Una mañana nos encontramos en la pila el cadáver de nuestro gato. Acostumbrados a echar a navegar barquitos de papel, nos sorprendió verlo flotando a la deriva. Lo primero que a mamá se le ocurrió fue decir algo acerca del fin del mundo. Nos miramos temerosos, pendientes de sus palabras, esperando que rectificara. Fue un silencio pesado que vino a interrumpirse por el silbato del tren, a una distancia que parecía corta por la contundencia del silbido.
—¡Las ocho! —dijo mamá y se alejó encarrerada a preparar el almuerzo: papá no tardaba.
No pude comprender por qué, si según mamá el mundo estaba por acabarse, se preocupaba tanto por prepararle el almuerzo a papá. ¿De qué serviría que almorzara si se acababa el mundo de repente? Casi la seguimos, pero el gato ahogado nos retuvo a la orilla de la pila.
—¿Quién lo ahogaría?
—Quién sabe.
—A lo mejor se cayó.
—No: no se cayó. Los gatos ni se acercan al agua.
—Entonces, ¿quién pudo ser?
—Yo —dijo una voz mayor que la nuestra. Era Rosalío. En cuanto lo vimos retrocedimos y nos encaminamos a la casa—. ¿No que no? Ahí está su mugre gato: antier no era su día.
—¿Por qué lo ahogaste? —me atreví a preguntar.
—Quién le mandó echárseme encima. Me tenía que defender. No iba a dejar que me arañara —y mostró sus brazos surcados de heridas.
—Le voy a decir a mamá —dijo mi hermano menor.
—Dile. No le tengo miedo.
—¡Mamá! —gritó mi hermano. Mamá no salió y tuvo que gritarle de nuevo.
—No te va a creer —dijo Rosalío.
—¿Qué pasó? —dijo mamá desde adentro de la casa.
—¡Dice Rosalío que él...!
—Que si tiro el gato en la carretilla —dijo Rosalío acercándose a mamá, mientras el coraje nos enmudecía.
—Está bien —dijo mamá y se retiró de la puerta para regresar con dinero para pagar el favor.
Rosalío acercó la carretilla que había dejado a unos pasos del camino y la puso junto a la pila. Después, con una rama, empujó el cadáver hacia la orilla y sentimos que el olor se nos metía en la nariz. Retrocedimos para que no nos alcanzara. Qué asco daba ver a Rosalío tomar el cadáver hinchado y hacerlo subir al borde de la pila. De ahí, como si se tratara de un bulto, lo arrojó a la carretilla y algo se reventó en el animal, porque la peste se volvió insoportable. Nos alejamos, pero ni así nos deshicimos de aquella pudrición. Nos escondimos detrás de la casa y hasta ahí nos siguió. Nos metimos en el corral y ni el olor a estiércol pudo vencer al olor podrido del gato.
Asqueados todavía, oímos la rueda de la carretilla dando tumbos por el camino y nos fuimos tras ella. Yo veía a Rosalío avanzando muy campante, oliendo a todo pulmón, como si anduviera en medio de un jardín. Respiraba como si no tuviera olfato. En cambio, a nosotros la peste nos mantenía a raya. Nos deteníamos cuando el viento nos traía oleadas de pudrición. Nos cubríamos la nariz hasta que la ola podrida pasaba. Luego continuábamos tras la carretilla.
De repente, se apartó del camino, se metió en el monte y tomó una vereda. Continuamos tercos, tratando de que no se diera cuenta. No hablábamos, no arrastrábamos los pies, evitábamos cualquier roce con la maleza. La carretilla se detuvo y nosotros también. Nos asomamos desde unos granjenos y vimos cómo Rosalío vaciaba la carretilla en la tierra. Se escuchó el cadáver cayendo como costal y Rosalío se le quedó mirando como esperando algo.
—Son hormigas —dijo Pepe.
Así era. El cadáver yacía sobre un hormiguero y Rosalío lo miraba como si se acabara de abrir para él el cielo. Su boca estaba abierta y su quijada casi desencajada.
—¿No les hará mal a las hormigas?
De sólo pensar que las hormigas devoraran aquella carne podrida, se me revolvía el estómago.
—No sé.
—¿Y si después de comerse al gato le pican a alguien?
—Dice papá que a los animales envenenados no los toca ningún otro animal.
—Pero éste no murió envenenado.
—¿Tú cómo sabes?
—Qué ven —dijo Rosalío y se encaminó hacia nosotros, amenazante. No supimos sino retroceder, lejos de su alcance.
—Dios te va a castigar —le dijo mi hermano menor con voz temblorosa.
—Dios y quién más —dijo Rosalío deteniéndose retador, como si fuera a enfrentar a medio mundo.
—Ahogaste a nuestro gato: eso es pecado.
—¿Quién dice eso?
—No sé, pero es pecado. Y Dios te va a castigar. Vas a verlo.
—Aquí lo espero —dijo arrogante.
—También eso es pecado —dijo Pepe señalando hacia el hormiguero, donde el gato estaba abandonado.
—Díganselo a las hormigas.
—Ellas no tienen la culpa. Tú lo pusiste ahí.
—¿Y qué querían, que lo sepultara como a un hombre? ¡Si era un mugroso gato y me la debía!
—No te había hecho nada.
—Se me echó encima, me quiso atacar.
—No es cierto. Se te echó encima porque tú lo provocaste. Yo te vi.
—¿Y si así fue, qué?
—Dios te va a castigar.
—¿No se saben otra canción?
—No estamos cantando —dijo mi hermano menor. Y Rosalío soltó una risotada que vino a colmarnos la paciencia.
—¡No te rías! —le dije. Él siguió burlándose como si gozara.
—¡Que no te rías! —dijo Pepe agarrando dos piedras del suelo. Nosotros lo imitamos. La risa no cesaba y no esperamos más para arrojárselas. Pero no conseguimos golpearlo. Esquivaba cada golpe con rapidez y reía y reía y nos enfurecía más y más. Pero su suerte no duró tanto. Todo fue que lo alcanzara una piedra y otras más lo hicieran retroceder, acercarse al hormiguero. De pronto una piedra lo golpeó en la cabeza y lo hizo caer a un lado del cadáver del gato.
Rosalío reaccionó tarde, aturdido por la pedrada. Las hormigas no le dieron tiempo de levantarse y sacudírselas. Para cuando lo intentó, tenía el cuerpo cubierto de hormigas que no cesaban de picarle por todas partes. No sabíamos qué hacer. Si nos acercábamos, tal vez también resultaríamos atacados. Y en caso de ayudarle a él, ¿quién nos garantizaba que no fuera a agredirnos por haberlo golpeado?
—¡Vamos por alguien que lo ayude! —dijo Pepe.
Yo no estaba muy convencido de que lo hiciéramos. De todas maneras, corrimos detrás de Pepe. Íbamos jadeantes, en silencio, con los pensamientos puestos en Rosalío. De repente nos detuvimos.
—Espérense: ¿Qué vamos a decir?
Nos quedamos callados. Ni modo de confesar que lo habíamos apedreado y al golpearlo se había caído en el hormiguero.
—Decimos que se cayó solo.
—Decimos que se mareó por la peste del gato.
—Sí, y que tuvimos miedo y mejor vinimos por ayuda.
Estuvimos de acuerdo. Pero cuando íbamos a reanudar el camino, escuchamos la carretilla dando tumbos. Aún no salía del monte, pero lo haría muy pronto. Nos paralizamos. ¿Qué hacer? ¿Esperar? ¿Fingir que no teníamos miedo?
—Vamos a escondernos —dijo mi hermano y, apenas lo hicimos, apareció. Lo vimos ocultos tras unos matorrales que bordeaban el camino. Llevaba el rostro hinchado y rojo. Los pómulos casi reventaban, los ojos no se le distinguían. Parecía boxeador golpeado hasta el hartazgo. Caminaba torpemente, se quejaba a cada pisada. No llevaba los zapatos puestos. Fue lento su paso ante nosotros. El miedo crecía. Pero no sabíamos si temerle más a su venganza o al fin del mundo anunciado por mamá.
jueves, octubre 25, 2007
Rosalío
Publicado por
Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)
en
jueves, octubre 25, 2007
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viernes, octubre 12, 2007
Cadena
Leche. Leche de mujer. El viento me trae el olor y me lo encaja en la nariz. Me tienta y no me resisto. Es inútil. Sigo su huella cada vez más fuerte. Ya no soy dueño de mí. Crujen a mi paso las hojas secas. Los pájaros me presienten y se desprenden asustados de las ramas o los nidos. Por un momento olvidan a sus crías y vuelan lejos de mí.
No me detengo. El llamado es urgente. Me apresuro. Sé que puedo llegar tarde y los pechos de la mujer para entonces estarán vacíos, sin una gota para mí. No importa si me descubren. Nada hay más apremiante en este momento que dos pezones turgentes, abultados, rebosantes. Nada más a mi alrededor.
Ya veo la casa. El olor casi me arrastra, pero aquí despierto a la realidad. Tal vez la mujer y su hijo no estén solos. Debo cerciorarme. Rondo y no encuentro manera de entrar. Me asomo a la puerta con sigilo. Quizás una hendidura me permita colarme al interior.
El olor se condensa en mi nariz. Me nubla la visión. Casi me ciega. Si sus efectos duran un poco más perderé el sentido. Desespero. Estoy a punto de lanzarme contra la puerta cuando el viento la entreabre. El viento otra vez de mi parte. Primero me llevó el inquietante olor y ahora, cómplice ideal, me allana el camino.
Nadie me ve. Nadie se percata de mi entrada. Me deslizo bajo la puerta y encuentro una oscuridad desconocida, más tenue que la noche. Me mantengo inmóvil hasta parecer piedra. La claridad llega y el aroma impregna la casa. No sé por dónde empezar la búsqueda. Pronto conseguiré mi propósito. Mientras tanto, me sofoca la desesperación. Quisiera destrozarlo todo, olvidar la prudencia y atacar sin miramientos a la mujer.
A mi paso veo un recipiente casi vacío. Dudo por un momento. Observo el líquido blanquecino y me digo que no pude equivocarme tan redondamente. Venir desde tan adentro del monte sólo a darme cuenta que el llamando no era para mí, o de que envejezco al grado de confundir la leche de mujer con la de vaca.
Advierto una presencia hostil. Me repliego temblando hacia un rincón. Es un gato en actitud de ataque. Corta mi respiración con su mirada de filos negros. Bufa amenazador y me quedo quieto. No sé cuánto tiempo transcurre hasta que se desentiende de mí. Luego, se bebe la leche y sale de la casa. Me mantengo aún en mi refugio, me sacudo el miedo mientras paso junto al recipiente. Pfuá. Me retiro asqueado. Esa leche no se hizo para mí. El asco me empuja a salir de la casa. Pero cuando casi cruzo el umbral, el olor se reaviva en mi nariz. Ah, dos pechos de mujer. Aún no los veo, pero estoy por llegar a ellos. Leche de vaca, volteo y veo el recipiente, qué asco. Y pensar que pudo despistarme su nauseabundo hedor. Avanzo sigiloso. Ellos no son como yo. Poseen la extraña cualidad de descubrirme aunque no me vean ni me huelan. Por eso debo ser cauteloso. Por eso procuro no deslizarme en falso.
No me equivocaba. Tendidos sobre la cama, están el niño y la mujer. Pero por encima de todo, los pechos rebosantes que suben y bajan al ritmo de la respiración, me atan, me clavan al suelo. Permanezco así hasta que me alerta un movimiento del niño. Pronto despertará y ella le ofrecerá su leche. Debo actuar con rapidez y precisión para que todo salga bien.
Me deslizo sobre la cama. El niño me presiente y se estremece. Si no me apresuro despertará. Primero me hago cargo de él. Luego me acerco a un pezón. Quisiera abarcar los dos a un mismo tiempo, pero es imposible. En este instante quisiera tener dos cabezas, dos hocicos para succionar ambos pechos a la vez. Pero me conformo con gozar uno y desorbitar mis ojos en la contemplación del otro.
La mujer se remueve, se desabotona la blusa para que su bebé, que ahora soy yo, se alimente a sus anchas. En este instante sólo existen sus pechos. Si quisieran deshacerse de mí, bastaría con que envenenaran su leche. No me importaría. La mujer y el pequeño permanecen tranquilos. Y en medio de ellos, yo. Una cadena perfecta. Tal vez en el fondo lo que busco no es la leche, sino la suave sensación de los pezones en mi hocico. Pero eso poco importa. No me detengo a pensarlo.
Sin darme cuenta, agoto un pecho y cambio goloso al otro. He saciado mi necesidad de leche pero pudiera pasar una eternidad prendido a los pezones. La luz aminora. Pronto la casa se poblará de nuevo. Desciendo de la cama y me detengo. El niño despierta y la mujer se lo acomoda al pecho vacío. Ambos, madre e hijo, me sustituyen. Me deslizo aún en éxtasis por la casa y salgo. Tal vez regrese mañana.
No me detengo. El llamado es urgente. Me apresuro. Sé que puedo llegar tarde y los pechos de la mujer para entonces estarán vacíos, sin una gota para mí. No importa si me descubren. Nada hay más apremiante en este momento que dos pezones turgentes, abultados, rebosantes. Nada más a mi alrededor.
Ya veo la casa. El olor casi me arrastra, pero aquí despierto a la realidad. Tal vez la mujer y su hijo no estén solos. Debo cerciorarme. Rondo y no encuentro manera de entrar. Me asomo a la puerta con sigilo. Quizás una hendidura me permita colarme al interior.
El olor se condensa en mi nariz. Me nubla la visión. Casi me ciega. Si sus efectos duran un poco más perderé el sentido. Desespero. Estoy a punto de lanzarme contra la puerta cuando el viento la entreabre. El viento otra vez de mi parte. Primero me llevó el inquietante olor y ahora, cómplice ideal, me allana el camino.
Nadie me ve. Nadie se percata de mi entrada. Me deslizo bajo la puerta y encuentro una oscuridad desconocida, más tenue que la noche. Me mantengo inmóvil hasta parecer piedra. La claridad llega y el aroma impregna la casa. No sé por dónde empezar la búsqueda. Pronto conseguiré mi propósito. Mientras tanto, me sofoca la desesperación. Quisiera destrozarlo todo, olvidar la prudencia y atacar sin miramientos a la mujer.
A mi paso veo un recipiente casi vacío. Dudo por un momento. Observo el líquido blanquecino y me digo que no pude equivocarme tan redondamente. Venir desde tan adentro del monte sólo a darme cuenta que el llamando no era para mí, o de que envejezco al grado de confundir la leche de mujer con la de vaca.
Advierto una presencia hostil. Me repliego temblando hacia un rincón. Es un gato en actitud de ataque. Corta mi respiración con su mirada de filos negros. Bufa amenazador y me quedo quieto. No sé cuánto tiempo transcurre hasta que se desentiende de mí. Luego, se bebe la leche y sale de la casa. Me mantengo aún en mi refugio, me sacudo el miedo mientras paso junto al recipiente. Pfuá. Me retiro asqueado. Esa leche no se hizo para mí. El asco me empuja a salir de la casa. Pero cuando casi cruzo el umbral, el olor se reaviva en mi nariz. Ah, dos pechos de mujer. Aún no los veo, pero estoy por llegar a ellos. Leche de vaca, volteo y veo el recipiente, qué asco. Y pensar que pudo despistarme su nauseabundo hedor. Avanzo sigiloso. Ellos no son como yo. Poseen la extraña cualidad de descubrirme aunque no me vean ni me huelan. Por eso debo ser cauteloso. Por eso procuro no deslizarme en falso.
No me equivocaba. Tendidos sobre la cama, están el niño y la mujer. Pero por encima de todo, los pechos rebosantes que suben y bajan al ritmo de la respiración, me atan, me clavan al suelo. Permanezco así hasta que me alerta un movimiento del niño. Pronto despertará y ella le ofrecerá su leche. Debo actuar con rapidez y precisión para que todo salga bien.
Me deslizo sobre la cama. El niño me presiente y se estremece. Si no me apresuro despertará. Primero me hago cargo de él. Luego me acerco a un pezón. Quisiera abarcar los dos a un mismo tiempo, pero es imposible. En este instante quisiera tener dos cabezas, dos hocicos para succionar ambos pechos a la vez. Pero me conformo con gozar uno y desorbitar mis ojos en la contemplación del otro.
La mujer se remueve, se desabotona la blusa para que su bebé, que ahora soy yo, se alimente a sus anchas. En este instante sólo existen sus pechos. Si quisieran deshacerse de mí, bastaría con que envenenaran su leche. No me importaría. La mujer y el pequeño permanecen tranquilos. Y en medio de ellos, yo. Una cadena perfecta. Tal vez en el fondo lo que busco no es la leche, sino la suave sensación de los pezones en mi hocico. Pero eso poco importa. No me detengo a pensarlo.
Sin darme cuenta, agoto un pecho y cambio goloso al otro. He saciado mi necesidad de leche pero pudiera pasar una eternidad prendido a los pezones. La luz aminora. Pronto la casa se poblará de nuevo. Desciendo de la cama y me detengo. El niño despierta y la mujer se lo acomoda al pecho vacío. Ambos, madre e hijo, me sustituyen. Me deslizo aún en éxtasis por la casa y salgo. Tal vez regrese mañana.
Publicado por
Juan Ricardo Martínez Ávila (J. R. M. Ávila)
en
viernes, octubre 12, 2007
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