No me gusta despertarlos a estas horas de la noche. En cuanto sienten la luz de la linterna, preparan los aguijones como si quisieran encajárselos. Recorro las jaulas con la mirada. Donde la luz va cayendo, los animales despejan un camino. Luego vuelven a ocupar sus lugares sin olvidarse de amagar llenos de cólera. En este instante no perdonarían a sus propias madres. Sin vacilaciones las atravesarían con su veneno.
No los atosigo más. No hay novedad. Todo está en su lugar y puedo irme tranquilo. El recuerdo de los pechos de mi mujer me apremia a abandonar el criadero. La noche es tan cerrada que si no conociera el camino tendría que encorvarme para ver dónde piso. Oigo mis pasos como si no me pertenecieran, como si se tratara de algo ajeno.
Me detengo y un silencio sospechoso se apodera de la noche. De repente un ruido se desliza entre las hojas caídas; se aleja y me quedo escuchando cómo la noche se mueve apenas con un leve rumor. Avanzo de nuevo y las hojas crujen bajo mis zapatos. Me estremezco imaginando que piso diminutos esqueletos.
Sé bien que ella no me espera. Estará dormida, soñando sueños que jamás recuerda. Es extraño que yo no recuerde mi sueño de anoche. Sólo imágenes confusas. Rostros de niños angustiados. El miedo se me agolpa en los pies. Ya no es como si pisara esqueletos diminutos, sino aguijones venenosos, y no encuentro el motivo.
Me acerco al tejabán. Su forma se ve más oscura que la misma noche. No quiero despertar a mi mujer. Hace mucho que no regreso antes de lo calculado. Me gusta encontrarla dormida: para cuando despierta ya no tiene remedio. Se me entrega sin pretextos de cansancio, sin trabas. La desconozco. Parece otra mujer la que me comparte su cuerpo. Por eso me gusta llegar así, sin ser sentido, de sorpresa, como ahora.
Me detengo antes de entrar. Oigo jadeos de hombre, gemidos de mujer que no son de dolor sino de gozo. Las ventanas y las puertas, cerradas; la luz, sin encender. No hay modo de ver lo que adentro sucede, pero lo adivino. Es ella. Ella con otro. Ellos contra mí. No importa quién es ese hombre. Es mi enemigo, sin importar quién sea, y nadie podrá convencerme de lo contrario. Sería fácil entrar y sorprenderlos, acabar con ellos sin conmiseración. No la merecen ni uno ni otra. Aunque bien pensado tal vez él sea el menos culpable. Es ella la que se le abre de piernas; ella la que ha jurado serme fiel hasta la muerte. No se queja: goza entregando a otro lo que me pertenece.
Parecen tirarse dentelladas y acertar, según gimen. Cualquiera que la haya escuchado hablar conmigo, pensará que me equivoco. Como cuando hablamos de los alacranes en el criadero. Primero les tuvo miedo y luego le dio por apreciarlos. Hasta bien empezó a hablar de ellos, como de los hijos que no hemos tenido. Bien que lo dice cada que se les acerca y les hace arrumacos. Como para que yo oiga, echándome en cara los hijos que no le pude hacer. Es su venganza por los hijos de los que la he privado. Aunque siempre ha dicho que no importaba, que sus hijos eran los alacranes.
A mí nunca me gustó la idea de ser su padre. Ni a ellos les habría simpatizado. Los trato con respeto porque les temo. Nunca he podido sacudirme el miedo a que un día, el menos pensado, de repente alguno me clave su aguijón. No es miedo a morir. Es algo diferente y no sé cómo definirlo. Temor a sentir su contacto, como si en lugar de envenenarme me fueran a contagiar un mal incurable.
Ahí sigue mi mujer, gimiendo, disfrutando el lancetazo que me asesta, entregada a otro. Fornicaba con una alacrana, por eso nunca pude preñarla. Intentaba una cruza imposible, contra natura. Su caricia era una trampa: pinzas que me inmovilizaban para mantenerme a su merced.
Los jadeos se agotan. Las voces dejan de enlazarse, de entregarse, de asediarse. El silencio del tejabán apenas se rompe con dos respiraciones agitadas. Luego un ajetreo inesperado. El roce de ropas que alguien se viste. Quizá sea ella quien lo viste amorosa. Y él, confiado, se deja atenazar, como yo, por la alacrana. No sabe que de repente como a mí, a él también le envenenará la vida.
Unos pasos se dirigen a la puerta. Dos voces satisfechas, sin remordimientos, temblando todavía por lo que acaban de gozar. Y aquí vienen ya. Entreabren apenas para que no se escape ruido alguno. Tal vez se asoman para asegurarse de que nadie los vea salir. Es una precaución que dura poco. Desde la oscuridad, agazapado, miro cómo se abrazan sus siluetas, dos sombras confundidas con la de la noche. Y así se quedan, como si les doliera separarse, hasta que él se aparta, se despide y se aleja destrozando las hojas secas a su paso. Nos quedamos mi mujer y yo. Ella, creyéndose sola, respira satisfecha, entra al tejabán y cierra. Yo me quedo aquí, con el corazón a punto de dolor, pero no me venzo.
Tal vez debiera rodear el tejabán con fuego y hacerla reventar, como cuando me preguntaron si los alacranes se suicidaban al ser rodeados por el fuego y no lo supe. Pero no me quedé con la duda. Formé un cerco de ramas secas, muy cerrado, y encendí fuego. Y justo en medio solté un alacrán. El pobre quiso escapar pero lo detuvo el fuego. No tuvo escapatoria. Esperaba que de pronto, acorralado, se encajara el aguijón, pero no. Prefirió morir reventado antes que suicidarse. No es que lo haya elegido sino que no tuvo opción.
Abro la puerta y mi mujer se finge dormida, profundamente dormida. Qué linda se ve así, tranquila, como quien no mata una mosca. Viéndola dormir, olvido su traición. Parece invitarme: acércate, soy tuya, de nadie más. Y me hundo en el abismo de sus piernas. Olvido que las huellas del otro están aún vivas en su piel. Me aproximo y la acaricio; y ella, como entre sueños, me dice que no puede, que anda en sus días de luna. Y pienso en el otro y maldigo en silencio. Ella se voltea hacia su lado en la cama, dándome la espalda, y es todo lo que alcanzo a soportar. Con el odio envenenándome las venas, salgo dando un portazo.
Espero todavía que una palabra suya me detenga, pero la espero en vano. Siempre he esperado demasiado de ella y sólo se entrega a cuentagotas. Aunque me duela.
Camino sin saber a dónde ir. El sueño de anoche era de alacranes. De niños y alacranes. Muchos, miles de alacranes avanzando, amenazando de muerte a los niños. Sí, eso fue. No apresuro a mi memoria. No es necesario. Todo a su tiempo. El sueño vendrá poco a poco. Cuestión de esperar. Me detengo dudando, sin saber qué hacer.
Abro el criadero y un rumor acechante se esparce en el ambiente. Me estremezco. No enciendo la linterna. No quiero ser una molestia para los alacranes. Tal vez ahora mismo se aparean. Quizás hayan tenido esta noche mejor suerte que yo. Con una jaula pequeña es suficiente. La tomo y la sopeso. Bien cargada de veneno vivo, hirviendo en el cuerpo de los animales. Salgo y cierro con mucho tiento. Podría llegar al tejabán con los ojos vendados. Pero no quiero hacerlo a ciegas. No quisiera perderme ningún detalle.
Procuro no agitar tanto la jaula. Se podrían enfurecer como aquellos de mi sueño. Eran tres niños paralizados de miedo. Retrocedían paso a paso, hasta que, sin esperarlo, a sus espaldas encontraban una pared que les impedía ir más allá. Apenas lo recuerdo. Yo también era un niño en el sueño, pero lo veía todo desde el filo de una pared, a salvo. Era un jacal de adobe, con las paredes ruinosas, a punto de derrumbarse, y sin una paja de techo encima. Debo haber soñado que era de día, porque no recuerdo ni una sombra siquiera que atajara la ruta de los alacranes.
Como si me doliera el recuerdo, algo se me anuda en la garganta, igual que cuando quiero llorar y no puedo. Miro cada vez más cerca el tejabán. El rumor crece en la jaula. Son tal vez los alacranes enarbolando al unísono su declaración de guerra. Están más que furiosos porque les interrumpo el sueño, y es lo peor que a alguien le puede suceder. Un sueño roto es peor que una cópula malograda. Por eso se revuelven en la jaula, amagando con atacar cuanto se interponga en su camino. Nada tan acorde a mi propósito.
Un búho se lamenta temeroso. Parece presentir lo que mi mente apenas redondea. Quizás atisba lo que va a ocurrir. Estoy enfrente del tejabán y hasta ahora recapacito: ya no me cuido del crujir de hojas secas bajo mis zapatos. Mi mujer estará durmiendo tranquila, sin remordimientos, como si hubiera realizado su obra buena de la noche. Mejor así.
Me decido al fin y abro la puerta, ahora sí sin ruido, pues no quiero despertarla. No sabría explicar esta jaula entre mis manos. Dejo abierto para que la noche entre. Si fuera gato no tendría que esperar pacientemente a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad, pero no importa. De sobra conozco el camino. La respiración pausada de mi mujer me sirve de guía. Casi juraría que aquí adentro la noche es más apretada y a duras penas me permite avanzar.
Mi oído se acostumbra a las sombras antes que mis ojos. Siento a los alacranes vibrantes de ira tras la tela de la jaula. Los oigo o quizá lo estoy imaginando. Sus aguijones enhiestos se preparan para el ataque. Finalmente me detengo frente a la cama. El olor del otro aún se regodea en mi lecho. Hay hormigas caminando adentro de mis venas. Es la furia madurando en mi sangre y nublándome la razón.
Siento un vértigo concentrándose en mis manos y que no puedo controlar. Mis manos ya no me pertenecen ni me obedecen. Les abren la jaula a los alacranes que se dispersan. La cama es toda suya. Sin pensarlo, sacudo la jaula hasta vaciarla. Luego la cierro, enciendo la linterna y me cercioro de que no ha quedado adentro un solo alacrán. Es todo. Apago y camino hacia la puerta pero me detengo. La tentación de alumbrar el cuerpo de mi mujer está a punto de vencerme. Casi caigo en la tentación, pero resisto. Mi mujer se remueve en la cama y me conformo con imaginar. Los alacranes no esperaban verse libres. Se quedarán quietos, sin saber qué rumbo tomar. No importa: ya decidirán.
Cierro la puerta al salir, sin dejar de pensar en el cuerpo de mi mujer invadido de animales a punto de atacar, acechando algún movimiento brusco. Me alejo sintiendo que la furia no era mía sino de los alacranes y que se ha quedado con ellos, adentro del tejabán, amenazando a mi mujer.
Y es ahora, cuando habré caminado unos treinta pasos, que escucho el primer grito, más bien un alarido, como si le arrancaran la piel viva, sin misericordia. Me detengo, levanto la mirada y contemplo una nube de estrellas. Estrellas hasta el cansancio. Parecen fulgurar para mí y para nadie más. Casi diría que son de una belleza insoportable. Nadie podría abarcarla: dos ojos son poca cosa para verla. Y aún en el caso de que toda la gente que vive en el lado de la noche la viera ahora, ni aún así, con millones de ojos se podría abarcar tanta belleza. No creo que esas estrellas se hayan agrupado por casualidad o a su antojo en el firmamento. Detrás de ellas debe haber algo más.
Estoy parado aquí, deslumbrado y sin habla, casi ciego con tanta belleza. Y así, de repente, reanudo el camino hacia el criadero. Un nuevo alarido de mi mujer me ayuda a recordar el sueño de anoche. Es asombroso cómo en medio de la noche, de una noche tan oscura, puedo recordar un sueño tan luminoso. Estaba sentado al filo de una pared, con el sol cayendo a plomo y, emocionado, disfrutaba el placer de provocar la muerte ajena. Los tres niños ya no tenían hacia dónde retroceder. Me miraban suplicantes, en silencio. Ni ellos ni yo sabíamos de qué me vengaba. El suelo polviento de la casa derruida se tapizaba de alacranes que avanzaban implacables, amenazantes. Los niños me tendían las manos para que me apiadara y los rescatara. Y yo no tuve el menor asomo de misericordia. Era mi sueño y eran mis cautivos. Yo ponía las reglas y estaba en mi derecho de ser cruel. Que cada cual gobierne en sus propios sueños. En ese momento yo no era yo. Como tampoco soy yo mismo ahora que acomodo impasible la jaula vacía en su sitio.
Los alaridos de mi mujer no me alteran, como tampoco los gritos de súplica de los tres niños me ablandaron. Los alacranes, fuera de sí, hervían de furia, a punto de asestar el primer aguijonazo. Entonces fue cuando sentí el cosquilleo caminándome por las piernas. Asustado por el recuerdo, enciendo la linterna y no encuentro un solo alacrán en mi ropa. Eso sucedió sólo en mi sueño en el que los alacranes se desentendieron de los tres niños y enfilaron hacia mí. La alfombre de veneno me rodeaba poco a poco. Desesperaba por despertar pero me era imposible. Cierro los ojos y aún así sigo recordando. Estoy condenado a hacerlo aunque no quiera.
Un alacrán caminaba por mi pantalón y otro y otro más, cientos, miles. Yo miraba con atención, paralizado, y descubría que no eran alacranes sino alacranas. Sobre sus lomos llevaban a sus hijuelas, que cargaban a su vez, sobre sus propios lomos, a sus crías, hembras también, que soportaban a sus propias hijuelas, y así hasta que no se distinguían más, por su pequeñez.
El terror ya sólo me permitía ver alacranas subiendo por mi ropa, enredándose unas con otras, tropezando en su afán de deshacerse del veneno que se les desbordaba y entorpecía sus movimientos. Un alacranero hirviente de odio. Mis ojos eran inútiles, como con las estrellas, para abarcar tanta amenaza. Algunas hembras se encajaban entre sí los aguijones, intercambiando veneno, estorbando con sus cadáveres el paso de las demás. Ninguna inmune a su propio veneno, que ardía en deseos de ser liberado. Alacranas de todos tamaños, algunas tan pequeñas como granos de polvo, que a su vez llevaban sobre el lomo crías hembra, repitiendo la amenaza hasta el infinito, avanzando hacia mí, lenta, muy lentamente.
Salgo despavorido del criadero. Sudo frío. Me encuentro exhausto. El corazón me late como si hubiera corrido horas y horas a campo traviesa. Fue un sueño. Fue una pesadilla. Me lo repito una y otra vez. Ya pasó. Intento convencerme, mientras me sacudo desesperado la ropa, como queriendo deshacerme de las alacranas de la pesadilla. Inútilmente me sacudo. Igual que si quisiera sacudirme el último alarido de mi mujer, que se acaba de hundir para siempre en la noche.
viernes, septiembre 28, 2007
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