lunes, junio 19, 2006

Al cruzar las vías

Una vez, padrino, una noche, cuando yo estaba más chiquito, veníamos de una fiesta en la camioneta morada que teníamos, y mi papá manejaba y nosotros ya estábamos muy cansados, y él también, y hasta nos salimos tantito de la carretera, porque mi papá casi se queda dormido manejando, porque se había echado unas cervezas y había trabajado en la noche y en el día, y nomás llegando a la casa comió y dijo vámonos a la fiesta. Y nos pusimos contentos de ida, pero de venida, nos daba miedo que se durmiera de a de veras.¿Usted conoció la Perrona?
—Claro, era la camioneta morada que tenían ustedes.
Bueno, pues veníamos en esa camioneta, y luego, cuando se iba a salir de la carretera, mi mamá le dijo a mi papá: Si no puedes manejar, mejor oríllate y descansa tantito. Y lo peor de todo es que mi mamá todavía no se enseñaba a manejar y no podía ayudarle. Pero mi papá le dijo que no, que estaba bien, que ya andaba despierto. Y sí, porque después de eso ya no se volvió a quedar dormido manejando. Y cuando dimos vuelta por la carretera que pasa enfrente de Aceros, hasta sentimos que nos habíamos salvado, porque ya era muy poquito lo que faltaba para llegar a la casa. Nomás pasar los rieles y dar vuelta por la calle Aceros y pasar por la casa de mis abuelitos, en la Cantú, y llegar al Nuevo y listo.
Cuando llegamos a los rieles, papá hizo alto y vio para un lado y vio para el otro, y como no venía el tren, le dio a la Perrona. Pero cuando las llantas de adelante apenas habían pasado por los rieles, que se apaga y queda atravesada en medio y no se mueve ni para atrás ni para adelante. Y mi papá, que le da vuelta a la llave y trata de prenderla, y la Perrona hace nomás como si fuera a arrancar pero nada que arranca. Y le daba y le daba y nada que prendía. Así estuvo dándole a la llave muchas veces y la camioneta como si nada. Nunca prendió.
Y de repente, que se oye el tren allá lejos y se ve muy apenitas la luz de su foco. Y mi mamá, bien asustada, le dijo a mi papá que dejara de bromear. Pero él le dijo que no estaba bromeando, que de veras la camioneta no quería prender. Y se veía que no echaba mentiras, porque la voz no se le oía tan calmada cuando se lo dijo. Y ella dijo: Vamos a bajarnos. Y él dijo: No, espérate, deja hacer otro intento para ver si prende. Y le volvió a dar muy desesperado, pero la Perrona se quedó igual. Y mi mamá dijo: ¿Le echaste gasolina? Y el tren se oía cerquita, más cerquita. Y la luz se hacía más grandota y el pitido se metía bien feo en las orejas. Y mi papá contestó que sí, que ayer le había echado gasolina. Y el tren como de aquí a aquellos mezquites, bien cerquitita.
Y mi mamá dijo: Mejor vamos a bajarnos. Y nos agarró a Luis y a mí para que bajáramos rápido. Y el tren ya venía como de aquí a aquella anacua que se ve allá. Y mi papá dándole a la llave para atrás y para adelante. Y mi mamá que no podía abrirle a la puerta porque el botón del seguro se había atorado. Y el tren que ya venía como de aquí a la puerta del corral. Y todos estábamos bien asustados. Y mi mamá le gritó a mi papá que abriera la otra puerta para bajarnos y él como que no oía, nomás sude y sude porque no podía prender la camioneta. Y el tren que estaba como de aquí al carro de usted, casi llevándonos de encuentro y la lucezota doliéndonos en los ojos y el pitido dejándonos sordos.
Y de repente, que la Perrona se empieza a mover y las ruedas de atrás brincan las vías. Y nosotros bien asustados, porque pensábamos que ya nos había llevado el tren y que empezaba a arrastrarnos. Y nomás salimos de las vías y pasó el foco y se fue el pitido, sentimos mucho frío en la espalda y el susto no se nos quitaba. Hasta que mi papá volteó a ver a mi mamá y se quedaron sin decir nada. Y es que ni ellos sabían lo que había pasado. Entonces nos bajamos de la Perrona para ver quién la había empujado y no encontramos a nadie, porque la noche estaba bien negra.
Y mi papá alumbró con una linterna que siempre trae, y ni en la carretera ni en los rieles ni en los lados de la carretera y los rieles encontramos gente. Y yo me acuerdo que, antes que pasara el tren, alcancé a ver a un montón de niños que empujaron a la Perrona, y luego han de haber corrido porque ya era noche y no querían que los fueran a regañar su papá o su mamá o sus abuelitos por salirse a esas horas de sus casas.
—No seas mentiroso, Omar.
No soy mentiroso, yo vi para atrás antes de que pasara el tren y eran muchos niños y estaban bien chiquillos. Y luego mi papá alumbró la tapa de la caja de la Perrona con la linterna y ahí encontró las huellas enterregadas de un montón de manitas de los niños que nos habían empujado. Y no queríamos creerlo. Pero mi papá dijo que era cierto, porque ahí, una vez el tren se llevó de encuentro a un camión que iba lleno con niños de una escuela y que muchos se murieron con el choque. Y esos que se murieron, cada que una camioneta o un carro o un camión o lo que sea llevan niños y se quedan parados en medio de las vías y ven que viene el tren, se asustan porque se acuerdan de lo que les pasó a ellos y reviven y se aparecen y empujan la camioneta, el carro, el camión o lo que sea que se haya quedado parado en las vías para que no se los lleve de encuentro el tren. Por eso yo vi a los niños cuando empujaron a la Perrona.
—Eso no es cierto, Omar.
¡A que sí es cierto! Pregúntale a mi papá para que veas que es cierto. Y dijo que cuando terminan de empujar se desaparecen y vuelven a morirse porque ya están tranquilos porque salvaron a los niños que iban ahí. Yo los vi y no soy mentiroso. Yo nunca digo mentiras, Luis. Si yo digo que los vi es porque los vi, ¿verdad, padrino?
—No sé, Omar. Luis también estuvo ahí y no sé por qué dice que no es cierto.
—No es cierto. Y les voy a decir por qué. Porque cuando tú naciste, Omar, mi papá ya había vendido a la Perrona. Además, ¿cómo puedes haber visto a los niños que la empujaron si todavía no habías nacido? ¿Ya ves que son mentiras tuyas?
Bueno, es que yo no había nacido, pero, pero, pero estaba en la panza de mi mamá y por eso pude ver que los fantasmitas empujaban a la Perrona. ¿Ya ves que yo no echo mentiras?
—Pero, ¿cómo pudiste verlos si estabas en la panza de mi mamá? ¡No eres nomás mentiroso: estás bien loco, Omar!
No soy mentiroso ni estoy loco. Si estuviera loco se me saliera la baba y no sabía ni hablar, ¿verdad, padrino? Te apuesto a que sí los vi. Y aunque estaba en la panza de mi mamá, desde ahí me asomé y los vi.
—¡Qué mentiroso! ¿Cómo te ibas a asomar si estabas en la panza de mi mamá? ¡N’hombre, Omar, tú sí que eres el niño más mentiroso del mundo! ¿Verdad, padrino?
No es cierto, yo no soy mentiroso. Sí los vi, porque mi mamá volteó a ver por qué se movía la Perrona sin que mi papá la prendiera y donde vio pasar al tren, alcanzó a ver a los niños y se asustó mucho y abrió la boca bien grandota, y ahí me asomé yo y los vi. ¡Ándale! ¿Ya ves que no echo mentiras?
—¡Híjole, Omar, te la bañaste! ¿Sabes por qué no es cierto? Porque te estás riendo.
¿Y qué tiene que ver que me ría si estoy diciendo la verdad? ¿A poco usted no se ríe cuando cuenta cosas, padrino? La otra vez que les estaba contando un chiste a mi papá y a mi abuelito hasta se pandeaba de risa, ¿verdad?
—Sí, Omar, pero mi padrino estaba contando un chiste y lo que tú nos contaste era una historia de miedo y nunca te reíste hasta que empezaste a inventar cómo viste a los fantasmitas.
¿Entonces mi historia no sirvió? Bueno, a ver, si eres tan bueno para contar historias, cuéntanos una mejor. Pero nomás no eches mentiras, Luis, porque ya sabes que a mí no me gustan las mentiras, ¿verdad, padrino?