Leche. Leche de mujer. El viento me trae el olor y me lo encaja en la nariz. Me tienta y no me resisto. Es inútil. Sigo su huella cada vez más fuerte. Ya no soy dueño de mí. Crujen a mi paso las hojas secas. Los pájaros me presienten y se desprenden asustados de las ramas o los nidos. Por un momento olvidan a sus crías y vuelan lejos de mí.
No me detengo. El llamado es urgente. Me apresuro. Sé que puedo llegar tarde y los pechos de la mujer para entonces estarán vacíos, sin una gota para mí. No importa si me descubren. Nada hay más apremiante en este momento que dos pezones turgentes, abultados, rebosantes. Nada más a mi alrededor.
Ya veo la casa. El olor casi me arrastra, pero aquí despierto a la realidad. Tal vez la mujer y su hijo no estén solos. Debo cerciorarme. Rondo y no encuentro manera de entrar. Me asomo a la puerta con sigilo. Quizás una hendidura me permita colarme al interior.
El olor se condensa en mi nariz. Me nubla la visión. Casi me ciega. Si sus efectos duran un poco más perderé el sentido. Desespero. Estoy a punto de lanzarme contra la puerta cuando el viento la entreabre. El viento otra vez de mi parte. Primero me llevó el inquietante olor y ahora, cómplice ideal, me allana el camino.
Nadie me ve. Nadie se percata de mi entrada. Me deslizo bajo la puerta y encuentro una oscuridad desconocida, más tenue que la noche. Me mantengo inmóvil hasta parecer piedra. La claridad llega y el aroma impregna la casa. No sé por dónde empezar la búsqueda. Pronto conseguiré mi propósito. Mientras tanto, me sofoca la desesperación. Quisiera destrozarlo todo, olvidar la prudencia y atacar sin miramientos a la mujer.
A mi paso veo un recipiente casi vacío. Dudo por un momento. Observo el líquido blanquecino y me digo que no pude equivocarme tan redondamente. Venir desde tan adentro del monte sólo a darme cuenta que el llamando no era para mí, o de que envejezco al grado de confundir la leche de mujer con la de vaca.
Advierto una presencia hostil. Me repliego temblando hacia un rincón. Es un gato en actitud de ataque. Corta mi respiración con su mirada de filos negros. Bufa amenazador y me quedo quieto. No sé cuánto tiempo transcurre hasta que se desentiende de mí. Luego, se bebe la leche y sale de la casa. Me mantengo aún en mi refugio, me sacudo el miedo mientras paso junto al recipiente. Pfuá. Me retiro asqueado. Esa leche no se hizo para mí. El asco me empuja a salir de la casa. Pero cuando casi cruzo el umbral, el olor se reaviva en mi nariz. Ah, dos pechos de mujer. Aún no los veo, pero estoy por llegar a ellos. Leche de vaca, volteo y veo el recipiente, qué asco. Y pensar que pudo despistarme su nauseabundo hedor. Avanzo sigiloso. Ellos no son como yo. Poseen la extraña cualidad de descubrirme aunque no me vean ni me huelan. Por eso debo ser cauteloso. Por eso procuro no deslizarme en falso.
No me equivocaba. Tendidos sobre la cama, están el niño y la mujer. Pero por encima de todo, los pechos rebosantes que suben y bajan al ritmo de la respiración, me atan, me clavan al suelo. Permanezco así hasta que me alerta un movimiento del niño. Pronto despertará y ella le ofrecerá su leche. Debo actuar con rapidez y precisión para que todo salga bien.
Me deslizo sobre la cama. El niño me presiente y se estremece. Si no me apresuro despertará. Primero me hago cargo de él. Luego me acerco a un pezón. Quisiera abarcar los dos a un mismo tiempo, pero es imposible. En este instante quisiera tener dos cabezas, dos hocicos para succionar ambos pechos a la vez. Pero me conformo con gozar uno y desorbitar mis ojos en la contemplación del otro.
La mujer se remueve, se desabotona la blusa para que su bebé, que ahora soy yo, se alimente a sus anchas. En este instante sólo existen sus pechos. Si quisieran deshacerse de mí, bastaría con que envenenaran su leche. No me importaría. La mujer y el pequeño permanecen tranquilos. Y en medio de ellos, yo. Una cadena perfecta. Tal vez en el fondo lo que busco no es la leche, sino la suave sensación de los pezones en mi hocico. Pero eso poco importa. No me detengo a pensarlo.
Sin darme cuenta, agoto un pecho y cambio goloso al otro. He saciado mi necesidad de leche pero pudiera pasar una eternidad prendido a los pezones. La luz aminora. Pronto la casa se poblará de nuevo. Desciendo de la cama y me detengo. El niño despierta y la mujer se lo acomoda al pecho vacío. Ambos, madre e hijo, me sustituyen. Me deslizo aún en éxtasis por la casa y salgo. Tal vez regrese mañana.
viernes, octubre 12, 2007
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