Los abuelos vivían en una casa que parecía tren. Los cuartos alineados desde la entrada hasta el patio, uno detrás de otro, como vagones de tren, siempre me dieron esa sensación. Pero lo más impresionante era su profunda oscuridad. No importaba si se instalaban focos del más alto voltaje, la oscuridad era tan densa que no me explicaba cómo no salía uno de aquella casa manchado de sombras.
Al abuelo le disgustaba la oscuridad y se vivía quejando de ella. Sobre todo porque para leer debía salir al patio; de modo que, al terminar, regresaba encandilado a la casa.
—¿Qué hiciste ahora de comer? —le decía a la abuela.
—Pos de veras que te estás quedando ciego, Miguel —se disgustaba la abuela, acostumbrada a estar metida en la oscuridad de la casa.
—Es esta maldita casa —justificaba el abuelo—. Ojalá pudiéramos cambiarnos a otra con más luz.
—¿Con más luz? ¿Y dónde vas a encontrar otra con más luz, por el mismo precio?
El abuelo se resignaba a medias y comía a ciegas, hasta que su paladar le descifraba los sabores y se enteraba de lo que estaba comiendo.
—No soy tan ambicioso. Me conformaría con un cuarto, aunque fuera uno solo, con luz suficiente para leer a mis anchas.
La abuela movía la cabeza negando, desaprobando los sueños del abuelo, pero sin dejar de sonreír comprensiva. Y se quedaba a lavar los trastes, mientras el abuelo se iba a atender el estanquillo en el crucero.
Una mañana, la abuela, asombrada, despertó al abuelo.
—¡Miguel! —lo sacudió. El abuelo andaba en lo más profundo de los sueños—¡Despierta, Miguel!
—Déjame otro ratito.
—¡Nada de otro ratito! ¡Ven, quiero enseñarte una cosa!
El abuelo se desperezó y siguió tambaleante a la abuela. Ella se detuvo en el tercer cuarto, contando desde la avenida.
—Mira.
—Qué.
—Esa puerta.
El abuelo se restregó los ojos para apreciarla mejor. Era una puerta, sí, pero o nunca la habían notado o jamás había estado ahí. Una rendija de luz se colaba por debajo de ella. El abuelo terminó por despertar y no esperó más: la abrió. Encontró un cuarto iluminado y repleto de libros. Paseó la mirada feliz sobre los lomos mientras la abuela, cautelosa, permanecía afuera.
—Sal de ahí, Miguel, no vaya a venir el dueño.
—¿El dueño? ¿Cuál dueño?
—El de los libros.
El abuelo, fuera del mundo, hojeaba uno de los libros, olvidado de la abuela, deslumbrado ante el hallazgo.
—Se te va a hacer tarde.
—¿Qué?
—¿No piensas abrir ahora el estanquillo?
—Abre tú si quieres.
La abuela se vistió y salió molesta a atender el estanquillo. El abuelo no se apareció en todo el día. Cansada, de mal humor y mal comida, cerró temprano. Y en lugar de regresar a la casa, entró a la de la vecina del lado sur. Cuando salió de ahí, en el rostro se le dibujaba un miedo que no podía esconder. Entró a la casa tren y encontró al abuelo embebido en la lectura.
—¡Miguel!
—Qué —dijo el abuelo sin dejar de leer.
—¡Sal de ahí, por lo que más quieras!
Él levantó la vista, señaló la página que leía, cerró el libro, lo acomodó entre los otros y salió.
—Ese cuarto es obra del demonio —sentenció la abuela.
—Pos será, pero nunca había leído tan a gusto.
—¡Ese cuarto no existe, Miguel!
—¿No? —sonrió el abuelo y volteó sobre su hombro hacia el cuarto— ¿Qué no lo estas viendo?
—Quiero decir que no es de este mundo. Fui con la vecina, busqué señales del cuarto y no hay nada: La casa de los vecinos está igualita que ésta, larga, larga, sin cuartos para este lado. Ni rastro de este cuarto.
—¿Y eso qué importa si el cuarto está aquí? —contestó el abuelo disponiéndose a salir de la casa— Ya me voy, porque se me va a hacer tarde.
—¿Adónde vas?
—Al estanquillo.
—¿Sabes qué horas son? —lo miró la abuela ya de plano enojada.
—Van a ser las seis.
—¡Sí, pero de la tarde!
El abuelo se asomó a la avenida y lo comprobó. Se rascó la cabeza y sonrió.
—¡Cómo se va el tiempo! —dijo y, como no queriendo, se metió de nuevo al cuarto iluminado, ante la mirada impotente de la abuela, que no tuvo más remedio que irse a preparar la cena.
—¿No piensas cenar? —dijo al poco rato.
—No tengo hambre.
El reflejo del cuarto era molesto para ella. Se removía de un lado a otro, intentando dormir.
—¡Ya apaga esa luz! —gritó en un momento, desesperada. El abuelo se concretó a cerrar la puerta.
Fue lo último que se supo del abuelo. A la mañana siguiente, no había ni rastros de aquella puerta. La abuela todavía se acuerda y llora. Pero yo no me entristezco, porque sé que, donde quiera que esté, el abuelo es feliz, haciendo lo que más le gusta. Y quizá para él aún sean las seis de la mañana de aquel día.
viernes, diciembre 07, 2007
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2 comentarios:
Gracias por darme tu dirección, ahora tengo un poco de prisa, pero ya la he agregado a favoritos y la veré tranquilamente, si me das tu permiso, publicaré más en mi blog. Besitos desde España.
Por supuesto, Alana.
Puedes publicar los textos que desees. Sólo cita al autor y la fuente, si no es mucha molestia.
Saludos desde Monterrey, México.
J. R. M. Ávila.
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