viernes, diciembre 15, 2006

Polvo de Luna Llena

Ha notado el escalofrío que se adueña de mi cuerpo. Pone su chamarra sobre mis hombros. La cierra con dedos torpes. No es suficiente. El frío se ensaña conmigo como aquella noche. Las hojas caían y volaban lejos. Tan lejos que bajo los árboles no quedaba rastro de ellas. Una hoja vino flotando despacio, meciéndose en el aire y bastó que elevara una mano para atraparla. Seca, muerta, quedó entre mis manos. Al sentir que crujía al tacto y al saberla muerta, el miedo sacudió mi espalda. Luego, como si en la sacudida me deshiciera de él, el miedo desapareció.
—Sácame de aquí —le pido. Es como si en mis venas corriera hielo apenas derretido. El calor de sus manos se siente remoto, como en otro lugar, como en otro tiempo. Apenas tengo fuerzas para no caer. Me toma del brazo y me conduce a la salida. La música retumba en las paredes, en las ventanas, con violencia. Las parejas nos miran molestas cuando se sienten empujadas a nuestro paso.
Salimos de ahí. Parece que hubiera explotado pólvora en mis oídos. Aunque mi acompañante está junto a mí, escucho su voz como si se hubiera quedado adentro del salón de baile. Abre la puerta del auto y me acomoda en el asiento. Me hundo. No experimentaba esto desde la primera vez que me embriagué. Todo iba bien hasta que salí al fresco de aquella noche y el alcohol me aletargó. ¿Cómo pude perderme lo que siguió? Creo que nunca dejaré de lamentarlo.
—¿Es jazmín a lo que hueles?
—Sí —le digo y aspiro extasiada este aroma al que nunca supe resistirme. Entrecierro los ojos y presiento la mirada codiciando mi cuerpo. Son la luna y su luz, el jazmín y su aroma. Bastarían tres palabras o tal vez el silencio para que mi compañero quedara atrapado.
—Va contigo —me dice, y de momento no sé a qué se refiere. Lo miro intrigada y aclara-: El jazmín, va contigo. Así como huele, así te ves.
Nunca me lo han dicho o le he olvidado. No importa. Conduce suavemente. Acaricia mi rostro. Sus manos tendrían qué llegar a mis huesos para liberarme del frío.
—¿Adónde te llevo? —un brillo me regresa a la realidad. La luna me advierte del peligro. Ya no soy la de entonces.
—¿Quieres que te lleve a tu casa? —la luna es un leve resplandor sobre mis párpados. Murmuro algo y el auto cambia de rumbo.
—Espera —apenas reconozco mi voz—. ¿Adónde me llevas?
Menciona una calle y un número. No comprendo. Mi cerebro no funciona como antes, es tan lento. Debe sopesar datos, algunos de ellos agónicos. No sé cómo sobreviven aún
—Sí. Esa es la dirección —me pongo en guardia para no hablar de más. Quizás mi familia viva ahí todavía, no lo sé.
—¿Qué hora es? —mira su reloj y me la dice. La luna ya no brilla igual en las alturas. En poco tiempo no se verá más.
—Más rápido —la súplica sale apenas de mis labios. En otras condiciones llegaría sin ayuda. Por fortuna la casa de mis padres está cerca de ahí. Será fácil llegar.
Escucho una sirena que se aproxima. El miedo se desliza por mi espalda. Se hace tarde y el auto aminora la velocidad. Las luces roja y azul se detienen delante de nosotros.
—No te detengas —le digo, pero es inútil. El oficial lo llama a la patrulla y él baja. Discuten, no importa qué. Esta demora me llena de tierra las entrañas y la boca. Siento una sed profunda, desesperada. Enciendo las luces del auto y ellos se deslumbran. Así debí verme aquella noche, aunque el auto aquél no estaba quieto como éste. Apago las luces. Mi acompañante abre la puerta y entra.
—Listo —dice mientras pone en marcha el motor. El auto avanza dócil, casi llegamos. La luna cae con la madrugada. Aquella también era noche de luna llena.
Por fin. Estamos frente a la casa de mis padres.
—No bajes —le digo mientras intento sacarme la chamarra.
—Déjatela, mañana vengo por ella.
Mañana. No sabe de qué habla. Pronto amanecerá. Abro la reja con cuidado y digo adiós. Espero a que el ruido del motor desaparezca en la oscuridad y vuelvo a la calle. La casa está en silencio, como si todos estuvieran dormidos o ya nadie viviera en ella. De cualquier manera, yo ya no pertenezco a este lugar.
Me alejo aprisa, arropándome inútilmente en la chamarra. Sólo consigo aislarme en este frío encarnizado. Parece que anduviera vestida de hielo. Para librarme de él, tendría qué encender brasas adentro de mis huesos. Más allá del frío, es el miedo a sentirme desarmada. Como si todo aquello que me ha sido prestado estuviera por esfumarse y dejarme desnuda hasta los huesos, descubierta para siempre, y sin esperanzas. Por eso es este temblor sin control.Llego a la barda. Miro la luna agonizante elevándome lenta hasta librar el obstáculo. Me posa en el suelo del panteón y me desampara. Una breve brisa esparce polvo en mis ojos. Casi llego. Escucho las quejas de los otros. Egoístas. Siempre enconchados en su propia paz. Me recuesto y me hundo. Ahora estoy a salvo. El frío está perdido. Siento polvo en los ojos, en la boca, corriendo por las venas. Descanso amparada en las tinieblas. Mas no estoy sola. Me acompaña este aroma irresistible de jazmines. La inútil chamarra ha quedado abandonada encima de mi lápida.

De mala sombra

Mamá nos dijo siempre: No se metan a su sombra, porque es mala. Y la verdad no entendí cómo no lo cortaban. Lo contemplaba con miedo, con mucho miedo, desde la ventana. Como si de repente fuera a desenraizarse y a caminar hasta donde yo estaba. Nunca me acostumbré a él y no me acercaba ni por error. Así jugáramos por el patio trasero, la ruta se alejaba siempre de su sombra.
Sabía que los gatos y los perros se ponían furiosos cuando alguien los molestaba, pero el árbol se miraba inerme. Alguna vez, para probarme a mí misma que era inofensivo, le arrojé piedras y nada sucedió. Mentiras, pensé, y dejé de molestarlo. Nada más a los grandes se les podían ocurrir esos cuentos.
Mamá insistía en que un rato bajo su sombra bastaba para que doliera la cabeza. Y si una se pasaba más rato ahí, se enfermaba y podía llegar a morir. No le creí, pero por nada del mundo hubiera entrado en aquella sombra. Lástima. Tan fresca como se veía y no aprovecharla. Ni los animales se atrevían. La evitaban como si presintieran su mala entraña. Eso al menos decía mamá. Y remataba: Las niñas bonitas deben obedecer. Yo corría a mirarme en el espejo y me quedaba ahí, intentando afear mi cara, haciendo guiños y gestos; pero después de muchos intentos, seguía creyéndome bonita y, claro, obligada a obedecer.
Debo haber estado en sexto grado cuando descubrí que la sombra del árbol no siempre era tan negra. Miré hacia su copa y encontré menos hojas: ¿Se estaría quedando calvo? Bien podía ser, pero no me lo explicaba. Supe por papá que el otoño marchitaba las hojas de los árboles y, ya muertas, las hacía caer al suelo. Pasé días observando cómo sucedía. Desde la ventana escuchaba el crujido y seguía con la mirada el vuelo obligado de la hoja hasta que caía al pie del árbol, y a veces lejos de él, dependiendo del viento en ese instante. Debe haber sido por ese tiempo cuando descubrí también que el otoño partía los labios y debían untarse con crema o con algún tipo de cebo.
De repente se me ocurrió, mientras seguía la caída de una de las hojas, que no sólo el árbol tenía sombra. Lo comprobé en la siguiente hoja que se le desprendió. Cayó y cayó para posarse finalmente sobre la sombra que le marcaba el lugar en que debía hacerlo. Sí: las hojas también tenían sombra. Aquello fue como una anunciación. Y supuse además que su sombra poseía el mismo don que mamá tanto pregonaba del árbol.
Sólo un momento me quedé pensándolo. Corrí hacia el árbol y me detuve al borde de su sombra. Esperé hasta escuchar el crujido de una hoja al desprenderse. No tardó mucho: cayó muerta casi frente a mí. Me incliné para recogerla con un temblor, con una emoción incontenible. La retuve entre el índice y el pulgar de mi mano derecha, lejos de mí. No quería enfermarme con su sombra. Mientras más lejos de mí, mejor.
Sentí mis labios resecos y pasé mi lengua por ellos. El sol y el viento me los resecaron de nuevo, pero ya no volví a acordarme de humedecerlos. Porque entonces descubrí, dos pasos más allá, algo moviéndose a ras del suelo. Una hormiga que tan pronto avanzaba como se detenía. Como si anduviera perdida. Y entonces me acerqué a ella, levanté la hoja y le tapé el sol. No pareció advertirlo, siguió caminando, buscando, avanzando, hasta que se detuvo. Las patas se le doblaron y se acostó despacio, como si tuviera sueño. Pero el sol se ocultó encima de mí y el miedo me hizo huir. Arrojé la hoja y me refugié en la casa. Me oculté asomándome hacia arriba, temiendo descubrir un gigante tapándome el sol con una enorme hoja. Y nada. Sólo algunas nubes en el cielo. Al poco tiempo, el viento las arrastró y el sol alumbró de nuevo.
Volví a salir con las manos vacías. Esperé el crujido y la caída de otra hoja y, con su sombra en la mano de la mía, busqué a la hormiga. Caminé y busqué hasta que me dolió la espalda de tanto andar inclinada. Me di por vencida y me enderecé en el momento en que una racha de viento me levantó el vestido. De nada sirvió que lo sujetara con las manos: mis piernas quedaron al descubierto por más tiempo del que yo hubiera deseado. Varias voces me dejaron saber que no sólo yo me había dado cuenta de lo sucedido. Eran tres muchachos. Gritaban, reían, se burlaban.
Los miré con coraje, con ganas de ser más fuerte y grande que ellos, con ganas de ser hombre para darles un escarmiento. Maldije al viento en lugar de maldecirlos a ellos. No supe cómo, pero los enfrenté con tal decisión que huyeron sin dejar de burlarse. Quedé con los dientes y los puños apretados de rabia. Y cuando me di cuenta de que la hoja estaba deshecha en mi mano, un cosquilleo recorrió todos los rincones del cuerpo en los que se siente miedo cuando una es niña. Los restos de la hoja en el suelo lo acentuaban.
El recuerdo de la hoja permanecía en la palma de mi mano. Me dolía de tanto frotarla. Y el miedo no desaparecía. A lo lejos vi la pila donde las vacas calmaban su sed. Corrí hasta ella y hundí mis manos en su agua revuelta. Poco a poco la molestia desapareció. Las saqué y dejé que el viento se encargara de secarlas. No quería que quedaran restos, huellas de la hoja sobre mi vestido.
Recordaba aún los gritos burlones a cada paso que daba. El coraje se me confundía con la vergüenza. Me hubiera gustado sacarles los ojos para que nadie les creyera. Eran muchachos que venían de lejos a matar liebres, con huleras siempre listas, con piedras a punto de dispararse. Aunque no los conocía, no se me quitaba la vergüenza de que me hubieran visto casi desnuda. Ya no se veían. Irían lejos, entre el monte. Ojalá no encontraran ni una liebre, que se les espantaran todas.
El crujido de otra hoja me hizo levantar la mirada. Voló directa a mi mano. Era más grande que las otras. Olvidé las burlas y el miedo y, armada con ella, me fui en busca de una hormiga. No encontré ninguna. Entonces recordé que mamá quería acabar con un hormiguero. Había señalado el lugar en que estaba, por el rumbo de los sembradíos. Y hacia allá me dirigí.
Busqué con cautela. No quería encontrarme con animales ponzoñosos. Sólo hormigas. Y si era el hormiguero, mejor. Así no tendría que buscar más. Pero me detuve. Una hoja no era arma suficiente. Regresé y esperé nuevas caídas de hojas. No me conformé hasta que tuve siete en mis manos. Las llevé con mucho cuidado, para que sus sombras no tocaran a la mía.
No fue difícil dar con el hormiguero. Descubrí una vereda de hormigas y le corté el paso con la sombra de una hoja. Las hormigas pasaban rápido y nada les sucedía. Sacudí la hoja. Tal vez se había agotado su poder. Pero ya no obstruí el paso por la vereda. Hice lo mismo que con la primera hormiga. Escogí una y le tapé el sol con la hoja. Poco a poco la hormiga se debilitó, se adormeció, se acomodó como para morir. Y al pensarlo, asustada, retiré la sombra y esperé.
El sol le dio de lleno y la hormiga recuperó fuerzas, aunque no parecía estar bien. Caminaba sin rumbo, parecía tropezar, trastabillaba. Así anduvo por un rato, hasta que al final regresó al hormiguero. Repetí el juego con otra y con muchas más. El mismo efecto en todas. Una de ellas ya no despertó. Quedó derrumbada, sin moverse, muerta. No dejaba de mirarla.
Algo dijo una voz a mis espaldas. Me volví y descubrí a uno de los tres. Sonreía descaradamente y tenía una manera de mirar muy rara. Nunca antes me habían mirado así. Sin decir nada, desabrochó su bragueta y sacó su miembro. Se veía duro, enorme, recto, apuntaba hacia mí. Dijo más cosas. No las recuerdo. Yo temblaba, quería huir, pero algo más fuerte que mi voluntad me detuvo. No podía apartar la mirada.
Se me acercó y no pude moverme. Se arrodilló y metió las manos bajo mi vestido. Me acarició las manos y las piernas. Me hizo sentir un cosquilleo que yo no conocía. Bajó mis calzones y me recostó poco a poco. Nunca supe por qué no me resistí. Dolía, pero era más grande el placer que el dolor. Entraba en mí, desgarraba, se hundía en mí una y otra vez, más rápido. De repente algo pareció desgarrársele también a él y derramó algo caliente adentro de mí. Después se me quitó de encima y quedó exhausto. Me toqué el sexo y mis manos regresaron ensangrentadas.
Cuando ya se iba, le pedí que esperara. Se detuvo, lo incité a recostarse en la tierra y le dije que cerrara los ojos. En aquel instante sentí madurar de niña a mujer. No supe cómo. Lo veía sonreír, burlarse y casi le ordené que no abriera los ojos. Y así, una tras otra, coloqué tres hojas sobre cada párpado. La séptima en la frente. La sonrisa se le borró despacio. Respiraba lento. Parecía estar durmiéndose. No sé cuánto duro aquello. Casi no respiraba cuando retiré las hojas.Le dije que ya podía abrir los ojos. Lo hizo lentamente. Me miró con la mirada perdida, como si yo no estuviera ahí, mientras las hojas enrojecían en mis manos.