El camaleón jamás ha cruzado calle alguna. Olisquea el pavimento y retrocede herido por el olor a chapopote. Se encuentra el reto de imitar una materia desconocida para continuar su ruta. Emprende la tarea y fracasa con el color. Lo intenta de nuevo y lo vence la textura. En el tercer intento, el trabajo es casi perfecto. Un poco más y se encuentra listo para cruzar.
Avanza tanteando el terreno. Nadie podría decir a dónde ha ido en este instante. Se aproxima el ruido de un auto. Cualquiera creería que una llanta pasó por encima de una piedrecilla. El camaleón, en disfraz de pavimento, recupera su apariencia real. Permanece hocico arriba, con un leve golpe en la cabeza, creyéndose invisible todavía. Escucha ruidos extraños y no le queda otro remedio que fingirse muerto. Deja de respirar, acosado por las voces que lo rodean y que no entiende.
—¿Qué es? ¿Un sapo?
—No. Es un camaleón. Mírale los cuernos.
El niño retrocede unos pasos y se mantiene asustado a distancia prudente.
—¿Y cuerna?
—No sé, pero cuando yo era chiquillo decían que lanzaba veneno con los cuernos.
Los pasos del niño retroceden de nuevo. El camaleón percibe el miedo y se deja trasladar sin mover un párpado, esperando un descuido para escapar del peligro. Las manos del hombre, protegidas por papel plástico, lo toman de la cola. El camaleón no acierta a descifrar la composición del material que lo aprisiona. Debe resistirse a la tentación de imitarlo. Se deja llevar en vilo, respirando apenas, para no ser descubierto.
Cuando menos lo esperaba, se siente arrojado en un lugar cerrado, oscuro, y ahí queda preso, sin saber qué hacer. Escucha voces que lo aturden. Jamás vivió una noche tan cerrada, tan estrecha. Se siente confundido. Extraña la luz a la que está habituado. El aire se enrarece. Se hace difícil respirar. Si esto sigue así, no será necesario simularse muerto.
La caja se abre y entran los milagros del aire y la luz. Pero también entran voces indescifrables para el camaleón. Voces chillonas, alteradas por el miedo y el asco. La caja se cierra. Las voces que se asomaban a ella han quedado fuera. Se forja una nueva oscuridad adentro. Los ruidos se atenúan a medida que la prematura noche se prolonga.
De pronto el camaleón se siente liberado y una luz desconocida lo deslumbra. Acostumbrado al sol, enceguece ante la luz de los hombres, que se desliza por su espinazo, de pico en pico, de cuerno en cuerno. Es una luz que traspasa los párpados. El animal se siente transportado a otro claustro, a otro silencio más hermético.
—Juan —dice el hombre—. Ve a la tienda y tráeme una botellita de alcohol.
—¿Para qué?
—Para guardar en él al camaleón.
—Oye, papá, ¿es cierto que lanzan veneno por los cuernos?
—Eso es lo que decían cuando yo era niño.
—¿Pero será cierto?
—No sé. También decían que se alimentaban de aire.
—¿De aire?
—Sí, pero apúrale, porque si no, van a cerrar la tienda.
El niño mira asombrado al animal y luego, incrédulo, a su padre. Después sale rumbo a la tienda. El hombre se queda observando. Desvía la mirada hacia uno de los libros y lo toma del anaquel. En su lomo se alcanza a distinguir el título: Zoología. Lo hojea, se detiene ante un grabado que representa a su camaleón y lee: “Phrynosoma, que en México es llamado camaleón, pero cuyo nombre autóctono es tapayatzin y suele decírsele llorasangre, por la peculiaridad que presenta de emitir gotas de sangre por el ángulo interno de los ojos. A veces la hemorragia es lanzada a distancia considerable”.
—Aquí está —dice el niño tendiéndole la botella de alcohol—. Oye, papá, ¿de veras comerán aire?
—No creo: mira, aquí dice que lo que arrojan no es veneno, sino sangre.
—¿Y no será venenosa?
—Quién sabe.
—Oye, papá, ¿no te vas a dormir todavía?
—No tengo sueño.
—Hace mucho calor. ¿Me puedo acostar en la sala?
—Dile a tu mamá.
El niño sale de la biblioteca y se dirige a la cocina. Su voz se escucha clara.
—¿Me puedo acostar en la sala?
—Sí.
—¿Pero me cuidas? Es que le tengo miedo al camaleón de papá.
El hombre sonríe mientras vierte alcohol en el frasco donde guarda al camaleón. El animal resiste la náusea desbordante. Finge una muerte perfecta, prescinde del aire, detiene el corazón en tanto que la tapa se enrosca hermética. No se mueve, intenta escuchar en vano. En este momento el frasco atrapa el silencio y lo mantiene preso al lado del camaleón. El animal entreabre un ojo y descubre la luz penetrando su encierro. No está solo.
El hombre garabatea dibujos, observándolo, intentando aprisionar su imagen. No lo consigue, se conforma con verlo, deslumbrado ante miedos que casi tenía olvidados. El camaleón, temeroso de la mirada inquisitiva, cierra el ojo con que atisbaba. No ha sabido descifrar cuanto observó tras el vidrio. Imágenes desconocidas, distorsionadas, inútil intentar imitarlas. Quizá no sea conveniente en la situación en que está. Sabe que el hombre lo mira. Ahora menos que nunca aventuraría un movimiento que lo comprometiera.
El hombre decide escribir. Puebla con palabras la página, describiendo al animal sin detenerse a analizar cuanto se le va ocurriendo. Parece poseído por el miedo. Como si ese miedo lo obligara a garabatear sus impresiones. Un dibujo escrito, más que del camaleón, de sus propias impresiones. El camaleón carga sobre su lomo rumor de miedos ancestrales. Basta mirarlo y descubrir huellas de disfraces que perduran en su apariencia. Ahí las crestas de las montañas, los cuernos envenenados, las sedientas arenas milenarias. Si se echa a caminar, el aire se agita herido por su espinazo erizado de puntas temibles. Devorador de aire, la fama que tiene. Así engaña a sus víctimas que pasan descuidadas, confiadas, frente a él, para latiguearlas con su lengua y engullirlas. ¿Qué culpa tiene de su aspecto? ¿Acaso él lo eligió? Reptil diablo, semillero de miedos. Acorazado de espinas. Rosal de fauna. Usurpador de apariencias. Esfinge animal. ¿Le instalaron las espinas y los cuernos desde adentro de su cuerpo?
Escritura confusa e interminable. La noche avanza las manecillas del reloj pero el hombre no se percata. Al camaleón no le resta sino soportar el suplicio. El hombre se pone de pie y desentume sus músculos. Mira las cuatro de la mañana en el reloj. El cansancio parecía esperar ese simple acto para empantanarle el cuerpo de sueño. Acomoda el frasco en un estante del librero. Apaga la luz y sale.
El animal no corre riesgos. Abre un ojo, luego el otro. Se incorpora y chapotea torpemente en el alcohol. Avanza, pero el vidrio le impide el paso. Hasta ahora siente el golpe en la cabeza. El alcohol se lo agudiza, pero aún es soportable. Araña la pared de vidrio con sus finas uñas. El ruido rebota en las paredes del frasco. El aire se agota y sólo hay una escapatoria: trasmutarse en alcohol o en vidrio. Es un enorme reto pero decide aceptarlo. Los ojos se acostumbran a la oscuridad. Los intentos se multiplican y terminan en fracasos. El camaleón se transparenta pero no consigue falsificarse en vidrio. No desiste. Lo intenta una y otra vez hasta que lo consigue. Amanece y el bullicio leve del domingo lo sorprende fuera del frasco.
La puerta se abre. El hombre de nuevo. Un minuto más y el camaleón no lo cuenta. En el frasco sólo permanece el alcohol. Resucitan en el hombre terrores viejos, recuerda las advertencias de los mayores. No molesten a los camaleones porque escupen veneno por los cuernos. No se les acerquen: sus cuernos matan. Si se les acercan, cuidado, porque se comen el aire y pueden quitar el resuello. De pronto, en un arrebato, se cerciora de que la tapa esté enroscada, hermética. ¿Cómo pudo escapar? Aquí, sobre el escritorio, están los apuntes. Sólo eso resta del animal. Los pasos del niño sacan al hombre del miedo en que está sumergido. El frasco casi resbala de sus manos.
—¿Y el camaleón?
—No sé.
—¿Se escapó? —el niño retrocede mientras el miedo le recorre los pies descalzos. Casi siente clavados en ellos los cuernos del animal. El hombre permanece callado. El niño insiste— ¿Se escapó?
—¡No sé! ¡Déjame pensar!
El niño se retira y el hombre no sabe qué hacer con el frasco en sus manos. Escruta entre los libros, mira bajo los libreros, atisba hacia el techo.
—Es ridículo —dice en voz alta—. ¿Cómo pudo escapar si estaba muerto? ¡Ni vivo hubiera podido hacerlo!
Se dirige al cuarto de sus hijos y despierta al mayor.
—¿Abriste el frasco en que tenía el camaleón?
No fue él. Va a su recámara y despierta a su mujer.
—¿Tú abriste el frasco donde tenía al camaleón?
—No, ¿por qué?
—Ya no está.
Ahora no es una simple contrariedad, sino algo más profundo. Vuelve a mirar el frasco cerrado que aún conserva el alcohol hasta cubrir el espacio del cadáver desaparecido. Pero no hay evidencias de que la tapa haya sido forzada. Sería ridículo pensar que el animal hubiera resucitado y abierto desde adentro. A menos que no haya desaparecido, que se haya ocultado fingiéndose alcohol. Tal vez aún muerto conserve el poder y se haya transparentado, simulándose alcohol. Ahora no está a la vista. Más de treinta años de no encontrarse con su empolvado cuerpo de cuernos y ahora desaparece.
El hombre sale al patio con el frasco en las manos. Observa detenidamente su interior. Tal vez el camaleón esté ahí todavía. Temeroso, desenrosca la tapa y vierte el alcohol en la tierra reseca. Espera ver algo más que humedad impregnando la tierra. Es en vano. Lleno de ira, arroja el frasco en el baldío. Nada queda por hacer ahí afuera.Entra en la casa para reencontrarse con el miedo. Revisa libro tras libro. Será una ardua tarea. Se aviva el temor de palpar en el lomo de un libro el espinazo del animal, de recibir en los ojos un repentino chorro de sangre desde un título. ¿Por qué temer a un cadáver desaparecido? Mira los anaqueles con detenimiento. Casi juraría que acaba de notarlo en el lomo de un libro. Se cerciora pasando una mano sobre las letras que creyó ver moviéndose. Y nada. Todo liso, tan liso como suelen ser los lomos de los libros. Imposible encontrar ahí al camaleón. Supone que podría imitar nombres de libros y autores, colores, pero jamás las texturas. Al palparlos, seguro encontraría el espinoso cuerpo del animal, hiriéndole las manos, envenenando su espacio con el miedo de niño, nebuloso y olvidado. Miedo que habitará en delante la casa entera, sin remedio. Nadie sabe de dónde vendrá la primera embestida.
jueves, agosto 30, 2007
jueves, agosto 16, 2007
Donde la letra acecha
Aunque yo no lo había leído todo, Alberto jamás pudo derrotarme. Por más que me retara valiéndose de libros de cuentos olvidados, nunca consiguió anotarse un triunfo. Era natural: le aventajaba en quince años de lecturas.
Elvia intervenía cuando nos notaba acalorados. No vale la pena discutir por tonterías, mediaba. Pero al final siempre le concedía la razón a él aunque la tuviera yo. Alberto se disculpaba y se iba, sólo para regresar al día siguiente con nuevos retos. Por lo general la ironía y la burla plagaban mis victorias. Nunca noté que me excedía, que lastimaba hondamente a mi amigo.
Un día de tantos me desafió: No podrás descubrir al autor de este cuento. Sonreí burlón. Leyó una cuartilla y me miró de reojo. Dejé de sonreír. Media cuartilla más allá me volvió a mirar con una sonrisa de triunfo que ya no se le borró. Antes de que terminara, lo detuve, era suficiente. Los ojos le brillaban satisfechos. Por fin me ganaría una partida. Mi mujer, radiante, se sumó a su euforia. Entonces asesté el golpe: el autor de este cuento tan malo no puede ser nadie más que tú.
La ira transfiguró su rostro pero se contuvo ante la presencia de Elvia. Se despidió intempestivamente y se retiró. Pensé que lo había perdido como amigo, pero regresó tres días después. Me trajo una noticia insólita. Acababa de descubrir la existencia de un cuento cuya cualidad principal era que quien lo leyera quedaría muerto al finalizar su lectura.
Pensé que se trataba de una broma pero me mostró, en un libro antiguo, el ensayo que aludía al cuento. No se mencionaba nada de su tema ni de su trama. Se ignoraba quién lo había escrito. No se sabía si el efecto de la lectura había sido buscado o casual. Lo único que se daba por sentado era que el cuento existía y originalmente estaba escrito en español. Guardé silencio. Podía ser una patraña, pero si no lo era yo debía conocer el texto a toda costa.
En ese momento se despidió Elvia. Alberto me dejó pronto solo, con la inquietante noticia del cuento. Me parecía grandioso que alguien pudiera escribir con tal maestría. Porque si escribir un buen cuento era ya una proeza, lograr que tuviera un efecto letal en el lector era algo excelso. El peligro que implicaba leerlo pasaba a segundo plano.
Sin saber cómo, mientras pensaba en todo esto, me encontré leyendo un libro al azar. Llevaba leída media página cuando me di cuenta. Como mis pensamientos oscurecían la lectura, regresé al inicio y traté de concentrarme, pero fue inútil. ¿Y si ése era el cuento que mencionaba el libro de Alberto? Cerré el libro y lo dejé a un lado. Tomé otro y lo mismo, inicié la lectura sin llegar a concentrarme. Maldito Alberto, sólo a eso había venido.
A partir de aquel día ya no pude leer. Los insomnios me orillaban a permanecer en la biblioteca hasta que iba a la cama cayéndome de sueño. Tan apremiantes eran mis ansias de lectura que apenas cruzaba palabra con mi mujer. Por otra parte, Alberto se empezó a retirar. Me encontraba tan abstraído, tan ausente, que prefería conversar con Elvia o marcharse, hasta que dejó de visitarme. No me importó. Mi única preocupación era aquel cuento imposible.
Entonces empezó la pesadilla. Un largo pasadizo, oscuridad total. Una luz tenue hacia la cual avanzaba. Me enervaba escuchar mis propios pasos. Aún así continuaba. Al final del pasadizo, una luz, la más intensa de cuantas conocía. Poco a poco, mis ojos aturdidos y doloridos se acostumbraban a la embestida de la luz. Un espacio enorme con las paredes infestadas de libros cubiertos de polvo. Tomaba un libro, como si mis manos supieran que era el que buscaba. Un olor a encierro antiguo se desprendía de él. Me atrapaba desde la primera línea. Yo respiraba con dificultad pues el aire se poblaba de polvo. Pero no dejaba de leer. Extasiado ante las palabras, no podía detenerme. De repente me asaltaba la eterna duda: ¿Era acaso el texto buscado? Un escalofrío me advertía del peligro, sin embargo mis ojos parecían condenados, sin escapatoria. El temor no me permitía atender al contenido del cuento, que no me daba al menos una pequeña tregua. Leía sin remedio. El final se vislumbraba. Siete líneas más. Cinco. Tres. Dos. La sensación de caer a un precipicio me despertaba con la boca seca, como si hubieran echado arena en ella.
Las primeras veces buscaba a tientas a mi mujer. Olvidaba que ella dormía en otra habitación. Ajena a mi temor de la muerte al final de algún cuento. Empezar a leer y abandonar la lectura, esa era mi rutina. Como un coito interrumpido con la muerte. A tanto llegó mi ansiedad que me vi orillado a contratar un lector. No niego que tuve mis escrúpulos. Si mi lector moría al encontrar el cuento, ¿no sería yo culpable de asesinato? Pero luego me tranquilizaba: Nadie podría acusarme, excepto Alberto, y eso en el remoto caso de que llegara a relacionar el cuento con la muerte de mi lector.
Así, pretextando que me cansaba la lectura, contraté a mi lector. Tuve la suerte de encontrarlo excepcional. Un muchacho de menos de veinte años, estudiante de letras, que se embelesaba leyendo. La mayor parte de las sesiones se quedaba tiempo extra sin reclamar más pago que el acordado. Conforme terminaba de leer un cuento, iniciaba otro, sin darse ni darme tregua, hasta que no podía seguir escuchándolo. Se obstinaba en continuar pero lo disuadía poniendo como pretexto mi fatiga, sus estudios, sus ojos enrojecidos. Entonces, a regañadientes, tomaba sus libros y se marchaba. No era raro verlo sentado en el cercano parque, continuando la sesión por su cuenta, prescindiendo de mí.
Por ese tiempo descubrí un nuevo entretenimiento: hurgar en las librerías de usado. Para mi satisfacción, había más libros de cuentos que los que me imaginaba. De autores olvidados, publicados en ediciones ínfimas. No me cansaba de comprarlos ni mi lector de devorarlos. Yo escuchaba atento a los finales y a la reacción del muchacho. En vano.
Pero un día, mi lector me abandonó porque había terminado sus estudios y debía proseguirlos en otro lugar. De tal manera que cayó por aquí un escritorcillo que aún no publicaba y hablaba de sus escritos como del ombligo de la literatura. Poco a poco le fui cobrando rencor. Me resultaba insoportable tanta fatuidad. Nunca supe cómo era posible que alguien se la pasara hablando de sus cosas sin fatigarse y sin notar que fatigaba a los demás. Lo que más me fastidiaba era el aire de profesor que tomaba cuando terminaba de leer un cuento, intentando explicarme detalles que me parecían infantiles. Sin sospechar siquiera que el mejor comentario que de él esperaba era su muerte.
En tanto, mis pesadillas no me abandonaban. Mi sueño no se restablecía. Elvia continuaba ausente de nuestro dormitorio. Yo estaba satisfecho con la búsqueda y no extrañaba su compañía. Así que, durmiera donde durmiera, no me interesaba. Mi anhelo principal era el encuentro con aquella narración que no daba señales de existencia.
Entonces ocurrió. Una mañana, terminando de leer un cuento, mi lector se desplomó sin vida. Murió cumpliendo su cometido, lo cual por supuesto nunca supo. Me encargué de los funerales. Sus familiares me lo agradecieron. Sé que no me lo merecía, pero insistieron. Allá ellos. Los acompañé‚ hasta que el escritorcillo estuvo debidamente sepultado.
Por extraño que parezca, mi urgencia de mujer renació aquella noche. Busqué a Elvia en uno de los dormitorios de la planta alta. Pero escuché voces y me detuve. Cuando las reconocí, me acerqué sigiloso. Oculto en mi silencio, escuché y escuché y no supe cómo me contuve. Permanecí así hasta que lo vi salir. No sentí nada. Era como si la traición se la hubieran hecho a otro y no me tocara en lo más mínimo.
Dejé pasar dos días y entonces le pedí a mi mujer que me transcribiera un cuento. Lo necesito para poner a prueba a Alberto, le dije, y ella se pulió. Fue un trabajo excelente, salvo por las dos letras que empalmó al golpear el teclado con el rostro. La acomodé bien sentada frente a la máquina, borré las letras empalmadas, y corregí. Saqué de la máquina la última cuartilla‚ la engrapé con las otras y me fui a la casa de Alberto.
Es el primer cuento que escribo, le dije, y quiero tu opinión. Leyó interesado de verdad, volteando a verme como diciendo: No pudiste escribirlo tú. Por supuesto, no pudo darme su opinión. Recogí el texto y lo rompí. Luego abandoné la casa sin dueño ya.
Hubo muchas sospechas sobre mí, pero nadie probó nada. Conservo el cuento en el libro. Espero no necesitarlo nunca más.
Elvia intervenía cuando nos notaba acalorados. No vale la pena discutir por tonterías, mediaba. Pero al final siempre le concedía la razón a él aunque la tuviera yo. Alberto se disculpaba y se iba, sólo para regresar al día siguiente con nuevos retos. Por lo general la ironía y la burla plagaban mis victorias. Nunca noté que me excedía, que lastimaba hondamente a mi amigo.
Un día de tantos me desafió: No podrás descubrir al autor de este cuento. Sonreí burlón. Leyó una cuartilla y me miró de reojo. Dejé de sonreír. Media cuartilla más allá me volvió a mirar con una sonrisa de triunfo que ya no se le borró. Antes de que terminara, lo detuve, era suficiente. Los ojos le brillaban satisfechos. Por fin me ganaría una partida. Mi mujer, radiante, se sumó a su euforia. Entonces asesté el golpe: el autor de este cuento tan malo no puede ser nadie más que tú.
La ira transfiguró su rostro pero se contuvo ante la presencia de Elvia. Se despidió intempestivamente y se retiró. Pensé que lo había perdido como amigo, pero regresó tres días después. Me trajo una noticia insólita. Acababa de descubrir la existencia de un cuento cuya cualidad principal era que quien lo leyera quedaría muerto al finalizar su lectura.
Pensé que se trataba de una broma pero me mostró, en un libro antiguo, el ensayo que aludía al cuento. No se mencionaba nada de su tema ni de su trama. Se ignoraba quién lo había escrito. No se sabía si el efecto de la lectura había sido buscado o casual. Lo único que se daba por sentado era que el cuento existía y originalmente estaba escrito en español. Guardé silencio. Podía ser una patraña, pero si no lo era yo debía conocer el texto a toda costa.
En ese momento se despidió Elvia. Alberto me dejó pronto solo, con la inquietante noticia del cuento. Me parecía grandioso que alguien pudiera escribir con tal maestría. Porque si escribir un buen cuento era ya una proeza, lograr que tuviera un efecto letal en el lector era algo excelso. El peligro que implicaba leerlo pasaba a segundo plano.
Sin saber cómo, mientras pensaba en todo esto, me encontré leyendo un libro al azar. Llevaba leída media página cuando me di cuenta. Como mis pensamientos oscurecían la lectura, regresé al inicio y traté de concentrarme, pero fue inútil. ¿Y si ése era el cuento que mencionaba el libro de Alberto? Cerré el libro y lo dejé a un lado. Tomé otro y lo mismo, inicié la lectura sin llegar a concentrarme. Maldito Alberto, sólo a eso había venido.
A partir de aquel día ya no pude leer. Los insomnios me orillaban a permanecer en la biblioteca hasta que iba a la cama cayéndome de sueño. Tan apremiantes eran mis ansias de lectura que apenas cruzaba palabra con mi mujer. Por otra parte, Alberto se empezó a retirar. Me encontraba tan abstraído, tan ausente, que prefería conversar con Elvia o marcharse, hasta que dejó de visitarme. No me importó. Mi única preocupación era aquel cuento imposible.
Entonces empezó la pesadilla. Un largo pasadizo, oscuridad total. Una luz tenue hacia la cual avanzaba. Me enervaba escuchar mis propios pasos. Aún así continuaba. Al final del pasadizo, una luz, la más intensa de cuantas conocía. Poco a poco, mis ojos aturdidos y doloridos se acostumbraban a la embestida de la luz. Un espacio enorme con las paredes infestadas de libros cubiertos de polvo. Tomaba un libro, como si mis manos supieran que era el que buscaba. Un olor a encierro antiguo se desprendía de él. Me atrapaba desde la primera línea. Yo respiraba con dificultad pues el aire se poblaba de polvo. Pero no dejaba de leer. Extasiado ante las palabras, no podía detenerme. De repente me asaltaba la eterna duda: ¿Era acaso el texto buscado? Un escalofrío me advertía del peligro, sin embargo mis ojos parecían condenados, sin escapatoria. El temor no me permitía atender al contenido del cuento, que no me daba al menos una pequeña tregua. Leía sin remedio. El final se vislumbraba. Siete líneas más. Cinco. Tres. Dos. La sensación de caer a un precipicio me despertaba con la boca seca, como si hubieran echado arena en ella.
Las primeras veces buscaba a tientas a mi mujer. Olvidaba que ella dormía en otra habitación. Ajena a mi temor de la muerte al final de algún cuento. Empezar a leer y abandonar la lectura, esa era mi rutina. Como un coito interrumpido con la muerte. A tanto llegó mi ansiedad que me vi orillado a contratar un lector. No niego que tuve mis escrúpulos. Si mi lector moría al encontrar el cuento, ¿no sería yo culpable de asesinato? Pero luego me tranquilizaba: Nadie podría acusarme, excepto Alberto, y eso en el remoto caso de que llegara a relacionar el cuento con la muerte de mi lector.
Así, pretextando que me cansaba la lectura, contraté a mi lector. Tuve la suerte de encontrarlo excepcional. Un muchacho de menos de veinte años, estudiante de letras, que se embelesaba leyendo. La mayor parte de las sesiones se quedaba tiempo extra sin reclamar más pago que el acordado. Conforme terminaba de leer un cuento, iniciaba otro, sin darse ni darme tregua, hasta que no podía seguir escuchándolo. Se obstinaba en continuar pero lo disuadía poniendo como pretexto mi fatiga, sus estudios, sus ojos enrojecidos. Entonces, a regañadientes, tomaba sus libros y se marchaba. No era raro verlo sentado en el cercano parque, continuando la sesión por su cuenta, prescindiendo de mí.
Por ese tiempo descubrí un nuevo entretenimiento: hurgar en las librerías de usado. Para mi satisfacción, había más libros de cuentos que los que me imaginaba. De autores olvidados, publicados en ediciones ínfimas. No me cansaba de comprarlos ni mi lector de devorarlos. Yo escuchaba atento a los finales y a la reacción del muchacho. En vano.
Pero un día, mi lector me abandonó porque había terminado sus estudios y debía proseguirlos en otro lugar. De tal manera que cayó por aquí un escritorcillo que aún no publicaba y hablaba de sus escritos como del ombligo de la literatura. Poco a poco le fui cobrando rencor. Me resultaba insoportable tanta fatuidad. Nunca supe cómo era posible que alguien se la pasara hablando de sus cosas sin fatigarse y sin notar que fatigaba a los demás. Lo que más me fastidiaba era el aire de profesor que tomaba cuando terminaba de leer un cuento, intentando explicarme detalles que me parecían infantiles. Sin sospechar siquiera que el mejor comentario que de él esperaba era su muerte.
En tanto, mis pesadillas no me abandonaban. Mi sueño no se restablecía. Elvia continuaba ausente de nuestro dormitorio. Yo estaba satisfecho con la búsqueda y no extrañaba su compañía. Así que, durmiera donde durmiera, no me interesaba. Mi anhelo principal era el encuentro con aquella narración que no daba señales de existencia.
Entonces ocurrió. Una mañana, terminando de leer un cuento, mi lector se desplomó sin vida. Murió cumpliendo su cometido, lo cual por supuesto nunca supo. Me encargué de los funerales. Sus familiares me lo agradecieron. Sé que no me lo merecía, pero insistieron. Allá ellos. Los acompañé‚ hasta que el escritorcillo estuvo debidamente sepultado.
Por extraño que parezca, mi urgencia de mujer renació aquella noche. Busqué a Elvia en uno de los dormitorios de la planta alta. Pero escuché voces y me detuve. Cuando las reconocí, me acerqué sigiloso. Oculto en mi silencio, escuché y escuché y no supe cómo me contuve. Permanecí así hasta que lo vi salir. No sentí nada. Era como si la traición se la hubieran hecho a otro y no me tocara en lo más mínimo.
Dejé pasar dos días y entonces le pedí a mi mujer que me transcribiera un cuento. Lo necesito para poner a prueba a Alberto, le dije, y ella se pulió. Fue un trabajo excelente, salvo por las dos letras que empalmó al golpear el teclado con el rostro. La acomodé bien sentada frente a la máquina, borré las letras empalmadas, y corregí. Saqué de la máquina la última cuartilla‚ la engrapé con las otras y me fui a la casa de Alberto.
Es el primer cuento que escribo, le dije, y quiero tu opinión. Leyó interesado de verdad, volteando a verme como diciendo: No pudiste escribirlo tú. Por supuesto, no pudo darme su opinión. Recogí el texto y lo rompí. Luego abandoné la casa sin dueño ya.
Hubo muchas sospechas sobre mí, pero nadie probó nada. Conservo el cuento en el libro. Espero no necesitarlo nunca más.
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