba yo a merecerla, que si nunca me había visto en un espejo, que tenía que ser muy tonto para no darme cuenta de que era un inútil viejo rabo verde, qué cómo me figuraba que ella pudiera quererme.
Todavía oyéndola así, le rogué que volviera a la casa. La detuve de un brazo, pero se me zafó con violencia. Llegamos a la plaza y no dejaba de ofenderme una y otra vez. La gente despertaba a nuestro paso y se asomaba a las ventanas. Y ya no toleré más. Me detuve y le dije: Si no te callas, te mato. Pero ella siguió burlándose de mí, ofendiendo mi hombría. Entonces le dejé ir los dos balazos.
La gente nos rodea. Me miran a mí y la miran a ella, sin creerlo, tirada ahí, como un desperdicio. Como la basura que era y ya no queda más que desechar. No me arrepiento de nada. Dios mismo, en mi lugar, la hubiera matado y tampoco se arrepentiría. Pero aún muerta, me duele el recuerdo de su cuerpo desnudo abandonado a otros brazos y no sé cómo quitarlo de mi memoria.
Por eso ahora camino con la pistola en la mano, en busca de esos tres.
Y los he de encontrar.
domingo, mayo 10, 2009
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