viernes, noviembre 23, 2007

Buscando a mamá

Papá nos llevó a visitarla durante casi dos meses, domingo tras domingo. Pero luego pasó lo que tenía que pasar: conoció a otra mujer. A veces pienso que ya la tenía preparada, como previendo la muerte de mamá. Ella nunca lo supo. No tuve el valor de llegar a su tumba y contárselo. Sería por sus consejos: debes ser bueno, ayúdale a tu papá con tus hermanos, porque solo no va a poder. Y a mí me entraba el coraje pensando en lo solo que se la pasaba con la otra mujer, tan descarada que no se detenía delante de nosotros para sobarle sus cosas a papá. Ante eso, me daba vergüenza y me salía antes de que me echaran fuera, como hacían con mis hermanos. Y ahí nos estábamos toda la tarde, hasta que se hartaban de estar juntos y abrían la puerta muy orondos, como si nada.

Papá, con la baba caída, como si su nueva mujer le hubiera dado a tomar una hierba azonzadora, no reparaba en mí ni en mis hermanos. Mucho menos iba a acordarse de mamá. Por eso, cuando ella preguntaba por él, mejor le hablaba del buen tiempo que hacía, de la salud de mis hermanos, de cómo crecían y progresaban en los estudios.

Como si lo viera ahorita, recuerdo el domingo aquel en que sin esperar su orden, me bañé y me cambié‚ para acompañarlo. En vano todo, porque me dijo: ya me voy, cuida mucho a tus hermanos. Pregunté‚ por qué no lo acompañábamos al panteón como los otros domingos. Contestó que tenía un asunto pendiente y salió. Sentí algo como tristeza que también podía ser coraje o sentimiento. Pero no lloré. No tenía aún diez años, pero en ausencia de papá era yo el que quedaba al mando y tomé muy a pecho mi papel.

El panteón estaba a tres cuadras de la casa y pensé que si papá tenía otras ocupaciones, bien podía llevar yo a mis hermanos a la tumba de mamá. Y no esperé su permiso. Los arreglé lo mejor que pude y salimos. Ni más ni menos igual que los otros domingos. Una rezada y un rato de silencio hasta que mis hermanos se pusieron a jugar y terminaron peleándose por unas flores que encontraron en otra tumba. Los convencí de adornar con ellas la de mamá y el pleito terminó.

Así he conocido gentes que roban las flores de otras tumbas. Dizque se las encuentran. No sé a quién engañan. Con la mayor desfachatez vienen y les interrumpen a los muertos su descanso eterno. Se emborrachan y hacen días de campo, se burlan de la muerte. No se enteran que detrás de cada flor que crece en el panteón, los muertos escuchan y ven. Pero esas gentes no lo entienden. A los que mueren les urge un nuevo cuerpo, un cuerpo sin achaques. Y lo encuentran renaciendo en flores silvestres, flores de muerto, para que otros, en un rato de zoncera, vengan y las destrocen, para dejar morir a sus muertos por segunda vez.

Total, que aquel domingo volvimos antes de que el sol bajara, pero papá no regresó sino por la noche. Esto se repitió varios domingos hasta que llegó la nueva mujer. Y a partir de entonces, todos los demás días llegando de la escuela, comía y me escapaba al panteón a platicar largo y tendido con mamá. Hablábamos de tantas cosas que no podría enumerarlas una por una. Me preguntaba por papá y yo la distraía con el olor de las flores, con lo sucio que se ponían las tumbas vecinas, con cuentos que le inventaba. Nunca me atreví a contarle una mentira. Nunca le dije de la mujer que papá había llevado a la casa en su lugar. Le hablaba de otras cosas: que ya pavimentaban la colonia, que ya había terminado de estudiar mi primaria, que ya teníamos televisión. No venía al caso mortificarla más de lo que ya estaba en su tumba.

Le preguntaba si no se cansaba de vivir siempre acostada, si no sentía mucho frío allá abajo, si no le faltaba el aire. Preguntas tontas, pues bien sabía que a ella nada le faltaba ya. Era por sacarle plática. Pero nunca quise preguntarle cómo era allá donde ella estaba. Tal vez me prevenía contra un miedo que podía convertir mis sueños en pesadillas.

Nunca pensé en que ella no vivía ya, en que se le pudrían los sesos, si es que no se los habían comido los gusanos. Y que no había modo de remendar lo carcomido. Los agujeros negros en su cerebro. Su materia gris convertida en túneles huecos y oscuros. Nunca pensé en su cerebro antes lúcido y entonces ya acabado. Pero cuando me descuidaba y empezaba a pensar en todo eso, prefería abandonar su tumba, irme lejos, hasta que volvía a escucharla llamándome. Y me hablaba de vecinos acabados de enterrar, de las molestias que le causaban con sus gemidos, no acostumbrados a la muerte. Y me olvidaba de sequedades y pudriciones, o fingía tan bien que yo mismo me convencía de que ella aún estaba viva.

Vivía más tiempo en el panteón en que mamá pasaba su muerte que en mi casa. Ahí me acostumbré a oír a los muertos. Gente de otro mundo, buena gente. Era una maraña de voces cada que la visitaba, cuando llegaba a dormirme sobre su tumba. Eso si hacía buen tiempo, porque luego se dejaba caer un frío que hasta a los muertos les calaba en los huesos allá adentro. Y cómo no iba a calarles, tan descarnados como estaban, sin el abrigo de sus antiguas carnes, sólo cubiertos por una caja y una lápida, tan frías que daban ganas de encender fuego sobre ellas, si no fuera por el temor de que cargaran conmigo no nada más la policía sino hasta los loqueros. Los vivos, con el abrigo de la carne, la ropa y las cobijas, sentíamos frío. ¿Qué no sentirían los muertos allá abajo, tan oscuro, tan frío, tan lleno de muerte?

De todos modos, ningún lugar mejor para descansar que un panteón. Será que crecí entre tumbas, y los panteones han sido como mi casa. La diferencia entre un panteón y una casa la hacen los muertos. Ellos ya no necesitan nada. En cambio, entre los vivos no faltan envidias ni ambiciones. Y como yo nada envidio y nada ambiciono, encuentro agradable la compañía de los muertos. Uno quisiera tener por siempre vivos a sus muertos. Como yo, hay miles de fieles a sus difuntos, hasta que la muerte los reúne y sólo Dios sabe qué encontrarán allá. Nunca entendí aquella fórmula del matrimonio: hasta que la muerte los separe. Por un lado, los sacerdotes se la pasan predicando la vida eterna y por otro limitan el matrimonio hasta la muerte. Nunca lo entenderé.

En mis años de secundaria me empezaron a tildar de Profanador, de Muertero, de Loco, de Panteonero. Todos aquellos apodos me calaban pero me aguanté. Mis compañeros se cansaron, vieron que no me molestaba y dejaron de burlarse. Aunque los apodos se me quedaron al grado de que todavía atiendo cuando me llaman por alguno de ellos.

Por aquella época empezaron los rumores de que cambiarían de lugar el panteón donde estaba mamá. Decían que cargarían con muertos y tumbas y se los llevarían para otros panteones. Si querías que a tus difuntos los enterraran en buen lugar, tenías que pagar. Si no, como quiera se los llevarían, pero los meterían a una fosa común. Luego supe que eso era un pozo muy grande en el que echarían revueltos los huesos de los muertos por quienes nadie pagara.

Asustado por la idea de perder para siempre a mamá, o lo que de ella quedaba, le supliqué a papá que pagara. Su rostro se puso serio y dijo que no tenía con qué. Así que traté de reunir la cantidad que pedían. Por las tardes de entre semana y los sábados y los domingos enteros, trabajé duro. Pero de nada sirvió. Todavía no completaba la mitad del dinero cuando desapareció el panteón y empezaron a construir una escuela. Y ya no pude averiguar el paradero de mamá.

Desde entonces me la paso de panteón en panteón. Hay tantos en la ciudad que no he alcanzado a recorrerlos todos. Tengo que irme con calma, despacio. No quiero que, por un descuido mío, mamá se pierda para siempre. No me atrevo a pensar en lo que sucedería si por las prisas me pasara de largo sin reconocer su tumba. No sé cuánto tiempo tendría que transcurrir para que yo regresara a ese panteón.

Por eso me detengo, me demoro leyendo los nombres de las lápidas, escuchando con paciencia las voces de los muertos en sus tumbas, acordándose aún de cuando habitaban los vientres de sus madres. Así se sienten, como fetos sin vida. Muertos que jamás serán dados a luz, que permanecen en una preñez eterna de la tierra. Se sienten en la tranquilidad del vientre materno, sin preocupaciones, sin pendientes. Sólo penan quienes todavía no se acostumbran a la muerte.

Los interrogo. Les pregunto por mamá. Algunos se niegan a hablar. Que los deje descansar, dicen. No todos son así. Otros darían la vida, si la tuvieran, por que alguien los escuchara. Y ahí es donde entro yo. Dejando que hablen de ellos. Sobre todo de lo que dejaron de hacer en vida. Se quejan de eso. Me apena interrumpirlos. Los dejo hablar hasta que se hartan y entonces les pregunto por mamá y nadie sabe. Lo más que han llegado a decirme es que no todos los muertos salieron de aquel panteón. Dicen que encima de ellos construyeron la escuela. Eso no es nuevo para mí. Mucha gente habla de niños a los que se les aparecen almas en pena a todas horas. Nadie les cree. Yo no sé si creer.

Me canso cada vez más. A mis setenta años se me ocurre pensar que no vale la pena buscar más. Pronto me reuniré con ella. Lo que me preocupa es que no me reconozca. Los muertos no envejecen. Y ella murió en sus cuarenta años. De modo que cuando muera yo, voy a parecer su papá más que su hijo. No le temo a la muerte. He vivido siempre a su lado. Lo que temo es no poder descansar en paz, tener qué seguir buscando a mamá aún después de muerto, como alma en pena.
Es fecha de que mamá debe haberse enterado de la otra mujer de papá. No quisiera oír sus recriminaciones. Ojalá pudiera encontrarla antes de mi muerte y explicarle todo.