El camaleón jamás ha cruzado calle alguna. Olisquea el pavimento y retrocede herido por el olor a chapopote. Se encuentra el reto de imitar una materia desconocida para continuar su ruta. Emprende la tarea y fracasa con el color. Lo intenta de nuevo y lo vence la textura. En el tercer intento, el trabajo es casi perfecto. Un poco más y se encuentra listo para cruzar.
Avanza tanteando el terreno. Nadie podría decir a dónde ha ido en este instante. Se aproxima el ruido de un auto. Cualquiera creería que una llanta pasó por encima de una piedrecilla. El camaleón, en disfraz de pavimento, recupera su apariencia real. Permanece hocico arriba, con un leve golpe en la cabeza, creyéndose invisible todavía. Escucha ruidos extraños y no le queda otro remedio que fingirse muerto. Deja de respirar, acosado por las voces que lo rodean y que no entiende.
—¿Qué es? ¿Un sapo?
—No. Es un camaleón. Mírale los cuernos.
El niño retrocede unos pasos y se mantiene asustado a distancia prudente.
—¿Y cuerna?
—No sé, pero cuando yo era chiquillo decían que lanzaba veneno con los cuernos.
Los pasos del niño retroceden de nuevo. El camaleón percibe el miedo y se deja trasladar sin mover un párpado, esperando un descuido para escapar del peligro. Las manos del hombre, protegidas por papel plástico, lo toman de la cola. El camaleón no acierta a descifrar la composición del material que lo aprisiona. Debe resistirse a la tentación de imitarlo. Se deja llevar en vilo, respirando apenas, para no ser descubierto.
Cuando menos lo esperaba, se siente arrojado en un lugar cerrado, oscuro, y ahí queda preso, sin saber qué hacer. Escucha voces que lo aturden. Jamás vivió una noche tan cerrada, tan estrecha. Se siente confundido. Extraña la luz a la que está habituado. El aire se enrarece. Se hace difícil respirar. Si esto sigue así, no será necesario simularse muerto.
La caja se abre y entran los milagros del aire y la luz. Pero también entran voces indescifrables para el camaleón. Voces chillonas, alteradas por el miedo y el asco. La caja se cierra. Las voces que se asomaban a ella han quedado fuera. Se forja una nueva oscuridad adentro. Los ruidos se atenúan a medida que la prematura noche se prolonga.
De pronto el camaleón se siente liberado y una luz desconocida lo deslumbra. Acostumbrado al sol, enceguece ante la luz de los hombres, que se desliza por su espinazo, de pico en pico, de cuerno en cuerno. Es una luz que traspasa los párpados. El animal se siente transportado a otro claustro, a otro silencio más hermético.
—Juan —dice el hombre—. Ve a la tienda y tráeme una botellita de alcohol.
—¿Para qué?
—Para guardar en él al camaleón.
—Oye, papá, ¿es cierto que lanzan veneno por los cuernos?
—Eso es lo que decían cuando yo era niño.
—¿Pero será cierto?
—No sé. También decían que se alimentaban de aire.
—¿De aire?
—Sí, pero apúrale, porque si no, van a cerrar la tienda.
El niño mira asombrado al animal y luego, incrédulo, a su padre. Después sale rumbo a la tienda. El hombre se queda observando. Desvía la mirada hacia uno de los libros y lo toma del anaquel. En su lomo se alcanza a distinguir el título: Zoología. Lo hojea, se detiene ante un grabado que representa a su camaleón y lee: “Phrynosoma, que en México es llamado camaleón, pero cuyo nombre autóctono es tapayatzin y suele decírsele llorasangre, por la peculiaridad que presenta de emitir gotas de sangre por el ángulo interno de los ojos. A veces la hemorragia es lanzada a distancia considerable”.
—Aquí está —dice el niño tendiéndole la botella de alcohol—. Oye, papá, ¿de veras comerán aire?
—No creo: mira, aquí dice que lo que arrojan no es veneno, sino sangre.
—¿Y no será venenosa?
—Quién sabe.
—Oye, papá, ¿no te vas a dormir todavía?
—No tengo sueño.
—Hace mucho calor. ¿Me puedo acostar en la sala?
—Dile a tu mamá.
El niño sale de la biblioteca y se dirige a la cocina. Su voz se escucha clara.
—¿Me puedo acostar en la sala?
—Sí.
—¿Pero me cuidas? Es que le tengo miedo al camaleón de papá.
El hombre sonríe mientras vierte alcohol en el frasco donde guarda al camaleón. El animal resiste la náusea desbordante. Finge una muerte perfecta, prescinde del aire, detiene el corazón en tanto que la tapa se enrosca hermética. No se mueve, intenta escuchar en vano. En este momento el frasco atrapa el silencio y lo mantiene preso al lado del camaleón. El animal entreabre un ojo y descubre la luz penetrando su encierro. No está solo.
El hombre garabatea dibujos, observándolo, intentando aprisionar su imagen. No lo consigue, se conforma con verlo, deslumbrado ante miedos que casi tenía olvidados. El camaleón, temeroso de la mirada inquisitiva, cierra el ojo con que atisbaba. No ha sabido descifrar cuanto observó tras el vidrio. Imágenes desconocidas, distorsionadas, inútil intentar imitarlas. Quizá no sea conveniente en la situación en que está. Sabe que el hombre lo mira. Ahora menos que nunca aventuraría un movimiento que lo comprometiera.
El hombre decide escribir. Puebla con palabras la página, describiendo al animal sin detenerse a analizar cuanto se le va ocurriendo. Parece poseído por el miedo. Como si ese miedo lo obligara a garabatear sus impresiones. Un dibujo escrito, más que del camaleón, de sus propias impresiones. El camaleón carga sobre su lomo rumor de miedos ancestrales. Basta mirarlo y descubrir huellas de disfraces que perduran en su apariencia. Ahí las crestas de las montañas, los cuernos envenenados, las sedientas arenas milenarias. Si se echa a caminar, el aire se agita herido por su espinazo erizado de puntas temibles. Devorador de aire, la fama que tiene. Así engaña a sus víctimas que pasan descuidadas, confiadas, frente a él, para latiguearlas con su lengua y engullirlas. ¿Qué culpa tiene de su aspecto? ¿Acaso él lo eligió? Reptil diablo, semillero de miedos. Acorazado de espinas. Rosal de fauna. Usurpador de apariencias. Esfinge animal. ¿Le instalaron las espinas y los cuernos desde adentro de su cuerpo?
Escritura confusa e interminable. La noche avanza las manecillas del reloj pero el hombre no se percata. Al camaleón no le resta sino soportar el suplicio. El hombre se pone de pie y desentume sus músculos. Mira las cuatro de la mañana en el reloj. El cansancio parecía esperar ese simple acto para empantanarle el cuerpo de sueño. Acomoda el frasco en un estante del librero. Apaga la luz y sale.
El animal no corre riesgos. Abre un ojo, luego el otro. Se incorpora y chapotea torpemente en el alcohol. Avanza, pero el vidrio le impide el paso. Hasta ahora siente el golpe en la cabeza. El alcohol se lo agudiza, pero aún es soportable. Araña la pared de vidrio con sus finas uñas. El ruido rebota en las paredes del frasco. El aire se agota y sólo hay una escapatoria: trasmutarse en alcohol o en vidrio. Es un enorme reto pero decide aceptarlo. Los ojos se acostumbran a la oscuridad. Los intentos se multiplican y terminan en fracasos. El camaleón se transparenta pero no consigue falsificarse en vidrio. No desiste. Lo intenta una y otra vez hasta que lo consigue. Amanece y el bullicio leve del domingo lo sorprende fuera del frasco.
La puerta se abre. El hombre de nuevo. Un minuto más y el camaleón no lo cuenta. En el frasco sólo permanece el alcohol. Resucitan en el hombre terrores viejos, recuerda las advertencias de los mayores. No molesten a los camaleones porque escupen veneno por los cuernos. No se les acerquen: sus cuernos matan. Si se les acercan, cuidado, porque se comen el aire y pueden quitar el resuello. De pronto, en un arrebato, se cerciora de que la tapa esté enroscada, hermética. ¿Cómo pudo escapar? Aquí, sobre el escritorio, están los apuntes. Sólo eso resta del animal. Los pasos del niño sacan al hombre del miedo en que está sumergido. El frasco casi resbala de sus manos.
—¿Y el camaleón?
—No sé.
—¿Se escapó? —el niño retrocede mientras el miedo le recorre los pies descalzos. Casi siente clavados en ellos los cuernos del animal. El hombre permanece callado. El niño insiste— ¿Se escapó?
—¡No sé! ¡Déjame pensar!
El niño se retira y el hombre no sabe qué hacer con el frasco en sus manos. Escruta entre los libros, mira bajo los libreros, atisba hacia el techo.
—Es ridículo —dice en voz alta—. ¿Cómo pudo escapar si estaba muerto? ¡Ni vivo hubiera podido hacerlo!
Se dirige al cuarto de sus hijos y despierta al mayor.
—¿Abriste el frasco en que tenía el camaleón?
No fue él. Va a su recámara y despierta a su mujer.
—¿Tú abriste el frasco donde tenía al camaleón?
—No, ¿por qué?
—Ya no está.
Ahora no es una simple contrariedad, sino algo más profundo. Vuelve a mirar el frasco cerrado que aún conserva el alcohol hasta cubrir el espacio del cadáver desaparecido. Pero no hay evidencias de que la tapa haya sido forzada. Sería ridículo pensar que el animal hubiera resucitado y abierto desde adentro. A menos que no haya desaparecido, que se haya ocultado fingiéndose alcohol. Tal vez aún muerto conserve el poder y se haya transparentado, simulándose alcohol. Ahora no está a la vista. Más de treinta años de no encontrarse con su empolvado cuerpo de cuernos y ahora desaparece.
El hombre sale al patio con el frasco en las manos. Observa detenidamente su interior. Tal vez el camaleón esté ahí todavía. Temeroso, desenrosca la tapa y vierte el alcohol en la tierra reseca. Espera ver algo más que humedad impregnando la tierra. Es en vano. Lleno de ira, arroja el frasco en el baldío. Nada queda por hacer ahí afuera.Entra en la casa para reencontrarse con el miedo. Revisa libro tras libro. Será una ardua tarea. Se aviva el temor de palpar en el lomo de un libro el espinazo del animal, de recibir en los ojos un repentino chorro de sangre desde un título. ¿Por qué temer a un cadáver desaparecido? Mira los anaqueles con detenimiento. Casi juraría que acaba de notarlo en el lomo de un libro. Se cerciora pasando una mano sobre las letras que creyó ver moviéndose. Y nada. Todo liso, tan liso como suelen ser los lomos de los libros. Imposible encontrar ahí al camaleón. Supone que podría imitar nombres de libros y autores, colores, pero jamás las texturas. Al palparlos, seguro encontraría el espinoso cuerpo del animal, hiriéndole las manos, envenenando su espacio con el miedo de niño, nebuloso y olvidado. Miedo que habitará en delante la casa entera, sin remedio. Nadie sabe de dónde vendrá la primera embestida.
jueves, agosto 30, 2007
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1 comentarios:
Ha sido un auténtico placer volver a leer este magnífico relato. Chares
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