Cómo cala pisar sobre huesos. Así lo haga con tiento, le lastiman las plantas de los pies, desnudas igual que el resto del cuerpo. No ha sido la excepción. Así subieron los otros. Ahora yacen sin piel, descarnados hasta la médula. Huesos ancestrales que parecen gozar hiriendo. Cae pero no le importa, se frota las heridas sin consideración a sí mismo y se incorpora para seguir avanzando. Cuando llegue a la cima, ¿quién recordará lastimaduras tan leves como la vida en este osario?
Ni atajos ni veredas. El escalador improvisa su camino. La montaña se despliega por doquier. Encaja su cima de esqueletos en las nubes. Tal vez presenciarlo sea ya una victoria. Desde pequeño supo que estaba destinado a conquistarla. Cada vez que alguien se empeñaba en escalarla, venía a verlo con el morbo de ver frustrado el intento. Estaba convencido de que nadie lo conseguiría antes que él. Esa convicción jamás lo abandonó. No descarta, al ascender él mismo ahora, que entre la multitud se encuentre otro niño anhelando a también su fracaso. Se detiene y escudriña los rostros allá abajo. Demasiado lejos para ver sus expresiones. Sonríe al escuchar el clamor. No lo vitorean. Suponen que el ascenso llega a su fin. Se limita a dirigirles una señal obscena y prosigue.
Los esqueletos se resquebrajan bajo su peso. La maraña de huesos demora el avance. Tantea al pisar cada peldaño óseo. El ascenso es cada vez más difícil. Los crujidos secos le improvisan miedos ignorados hasta hoy. Teme por momentos que, de pronto, una voz le reclame por interrumpir su paz. Pero no se detiene hasta el final, cuando llega a la cima.
En el lecho del cráter encuentra, desnudos, petrificados, cientos de restos de seres humanos en infinitos procesos de movimiento detenido, como si un encantamiento les hubiera suspendido la vida, aplazándoselas para tiempos más propicios. Quien escala esta montaña, le han dicho desde siempre, tiene asegurada la vida eterna, pero corre el riesgo de quedarse en el camino, como se han quedado los miles de esqueletos que yacen en las laderas. Todos los que han quedado en el camino deben haber pensado igual que él: Vale la pena. Tal vez tenían los días contados y su plazo estaba por agotarse. Sin embargo no llevaron las fuerzas suficientes para la conquista.
Pero él, con el mal atravesándole el cuerpo, no se deja vencer. El agua que brota del volcán lo protegerá de la muerte. Es su esperanza final y debe jugársela. El ascenso ha sido agotador mas no importa. Está aquí, por fin, al borde de una vida nueva. Bastará dirigirse al manantial y beber. Pero hay algo que no acaba de gustarle. Algo raro sucede con esta gente al parecer petrificada. Se trasluce aún en su aparente inmovilidad. Parece deambular sobre el lecho del volcán. No se aleja de ahí, sólo deambula. Cualquiera diría que avanza en círculos encima de la lava muerta. Pero aunque a simple vista no se nota, su movimiento retardado es un hecho.
Mira con atención. Son ancianos principalmente, aunque no escasean jóvenes y niños. Las expresiones de sus rostros son de abandono. ¿Qué extraño escultor se ha entretenido moldeándolos de tal manera que contagien su abandono? La ilusión que lo ha traído hasta aquí casi se derrumba. Descubre a una bella joven cerca de él y no puede resistirse. Con la palma de la mano izquierda acaricia su mejilla, su frente, sus labios, sus formas desnudas. No es de piedra, sino de tersa piel. Una sensación de bienestar lo invade. No cabe duda: La joven está paralizada pero sigue viva. La toca en la yugular para ver si aún circula sangre en ella. No encuentra pulsaciones. Sin embargo, ¿quién negará que vive todavía? Su rostro es hermoso, sus ojos tienen una actitud de súplica. Como si deseara prevenirlo de algún peligro. Quizá lo imagina, pero la cabeza de la joven inicia un movimiento de negativa. Sus labios carnosos están a punto de abrirse. ¿Querrá decir algo? ¿Por qué hay aquí tanta gente paralizada? ¿Acaso es culpa del manantial?
Una mariposa se detiene en su hombro derecho. La mira de reojo y se alegra con su compañía. Se acerca al manantial sin que huya el animal. Al llegar a donde brota el agua, se vuelve a ver a la joven y se estremece al notar que empieza a tender sus brazos lentamente. Sin pensarlo, atrapa la mariposa y la sumerge en el manantial. Apenas nota que ya no lucha, la saca del agua y la coloca en el suelo para ver qué sucede.
Aunque lo esperaba, no se explica la petrificación de la mariposa, cuyas alas parecen volverse de ceniza, perder el movimiento. Supone que si la toca se deshará en polvo. No se atreve a hacerlo. Prefiere observarla, ver suspendido su movimiento. Casi no puede percibirlo al principio, pero después es notorio aunque lento. Cualquiera lo hubiera adivinado al ver así a la gente, piensa. Y se vuelve hacia la joven que ha avanzado un paso hacia él. Mira la expresión de su rostro y cree descubrir en ella un mensaje cifrado. Parece decirle: ¿Ves lo que puede sucederte?
Por supuesto que lo ve. Pero no entiende por qué el interés de la joven. Se acerca a ella, mira su cuerpo, sus pies, su desnudez deslumbrante. Si no fuera por la piel color ceniza, hubiera jurado que estaba viva. Pero no. Algo le dice que ella no pertenece ya a este mundo. Sin embargo, un impulso ciego lo lleva a besarle los labios. Una boca fría recibe su beso y lo hace retroceder como si acabara de cometer un sacrilegio. Mira los ojos de la joven. Ningún reproche. ¿Lo percibirá también o acaso es para ella una especie de fantasma o personaje subliminal? Mientras más la mira más deslumbradora le parece. Largo mirar el suyo, como de siglos. No podría decir cuánto tiempo ha contemplado su desnudez cabal. Cuando regresa a su rostro, una sonrisa le descubre en la boca de la joven un colmillo dorado.
Cree escuchar un leve aleteo y voltea pero no encuentra lo que esperaba. La mariposa ya no está sobre la milenaria lava. Flota inmóvil casi a un palmo del lugar en que la ha dejado. La mariposa se integra a un mundo de leyes diferentes, en un tiempo congelado, con vida latiendo apenas bajo la ceniza esparcida sobre su cuerpo frágil.
¿Qué umbral ha estado a punto de trasponer? ¿Qué infierno ha corrido el peligro de habitar eternamente? ¿De qué horror pareció advertirle la joven que se encuentra a sus espaldas? Todavía sin asimilarlo, se vuelve de frente a ella y no sabe qué preguntar. ¿Qué podría contestarle desde su mundo mudo? ¿Era esa la eternidad que le esperaba? El dolor se encarniza con su cuerpo, mas no lo atiende. Comprende que esta gente se encuentra condenada a una agonía perpetua. Se trasluce en sus rostros, en su deambular de espaldas encorvadas bajo el dolor implacable. Mejor la muerte.
Con toda la prisa que el dolor permite, se desentiende de la joven y se dispone a huir del cráter. Sube de regreso al borde y se detiene al contemplar la pendiente erizada de osamentas. Sabe que no llegará al pie de la montaña, pero no le importa. Empieza a descender sin detenerse ante los crujidos bajo sus pies.
El descenso se dificulta. A cada paso tropieza con esqueletos. El cansancio y el dolor le entorpecen el camino. Hay un momento en que debe descender a gatas, aunque tocar los restos óseos le infunda un profundo temor. Preferible bajar de esa manera que caer de bruces. Es lento el descenso y más ahora que la noche se acentúa. El dolor lo traspasa de lado a lado y se detiene. La impotencia crece ante el dolor cuando intenta ponerse de pie.
No avanza tres pasos cuando la visión se le borra, se le cierran los párpados y empieza a desplomarse. Pierde el sentido mucho antes de que su rostro dé de lleno en un cráneo. Lleva siete noches sin dormir, así que el sueño le anula la realidad, la noche, el descenso, el dolor. Apenas se duerme, ve la misma montaña infestada de osamentas humanas, entreveradas, desarticuladas entre sí, amontonadas unas encima de otras, desde el pie hasta la cima que se hunde en las nubes. Ningún ruido se filtra hacia el sueño. Pasa mucho tiempo para que aparezca un personaje oculto bajo una túnica blanca. Desciende de la cumbre con lentitud añadiendo un toque de tensión y de angustia al sueño. Casi duele cada paso que el personaje asesta sobre los esqueletos inermes. Cuando llega frente a él, se detiene y lo señala como acusándolo de algo. Le habla de la joven que conociera en la cima: Si encuentras sus restos antes del anochecer, te pertenecerá; si no... Pero no alcanza a entender lo que sigue.
El simple hecho de imaginarse escalando de nuevo le enerva, sin embargo, ante las ansias de volver a ver a la joven lo hace olvidarse de todo. El sentido común le dicta que no habrá mañana. Lo importante es lograrlo antes del plazo señalado. Por fortuna la puesta de sol está aún lejos. Más de diez horas para encontrar los restos y ensamblarlos. Su esqueleto tal vez estaría desperdigado. Armar un rompecabezas sería menos difícil y peligroso.
Pisa cuidándose de no lastimar los huesos que utiliza como escalones. Se estremece cuando, a su paso, crujen a punto de romperse. El personaje de túnica blanca no le ha advertido nada en caso de destrozos. Pero es eso lo que lo detiene y lo vuelve cauto, sino el temor de que la osamenta que oye crujir bajo su pisada pertenezca precisamente a la joven. ¿Cómo adivinarlo si sólo la ha visto desnuda hasta la piel? ¿Cómo saber el color, el tamaño, la textura de sus huesos? Quizás ayudara la estatura o el recuerdo de sus pies menudos. Sí, tal vez por ahí debiera comenzar. Por sus pies más semejantes a los de una niña que a los de una mujer.
Y a partir de aquí, pisa sin misericordia, hasta la fractura, los restos de pies enormes. Se detiene ante los pequeños. Los desecha al notar los huesos cortos, de niño o de niña, y sigue subiendo, hurgando en la maraña. Hasta que llega el momento en que su sombra empequeñece, se detiene, mira a lo alto y encuentra al sol en pleno mediodía. Queda menos tiempo del previsto.
La desesperación lo impulsa a subir con menos tiento. Huesos rotos, destrozados para siempre. Mira a los pies y se alegra al encontrarlos enormes. En la cumbre debe estar ella. Algo se lo dice, como una corazonada. Recuerda el colmillo de oro, el destello en la sonrisa. Puede ser la clave entre rescatarla con vida o regresar con las manos vacías. Pies pequeños, colmillo dorado. Redobla esfuerzos, se apresura, casi desfallece a medida que el sol le alarga la sombra y la sed.
Pero no se doblega, asciende hasta que, en la cima, bajo el sol que sesga ya sus rayos, empieza a sentirse derrotado. Como si estuviera obligado a armar un rompecabezas buscando sus piezas diseminadas entre las de otros rompecabezas. Si al menos existiera algún indicio, alguna señal que lo condujera a los restos precisos. Es cuanto necesita.
Un destello. No. Algo moviéndose en los cuencos de una calavera, llama su atención sobre un esqueleto a tres pasos de él. Se acerca y descubre dos telarañas cancelando la mirada. Pero tras las telarañas algo palpita, agazapado, acechante. Decidido, toma un hueso delgado y lo enfila hacia lo que se oculta tras las telarañas. Sin pensarlo mucho, empuja y encaja el hueso en algo blando. No hay manera de saber si algún peligro está latente. Siente una ligera resistencia en el extremo del hueso y lo remueve sin compasión hasta dejar de percibir el más leve movimiento.
Retira el hueso encajado en una araña que apenas puede salir por una de las cuencas. La arroja lejos, asqueado. Entonces, en medio del asco, se percata de los pies menudos y revira de inmediato hacia la dentadura del esqueleto. Encuentra un hueco en el lugar preciso en que debía estar el colmillo de oro si se trataran de los restos de la joven. ¿Cómo saber, cómo estar seguro de que se trata de sus restos?
Al acariciarlos, lo invade una sensación de bienestar. No hay duda, debe ser ella. Con cuidado, pone de pie al esqueleto y compara su estatura. Es ella. No puede haber error. Casi no hay luz ni tiempo más que para cargar con ella y descender. La ovilla en sus brazos y echa a correr cuesta abajo a trompicones. No importan los crujidos, ni siquiera los gemidos que cree escuchar a su paso. Es mejor pensar que se confunde, que todo es producto de su excitación.
Pero de repente su carrera es interrumpida. Algo atenaza sus tobillos. Dos manos de esqueleto se aferran a él y le impiden avanzar. Pensamientos confusos, incompletos, atraviesan su cerebro. Voltea aterrado y descubre el colmillo de oro y los pies menudos. ¿Se habrá equivocado? Debe decidirse. O los restos que lleva o los que le impiden continuar. ¿No se tratará de un truco de la montaña para frustrar su intento? ¿Qué hacer para no equivocarse?
El sol cae en el horizonte. Tiende al primer esqueleto junto al recién descubierto. Son idénticos. Los acaricia. El que lo atenazaba se retuerce de placer. El otro permanece impasible, pero la sensación de bienestar se repite al acariciarlo. Lo levanta sin dar tiempo a que el que lo detuvo reaccione y huye. Un instante antes de que el sol se oculte, evade la montaña, está a salvo, sólo resta esperar que el trato se cumpla, constatar que no se ha equivocado.
En sus brazos, el esqueleto recobra peso. Cada vez es menos esqueleto, hasta hundirse en la carne naciente, en el cuerpo reencarnado de la joven. Está casi intacta. Sólo el colmillo falta en ella. Es lo de menos. Algo que podrá recuperarse. La mira, la acaricia y encuentra que no se ha equivocado. La montaña se sumerge en la noche. La joven se pone de pie y lo besa largamente. El recuerdo de los esqueletos, de la araña agazapada tras lo que ahora son los ojos de la joven, de las manos del otro esqueleto que pudo haberlo engañado, lo estremece. Tiembla al pensar que pudo elegir a una muerta que no le pertenecía. Se detiene presintiendo una amenaza a sus espaldas. Voltea hacia el pie de la montaña y encuentra al personaje vestido de blanco que levanta la mano derecha para despedirse.
En ese instante lo despierta el dolor. Se siente despojado, vacío. Con paso vacilante reanuda la marcha. No le importan crujidos ni astilladuras encajándose en sus pies desnudos. Cae varias veces y se levanta una y otra vez. Sangra de pies y manos, del cuerpo entero. Muertos ancestrales lo acorralan, sus cuencas lo miran torvas, sin destellos. Quizá le advierten de peligros que ellos mismos no alcanzaron a sortear.Se detiene sediento. Amanece. Mira los esqueletos esparcidos por doquier. Sus muertes le fueron ajenas y lo siguen siendo. Sangrante, se reincorpora y avanza sin atender chasquidos ni pinchazos. Tropieza, cae, se levanta, no se detiene. Llega al final de sus fuerzas sin reconocerlo. Entonces levanta los brazos en señal de victoria, con soberbia. Su grito no alcanza a llegar al pie de la montaña. Se desploma y su cuerpo queda enmarañado entre huesos y dolor. Cientos de sombras volando en círculos ennegrecen el cielo.
miércoles, septiembre 12, 2007
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